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Entre rayo y tiempo

Фандом: Percy Jackson

Создан: 01.01.2026

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El Despertar del Hilo Dorado


Ojos cerrados. Pestañas largas y delicadas, como filigranas de luna creciente, enmarcaban lo que parecía un sueño profundo. Un blanco puro, casi etéreo, se extendía desde la raíz de su cabello, ondulando suavemente hasta perderse en la oscuridad que la envolvía. Era un lienzo de paz, una serenidad que parecía desafiar el caos inminente que se gestaba en el universo.

*

Mi vida, hasta hace unas pocas horas, era un desastre de proporciones épicas. Quiero decir, ¿quién se despierta un día y descubre que los dioses griegos son reales? ¿Y que tu padre es uno de ellos? Un dios… suena genial, ¿verdad? Pues no lo es. Para nada. Mi madre acaba de ser… bueno, no quiero ni pensarlo. Y ahora estoy aquí, en un lugar que se supone es seguro, pero que se siente más como una prisión de lujo. Campamento Mestizo. Un nombre que suena a chiste, pero que es tan real como el rayo que casi me pulveriza hace un momento.

Mientras yo divagaba en mi cabeza, rumiando sobre la injusticia de mi existencia recién descubierta, los ojos se abrieron. Un azul tan profundo y vasto como el océano, tan claro como el cielo sin nubes, se reveló. No era un azul común; era un azul que contenía galaxias, un azul que prometía tanto la calma de la superficie como la furia de las profundidades. Un azul que te hacía sentir pequeño, insignificante, y a la vez, extrañamente conectado con algo inmenso.

Esta es la historia. Bueno, no completamente mía. No aún.

*

El sol de Long Island se filtraba entre los pinos, proyectando largas sombras sobre los campos de fresas. La brisa marina traía consigo el aroma salado del Atlántico y el dulce perfume de las bayas. Era un día perfecto, demasiado perfecto para la tormenta que se avecinaba.

Luke Castellan, con su cabello rubio ceniza, sus ojos azules y esa sonrisa fácil que desarmaba a cualquiera, me guio a través del campamento. Era alto, atlético, y se movía con la gracia de un guerrero experimentado. Llevaba una camiseta naranja del Campamento Mestizo y unos vaqueros desgastados. A su lado, yo, Percy Jackson, me sentía como un pez fuera del agua, o más bien, un pez en un desierto.

“Así que… esto es todo,” dije, mirando a mi alrededor. Cabañas alineadas en forma de herradura, un comedor al aire libre, un anfiteatro, campos de entrenamiento… parecía un campamento de verano glorificado.

Luke rio, una risa genuina que me hizo sentir un poco menos tenso. “Más o menos. Bienvenido al Campamento Mestizo, Percy. Tu nuevo hogar, al menos por ahora.”

“Hogar,” repetí, la palabra sonando ajena en mis labios. “¿Y qué se supone que hago aquí? ¿Aprender a lanzar rayos?”

“Algo así,” respondió Luke, guiándome hacia un conjunto de cabañas de aspecto más… rústico. “Aquí aprenderás a sobrevivir. A reconocer tus habilidades, a controlarlas. A defenderte de los monstruos que, créeme, ahora te encontrarán más atractivo que nunca.”

Tragué saliva. “Monstruos. Genial.”

Mientras caminábamos, Luke señalaba las diferentes cabañas. “Esta es la de Zeus. Grande, imponente, pero casi siempre vacía. La de Hera, igual de vacía, pero con un jardín bonito. La de Poseidón, supongo que ya la viste. La de Deméter, con sus plantas trepadoras. La de Ares, siempre ruidosa. La de Atenea, con sus estanterías llenas de libros… Y así sucesivamente.”

Llegamos al final de la herradura, donde las cabañas se veían un poco más… individualizadas. Había una que parecía un granero, otra que era un taller, y luego, al final de la fila, una estructura que me dejó sin aliento.

No era una cabaña. Era un templo.

Era inmenso, construido con mármol blanco pulido que brillaba bajo el sol. Columnas intrincadamente talladas sostenían un techo abovedado, y en la entrada, dos grandes puertas de bronce estaban flanqueadas por estatuas de lo que parecían ser mujeres guerreras con semblantes serenos. El aire a su alrededor parecía vibrar con una energía diferente, una calma profunda pero poderosa. No había ruidos, no había el bullicio de las otras cabañas. Solo una quietud reverente.

“¿Y esta… es una cabaña?” pregunté, sintiéndome un poco tonto.

Luke sonrió, una sonrisa que era una mezcla de admiración y respeto. “No exactamente. Esta es la cabaña 21. El Templo de Dhaenyra.”

“¿Dhaenyra?” El nombre sonó exótico, antiguo.

“Sí. O Nyra, como la llaman sus seguidores. La Diosa de la Vida, la Inocencia y el Tiempo Creciente. La diosa del universo mismo.” La voz de Luke bajó un tono, casi a un susurro reverente. “Es una historia fascinante, Percy. Y una que, en este campamento, es tan real como el aire que respiramos.”

Mis cejas se fruncieron. “Nunca oí hablar de ella. ¿Es una de las doce olímpicas?”

Luke negó con la cabeza. “No. Es la decimotercera. O, como algunos dicen, la primera, la que precede a todos. Hija de Cronos, la menor de sus hijos. La última que devoró, la última que vomitó. Pero a diferencia de sus hermanos, ella es diferente. Su poder no es solo el de un dios, es… la esencia de la creación.”

Miré de nuevo el templo. Sentía una presión en el pecho, como si estuviera demasiado cerca de algo sagrado y peligroso. “¿Qué significa eso? ¿Es más poderosa que Zeus?”

Luke se encogió de hombros. “Puedes decir lo que quieras de los dioses, Percy, pero ellos eran conquistadores. Dioses de la guerra, del trueno, del mar. Pero Nyra… ella es la vida misma. El tiempo que se expande, los futuros que aún no existen. Se dice que su poder es tal que puede congelar el tiempo en un instante, o crear nuevas líneas temporales. Es quien mantiene el universo en funcionamiento, quien moldea la materia y conecta los mundos.”

“¿Y por qué no es una olímpica? ¿Y por qué nunca la mencionaron en mis clases de mitología?”

“Porque su historia es… compleja,” respondió Luke, su mirada fija en el templo. “Es una diosa virgen, no por elección inicial, sino por imposición. Fue casada con Apolo por arreglos de Zeus, un matrimonio político para asegurar su lealtad, pero ella se aseguró de que no fuera consumado. Se dice que odia el engaño y la infidelidad, como Hera, por eso se llevan tan bien. Pero su poder es tan inmenso que los otros dioses la respetan… y la temen. Imagina el poder de controlar la vida, el tiempo, el destino mismo de todo lo que existe. Si Nyra lo deseara, podría destruir y reescribir el universo a su antojo.”

La idea era abrumadora. Mi mente, que ya estaba luchando por procesar la existencia de sátiros y centauros, ahora tenía que lidiar con una diosa que era un universo en sí misma.

“¿Y por qué tiene una cabaña tan… grandiosa? ¿Y por qué es la 21 si es la decimotercera?”

“Ah, esa es otra parte de su historia,” dijo Luke, con un destello en los ojos. “Nyra no tiene hijos, no de la manera tradicional. Pero tiene seguidores, las Zelidas, tanto hombres como mujeres que le juran devoción. Son puros de corazón y leales a ella, y forman una especie de guardia de honor para las Cazadoras de Artemisa. La cabaña 21 es para ellos. En cuanto a por qué es la 21… es un símbolo. Los dioses olímpicos tienen sus doce cabañas. Pero el universo es mucho más vasto que solo el Olimpo. Nyra representa ese vasto universo, el que está más allá de la comprensión de los dioses menores. Su cabaña es un templo porque ella es la vida de todo lo que existe. Los dioses menores tienen sus propias cabañas gracias a ella. Cuando los dioses mayores eran los únicos en tener cabañas, Nyra intercedió. Ella argumentó que cada aspecto del universo, cada deidad, por pequeña que fuera, merecía un lugar de reconocimiento y devoción. Fue un acto de justicia, de compasión. Por eso, a pesar de su poder, es vista como una figura de gran dulzura y justicia. Y por eso, muchos en el campamento la veneran. Incluido yo.”

Miré a Luke. Había una devoción genuina en su voz, una admiración que iba más allá del simple respeto. “¿La has visto alguna vez?”

Luke negó con la cabeza. “Nadie la ha visto jamás, Percy. No en su verdadera forma. Se dice que es demasiado poderosa, demasiado etérea para el mundo mortal. Pero sus acciones… sus acciones son más que las de cualquier dios.”

“¿Y qué pasa con la profecía de Cronos?” pregunté, recordando lo que me había contado Chiron sobre el Señor del Tiempo.

La sonrisa de Luke se desvaneció, reemplazada por una expresión seria. “Esa es la verdadera historia, Percy. La que pocos conocen. Cronos no solo devoró a sus hijos por miedo a ser destronado. Había una profecía, una que decía que la menor de sus hijos, Dhaenyra, sería la verdadera heredera al Trono de Hierro. Un trono que no es el de Zeus, sino el trono de los verdaderos reyes, los que gobiernan el universo. Cronos, en su paranoia, intentó evitarlo devorándolos a todos. Pero antes de ser enviado al Tártaro, le advirtió a Zeus que, si seguía pretendiendo ser el rey de los dioses, solo provocaría una guerra. Una guerra por el trono legítimo.”

Un escalofrío me recorrió la espalda. “¿Y qué significa eso ahora?”

“Significa que la guerra está en el horizonte,” dijo Luke, su voz grave. “Hace unos meses, Dhaenyra se enteró de su derecho de nacimiento. Y decidió reclamar lo que es suyo. El mundo mágico y los semidioses se han dividido en dos bandos: los que apoyan al ‘rey Zeus’, y los que apoyan a la verdadera y legítima reina, Dhaenyra. La guerra aún no ha comenzado, pero la tensión en el Olimpo es palpable. Es por eso que el campamento está tan… agitado. La profecía de Cronos se está cumpliendo. Zeus se niega a ceder, y Nyra… Nyra está lista para tomar lo que le corresponde por derecho.”

“Pero si es tan poderosa, ¿por qué no lo ha hecho ya?”

“Porque ella es justa, Percy. No busca la destrucción, sino el equilibrio. Ella es la Diosa de la Vida, no de la muerte. Pero cuando la balanza se inclina demasiado, incluso la vida puede volverse destructiva.” Luke suspiró. “Es una situación precaria. Annabeth, por ejemplo, está convencida de que los dioses olímpicos son los únicos que pueden gobernar. Muchos piensan como ella. Pero yo… yo creo en la justicia. Y si la profecía dice que Nyra es la verdadera reina, entonces así debe ser.”

Mientras Luke hablaba, una figura familiar se acercó a nosotros. Annabeth Chase, con su cabello rubio sucio, sus penetrantes ojos grises y esa mirada de inteligencia que la caracterizaba. Llevaba una camiseta naranja y una daga atada a su cinturón.

“Luke, Percy,” dijo, su voz era nítida y segura. “Chiron te está buscando, Percy. Hay algo que quiere discutir contigo.” Su mirada se detuvo en Luke por un momento más largo de lo necesario, una chispa de algo que no pude identificar en sus ojos.

Luke asintió. “Claro. Percy, te acompañaré.”

Mientras nos alejábamos del Templo de Dhaenyra, no pude evitar echar un último vistazo. El mármol blanco brillaba, las estatuas de las Zelidas parecían observarnos con una sabiduría milenaria. Y por un momento, me pareció sentir una presencia. Una presencia inmensa, antigua, pero extrañamente dulce. Como si los ojos que se habían abierto momentos antes estuvieran observando, no solo el campamento, sino el universo entero.

“Una cosa más, Percy,” dijo Luke, mientras nos dirigíamos hacia la Casa Grande. “Hay una leyenda antigua, que Dionisio siempre se niega a confirmar, pero que es cierta. Después de vencer a Cronos, cada dios fue bendecido con un dragón. No solo son sus poderes lo que los hace reyes, también sus dragones. Comparten un lazo inquebrantable. Su reinado no es solo por quienes son, sino por las bestias que les son leales. Es una parte de su poder que pocos conocen.”

Mi mente giró. Dragones. Dioses. Un universo en guerra. Y una diosa virgen con poderes ilimitados, la verdadera heredera al Trono de Hierro.

Mi nueva vida era mucho más complicada de lo que jamás hubiera imaginado. Y esta historia, que apenas comenzaba, prometía ser mucho más épica de lo que mi mente mortal podía concebir.
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