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La casa del ratón
Фандом: Tom y Jerry
Создан: 29.12.2025
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El Laberinto Sangriento
El aire era denso, pesado con el dulzón aroma del óxido y un hedor metálico que Tom conocía demasiado bien. Sus patas se hundían ligeramente en una alfombra pegajosa, y al levantar una de ellas, vio con horror que estaba manchada de un carmesí oscuro. No era ketchup. No era pintura. Era sangre.
Tom, un gato de pelaje gris con patas y hocico blancos, sentía su corazón martillear contra sus costillas, un tambor desbocado en el silencio sepulcral de la casa. Sus ojos verdes, normalmente burlones y llenos de astucia, ahora estaban dilatados por el terror. Había sido una trampa, una broma macabra que había salido horriblemente mal. Jerry. Siempre Jerry. Pero este no era el Jerry de las persecuciones cómicas, de los trucos ingeniosos y las risas. Este era un Jerry diferente, uno que había trascendido la línea de la rivalidad a la locura.
Recordaba el último encuentro, hacía apenas unas horas. Una supuesta tregua, un queso suizo de proporciones épicas que Jerry había "generosamente" ofrecido. Tom, siempre glotón, había caído de cabeza en la trampa. Un golpe en la nuca, el mundo se oscureció, y al despertar, se encontró aquí. En la casa de Jerry. Pero no la pequeña y acogedora madriguera que conocía. Esta era una mansión retorcida, un laberinto de corredores estrechos y habitaciones oscuras, cada una más espantosa que la anterior.
El primer indicio de que algo andaba realmente mal fue el cuchillo. Un cuchillo de cocina, sí, pero no uno cualquiera. Este estaba afilado hasta un brillo metálico, y su hoja estaba manchada con un líquido oscuro y coagulado. Lo había visto en la mano de Jerry, momentos antes de que la oscuridad lo engullera. Y cuando había despertado, el cuchillo estaba apoyado en una mesita de noche, a centímetros de su cara.
El pelaje de Jerry, normalmente un suave marrón, ahora estaba salpicado de manchas carmesí, secas y crujientes. Sus ojos, antes chispeantes de picardía, ahora ardían con una luz enfermiza, una locura desquiciada que helaba la sangre. Había sonreído, una sonrisa amplia y espantosa que revelaba sus pequeños dientes afilados, y había susurrado: "Bienvenido a mi humilde morada, Tom. Espero que te guste tu estancia. Es… permanente."
Tom se sacudió el recuerdo, tratando de recuperar un poco de compostura. Tenía que escapar. Tenía que salir de allí. La casa estaba en silencio, un silencio que era más aterrador que cualquier grito. Podía sentir la presencia de Jerry, acechando en algún lugar, disfrutando de su terror.
Se movió sigilosamente por el pasillo, sus garras apenas rozando la alfombra empapada. Cada sombra, cada crujido de la madera vieja, lo hacía saltar. Las paredes estaban adornadas con lo que parecían ser dibujos infantiles, pero al mirar más de cerca, Tom sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. Eran representaciones grotescas de gatos, desmembrados, decapitados, sus entrañas esparcidas como serpentinas de fiesta. Y en la esquina de cada dibujo, una pequeña firma: "J. M." Jerry Mouse.
Llegó a una puerta entreabierta. Dudó, su instinto le gritaba que corriera en la dirección opuesta. Pero la curiosidad, o quizás la desesperación, lo empujó a mirar. La habitación era un caos de muebles rotos y objetos esparcidos. En el centro, una mesa. Y sobre ella, una colección macabra de pequeños cráneos de ratón, pulcramente alineados. Cada uno tenía un pequeño agujero perforado en la parte superior. Al lado, una caja de herramientas diminutas. Jerry no solo era un asesino, era un coleccionista.
Un gemido escapó de su garganta. Tenía que salir de allí. La locura de Jerry no conocía límites. Retrocedió lentamente, tratando de no hacer ruido, cuando de repente, un chirrido agudo rompió el silencio.
"¿Disfrutando de la decoración, Tom?"
La voz de Jerry. No era el chillido agudo y molesto al que estaba acostumbrado. Era un susurro gutural, distorsionado, que parecía salir de las profundidades de un pozo. Tom se congeló, sus músculos tensos, el corazón latiéndole en los oídos.
Jerry apareció de la oscuridad de un pasillo lateral, el cuchillo ensangrentado brillando tenuemente bajo la escasa luz. Sus ojos, rojos y brillantes, clavados en Tom. Su pelaje, antes marrón, ahora era una maraña de sangre seca y suciedad. Parecía más grande, más amenazador, o quizás era solo el terror que lo distorsionaba.
"No te vayas aún, Tom. La fiesta apenas comienza." Jerry sonrió, esa sonrisa horrible que revelaba sus dientes afilados, y levantó el cuchillo, haciéndolo girar con una destreza perturbadora. "Tengo muchos juegos que quiero jugar contigo."
Tom, por primera vez en su vida, no sintió el impulso de correr y perseguir. Solo sintió el impulso de huir, de desaparecer. Se lanzó a correr, sus patas traseras impulsándolo con fuerza, dejando atrás el pasillo y la figura amenazante de Jerry.
Corrió sin rumbo, abriendo puertas al azar, encontrando solo más habitaciones de horror. Una cocina, donde los utensilios estaban colgados en las paredes, pero no para cocinar. Eran herramientas de tortura, ganchos, sierras, cuchillos de carnicero. Una sala de estar, donde los cojines del sofá estaban empapados en sangre, y un reloj antiguo marcaba el tiempo con un tictac ominoso, cada segundo un recordatorio de su inminente destino.
Llegó a una habitación que parecía ser un dormitorio. Una cama con sábanas rasgadas y manchadas. Un armario. La desesperación se apoderó de él. ¿Podría esconderse? ¿Podría encontrar una ventana?
Abrió el armario de golpe. Dentro, solo oscuridad y el olor a moho. Se metió, encogiéndose, tratando de hacerse lo más pequeño posible. Cerró la puerta del armario con cuidado, dejando una pequeña rendija para poder ver.
El silencio volvió, pero esta vez era un silencio expectante, lleno de la anticipación de la caza. Tom podía escuchar su propia respiración agitada, cada inhalación un rugido en sus oídos.
Pasaron minutos, o lo que parecieron horas. El miedo lo estaba devorando por dentro. ¿Dónde estaba Jerry? ¿Estaba jugando con él? ¿Disfrutando de su terror?
De repente, un sonido. Un rasguño suave, como uñas arrastrándose por la madera. Venía de la habitación. Tom se tensó, sus músculos doloridos por la tensión.
El rasguño se acercó. Más y más. Hasta que se detuvo justo delante del armario.
Tom contuvo la respiración. Podía sentir el calor de la presencia de Jerry al otro lado de la puerta de madera. Podía casi oler el hedor a sangre y locura que emanaba del ratón.
Una pequeña risita, seca y sin humor, resonó en la habitación.
"Sé que estás ahí, Tom." La voz de Jerry, un susurro sibilante que se arrastró por la rendija del armario y se clavó en su cerebro. "Siempre sé dónde estás."
Un golpe seco. Tom se encogió más. Otro golpe. Era el cuchillo, golpeando rítmicamente la madera del armario.
"No puedes esconderte de mí, Tom. Esta es mi casa. Mi reino. Y tú eres mi invitado. Para siempre."
El ritmo de los golpes se aceleró, volviéndose más frenético, más violento. Tom cerró los ojos con fuerza, deseando que todo fuera una pesadilla, que despertara en su cómoda cama, persiguiendo a un Jerry normal, juguetón.
Pero no era una pesadilla. Era real.
De repente, los golpes cesaron. El silencio volvió, aún más opresivo que antes. Tom abrió los ojos lentamente, mirando por la rendija.
No había nada. La habitación estaba vacía. Jerry se había ido.
¿O no?
Un sudor frío le recorrió la espalda. Jerry era astuto. Jerry era un cazador. Y ahora, Jerry era un psicópata.
Tom esperó, inmóvil, durante lo que pareció una eternidad. El miedo lo tenía paralizado. Pero el instinto de supervivencia, ese pequeño atisbo de esperanza, comenzó a latir débilmente en su pecho. Tenía que salir de allí. Tenía que encontrar una salida.
Con cautela, abrió la puerta del armario. La habitación seguía vacía. El débil rayo de luz que se filtraba por la ventana sucia apenas iluminaba el polvo que bailaba en el aire.
Salió del armario, sus patas temblaban. Miró a su alrededor. No había escape por la ventana; estaba sellada con tablas de madera.
Se movió hacia la puerta, decidido a seguir buscando. Abrió la puerta lentamente, asomando la cabeza. El pasillo estaba oscuro, pero a lo lejos, vio un débil resplandor. Una luz. ¿Podría ser la salida?
La esperanza, frágil y tenue, se encendió en su corazón. Tenía que serlo. No podía rendirse. No podía dejar que Jerry ganara.
Comenzó a avanzar, sigilosamente, hacia la luz. Cada paso era una tortura, cada sombra un potencial escondite para el ratón asesino. Podía sentir la mirada de Jerry, incluso si no lo veía. Era una sensación escalofriante, como si mil ojos lo estuvieran observando desde la oscuridad.
El resplandor se hacía más fuerte. Parecía venir del final de un largo pasillo. Tom aceleró el paso, la adrenalina bombeando por sus venas.
Cuando llegó al final del pasillo, su corazón se detuvo. No era la salida. Era una habitación. Y la luz venía de una fogata, que ardía en el centro.
Y alrededor de la fogata, sentados en pequeños troncos improvisados, había figuras. Figuras de gatos. Pero no eran gatos vivos. Eran… trofeos.
Cuerpos de gatos disecados, algunos parcialmente desollados, otros con los ojos arrancados, sus bocas cosidas en sonrisas macabras. Eran los anteriores "invitados" de Jerry. Y en el centro de ellos, el asiento de honor, había un gato que Tom reconoció con un escalofrío que le heló hasta los huesos. Butch. El gato negro, su antiguo rival, ahora un muñeco grotesco, su pelaje revuelto, un agujero en su pecho.
Y sentado en un pequeño trono hecho de huesos, con el cuchillo ensangrentado apoyado en su regazo, con una mirada de locura y su pelaje ensangrentado, estaba Jerry.
Sonrió, una sonrisa ancha y llena de dientes, y levantó el cuchillo, apuntando a Tom.
"¡Bienvenido a mi sala de trofeos, Tom! ¿Te gusta mi colección? Creo que encajarías perfectamente en ese espacio vacío de ahí."
Jerry señaló con el cuchillo un pedestal vacío, justo al lado de Butch.
Tom sintió que el mundo se le venía encima. La desesperación lo envolvió, un manto frío y sofocante. No había salida. Estaba atrapado.
Pero entonces, algo hizo clic en su mente. Jerry estaba disfrutando esto. Estaba disfrutando de su miedo. Y si había algo que Tom odiaba más que nada, era darle a Jerry la satisfacción.
Un destello de ira, puro y ardiente, atravesó su terror. No. No se rendiría. No sería solo otro trofeo en la macabra colección de Jerry.
Miró a Jerry, a los ojos rojos y locos del ratón. Y por primera vez desde que había despertado en esa casa del horror, Tom sintió una pizca de su antigua astucia regresar.
"¿Así que esta es tu gran victoria, Jerry?" Tom, con la voz temblorosa pero con una determinación que no sabía que le quedaba, desafió al ratón. "Coleccionar cadáveres. ¿Eso te hace sentir poderoso? Es patético."
La sonrisa de Jerry se torció. La locura en sus ojos se intensificó, pero también hubo un atisbo de sorpresa.
"¿Patético, dices, Tom?" Jerry se puso de pie, el cuchillo en alto. "¡Te haré tragar tus palabras!"
Tom no esperó. Sabía que no podía enfrentarse a Jerry en una pelea justa. Pero podía usar el entorno. Podía usar la distracción.
Miró alrededor de la habitación, buscando desesperadamente algo, cualquier cosa. Sus ojos se posaron en una pila de leña seca cerca de la fogata.
"¡Eres un cobarde, Jerry!" Tom gritó, una provocación descarada. "¡Un pequeño ratón que solo puede luchar con los muertos!"
Jerry gruñó, un sonido gutural que heló la sangre. "¡Ven aquí, Tom! ¡Te mostraré lo cobarde que soy!"
Jerry se lanzó hacia Tom, el cuchillo brillando. Tom esperó el momento justo. Justo cuando Jerry estaba a punto de alcanzarlo, Tom se agachó. Jerry, cegado por la ira, pasó de largo, tropezando con una de las figuras disecadas.
Tom aprovechó la oportunidad. Con un movimiento rápido, pateó la pila de leña seca hacia la fogata. Las chispas volaron, y el fuego, avivado por la leña, creció rápidamente, proyectando sombras danzantes sobre las paredes.
El humo comenzó a llenar la habitación. Jerry, aturdido por la caída, tosió, su visión nublada.
"¡Maldito gato!" Jerry gritó, tratando de levantarse.
Tom no se detuvo a mirar. El fuego era una distracción, una oportunidad. Tenía que encontrar la salida. La luz de la fogata iluminó una pequeña puerta en la pared, oculta detrás de la figura de un conejo disecado. Era pequeña, apenas visible.
Con un último esfuerzo, Tom se lanzó hacia la puerta. La abrió de golpe. Era un pasadizo estrecho, oscuro, que descendía hacia la oscuridad.
Sin dudarlo, Tom se metió en el pasadizo, escuchando los gritos furiosos de Jerry y el crepitar del fuego detrás de él.
No sabía a dónde conducía ese pasadizo, pero cualquier lugar era mejor que la sala de trofeos de Jerry. Cualquier lugar era mejor que ser el próximo trofeo.
Mientras se arrastraba por la oscuridad, Tom se prometió a sí mismo una cosa: si salía de allí con vida, nunca, jamás, volvería a subestimar a Jerry. Y nunca, jamás, volvería a caer en una de sus trampas.
La carrera por su vida acababa de comenzar. Y esta vez, no había risas, solo el eco del terror y la desesperación en el laberinto sangriento de Jerry.
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