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Fabricante de amor
Фандом: Percy Jackson
Создан: 15.12.2025
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El Despertar de la Luna y el Fuego
El Campamento Mestizo era un torbellino de actividad bajo el sol dorado de Long Island. Nuevos campistas llegaban cada semana, algunos perdidos, otros asustados, todos buscando un lugar al que pertenecer. Entre ellos, una figura destacaba por su porte. No era la más alta, ni la más ruidosa, pero había algo en la forma en que se movía, en la intensidad de su mirada, que la hacía inolvidable. Su nombre era Artemis.
Artemis había llegado al campamento dos semanas antes, con la típica amnesia de los semidioses y una nota críptica que solo decía su nombre. Su cabello, de un castaño oscuro que caía en ondas salvajes hasta la cintura, enmarcaba unos ojos avellana que brillaban con una inteligencia aguda y una curiosidad insaciable. Desde el primer día, se había sumergido en el entrenamiento con una dedicación feroz. Esgrima, arquería, combate cuerpo a cuerpo... parecía absorberlo todo, como si su cuerpo y mente hubieran estado esperando este desafío toda su vida.
No sabía quién era su padre divino, lo cual era frustrante. Había sido asignada a la cabaña de Hermes, el hogar provisional de todos los campistas no reclamados, y aunque los hijos del dios mensajero eran amigables, Artemis sentía un vacío, una pieza faltante en el rompecabezas de su identidad. Por eso entrenaba tan duro. Tal vez, pensaba, si se volvía lo suficientemente buena, si demostraba su valía, su padre se dignaría a reconocerla.
Un día particularmente agotador, durante una sesión de esgrima con Clarisse, la hija de Ares, la espada de Artemis se encontró con la lanza eléctrica de su oponente con un choque ensordecedor. El metal gimió, la hoja vibró y, con un sonido metálico y triste, se partió por la mitad. La sorpresa en el rostro de Artemis fue genuina. Había entrenado con esa espada desde que llegó, y aunque no era la mejor, se había acostumbrado a su peso y equilibrio.
"¡Maldición!", exclamó, recogiendo los pedazos. Clarisse, por una vez, no se burló. "Es una pena. Era una buena espada, para ser una de las del armero".
Artemis frunció el ceño. "Tendré que conseguir una nueva".
"O repararla", sugirió Clarisse encogiéndose de hombros. "Si tienes manos para ello. O podrías ir a la forja. Hay un chico ahí, Demio, que es bastante bueno reparando cosas. Y creando también".
La idea de ir a la forja no le entusiasmaba. Artemis prefería la soledad de su propia compañía o la interacción directa de un combate. Pero la idea de reparar su propia espada, de darle una segunda vida, le atraía más que simplemente reemplazarla. Además, siempre había sentido una extraña afinidad por las cosas hechas a mano, por la belleza de la artesanía.
Así que, con los restos de su espada en una bolsa de lona, Artemis se dirigió a la forja. El aire se volvió más cálido y el sonido del metal golpeando el metal resonó a medida que se acercaba. Al entrar, el calor la golpeó, mezclado con el olor a azufre, carbón y metal caliente. La forja era un caos organizado de herramientas, yunques, piezas de metal y chispas volando por todas partes.
En el centro de todo, inclinado sobre un yunque, había un chico. Su cabello oscuro caía sobre su frente mientras martillaba con una concentración total una pieza de metal. La luz del fuego del horno iluminaba su rostro, revelando una piel ligeramente tiznada y unos ojos que, aunque no pudo ver claramente, parecían brillar con la misma intensidad que el metal que trabajaba. Era Demio.
Demio, hijo de Hefesto, era un alma tranquila en el ruidoso mundo del Campamento Mestizo. Su timidez era legendaria entre los hijos de Hefesto, pero su habilidad con el metal no tenía rival. Podía transformar un trozo de chatarra en una obra de arte, o reparar el arma más dañada con una precisión asombrosa. Pasaba la mayor parte de su tiempo en la forja, encontrando consuelo en el ritmo repetitivo de su trabajo y la satisfacción de crear algo tangible.
Artemis se acercó con cautela, sin querer interrumpir el trance del chico. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, tosió ligeramente.
Demio levantó la vista, sus ojos oscuros y profundos se encontraron con los avellana de Artemis. Un rubor subió por su cuello. No estaba acostumbrado a la atención, especialmente de las chicas, y menos aún de una tan... intensa como Artemis.
"Hola", dijo Artemis, sosteniendo la bolsa de lona. "Mi espada se rompió. Clarisse me dijo que tal vez podrías ayudarme a repararla. O al menos, indicarme dónde puedo encontrar las herramientas para hacerlo yo misma".
Demio miró la bolsa, luego a Artemis, y luego de nuevo a la bolsa. Su voz era apenas un murmullo. "Claro... tráela. Puedo echar un vistazo".
Artemis sacó los trozos de su espada. Demio los examinó con cuidado, sus dedos rozando el metal roto. "Una buena espada", dijo finalmente, su voz un poco más fuerte. "El metal es de buena calidad. Se puede reparar. Pero tomará tiempo y paciencia".
"Estoy dispuesta a poner el tiempo y la paciencia", dijo Artemis. "Quiero aprender. Quiero hacerlo yo misma".
Los ojos de Demio se abrieron un poco con sorpresa. La mayoría de los campistas simplemente le daban sus armas y esperaban que él las reparara. Ver a alguien tan dispuesto a ensuciarse las manos era inusual.
"Bien", dijo, una pequeña sonrisa asomando en sus labios. "Entonces te enseñaré. Empiezas por aquí..."
Artemis pasó las siguientes horas en la forja, bajo la atenta y sorprendentemente paciente guía de Demio. Él le enseñó a limpiar el metal, a calentarlo en el horno, a martillar las piezas rotas para unirlas de nuevo. La parte más difícil fue la soldadura, un proceso delicado que requería una mano firme y una concentración absoluta. Artemis, con su inteligencia aguda y su destreza natural, aprendió rápidamente.
Mientras trabajaban, Demio, a pesar de su timidez, comenzó a abrirse un poco. Habló de los diferentes tipos de metales, de las propiedades de cada uno, de las técnicas que había aprendido de su padre y de los hermanos mayores de la cabaña. Artemis, a su vez, le contó sobre su frustración por no saber quién era su padre, y sobre su deseo de ser útil y fuerte.
Demio la escuchaba con atención, sus ojos fijos en ella mientras hablaba. Había algo en Artemis que lo atraía, no solo su belleza, sino su determinación, su creatividad, su espíritu indomable. Ella era diferente a las otras chicas del campamento. No era ruidosa ni superficial. Tenía una profundidad, un fuego interior que lo intrigaba.
Cuando finalmente terminaron, la espada de Artemis estaba como nueva, incluso mejor. La cicatriz de la reparación era apenas visible, un testimonio de la habilidad de Demio y del esfuerzo conjunto. Artemis la blandió, sintiendo el equilibrio perfecto, el metal ahora más fuerte que antes.
"Gracias, Demio", dijo, una sonrisa genuina iluminando su rostro. "No solo por reparar mi espada, sino por enseñarme. Ha sido fascinante".
Demio se sonrojó de nuevo. "De nada, Artemis. Me alegro de haberte podido ayudar... y de que te haya gustado".
Cuando Artemis se fue, Demio se quedó en la forja, el sonido del martillo silenciado. La imagen de Artemis, con el rostro tiznado y los ojos brillando con entusiasmo, se quedó grabada en su mente. Nunca antes había sentido una conexión así con nadie. Se dio cuenta de que quería saber más sobre ella, de que quería pasar más tiempo con ella. Pero ¿cómo acercarse a una chica tan fascinante y, al mismo tiempo, tan inalcanzable?
Unos días después, el Campamento Mestizo organizó una fiesta en la playa para celebrar el fin de una semana particularmente exitosa en la captura de la bandera. La hoguera crepitaba alegremente, la música resonaba y el ambiente era festivo. Artemis, vestida con unos jeans y una camiseta sencilla, se sentía un poco fuera de lugar. No era una persona de fiestas, pero sus amigos de la cabaña de Hermes la habían convencido de ir.
Mientras la noche avanzaba, un grupo de campistas, hijos de Ares, comenzaron a armar un alboroto. Uno de ellos, un chico grande y musculoso llamado Mike, comenzó a molestar a un campista más pequeño de la cabaña de Deméter. Artemis, que estaba cerca, no pudo quedarse de brazos cruzados.
"Déjalo en paz, Mike", dijo, su voz tranquila pero firme.
Mike se rió. "Vaya, vaya, la princesa de Hermes ha venido a salvar el día. ¿O es que no sabes quién es tu papi, muñeca?"
El comentario sobre su padre siempre la encendía. Artemis apretó los puños. "Eso no es asunto tuyo. Déjalo en paz".
Mike, envalentonado por sus amigos, se acercó a ella. "O qué, ¿me vas a golpear con tu espada rota?"
Artemis no esperó. En un movimiento fluido, sacó el cuchillo de bronce celestial que siempre llevaba consigo. No era su espada, pero era igual de letal en sus manos expertas. La pelea fue rápida y brutal. Mike, confiado en su tamaño y fuerza, subestimó la agilidad y la destreza de Artemis. Ella esquivó sus golpes, lo desarmó con un movimiento rápido y lo inmovilizó contra la arena, su cuchillo presionado contra su garganta.
Un silencio se apoderó de la playa. Todos los ojos estaban fijos en Artemis, que respiraba con dificultad, pero con una mirada de determinación inquebrantable en sus ojos.
"¿Alguien más quiere probar suerte?", preguntó, su voz resonando en el silencio.
Nadie respondió. Mike, con el rostro pálido, asintió vigorosamente. Artemis lo soltó y él se alejó cojeando, avergonzado.
Justo en ese momento, una luz brillante descendió del cielo. Era una luz dorada y cálida, que envolvía a Artemis y la hacía brillar. Un símbolo apareció sobre su cabeza: un arco dorado y una lira, entrelazados.
Quirón, que había llegado corriendo al escuchar la conmoción, sonrió. "Artemis, hija de Apolo, dios de la luz, la música, la arquería y la poesía".
La revelación fue asombrosa. Artemis, la chica que se había sentido perdida y sin padre, era la hija de uno de los dioses más poderosos del Olimpo. Una ola de alivio y asombro la inundó. No era solo una campista más. Tenía un legado, una identidad.
El campamento estalló en vítores. Los hijos de Apolo se acercaron felices a darle la bienvenida. Artemis, con una sonrisa radiante, se sintió por primera vez completamente en casa.
Demio, que había estado observando todo desde la distancia, sintió una mezcla de orgullo y desasosiego. Orgullo por la valentía de Artemis, por su victoria, por su reconocimiento. Y desasosiego, porque ahora ella era la hija de Apolo, una diosa en potencia, y él... bueno, él era solo Demio, el hijo de Hefesto. ¿Cómo podría un simple herrero acercarse a alguien tan brillante y especial?
La semana siguiente, Artemis se mudó a la cabaña de Apolo. Se adaptó rápidamente, encontrando en sus hermanos y hermanas el mismo amor por la música, la poesía y la arquería. Su talento con la lira era prodigioso, y su puntería con el arco, ya buena, mejoró exponencialmente.
Demio, por su parte, se retiró aún más a la forja. Pasaba sus días creando y reparando, pero su mente estaba constantemente en Artemis. La veía a lo lejos, entrenando con el arco, o tocando la lira junto a la hoguera. Quería hablarle, invitarla a dar un paseo, quizás incluso mostrarle una de sus nuevas creaciones. Pero cada vez que pensaba en acercarse, su timidez lo paralizaba.
Una tarde, mientras trabajaba en una intrincada pieza de armadura, Demio escuchó un sonido familiar. Una melodía dulce y melancólica, tocada con una lira, flotaba desde la cabaña de Apolo. Era Artemis. Su música era tan hermosa como ella, llena de emoción y arte.
Demio dejó caer su martillo. La música lo conmovió, lo inspiró. Se dio cuenta de que no importaba si era un hijo de Hefesto y ella una hija de Apolo. Había algo más, algo que los unía, algo que había sentido en la forja cuando estaban trabajando juntos. Ambos eran creativos, ambos eran apasionados por lo que hacían.
Una idea comenzó a formarse en su mente. No podía acercarse a ella con palabras, quizás. Pero podía hacerlo con lo que mejor sabía hacer. Podía acercarse a ella con un regalo, algo hecho con sus propias manos, algo que expresara lo que sentía, sin necesidad de palabras.
Pasó los días siguientes trabajando en secreto en un proyecto especial. Cada golpe de martillo, cada chispa volando, cada soldadura, era un acto de amor y admiración. Quería crear algo digno de Artemis, algo que reflejara su belleza, su inteligencia y su espíritu.
Mientras tanto, Artemis se adaptaba a su nueva vida. Se sentía más completa, más ella misma. Había descubierto que, además de su destreza en el combate, tenía un don para la música y la poesía, y una extraña habilidad para percibir los sentimientos de los demás. A menudo se encontraba dando consejos a sus hermanos, escuchando sus problemas con una sabiduría que parecía innata.
Pero a pesar de todo, había algo que le faltaba. A veces, mientras tocaba la lira, su mente divagaba hacia la forja, hacia el chico tranquilo con las manos fuertes y los ojos profundos. Recordaba la paciencia con la que le había enseñado, la forma en que sus ojos brillaban cuando hablaba de su trabajo. Demio. Quería hablar con él, pero él parecía evitarla, retirándose a la forja cada vez que ella pasaba cerca.
Una tarde, mientras practicaba arquería, Artemis vio a Demio salir de la forja, llevando algo cubierto con un paño. Se dirigía hacia la cabaña de Apolo. Su corazón dio un vuelco.
Demio se detuvo frente a la cabaña de Apolo, su corazón latiendo con fuerza. Respiró hondo, tratando de calmar sus nervios. Levantó la mano y golpeó suavemente la puerta.
Artemis abrió. Sus ojos avellana se abrieron ligeramente al verlo. "Demio", dijo, una sonrisa asomando en sus labios. "¿Qué haces aquí?"
Demio tragó saliva. "Yo... yo quería darte esto". Quitó el paño, revelando lo que había creado.
Era un arco. Pero no un arco cualquiera. Estaba hecho de bronce celestial, intrincadamente grabado con patrones de estrellas y lunas crecientes. El mango estaba envuelto en cuero suave, y en el centro, donde se unían las ramas, había una pequeña lira en miniatura, delicadamente forjada. Era una obra de arte, una combinación perfecta de fuerza y belleza, de la arquería de Apolo y la música de las Musas.
Artemis lo tomó con manos temblorosas. Sus dedos rozaron el metal frío y liso. Era el arco más hermoso que había visto en su vida.
"Demio...", susurró, sus ojos fijos en la obra de arte. "Es... es increíble. Es perfecto".
Demio se sonrojó, pero una sonrisa genuina apareció en su rostro. "Pensé que te gustaría. Tiene un equilibrio perfecto, y las cuerdas son de un material especial que las hace más resistentes y silenciosas".
Artemis levantó la vista, sus ojos brillaban con emoción. "Es el mejor regalo que he recibido. Gracias".
Se lanzó hacia adelante, envolviéndolo en un abrazo sorprendentemente fuerte. Demio se quedó rígido por un momento, sorprendido, antes de devolverle el abrazo, sintiendo el calor de su cuerpo contra el suyo.
"No tienes que agradecerme", murmuró en su oído. "Lo hice porque... porque te admiro, Artemis. Eres increíble".
Artemis se apartó un poco, sus ojos avellana fijos en los suyos. Podía ver la honestidad en su mirada, la ternura que siempre había sospechado que escondía bajo su timidez.
"Tú también eres increíble, Demio", dijo, su voz suave. "Eres creativo, talentoso y tienes un corazón de oro. Y me gusta mucho que me hayas enseñado a reparar mi espada".
Demio sintió que su corazón se aceleraba. La forma en que ella lo miraba, la forma en que le sonreía... era más de lo que había esperado.
"Me gustaría... me gustaría pasar más tiempo contigo", dijo, reuniendo todo su valor. "Si tú quieres, claro".
Artemis sonrió, una sonrisa radiante que iluminó su rostro. "Me encantaría, Demio. Me encantaría".
El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de tonos naranjas y morados. En el Campamento Mestizo, una hija de Apolo y un hijo de Hefesto habían encontrado una conexión, un puente entre la luz y el fuego, la música y el metal. El camino por delante sería incierto, lleno de monstruos y desafíos, pero por ahora, bajo el cielo crepuscular, habían encontrado el uno en el otro un comienzo, una chispa que prometía encender algo hermoso y duradero. El despertar de la luna y el fuego apenas había comenzado.
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