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Carita de ángel

Фандом: carlos puch

Создан: 08.12.2025

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El eco de un disparo en la noche

Marzo de 1971. El aire de la noche era denso, cargado de una humedad que se pegaba a la piel y el olor a pasto mojado después de una lluvia reciente. En la oscuridad, la silueta del boliche Enamour se alzaba como un gigante dormido, sus luces apagadas, sus puertas cerradas, pero por dentro, el murmullo de los billetes recién contados prometía una noche gloriosa.

Carlos y Jorge se movían como sombras, sincronizados, el uno el reflejo oscuro del otro. No necesitaban hablar; sus miradas bastaban para entender el plan, para sentir la adrenalina que les corría por las venas. Jorge, con su energía inquieta, era el motor, el que empujaba, el que tenía esa chispa de picardía en los ojos oscuros. Carlos, en cambio, era un misterio, una calma helada que ocultaba un volcán. Sus rulos rubios se movían suavemente con la brisa nocturna, y sus ojos claros, que para muchos eran angelicales, guardaban una frialdad que asustaba.

Habían estado observando el lugar durante semanas, conociendo cada entrada, cada salida, cada rutina. Sabían que el dueño y el sereno pasaban la noche en el boliche después de cerrar, durmiendo en una pequeña oficina en la parte trasera.

– Es ahora –murmuró Jorge, su voz apenas un susurro que se perdió en el viento.

Carlos asintió, su rostro impasible. Llevaba en la mano una pistola Ruby, un arma pequeña pero letal que se sentía extrañamente cómoda en su palma. Había una desconexión en él, una habilidad para separar sus acciones de cualquier emoción, como si todo fuera parte de un juego, de una película en la que él era el protagonista invencible.

Entraron por una ventana trasera que Jorge había manipulado días antes. El interior estaba oscuro, solo roto por los débiles haces de luz de sus linternas. El silencio era abrumador, solo interrumpido por el crujido ocasional de sus pasos sobre la alfombra. El olor a alcohol rancio y cigarrillo impregnaba el ambiente, una mezcla extraña y densa que les recordaba el mundo que estaban por desvalijar.

Llegaron a la oficina. La puerta estaba entreabierta. Adentro, dos figuras roncaban pesadamente en sus camas improvisadas. El dueño, un hombre robusto de unos cincuenta años, y el sereno, más joven, acurrucado en una esquina.

Jorge se adelantó, abriendo el cajón de un escritorio con una ganzúa. El sonido metálico fue apenas audible. Sacó fajos de billetes, apilándolos con rapidez y eficiencia. Sus ojos brillaban en la oscuridad, la excitación del robo clara en su rostro.

Carlos se quedó en la entrada de la habitación, observando. La pistola Ruby, fría y pesada en su mano. No había miedo en sus ojos, ni remordimiento, solo una curiosidad distante, como si fuera un espectador más en esa escena.

De repente, el sereno se movió, un gemido escapó de sus labios. Sus ojos se abrieron lentamente, aún nublados por el sueño. Vio la figura de Jorge, agachada frente al escritorio, y luego a Carlos, inmóvil en el umbral, con un brillo metálico en la mano.

Un grito ahogado se formó en su garganta, pero antes de que pudiera salir, un disparo seco resonó en la habitación. ¡PUM! La bala impactó en el pecho del sereno, silenciando su grito para siempre.

El dueño se despertó de golpe, sus ojos desorbitados se fijaron en Carlos, que ahora apuntaba directamente hacia él. No hubo palabras, no hubo súplicas. Solo otro disparo, rápido y certero. ¡PUM! El cuerpo del dueño se desplomó sin vida.

El silencio volvió, pero esta vez era diferente. No era el silencio de la noche, sino el de la muerte. Un silencio pesado, denso, cargado de plomo y sangre.

Jorge se detuvo, el dinero en sus manos, y miró a Carlos. No había sorpresa en su rostro, ni horror. Solo una comprensión tácita, una aceptación de la oscuridad que compartían. Carlos había cruzado una línea, una que Jorge siempre supo que estaba allí, esperando el momento justo para ser pisada.

– Vamos –dijo Carlos, su voz tranquila, casi aburrida, como si acabara de matar a dos personas fuera tan mundano como respirar.

Recogieron el dinero, 350.000 pesos, una fortuna para la época. Salieron del boliche tan silenciosamente como entraron, dejando atrás dos cuerpos inertes y el eco de sus acciones. El aire de la noche seguía siendo denso, pero ahora, para Carlos, tenía un matiz diferente, un sabor a poder, a impunidad.

Mientras caminaban por las calles vacías de Olivos, la luna llena brillaba en lo alto, indiferente a los horrores que se cometían bajo su luz. Carlos miró al cielo, sus ojos claros reflejando la luna, una extraña mezcla de inocencia y oscuridad en su rostro angelical.

***

Mientras tanto, a unas pocas cuadras de allí, en una casa con jardín, Luna dormía. Su habitación, decorada con un toque bohemio, sus dibujos y cuadernos esparcidos por doquier, era un santuario. La luz de la luna se colaba por la ventana, iluminando su cabello castaño y sus rasgos delicados.

Soñaba con Italia, con la moda, con una vida lejos de las paredes que a veces sentía que la asfixiaban. En su sueño, bailaba en un campo de lavanda, con un vestido vaporoso que ella misma había diseñado, el viento acariciando su piel.

Pero en la realidad, la casa de Luna también guardaba sus propias sombras. La presencia de su padre, aunque intermitente, era una nube constante. Sus estallidos de ira, su control sutil pero omnipresente, habían marcado a Luna y a su hermana. Margarita, su madre, era la roca, la que mantenía el equilibrio, la que intentaba protegerlas de las tormentas familiares.

Al día siguiente, el sol de marzo se asomó, pintando el cielo de un azul pálido. La noticia del doble asesinato en el boliche Enamour corrió como reguero de pólvora por Olivos. Los vecinos hablaban en susurros, los periódicos gritaban titulares sensacionalistas. El miedo se instaló en el ambiente, una sensación de vulnerabilidad que no era común en el tranquilo barrio.

Luna se despertó con el murmullo de su madre y su hermana en la cocina. El aroma a café y tostadas llenaba la casa, pero había una tensión palpable en el aire.

– ¿Escuchaste lo que pasó? –preguntó su hermana menor, sus ojos grandes y asustados.

– ¿Qué cosa? –Luna se sentó a la mesa, frotándose los ojos.

– ¡En el Enamour! Mataron al dueño y al sereno. ¡A sangre fría!

Luna sintió un escalofrío. El Enamour era el boliche más conocido de la zona, un lugar de encuentro, de risas, de juventud. La idea de que algo tan brutal hubiera ocurrido allí, tan cerca de su casa, era escalofriante.

– ¿Quién pudo hacer algo así? –preguntó, más para sí misma que para sus familiares.

Margarita, con el ceño fruncido, sirvió el café.

– La gente está diciendo que fueron ladrones, pero… es muy raro. Matar así, sin más.

El desayuno transcurrió en silencio, cada una perdida en sus pensamientos. Luna no podía sacarse de la cabeza la imagen. ¿Quién sería capaz de tanta frialdad?

Ese día en el colegio, el tema de conversación era uno solo. Dione, su amiga del alma, la esperaba en la entrada, con los ojos llenos de preocupación.

– Luna, ¿te enteraste? –dijo Dione, apenas dándole tiempo de responder. – Es espantoso. Mi mamá dice que ya no se puede salir tranquila.

– Sí, mi hermana me contó. No puedo creerlo. ¿Dos personas? ¿Así nomás?

– Dicen que los encontraron en la oficina, como si hubieran estado durmiendo. Es de película de terror.

Las chicas pasaron el recreo especulando, intentando darle sentido a lo incomprensible. La inocencia de su burbuja de colegio privado se sentía un poco rota, contaminada por la violencia del mundo exterior.

Mientras tanto, Carlos y Jorge se reunieron en un café de la zona, alejados del bullicio de los comentarios. Carlos, con su habitual calma, tomaba un café con leche, sus ojos claros escaneando el periódico que había dejado Jorge sobre la mesa. La noticia del Enamour ocupaba toda la primera plana.

– La policía no tiene ni idea –dijo Jorge, con una sonrisa ladeada, el brillo de la picardía en sus ojos. – Creen que fue un robo, pero no encuentran pistas.

Carlos no dijo nada, solo siguió leyendo el artículo, como si fuera un mero observador de los acontecimientos. Su rostro era una máscara de indiferencia. La adrenalina de la noche anterior se había disipado, dejando un vacío que ya empezaba a buscar cómo llenar.

– Con esta plata podemos hacer un montón de cosas –continuó Jorge, emocionado. – ¿Qué pensás? ¿Viaje? ¿Invertir?

Carlos levantó la vista del periódico, sus ojos se encontraron con los de Jorge.

– Lo que vos quieras –dijo, su voz plana. – Yo ya tengo lo que quería.

Jorge lo miró, intentando descifrar el enigma que era Carlos. Sabía que no era solo el dinero lo que lo movía, ni la adrenalina. Había algo más profundo, una oscuridad que lo atraía, una necesidad de probar límites, de sentirse vivo a través de actos que a otros les helarían la sangre.

– ¿Y Mónica? –preguntó Jorge, con un tono burlón. – ¿Le vas a contar a tu novia que sos un asesino ahora?

Carlos sonrió, una sonrisa apenas perceptible que no llegaba a sus ojos.

– Mónica no necesita saber todo.

En ese momento, una chica con cabello castaño claro y ojos color miel pasó por la vereda del café. Llevaba un vestido romántico y unas zapatillas, una mezcla curiosa que a Carlos le llamó la atención. Era Luna, saliendo de la escuela con Dione, riendo mientras caminaban.

Carlos la observó por un momento, sus ojos claros fijos en ella. Había algo en su forma de reír, en su ligereza, que contrastaba fuertemente con la pesadez de la noche anterior. Un brillo, una luz que, por un instante, pareció romper la fría indiferencia de Carlos.

Luna, ajena a la mirada que la seguía, siguió su camino, envuelta en su propio mundo de sueños y ambiciones. No sabía que, a pocos metros de ella, el chico de rulos rubios y ojos claros, el mismo que había sembrado el terror en el barrio, la observaba con una curiosidad que iba más allá de lo superficial.

El destino, caprichoso y cruel, ya había tejido sus hilos. Y en el eco de un disparo en la noche, la vida de Luna y Carlos estaba a punto de cruzarse de una manera que ninguno de los dos podría haber imaginado. Los mundos opuestos de la inocencia y la oscuridad, de la luz y la sombra, estaban a punto de colisionar en un torbellino de consecuencias impredecibles.
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