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Misako la milf

Фандом: Ninjago

Создан: 21.05.2026

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Ecos del Pasado en el Templo de la Colina

El silencio en el Templo de Airjitzu solía ser una fuente de paz para los ninjas, pero para Misako, cada rincón vacío parecía susurrarle sus fracasos. Se encontraba en la biblioteca, rodeada de pergaminos antiguos y mapas que detallaban la historia de Ninjago, pero su mente no estaba en las profecías. Sus dedos recorrieron el borde de una mesa de madera tallada, mientras el peso de los años de ausencia se asentaba sobre sus hombros.

Había pasado gran parte de su vida adulta lejos de su hijo, Lloyd. Bajo la justificación de investigar cómo detener la profecía del Ninja Verde, lo había dejado en la Escuela Darkley para Niños Malos. Ahora, con Lloyd convertido en un hombre joven, un maestro respetado y un líder por derecho propio, el abismo emocional entre ambos se sentía, a veces, insalvable.

La puerta de la biblioteca se deslizó suavemente. Lloyd entró, su presencia llenando la habitación con una energía contenida. Ya no era el niño que buscaba dulces y atención; era alto, de hombros anchos y mirada intensa.

— Madre, todavía estás despierta —comentó Lloyd, cerrando la puerta tras de sí.

Misako se giró, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos.

— Hay mucho que organizar para la próxima expedición, Lloyd. El conocimiento es nuestra mejor defensa.

Lloyd se acercó lentamente, observando la figura de su madre. Misako vestía sus ropas habituales de arqueóloga, que acentuaban su figura madura y elegante, una apariencia que no había pasado desapercibida para muchos en Ninjago, a pesar de su enfoque constante en el estudio.

— Siempre estás trabajando —dijo Lloyd, deteniéndose a pocos pasos de ella—. A veces me pregunto si lo haces para recuperar el tiempo perdido o para evitar enfrentarte a él.

Misako bajó la mirada, sintiendo la punzada de la culpa.

— Cometí errores, Lloyd. Muchos. Dejarte fue el más grande de ellos, incluso si creía que era por el bien del mundo.

— El mundo tuvo a su héroe —respondió él con una voz más baja—, pero yo no tuve a mi madre.

El aire en la habitación se volvió pesado. Misako se acercó a él, extendiendo una mano para tocar su brazo, un gesto de consuelo que se sintió cargado de una tensión incierta.

— Estoy aquí ahora —susurró ella.

— Lo estás —asintió Lloyd, clavando sus ojos verdes en los de ella—. Pero a veces siento que hay muros entre nosotros que ningún pergamino puede derribar.

Misako suspiró, sintiendo el conflicto interno. Sabía que su reputación y sus decisiones pasadas habían dejado cicatrices no solo en Lloyd, sino en cómo el mundo la percibía. Se sentía juzgada, no solo como madre, sino como mujer.

— ¿Qué es lo que buscas, Lloyd? —preguntó Misako, tratando de mantener la compostura—. ¿Perdón? ¿Respuestas?

— Busco entender quién eres realmente —dijo él, dando un paso más hacia su espacio personal—. No la arqueóloga, no la esposa de Garmadon. Solo tú.

La cercanía era inusual. Misako podía ver la determinación en el rostro de su hijo, una mezcla de resentimiento acumulado y una admiración que rozaba lo obsesivo. Lloyd siempre había sido devoto, pero la naturaleza de esa devoción parecía estar cambiando hacia algo más complejo y oscuro.

— Soy una mujer que ha vivido demasiado tiempo entre sombras y ruinas —respondió Misako, tratando de retroceder, pero encontrando el borde de la mesa detrás de ella.

— Tal vez sea hora de salir de las sombras —replicó Lloyd.

El silencio volvió a reinar, pero esta vez no era el silencio de la paz, sino el de una tormenta que se gestaba en el corazón de la montaña. Misako observó a su hijo, dándose cuenta de que el niño que abandonó se había convertido en un hombre con deseos y voluntades que ella apenas empezaba a comprender.

— Lloyd, deberías descansar —dijo ella, intentando romper el momento—. Mañana tenemos entrenamiento temprano.

— El entrenamiento puede esperar —dijo él, sin apartar la vista—. Las conversaciones pendientes no.

Misako sintió un escalofrío. La dinámica de poder en la habitación se había desplazado. Ya no era la madre guiando al hijo, sino dos individuos enfrentándose a las consecuencias de una vida de secretos y ausencias.

— No sé qué esperas oír de mí —dijo Misako en un susurro.

— No quiero oír nada más, madre —respondió Lloyd—, solo quiero que dejes de huir.

Lloyd se dio la vuelta y salió de la biblioteca, dejando a Misako sola con sus libros y su culpa, mientras las sombras del templo se alargaban sobre el suelo de madera. Ella sabía que esto era solo el comienzo de una confrontación que cambiaría para siempre el vínculo que tanto le había costado intentar reconstruir.
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