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Navidad nordic style
Фандом: Hetalia
Создан: 20.05.2026
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Bajo el Hechizo del Elfo y la Cerveza de Invierno
La nieve caía con una parsimonia casi hipnótica sobre la cabaña de madera en las afueras de Helsinki. En el interior, el ambiente era radicalmente distinto: el calor de la chimenea crepitaba con fuerza, mezclándose con el aroma a canela, clavo y el inconfundible olor del *glögg* caliente.
Finlandia, rebosante de una energía que solo podía describirse como "espíritu navideño encarnado", correteaba de un lado a otro con su traje de Santa Claus perfectamente planchado. Su rostro redondeado brillaba de felicidad mientras terminaba de ajustar los últimos detalles de la cena.
— ¡Oh, vamos, chicos! ¡Prometieron que usarían los disfraces que les hice! —exclamó Tino, juntando sus manos enguantadas con entusiasmo—. ¡Es una tradición!
Suecia, que permanecía sentado en un rincón como una estatua de hielo imponente, asintió levemente. Llevaba un traje de reno que, en cualquier otra persona, habría resultado cómico, pero en él solo acentuaba su aura intimidante. Sus gafas rectangulares reflejaban las luces del árbol mientras observaba a Tino con una devoción silenciosa.
— Se ve... bien —gruñó Berwald con su voz profunda, aunque el "bien" apenas se escuchaba.
Islandia, por su parte, estaba sentado en el sofá cruzado de brazos, luciendo un traje de ayudante de Santa en tonos verdes y rojos que resaltaba su cabello plateado. Su expresión era de puro fastidio, y sus mejillas estaban teñidas de un rojo que no era causado por el frío.
— Esto es humillante —masulló Emil, ajustándose la corbata de lazo—. ¿Por qué tengo que ser el único con cascabeles en los zapatos? Si alguien se entera de esto, me mudaré a la Antártida.
— Te ves adorable, Emil —dijo Noruega, apareciendo desde el pasillo.
Lukas caminaba con su habitual elegancia estoica, pero esta vez, el efecto era hipnótico. Tino le había confeccionado un disfraz de elfo invernal: una túnica de terciopelo azul oscuro con bordados de plata que imitaban copos de nieve, y un cuello de piel blanca que enmarcaba su rostro pálido y sus ojos azul profundo. El mechón de cabello que representaba sus fiordos flotaba con suavidad, y su horquilla de la cruz nórdica brillaba bajo la luz cálida.
En el centro de la sala, Dinamarca, que normalmente habría estado gritando, saltando o intentando proclamarse el "Rey del Norte" mientras obligaba a todos a beber, estaba extrañamente inmóvil.
Mathias sostenía una jarra de cerveza a medio camino hacia su boca, con los ojos fijos en Noruega. Su complexión robusta y musculosa llenaba un traje de "Cascanueces" que le quedaba algo ajustado en los hombros, pero ni siquiera su propia incomodidad física parecía importarle.
— ¿Dinamarca? —llamó Tino, ladeando la cabeza—. ¿Estás bien? Estás muy... callado.
Mathias parpadeó, saliendo de su trance por un segundo. Su rostro, generalmente lleno de una alegría ruidosa y mandona, estaba inusualmente serio.
— Sí, sí... —respondió con una voz un poco más ronca de lo normal—. Solo... estaba pensando en la decoración. El azul le queda bien a la habitación.
Islandia entrecerró los ojos, mirando a Mathias y luego a su hermano.
— Estás mirando a Lukas como si fueras a comértelo —soltó Emil con su honestidad brutal—. Es asqueroso. Deja de hacerlo.
— ¡No estoy haciendo nada de eso! —protestó Mathias, recuperando por un instante su tono fanfarrón, aunque volvió a clavar la vista en Noruega casi de inmediato—. Solo digo que el traje es... preciso. Muy detallado. Buen trabajo, Finlandia.
Lukas no cambió su expresión. Se acercó a la mesa de los aperitivos, ignorando aparentemente la mirada devoradora de Mathias, aunque un observador atento habría notado cómo sus dedos jugueteaban con el borde de su túnica azul.
— Mathias está siendo más molesto de lo habitual con su silencio —comentó Lukas con su voz monótona, aunque había algo de curiosidad en sus ojos—. Normalmente ya habría roto al menos una silla.
— ¡Oye! ¡Soy un invitado ejemplar! —Dinamarca dio un gran trago a su jarra, tratando de ahogar la agitación que sentía.
La velada continuó entre risas (principalmente de Tino), gruñidos (de Emil) y silencios cargados (de Berwald). Repartieron los regalos frente al árbol monumental. Mathias le entregó a Lukas un paquete envuelto con un descuido evidente, pero el contenido era una pieza de joyería antigua, delicada y costosa, que contrastaba con su personalidad tosca.
— Para que no digas que no me acuerdo de ti, Nor —dijo Mathias, intentando sonar despreocupado mientras se rascaba la nuca.
Lukas abrió el regalo y, por un brevísimo segundo, una expresión casi dulce cruzó su rostro antes de volver a la neutralidad.
— Gracias, Dinamarca.
A medida que la noche avanzaba y las botellas de cerveza y *akvavit* se vaciaban, la tensión en Mathias crecía. El alcohol, lejos de relajarlo, estaba magnificando la obsesión que había sentido desde que vio a Lukas entrar en la sala. El contraste entre la frialdad de Noruega y la suavidad del disfraz de elfo era demasiado para su autocontrol, ya de por sí escaso.
Cada vez que Lukas se inclinaba para acariciar al trol invisible que supuestamente estaba a sus pies, o cada vez que el mechón de su cabello se movía de esa forma tan peculiar, Mathias sentía un calor que no tenía nada que ver con la chimenea. El traje de elfo se ajustaba a la figura esbelta de Lukas de una manera que Mathias encontraba... insoportable.
— Voy al baño —anunció Mathias de repente, levantándose con tanta brusquedad que casi vuelca la mesa pequeña.
— ¿Todo bien, Mathias? —preguntó Tino, preocupado—. Tienes la cara muy roja. ¿Será la fiebre?
— ¡Es el alcohol! ¡Y el calor! ¡Esta casa es un horno! —exclamó el danés, saliendo de la sala a zancadas antes de que alguien pudiera cuestionarlo más.
Mathias no fue al baño. Se desvió hacia el pasillo lateral que conducía a una pequeña biblioteca privada, un lugar oscuro y apartado donde el ruido de la fiesta llegaba solo como un eco lejano. Se apoyó contra la pared de madera, respirando con dificultad.
— Maldita sea... —gruñó para sí mismo, soltando un botón de su chaqueta de Cascanueces que sentía que lo asfixiaba—. ¿Por qué tiene que verse así? ¿Por qué tiene que ser tan... él?
Cerró los ojos, pero la imagen de Lukas, con sus ojos azul oscuro y esa expresión de superioridad tranquila, estaba grabada en su mente. Sintió una punzada de deseo tan nítida que lo hizo jadear. Su terquedad habitual le decía que debía volver allí y actuar como si nada, pero su cuerpo tenía otros planes. La excitación, alimentada por el alcohol y horas de observación silenciosa, era ahora una presión física real y dolorosa bajo sus pantalones.
— Es solo Noruega —se dijo a sí mismo, apretando los puños—. El mismo Noruega que me estrangula con mi propia corbata. El mismo que me llama estúpido diez veces al día.
— Once, si contamos lo de hace un momento.
Mathias dio un salto, su corazón golpeando contra sus costillas como un tambor de guerra. Lukas estaba de pie en la entrada de la biblioteca, envuelto en las sombras, con la luz del pasillo silueteando su figura de elfo.
— ¿Qué haces aquí? —preguntó Mathias, tratando de sonar mandón, pero su voz falló al final.
— Te olvidaste de esto —dijo Lukas, caminando hacia él con pasos silenciosos. En su mano sostenía la jarra de Mathias—. Tino dice que si vas a beber, al menos no dejes el suelo pegajoso.
Lukas se detuvo a pocos centímetros de él. En la penumbra, sus ojos parecían brillar con una luz sobrenatural. El danés podía oler el aroma a pino y a ese perfume frío y limpio que siempre acompañaba al noruego.
— Gracias —dijo Mathias, pero no tomó la jarra. En su lugar, sus ojos bajaron hacia los labios de Lukas y luego recorrieron el traje azul.
Lukas ladeó la cabeza, observando el estado de agitación de su compañero. Su mirada bajó por el pecho de Mathias hasta detenerse un momento más de lo necesario en la zona de su entrepierna, donde la evidencia de su estado era imposible de ocultar.
— Estás muy tenso, Mathias —comentó Lukas con su voz suave y monótona, aunque hubo un matiz de algo peligroso en su tono—. ¿Es por el disfraz? ¿O es que finalmente te has vuelto loco de verdad?
Mathias soltó una risa ronca, dando un paso adelante para acortar la distancia. Su temperamento dominante y su terquedad afloraron, mezclándose con la lujuria.
— Sabes perfectamente lo que es, Lukas. No juegues conmigo. Me has estado provocando toda la noche con ese maldito traje de hada o lo que sea que seas.
— Es un elfo —corrigió Lukas con calma, sin retroceder—. Y yo no he hecho nada. Eres tú quien no puede dejar de mirar.
— ¡Porque eres mío! —exclamó Mathias, su lado controlador saliendo a la luz mientras ponía ambas manos en la pared, atrapando a Lukas entre sus brazos—. Y odio cuando te ves así de bien y actúas como si yo no existiera.
Lukas dejó la jarra en una mesa cercana sin apartar la vista de Mathias. Por primera vez en la noche, una pequeña y casi imperceptible sonrisa curvó la comisura de sus labios. Era una expresión que solo mostraba cuando tenía el control total de la situación.
— ¿Tuyo? —repitió Lukas, llevando una mano al pecho de Mathias y empujándolo levemente, no para alejarlo, sino para sentir el latido acelerado de su corazón—. Eres un idiota ruidoso y egocéntrico.
— Pero soy *tu* idiota —gruñó Mathias, inclinándose hacia él, su aliento oliendo a cerveza y deseo—. Y ahora mismo, no me importa si los demás nos oyen.
Lukas estiró la mano y, en lugar de apartarlo, agarró a Mathias por la napa del cuello, tirando de él hacia abajo con una fuerza sorprendente para alguien de su complexión.
— Entonces cállate de una vez —susurró Lukas contra sus labios— y demuéstrame qué tan "rey" eres en la oscuridad.
Mathias no necesitó que se lo dijera dos veces. Se lanzó sobre los labios de Lukas con la misma energía arrolladora con la que hacía todo en la vida, pero esta vez había una desesperación hambrienta que el noruego respondió con una intensidad inesperada. En la soledad de la biblioteca, mientras el resto de los nórdicos seguían celebrando una Navidad tranquila, el Cascanueces y el Elfo se perdieron en un torbellino de manos ansiosas y suspiros ahogados, lejos de la nieve y el frío, en un rincón donde solo existía el fuego que ambos compartían.
Finlandia, rebosante de una energía que solo podía describirse como "espíritu navideño encarnado", correteaba de un lado a otro con su traje de Santa Claus perfectamente planchado. Su rostro redondeado brillaba de felicidad mientras terminaba de ajustar los últimos detalles de la cena.
— ¡Oh, vamos, chicos! ¡Prometieron que usarían los disfraces que les hice! —exclamó Tino, juntando sus manos enguantadas con entusiasmo—. ¡Es una tradición!
Suecia, que permanecía sentado en un rincón como una estatua de hielo imponente, asintió levemente. Llevaba un traje de reno que, en cualquier otra persona, habría resultado cómico, pero en él solo acentuaba su aura intimidante. Sus gafas rectangulares reflejaban las luces del árbol mientras observaba a Tino con una devoción silenciosa.
— Se ve... bien —gruñó Berwald con su voz profunda, aunque el "bien" apenas se escuchaba.
Islandia, por su parte, estaba sentado en el sofá cruzado de brazos, luciendo un traje de ayudante de Santa en tonos verdes y rojos que resaltaba su cabello plateado. Su expresión era de puro fastidio, y sus mejillas estaban teñidas de un rojo que no era causado por el frío.
— Esto es humillante —masulló Emil, ajustándose la corbata de lazo—. ¿Por qué tengo que ser el único con cascabeles en los zapatos? Si alguien se entera de esto, me mudaré a la Antártida.
— Te ves adorable, Emil —dijo Noruega, apareciendo desde el pasillo.
Lukas caminaba con su habitual elegancia estoica, pero esta vez, el efecto era hipnótico. Tino le había confeccionado un disfraz de elfo invernal: una túnica de terciopelo azul oscuro con bordados de plata que imitaban copos de nieve, y un cuello de piel blanca que enmarcaba su rostro pálido y sus ojos azul profundo. El mechón de cabello que representaba sus fiordos flotaba con suavidad, y su horquilla de la cruz nórdica brillaba bajo la luz cálida.
En el centro de la sala, Dinamarca, que normalmente habría estado gritando, saltando o intentando proclamarse el "Rey del Norte" mientras obligaba a todos a beber, estaba extrañamente inmóvil.
Mathias sostenía una jarra de cerveza a medio camino hacia su boca, con los ojos fijos en Noruega. Su complexión robusta y musculosa llenaba un traje de "Cascanueces" que le quedaba algo ajustado en los hombros, pero ni siquiera su propia incomodidad física parecía importarle.
— ¿Dinamarca? —llamó Tino, ladeando la cabeza—. ¿Estás bien? Estás muy... callado.
Mathias parpadeó, saliendo de su trance por un segundo. Su rostro, generalmente lleno de una alegría ruidosa y mandona, estaba inusualmente serio.
— Sí, sí... —respondió con una voz un poco más ronca de lo normal—. Solo... estaba pensando en la decoración. El azul le queda bien a la habitación.
Islandia entrecerró los ojos, mirando a Mathias y luego a su hermano.
— Estás mirando a Lukas como si fueras a comértelo —soltó Emil con su honestidad brutal—. Es asqueroso. Deja de hacerlo.
— ¡No estoy haciendo nada de eso! —protestó Mathias, recuperando por un instante su tono fanfarrón, aunque volvió a clavar la vista en Noruega casi de inmediato—. Solo digo que el traje es... preciso. Muy detallado. Buen trabajo, Finlandia.
Lukas no cambió su expresión. Se acercó a la mesa de los aperitivos, ignorando aparentemente la mirada devoradora de Mathias, aunque un observador atento habría notado cómo sus dedos jugueteaban con el borde de su túnica azul.
— Mathias está siendo más molesto de lo habitual con su silencio —comentó Lukas con su voz monótona, aunque había algo de curiosidad en sus ojos—. Normalmente ya habría roto al menos una silla.
— ¡Oye! ¡Soy un invitado ejemplar! —Dinamarca dio un gran trago a su jarra, tratando de ahogar la agitación que sentía.
La velada continuó entre risas (principalmente de Tino), gruñidos (de Emil) y silencios cargados (de Berwald). Repartieron los regalos frente al árbol monumental. Mathias le entregó a Lukas un paquete envuelto con un descuido evidente, pero el contenido era una pieza de joyería antigua, delicada y costosa, que contrastaba con su personalidad tosca.
— Para que no digas que no me acuerdo de ti, Nor —dijo Mathias, intentando sonar despreocupado mientras se rascaba la nuca.
Lukas abrió el regalo y, por un brevísimo segundo, una expresión casi dulce cruzó su rostro antes de volver a la neutralidad.
— Gracias, Dinamarca.
A medida que la noche avanzaba y las botellas de cerveza y *akvavit* se vaciaban, la tensión en Mathias crecía. El alcohol, lejos de relajarlo, estaba magnificando la obsesión que había sentido desde que vio a Lukas entrar en la sala. El contraste entre la frialdad de Noruega y la suavidad del disfraz de elfo era demasiado para su autocontrol, ya de por sí escaso.
Cada vez que Lukas se inclinaba para acariciar al trol invisible que supuestamente estaba a sus pies, o cada vez que el mechón de su cabello se movía de esa forma tan peculiar, Mathias sentía un calor que no tenía nada que ver con la chimenea. El traje de elfo se ajustaba a la figura esbelta de Lukas de una manera que Mathias encontraba... insoportable.
— Voy al baño —anunció Mathias de repente, levantándose con tanta brusquedad que casi vuelca la mesa pequeña.
— ¿Todo bien, Mathias? —preguntó Tino, preocupado—. Tienes la cara muy roja. ¿Será la fiebre?
— ¡Es el alcohol! ¡Y el calor! ¡Esta casa es un horno! —exclamó el danés, saliendo de la sala a zancadas antes de que alguien pudiera cuestionarlo más.
Mathias no fue al baño. Se desvió hacia el pasillo lateral que conducía a una pequeña biblioteca privada, un lugar oscuro y apartado donde el ruido de la fiesta llegaba solo como un eco lejano. Se apoyó contra la pared de madera, respirando con dificultad.
— Maldita sea... —gruñó para sí mismo, soltando un botón de su chaqueta de Cascanueces que sentía que lo asfixiaba—. ¿Por qué tiene que verse así? ¿Por qué tiene que ser tan... él?
Cerró los ojos, pero la imagen de Lukas, con sus ojos azul oscuro y esa expresión de superioridad tranquila, estaba grabada en su mente. Sintió una punzada de deseo tan nítida que lo hizo jadear. Su terquedad habitual le decía que debía volver allí y actuar como si nada, pero su cuerpo tenía otros planes. La excitación, alimentada por el alcohol y horas de observación silenciosa, era ahora una presión física real y dolorosa bajo sus pantalones.
— Es solo Noruega —se dijo a sí mismo, apretando los puños—. El mismo Noruega que me estrangula con mi propia corbata. El mismo que me llama estúpido diez veces al día.
— Once, si contamos lo de hace un momento.
Mathias dio un salto, su corazón golpeando contra sus costillas como un tambor de guerra. Lukas estaba de pie en la entrada de la biblioteca, envuelto en las sombras, con la luz del pasillo silueteando su figura de elfo.
— ¿Qué haces aquí? —preguntó Mathias, tratando de sonar mandón, pero su voz falló al final.
— Te olvidaste de esto —dijo Lukas, caminando hacia él con pasos silenciosos. En su mano sostenía la jarra de Mathias—. Tino dice que si vas a beber, al menos no dejes el suelo pegajoso.
Lukas se detuvo a pocos centímetros de él. En la penumbra, sus ojos parecían brillar con una luz sobrenatural. El danés podía oler el aroma a pino y a ese perfume frío y limpio que siempre acompañaba al noruego.
— Gracias —dijo Mathias, pero no tomó la jarra. En su lugar, sus ojos bajaron hacia los labios de Lukas y luego recorrieron el traje azul.
Lukas ladeó la cabeza, observando el estado de agitación de su compañero. Su mirada bajó por el pecho de Mathias hasta detenerse un momento más de lo necesario en la zona de su entrepierna, donde la evidencia de su estado era imposible de ocultar.
— Estás muy tenso, Mathias —comentó Lukas con su voz suave y monótona, aunque hubo un matiz de algo peligroso en su tono—. ¿Es por el disfraz? ¿O es que finalmente te has vuelto loco de verdad?
Mathias soltó una risa ronca, dando un paso adelante para acortar la distancia. Su temperamento dominante y su terquedad afloraron, mezclándose con la lujuria.
— Sabes perfectamente lo que es, Lukas. No juegues conmigo. Me has estado provocando toda la noche con ese maldito traje de hada o lo que sea que seas.
— Es un elfo —corrigió Lukas con calma, sin retroceder—. Y yo no he hecho nada. Eres tú quien no puede dejar de mirar.
— ¡Porque eres mío! —exclamó Mathias, su lado controlador saliendo a la luz mientras ponía ambas manos en la pared, atrapando a Lukas entre sus brazos—. Y odio cuando te ves así de bien y actúas como si yo no existiera.
Lukas dejó la jarra en una mesa cercana sin apartar la vista de Mathias. Por primera vez en la noche, una pequeña y casi imperceptible sonrisa curvó la comisura de sus labios. Era una expresión que solo mostraba cuando tenía el control total de la situación.
— ¿Tuyo? —repitió Lukas, llevando una mano al pecho de Mathias y empujándolo levemente, no para alejarlo, sino para sentir el latido acelerado de su corazón—. Eres un idiota ruidoso y egocéntrico.
— Pero soy *tu* idiota —gruñó Mathias, inclinándose hacia él, su aliento oliendo a cerveza y deseo—. Y ahora mismo, no me importa si los demás nos oyen.
Lukas estiró la mano y, en lugar de apartarlo, agarró a Mathias por la napa del cuello, tirando de él hacia abajo con una fuerza sorprendente para alguien de su complexión.
— Entonces cállate de una vez —susurró Lukas contra sus labios— y demuéstrame qué tan "rey" eres en la oscuridad.
Mathias no necesitó que se lo dijera dos veces. Se lanzó sobre los labios de Lukas con la misma energía arrolladora con la que hacía todo en la vida, pero esta vez había una desesperación hambrienta que el noruego respondió con una intensidad inesperada. En la soledad de la biblioteca, mientras el resto de los nórdicos seguían celebrando una Navidad tranquila, el Cascanueces y el Elfo se perdieron en un torbellino de manos ansiosas y suspiros ahogados, lejos de la nieve y el frío, en un rincón donde solo existía el fuego que ambos compartían.
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