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Tokyo Revengers x T/N

Фандом: Tokyo Revengers

Создан: 28.12.2025

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El Tigre y la Familia


—¿Sabes? A veces desearía no haber conocido a Shinichiro —dijo Mikey, su voz apenas un susurro, perdida en el murmullo de la noche tokiota.

Estábamos sentados en el tejado de un edificio abandonado, con las piernas colgando y el viento jugando con nuestros cabellos. Las luces de la ciudad se extendían ante nosotros como un mar de estrellas caídas, un contraste vibrante con la oscuridad que a veces parecía habitar en sus ojos. Siempre me había fascinado Mikey, el invencible Mikey, el líder de la Toman, pero en momentos como este, cuando la máscara de invencibilidad se resquebrajaba, era cuando más me intrigaba.

—¿Por qué dices eso? —pregunté, girándome para mirarlo. Su perfil se recortaba contra el resplandor naranja y violeta del cielo.

Mikey suspiró, un sonido pesado que parecía cargar con el peso de años. Sus ojos oscuros, normalmente llenos de una chispa juguetona o una determinación férrea, ahora reflejaban una melancolía que rara vez mostraba.

—Shinichiro… él fue mi hermano mayor. El mejor de todos. Siempre me cuidó, me enseñó todo lo que sé. Pero también… —dudó, buscando las palabras adecuadas—, también me dejó una carga. La carga de ser fuerte, de proteger a todos, de no mostrar debilidad. Y a veces, esa carga es demasiado pesada.

Mi corazón se encogió. Siempre había sabido que el pasado de Mikey no era sencillo, pero escucharlo hablar de Shinichiro con tanta tristeza era diferente. Era como si cada palabra fuera una espina clavada en su alma.

—Él era tu héroe, ¿verdad? —dije suavemente, recordando las historias que había escuchado sobre el legendario hermano mayor de Mikey.

Asintió, sus ojos fijos en el horizonte.

—Mi héroe. Mi modelo a seguir. Quería ser como él. Y en muchos sentidos, lo soy. Pero también… también he cometido errores. Errores que él no habría cometido. Errores que me persiguen.

Un silencio incómodo se cernió sobre nosotros, roto solo por el zumbido distante de la ciudad. Quería consolarlo, decirle que no estaba solo, que yo estaba allí para él, pero sabía que Mikey no era de los que aceptaban la lástima. Necesitaba un ancla, no un salvavidas.

—¿Recuerdas cuando te conté lo de Draken y yo? —pregunté, intentando cambiar el rumbo de la conversación hacia algo más ligero, pero aún así significativo.

Mikey sonrió débilmente, un atisbo de su habitual encanto.

—¿Cuando te asustaste tanto que casi te desmayas? Sí, lo recuerdo.

—¡Oye! No fue para tanto. Solo fue… inesperado. Pero lo que quiero decir es que, incluso en los momentos más difíciles, cuando creía que no podía más, Draken siempre estuvo ahí. Y tú también. Tú siempre has sido un pilar para tus amigos, Mikey.

Me miró, y por un momento, pude ver un brillo de aprecio en sus ojos.

—Lo sé. Y lo valoro. Pero a veces, incluso el pilar necesita un apoyo.

Me acerqué un poco más a él, nuestros hombros rozándose. El aire frío de la noche ya no parecía tan frío.

—Siempre lo tendrás, Mikey. De mí, de Draken, de todos los que te queremos.

Se quedó en silencio por un momento, su mirada perdida en la inmensidad de la ciudad. Luego, con una repentina decisión, se giró hacia mí, una sonrisa genuina, aunque un poco tímida, en sus labios.

—Sabes, me gustaría que conocieras a mi familia. A mi abuelo. A Emma.

Mis ojos se abrieron de par en par. ¿Conocer a su familia? Eso era un gran paso. Mikey, el enigmático líder de la Toman, invitándome a su santuario personal. Era un honor, y una señal de confianza que no tomaba a la ligera.

—¿De verdad? —pregunté, sintiendo un cosquilleo de emoción en mi estómago.

Asintió.

—Sí. Creo que… creo que te gustaría. Y a ellos también les gustarías. Emma siempre está preguntando por ti.

Una sonrisa se extendió por mi rostro. Emma era la hermana menor de Mikey, y aunque solo la habíamos visto unas pocas veces en las reuniones de la Toman, siempre había sido amable y curiosa.

—Me encantaría —dije, mi voz llena de entusiasmo.

Mikey se puso de pie de un salto, su estado de ánimo aparentemente transformado. La melancolía que lo había envuelto se disipó, reemplazada por su habitual energía juvenil.

—¡Genial! ¿Qué te parece mañana? Podemos ir después de la escuela. Mi abuelo siempre prepara un ramen delicioso.

—¡Trato hecho! —respondí, poniéndome de pie también.

Mientras caminábamos de regreso a casa, la conversación volvió a ser ligera y despreocupada. Mikey bromeaba y se reía, y yo me encontraba sonriendo a menudo. Pero en el fondo, sabía que algo importante había cambiado entre nosotros esa noche. Había visto una parte de Mikey que pocos conocían, y él me había extendido una invitación a su mundo más íntimo.

***

El día siguiente fue una mezcla de nerviosismo y emoción. Después de la escuela, me encontré con Mikey en la entrada, y juntos nos dirigimos a su casa. El sol de la tarde bañaba las calles de Tokio con un cálido resplandor dorado, y el aire era suave y templado.

La casa de Mikey no era lo que esperaba. En lugar de un edificio moderno o una vivienda imponente, era una casa tradicional japonesa de madera, con tejas oscuras y un pequeño jardín delantero. Parecía acogedora y llena de historia, un refugio tranquilo en medio del bullicio de la ciudad.

—Hemos llegado —dijo Mikey, abriendo la puerta corredera de madera.

El interior era aún más encantador. El aroma a madera vieja y a algo delicioso que se cocinaba flotaba en el aire. Las paredes estaban adornadas con caligrafía y fotografías antiguas, y el suelo de tatami era suave bajo mis pies.

—¡Estoy en casa! —exclamó Mikey, quitándose los zapatos en la entrada.

Una figura esbelta apareció de una de las habitaciones. Era Emma, con su cabello rubio atado en una coleta y una sonrisa radiante en su rostro. Llevaba un delantal y parecía estar en medio de la preparación de la cena.

—¡Mikey! ¡Llegaste justo a tiempo! Y tú debes ser [Tu Nombre] —dijo, sus ojos brillando con curiosidad y amabilidad.

—Sí, soy yo. Es un placer conocerte, Emma —respondí, haciendo una pequeña reverencia.

Emma se rió, su risa era dulce y melodiosa.

—El placer es mío. Mikey no deja de hablar de ti. ¡Pasa, pasa! Mi abuelo está en el dojo.

El dojo. Por supuesto. Mikey siempre hablaba de su abuelo y del dojo. Era el lugar donde había aprendido artes marciales, donde había forjado su fuerza.

Seguí a Emma y Mikey por un pasillo, y pronto llegamos a una puerta corredera que daba a un espacio amplio y diáfano. El suelo era de madera pulida, y en el centro, un hombre mayor, con cabello canoso y una mirada penetrante, estaba sentado en posición de loto. Era el abuelo de Mikey.

—Abuelo, te presento a [Tu Nombre] —dijo Mikey, con un tono de respeto que rara vez usaba con nadie más.

El anciano abrió los ojos y me miró. Su mirada era intensa, como si pudiera ver a través de mi alma. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda, pero no de miedo, sino de respeto.

—Es un placer conocerlo —dije, haciendo una reverencia más profunda.

Él asintió, una leve sonrisa apareciendo en sus labios.

—El placer es mío, joven. Mikey me ha hablado mucho de ti. Parece que eres una buena influencia para mi nieto.

Sentí mis mejillas sonrojarse. Mikey me miró con una sonrisa traviesa.

—Abuelo, no seas tan… directo —dijo Mikey.

El abuelo se rió, un sonido grave y resonante.

—Solo digo la verdad. Siéntate, joven. Emma está a punto de servir la cena.

Nos sentamos en el comedor, una habitación acogedora con una mesa baja y cojines en el suelo. Emma sirvió tazones humeantes de ramen, y el aroma llenó la habitación. Era un ramen como ningún otro que hubiera probado antes, con un caldo rico y fideos perfectamente cocidos.

Durante la cena, la conversación fluyó fácilmente. El abuelo de Mikey era un hombre sabio y con un gran sentido del humor. Contaba historias de su juventud, de sus días como maestro de dojo, y de las travesuras de Mikey y Shinichiro. Emma se reía a menudo, y Mikey, aunque a veces se quejaba de las anécdotas de su abuelo, también sonreía con nostalgia.

Mientras comíamos, el abuelo me miró con una expresión seria.

—Mikey me ha dicho que te interesa el pasado de mi familia. Que te interesa saber más sobre Shinichiro.

Asentí.

—Sí, señor. Mikey lo admira mucho. Y por lo que he oído, era un gran hombre.

El abuelo suspiró, una sombra de tristeza cruzando su rostro.

—Shinichiro era un alma pura. Un soñador. Siempre quería ayudar a los demás, incluso si eso significaba sacrificarse a sí mismo. Él quería crear una nueva era para los delincuentes, una era de honor y respeto. Por eso fundó los Black Dragons.

Mikey bajó la mirada, sus puños apretados bajo la mesa. Pude sentir la tensión en el aire.

—Pero no pudo lograrlo —dijo Mikey, su voz apenas audible.

El abuelo puso una mano sobre el hombro de Mikey.

—No pudo lograrlo, Mikey. Pero plantó una semilla. Una semilla de la que tú has cosechado un árbol. La Toman, a su manera, es la continuación del sueño de Shinichiro.

Mikey levantó la vista, sus ojos se encontraron con los de su abuelo. Había una mezcla de dolor y determinación en su mirada.

—Yo… yo solo quiero proteger a todos. Quiero que la Toman sea un lugar donde nadie tenga que sufrir.

—Y lo harás, Mikey —dijo el abuelo, su voz llena de convicción—. Solo recuerda que la fuerza no solo reside en los puños, sino también en el corazón. Y en la capacidad de pedir ayuda cuando la necesitas.

Miró hacia mí, y luego de nuevo a Mikey.

—Shinichiro siempre fue un gran hermano mayor. Incluso cuando era joven, se preocupaba mucho por Mikey. Lo protegía de todo. A veces, Mikey era un niño travieso, pero Shinichiro siempre estaba ahí para él.

—Recuerdo una vez —dijo Emma, con una sonrisa nostálgica—, cuando Mikey era pequeño y se perdió en un festival. Shinichiro estuvo horas buscándolo, y cuando lo encontró, no lo regañó, solo lo abrazó y le dijo que le alegraba que estuviera bien.

Mikey escuchaba, con una expresión suave en su rostro. Era la primera vez que lo veía tan relajado y vulnerable al hablar de su hermano.

—Shinichiro era mi todo —dijo Mikey, su voz apenas un susurro.

El abuelo asintió.

—Lo sé, hijo. Y él estaría orgulloso de ti. Estaría orgulloso de la Toman.

La cena terminó, y nos quedamos charlando un rato más. El abuelo de Mikey me contó más historias sobre Shinichiro, sobre su pasión por las motocicletas y su deseo de cambiar el mundo. Aprendí que Shinichiro no solo era el héroe de Mikey, sino también una figura legendaria en el mundo de los delincuentes de Tokio, un hombre que había intentado traer honor y respeto a un mundo de violencia.

Antes de irme, el abuelo me tomó de la mano.

—Gracias por ser un amigo para Mikey, joven. Él necesita a alguien que lo entienda, alguien que vea más allá de su fuerza.

Sentí un nudo en la garganta.

—Gracias a usted por recibirme, señor. Y por compartir estas historias.

Mikey me acompañó hasta la puerta. La noche era fresca, y las estrellas brillaban intensamente en el cielo.

—Gracias por venir —dijo Mikey, su voz suave.

—Gracias por invitarme —respondí.

Nos quedamos en silencio por un momento, la brisa nocturna susurrando a nuestro alrededor.

—Sabes —dijo Mikey, rompiendo el silencio—, a veces, cuando hablo de Shinichiro, siento como si una parte de mí se rompiera. Pero hoy, contigo aquí, y con mi abuelo y Emma, no se sintió tan pesado.

Mi corazón dio un vuelco.

—Me alegro de haber podido estar contigo —dije, extendiendo mi mano y dándole un suave apretón en el hombro.

Mikey me miró, y en sus ojos, vi una mezcla de gratitud y una nueva esperanza.

—Significa mucho para mí. Más de lo que crees.

Mientras caminaba de regreso a casa, las palabras del abuelo de Mikey resonaban en mi mente: "La Toman, a su manera, es la continuación del sueño de Shinichiro". Y las palabras de Mikey: "Yo solo quiero proteger a todos".

Comprendí entonces la verdadera carga que Mikey llevaba sobre sus hombros. No solo la carga de liderar una pandilla, sino la carga de un legado, de un sueño, y de la memoria de un hermano amado. Y en ese momento, supe que estaría allí para él, sin importar lo que el futuro nos deparara. Porque Mikey, el invencible Mikey, también era un tigre herido, y yo quería ser su ancla en la tormenta.
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