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El Interrogatorio de La Marina

Фандом: One Piece

Создан: 21.05.2026

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El Dilema de la Navegante y la Arqueóloga: Sesión de Risas en Alta Mar

Las celdas de detención del acorazado de la Marina estaban impregnadas de un olor metálico y salitre, un ambiente opresivo que contrastaba drásticamente con la libertad del Sunny. Nami y Nico Robin se encontraban en una posición comprometedora. Sus manos, alzadas por encima de sus cabezas, estaban sujetas por cadenas que colgaban del techo, mientras que pesados grilletes de kairoseki —piedra de mar— rodeaban sus tobillos, anulando por completo la capacidad de Robin para florecer extremidades y dejando a Nami sin acceso a su Clima-Tact.

Nami, con su largo cabello naranja cayendo en cascada sobre su espalda y su revelador top de bikini verde y blanco, intentaba mantener la compostura a pesar de la tensión en sus brazos. A su lado, Robin lucía una calma inquietante. Su chaleco de cuero violeta dejaba al descubierto su abdomen, y su falda rosa rozaba el frío suelo de metal.

La puerta de la celda se abrió con un chirrido pesado. Hina entró con su paso firme y elegante, envuelta en su abrigo de oficial y exhalando una nube de humo de su cigarrillo. Los marines que la escoltaban se cuadraron de inmediato.

—Hina está decepcionada —dijo la mujer de cabello rosado, cruzándose de brazos—. Hina esperaba que los Sombrero de Paja fueran más cautelosos. Retírense. Yo me encargaré de sacarles la ubicación de Luffy y el resto de la banda.

Cuando los subordinados cerraron la puerta tras de sí, el silencio solo fue roto por el tintineo de las cadenas. Hina se acercó a las dos mujeres, observándolas con una mezcla de respeto y determinación.

—Confesen ahora y Hina será clemente —advirtió con voz gélida—. No me obliguen a usar métodos que preferiría evitar.

Nami soltó una carcajada desafiante, aunque su voz tembló un poco por el esfuerzo físico.

—¿Crees que vamos a traicionar a nuestros amigos solo porque nos tienes encadenadas? —Nami arqueó una ceja, luciendo su figura curvilínea con orgullo a pesar de las circunstancias—. Tendrás que hacer algo mejor que amenazas vacías, Marina.

Robin sonrió de esa forma enigmática que siempre ponía nerviosos a sus enemigos.

—Nuestra lealtad no tiene precio —añadió la arqueóloga con suavidad—. Y me temo que su hospitalidad deja mucho que desear.

Hina estrechó los ojos. Una sonrisa lenta y algo maliciosa se dibujó en sus labios.

—Hina tiene métodos más... sofisticados que los golpes. Si no quieren hablar, tal vez sus cuerpos lo hagan por ustedes.

Sin previo aviso, Hina se lanzó hacia adelante. Con una precisión quirúrgica, hundió sus dedos en las axilas de Nami.

—¡Aaaaahhh! ¡No! ¡Jajajajaja! —El grito de sorpresa de la navegante se transformó instantáneamente en una carcajada histérica.

Nami comenzó a retorcerse, sus pies calzados con sandalias naranjas de tacón golpeando el suelo rítmicamente. El top de bikini no ofrecía protección alguna; la piel suave de sus axilas era un blanco fácil para los dedos ágiles de Hina, que se movían con una velocidad endiablada.

—¿Qué pasa, navegante? —preguntó Hina, intensificando el movimiento—. Hina nota que eres muy sensible aquí.

—¡Para! ¡Por favor! ¡Jajaja! ¡Es trampa! ¡Robin, ayúdame! —suplicó Nami, con lágrimas de risa asomando en sus ojos mientras su torso se sacudía violentamente.

Hina no se detuvo. Bajó sus manos rápidamente hacia las costillas de Nami, recorriendo la curva de su cintura. La navegante gritó de nuevo, sintiendo cómo cada roce enviaba descargas eléctricas de cosquillas por todo su sistema nervioso. Su figura, ahora más desarrollada y similar a la de Robin, se arqueaba desesperadamente bajo el ataque.

—Ahora, veamos ese vientre tan bien cuidado —murmuró Hina, descendiendo hacia el abdomen de Nami.

Los dedos de la oficial se hundieron en el vientre plano de la joven, justo por encima de sus jeans ajustados de tiro bajo. Nami se encogió, intentando proteger su barriga, pero las cadenas mantenían su torso expuesto y vulnerable.

—¡No ahí no! ¡Jajajajaja! ¡Me voy a morir! ¡Jajajaja! —Nami se retorcía tanto que las cadenas tintineaban con furia—. ¡Juro que... jajaja... cambiaré mi estilo de ropa! ¡Maldita sea!

Robin observaba la escena con una creciente preocupación, aunque no podía evitar una pequeña sonrisa nerviosa. Sin embargo, su turno llegaría pronto. Después de una hora de tortura incesante que dejó a Nami jadeando y exhausta, colgando de sus cadenas con el rostro sonrojado y el cabello revuelto, Hina se giró hacia la arqueóloga.

—Hina cree que tú tienes más secretos que ocultar, Nico Robin.

—Soy una mujer paciente —respondió Robin, aunque su respiración se aceleró cuando vio a Hina acercarse.

Hina comenzó de la misma manera, atacando las axilas de Robin. La arqueóloga, conocida por su estoicismo, resistió los primeros segundos con los labios apretados, pero la técnica de Hina era implacable. Pronto, las risas profundas y melódicas de Robin llenaron la celda.

—¡Fufufu... jajaja! ¡Deténgase, oficial! —Robin intentó usar su fuerza para alejarse, pero los grilletes de kairoseki la hacían sentir pesada y débil.

Hina bajó rápidamente hacia el vientre de Robin, expuesto por el chaleco violeta. Los dedos de la Marina se hundieron en la carne firme pero sensible de su abdomen, hurgando en los costados y bajando hacia la línea de su falda rosa.

—¡Aaaah! ¡Jajajaja! ¡No, ahí es... jajaja... demasiado! —Robin se retorcía con una desesperación que rara vez mostraba. Sus largas piernas se agitaban y su cabeza se echaba hacia atrás, revelando su frente mientras sus gafas de sol blancas resbalaban un poco.

—Parece que la arqueóloga impasible tiene un punto débil muy marcado en su vientre —comentó Hina con satisfacción, sin dejar de mover sus dedos—. Hina está disfrutando de esto.

Pasó otra hora de risas incontrolables. Ambas piratas estaban al borde del colapso por la fatiga, pero se negaban a soltar una sola palabra sobre sus compañeros. Nami respiraba con dificultad, con el vientre subiendo y bajando rápidamente, mientras Robin intentaba recuperar el aliento, con un par de mechones negros pegados a su frente por el sudor.

Hina se detuvo y las miró, evaluando su resistencia.

—Hina admira su terquedad. Pero Hina tiene una última carta que jugar.

La oficial señaló con sus dedos índice los ombligos de ambas mujeres. Al ver el gesto, Nami y Robin abrieron los ojos de par en par, una chispa de auténtico pánico cruzando sus rostros.

—¡No te atrevas! —exclamó Nami, intentando encoger el abdomen lo más posible—. ¡Hina, no!

—Eso sería... muy poco profesional —añadió Robin con voz entrecortada, tratando inútilmente de girar su cuerpo.

—Hina decide qué es profesional —sentenció la Marina.

Hina se posicionó entre las dos. Extendió su brazo izquierdo hacia el ombligo de Nami y el derecho hacia el de Robin. Con una precisión malvada, hundió sus dedos índices en las pequeñas cavidades y comenzó a hurgar y girar rítmicamente.

—¡¡¡KYAAAAAJAJAJAJAJA!!! —El grito unísono de las dos mujeres fue ensordecedor.

Nami se dobló hacia adelante tanto como las cadenas se lo permitían, mientras sus dedos de los pies se contraían dentro de sus sandalias. La sensación de los dedos de Hina dentro de su ombligo era una tortura de cosquillas insoportable que la hacía perder el control total de sus músculos.

—¡¡PARA, PARA, PARA!! ¡JAJAJAJA! ¡NO PUEDO... JAJAJA... RESPIRAR! —chillaba la navegante, con el cuerpo sacudido por espasmos de risa.

Robin, por su parte, soltaba carcajadas desesperadas, con las lágrimas rodando por sus mejillas. Su vientre, que siempre había sido su zona más sensible, estaba siendo atacado de la forma más directa posible.

—¡Jajajajaja! ¡Basta... fufufu... jajajaja! ¡Es... jajaja... demasiado! —La arqueóloga ya no podía articular palabras coherentes. Solo podía reír y retorcerse, sintiendo cómo el dedo de Hina exploraba cada terminación nerviosa de su ombligo.

Hina continuó durante lo que parecieron horas, alternando entre giros rápidos y presiones suaves que hacían que las dos piratas se deshicieran en carcajadas. El sonido de sus risas llenaba el pasillo exterior, haciendo que los marines que custodiaban la puerta se miraran entre sí con extrañeza, preguntándose qué tipo de interrogatorio estaba llevando a cabo su capitana.

—Hina tiene todo el tiempo del mundo —dijo ella, con una sonrisa triunfal mientras seguía hurgando en sus ombligos—. Sus amigos no vendrán pronto, y Hina necesita entretenimiento.

Nami y Robin, incapaces de hablar, solo podían mirarse entre sí con ojos llorosos, compartiendo el sufrimiento de la risa. Sus cuerpos, tan hermosos y ahora tan vulnerables, eran juguetes en manos de la Marina. La tortura de cosquillas estaba lejos de terminar, y mientras el acorazado surcaba las aguas del Nuevo Mundo, las dos Sombrero de Paja solo podían esperar que su resistencia fuera más fuerte que las incansables manos de Hina.
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