
Shanks x Hinata hyuga
Фандом: One piece x naruto
Создан: 04.07.2026
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El Susurro de los Girasoles y el Océano Rojo
El Nuevo Mundo era un lugar donde la lógica se doblaba ante el capricho del clima y la fuerza de los hombres. Islas que llovían fuego, mares de rayos y corrientes que desafiaban la gravedad eran el pan de cada día para los piratas que se atrevían a surcar sus aguas. Sin embargo, Konoha era diferente. No era una isla de pesadilla, sino un oasis de una serenidad casi inquietante, protegida por bosques tan densos que parecían susurrar secretos antiguos a quienes se acercaban demasiado.
El Red Force, el imponente navío del Pelirrojo, se mecía suavemente en las aguas cristalinas del puerto natural de la nación del fuego. Shanks, con apenas veintiocho años pero cargando ya con el peso de mil batallas y la leyenda de un brazo perdido en el East Blue, se apoyaba en la borda de madera. No llevaba su icónico sombrero de paja; se lo había confiado a un niño con sueños de grandeza en un puerto lejano, dejando que su cabello rojo ondeara libremente bajo la brisa templada.
—Capitán, este lugar es extraño —comentó Benn Beckman, encendiendo un cigarrillo mientras observaba las altas murallas de madera que rodeaban la aldea—. No parecen piratas, ni marinos, ni siquiera comerciantes comunes. Hay una energía rara en el aire.
Shanks no respondió de inmediato. Sus ojos, afilados como los de un halcón pero usualmente llenos de una alegría contagiosa, estaban fijos en un punto lejano, más allá de los muelles, donde el bosque se abría para revelar un campo de entrenamiento cubierto de flores silvestres.
—Es paz, Benn —murmuró Shanks, con una sonrisa ladeada—. Una paz que se defiende con colmillos y garras. No bajen la guardia, pero tampoco busquen pelea. Solo estamos aquí para reabastecer el ron y ver qué historias cuenta esta tierra.
Pero Shanks no se movió. Mientras su tripulación comenzaba a descender para negociar con los lugareños —hombres y mujeres con bandas metálicas en la frente y miradas que analizaban cada movimiento—, él se quedó allí, anclado por una visión que le robó el aliento.
A lo lejos, cerca de un riachuelo que serpenteaba hacia el mar, una figura caminaba con una elegancia que contrastaba con la rusticidad del entorno.
Era una mujer. Su cabello, de un azul tan profundo que recordaba a las profundidades del océano a medianoche, caía en una cascada lacia hasta su cintura. Un flequillo perfectamente cortado enmarcaba un rostro de una palidez lunar, pero lo que más llamó la atención del pirata, incluso a la distancia, fue la rectitud de su postura y la suavidad de sus movimientos.
Hinata Hyuga no sabía que estaba siendo observada. A sus veinte años, la heredera del clan Hyuga caminaba con la serenidad de quien ha encontrado su lugar en el mundo después de muchas tormentas. Llevaba una cesta de mimbre en el brazo, probablemente llena de hierbas medicinales o flores, y su paso era ligero, casi etéreo.
Shanks ajustó su capa negra sobre el hombro derecho, el único que le quedaba. Sintió un vuelco extraño en el pecho, una sensación que no tenía nada que ver con el peligro o la ambición. Era una fascinación instantánea, un anclaje emocional que no sabía que era capaz de experimentar tan rápido.
—¿Quién es ella? —se preguntó en un susurro que se perdió en el viento.
—¿Decías algo, jefe? —Lucky Roux pasó por su lado, dándole un mordisco a una enorme pieza de carne.
—Nada, Lucky. Adelántate. Iré en un momento.
Shanks saltó del barco con la agilidad de un gato, aterrizando en el muelle sin hacer ruido. Evitó el camino principal por el que se dirigían sus hombres. En su lugar, se movió por la periferia, utilizando el sigilo que solo un hombre con su nivel de Haki podía poseer. No quería interrumpirla, no quería asustarla. Solo quería verla más de cerca.
Se ocultó tras el tronco de un árbol ancestral, a unos veinte metros de donde ella se había detenido. Hinata dejó la cesta en el suelo y se arrodilló junto al agua. El sol de la tarde filtraba sus rayos a través de las copas de los árboles, creando motas de luz dorada que bailaban sobre su piel.
Shanks contuvo la respiración. Había visto reinas de belleza en el Grand Line, sirenas de ensueño en la isla Gyojin y guerreras formidables en el Nuevo Mundo, pero nunca nada parecido a esta serenidad. Ella cerró los ojos un momento, respirando el aire puro del bosque, y por un segundo, Shanks sintió que el tiempo se detenía.
—Es hermosa... —admitió para sí mismo, su mano derecha buscando instintivamente la empuñadura de Gryphon, no por amenaza, sino por puro nerviosismo—. Demasiado hermosa para este mar tan sangriento.
Hinata se puso de pie, limpiando un poco de tierra de su ropa. Sus ojos, esas perlas sin pupila características de su linaje, miraron por un instante hacia el bosque, justo en la dirección donde Shanks se ocultaba. El pirata se pegó más al árbol, suprimiendo su presencia al máximo. No era miedo a ser descubierto en combate; era el miedo absurdo de que, si ella lo veía, el hechizo se rompería.
Ella no vio nada, o quizás decidió que el susurro entre las hojas era solo el viento. Con una pequeña sonrisa, retomó su cesta y comenzó a caminar de regreso hacia las puertas de la aldea.
Shanks la siguió desde las sombras, manteniendo siempre una distancia prudencial. La vio cruzar el mercado, donde los aldeanos la saludaban con respeto y cariño.
—Buenos días, Lady Hinata —dijo un anciano que vendía verduras.
—Buenos días, Sr. Tanaka —respondió ella con una voz que, para Shanks, sonó como el tintineo de campanas de plata—. Espero que su nieta se sienta mejor.
—Mucho mejor, gracias a las medicinas que nos envió. Que el fuego la proteja.
Shanks se apoyó en un callejón sombrío, observando cómo ella se perdía entre la multitud. Un pirata de su calibre no debería estar perdiendo el tiempo siguiendo a una desconocida, pero había algo en ella que lo llamaba, una gravedad que lo atraía hacia su órbita. No era solo su belleza física; era el aura de bondad y fuerza silenciosa que emanaba.
—Vaya, vaya... El gran Pelirrojo escondido en los rincones como un novato —la voz de Beckman apareció a su espalda, cargada de una ironía seca.
Shanks no se sobresaltó. Soltó una risa baja y se frotó la nuca con su única mano.
—Me pillaste, Benn.
—¿Es la chica del cabello azul? —preguntó el primer oficial, echando un vistazo hacia donde Hinata había desaparecido—. Es una de las nobles de aquí. El clan Hyuga. Dicen que son los ojos que todo lo ven. Si te acercas más, probablemente sepa hasta cuántos pelos tienes en la barba antes de que abras la boca.
—Hyuga... —repitió Shanks, saboreando el nombre—. Es un nombre fuerte.
—Shanks, nos vamos mañana al amanecer —advirtió Beckman, su tono volviéndose serio—. No estamos aquí para buscar esposa, y este lugar no es parte de nuestro territorio. Si el Gobierno Mundial se entera de que un Yonko está merodeando en las tierras de los Shinobi, habrá problemas que ni tú quieres gestionar ahora mismo.
—Lo sé, lo sé —dijo Shanks, aunque sus ojos seguían fijos en el punto donde la había visto por última vez—. Solo... dame esta tarde, Benn.
El resto del día, Shanks fue un fantasma en Konoha. No intentó hablar con ella. No buscó una excusa para cruzarse en su camino. Simplemente se dedicó a observarla desde la distancia. La vio entrenar en un dojo abierto, donde sus movimientos fluidos y precisos golpeaban el aire con una fuerza invisible que hacía vibrar el entorno. La vio ayudar a un niño que se había caído, curando su raspadura con una luz verde que emanaba de sus manos.
Cada acción de Hinata era una nota en una melodía que Shanks no quería dejar de escuchar.
Al caer la noche, Konoha se iluminó con linternas de papel. El pirata se sentó en el tejado de una casa alejada, bebiendo de una botella de sake que había comprado en el mercado. Desde allí, tenía una vista clara de la mansión Hyuga.
Vio a Hinata salir a un balcón. Ella miraba hacia el puerto, hacia donde las luces del Red Force brillaban en la oscuridad del mar. Por un momento, Shanks pensó que sus miradas se encontraban, a pesar de los cientos de metros que los separaban. Él levantó su botella en un brindis silencioso, una sonrisa triste adornando sus labios.
—Un mundo diferente, una vida diferente... —susurró el pelirrojo.
Él era un hombre del mar, un proscrito, un guerrero que vivía entre tormentas y pólvora. Ella era una flor arraigada en la tierra, una protectora de su gente, una luz de calma en un mundo de sombras. Eran dos líneas paralelas en el vasto mapa del Nuevo Mundo que, por un capricho del destino, se habían cruzado visualmente por un solo día.
—¿Capitán? —la voz de Yasopp llegó por el den-den mushi pequeño que llevaba en el cinturón—. El viento está cambiando. Si queremos salir con la marea alta, tenemos que movernos ya.
Shanks suspiró. Se puso de pie, sintiendo el peso de su capa y la ausencia de su brazo. Miró una última vez a la mujer del cabello azul. Ella seguía allí, contemplando el horizonte, sin saber que el hombre más buscado de los mares acababa de entregarle su interés más sincero sin haberle dicho una sola palabra.
—Llego en diez minutos —respondió Shanks.
Caminó de regreso al puerto, pero antes de subir a la pasarela del Red Force, se detuvo. Buscó en su bolsillo y sacó una pequeña moneda de oro, una pieza rara de una civilización perdida que había encontrado en sus viajes. Con un movimiento rápido, la dejó sobre un poste del muelle, justo donde los rayos del sol la golpearían al amanecer.
—Un regalo para la tierra del fuego —murmuró.
El Red Force zarpó en silencio, cortando las aguas oscuras mientras se alejaba de la costa de Konoha. Shanks se quedó en la popa, observando cómo las luces de la aldea se hacían pequeñas, hasta que solo quedó el resplandor de las estrellas.
—¿No vas a intentar volver? —preguntó Beckman, acercándose con dos tazas de café.
Shanks tomó una y miró hacia el horizonte, donde el Nuevo Mundo prometía más caos y aventuras.
—A veces, Benn, lo más valioso no es lo que conquistas, sino lo que dejas intacto —dijo Shanks con una sabiduría que superaba sus años—. Ella no necesita a un pirata en su vida. Pero me alegra saber que, en algún rincón de este mar loco, existe alguien como ella.
—Te has enamorado como un crío, Shanks —se burló Beckman, aunque había respeto en su voz.
—Puede ser —rio el pelirrojo, bebiendo el café caliente—. Pero es un buen sentimiento para llevar en el corazón mientras navegamos hacia el fin del mundo.
En la orilla, Hinata Hyuga sintió un escalofrío repentino. Miró hacia el mar, donde la silueta del gran barco desaparecía en la penumbra. No sabía por qué, pero sintió una extraña calidez, como si un sol lejano la hubiera tocado por un instante. Bajó la mirada y vio algo brillar en el poste del muelle.
Se acercó y tomó la moneda de oro. Era extraña, con grabados de olas y un sol radiante. No pertenecía a ninguna nación que ella conociera.
—Qué extraño... —dijo Hinata, guardando la moneda en su bolsillo mientras una pequeña sonrisa aparecía en su rostro—. Gracias, viajero.
El Red Force ya no era visible, pero el vínculo silencioso, forjado en la observación y el respeto, se quedó grabado en la memoria de un pirata que, por un día, encontró algo más preciado que el One Piece en los ojos de una desconocida.
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