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Alejandra X Iris
Фандом: Claudia Sheinbaum
Создан: 11.01.2026
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РомантикаДрамаРевностьРеализмCharacter studyСатира
Un Corazón Dividido y Dos Rivales Inesperadas
El sol de la Ciudad de México se filtraba a través de los ventanales del cuartel general del partido, bañando con una luz dorada el rostro concentrado de Alejandra. Su cabello corto y rizado, tan característico, parecía absorber la luz, creando un aura de determinación inquebrantable. Con sus gafas posadas en la punta de la nariz, repasaba los últimos informes de campaña, mientras una de sus inseparables bolsas de Hello Kitty descansaba a sus pies, un toque de dulzura en su imagen siempre seria y profesional.
Pero esa mañana, sus pensamientos no estaban solo en las encuestas y las estrategias políticas. Un nombre, una imagen, se colaba constantemente en su mente, trayendo consigo una sonrisa suave y un calor inesperado en su pecho: Iris.
Iris. La veía en cada reunión, en cada evento. Siempre en primera fila, sus ojos brillantes detrás de sus lentes, su cabello rojizo liso cayendo sobre sus hombros, un mar de fuego que la atraía irremediablemente. Su amabilidad era contagiosa, su entusiasmo genuino, y cada vez que sus miradas se cruzaban, Alejandra sentía una punzada en el estómago, una sensación que, a sus cuarenta y tantos años y con una carrera política consolidada, la desconcertaba y la fascinaba a partes iguales.
Desde que Iris se había unido al partido hacía unos meses, Alejandra había notado cómo su presencia iluminaba el ambiente. Iris no era solo una seguidora devota; era perspicaz, articulada y poseía una capacidad innata para conectar con la gente. Alejandra admiraba su inteligencia y su pasión, pero lo que realmente la había cautivado era la pureza de su corazón. Iris creía en ella, en sus ideales, en su visión para el país, y esa fe incondicional era un bálsamo para el alma de una líder política acostumbrada a la crítica y al escepticismo.
Hoy, Iris tenía una cita con ella para discutir algunas ideas para un nuevo programa social. Alejandra había estado esperando esta reunión con una mezcla de anticipación profesional y emoción personal. Quería impresionar a Iris, no solo como su líder, sino como mujer.
Justo en ese momento, un golpe suave en la puerta la sacó de sus cavilaciones.
"Adelante", dijo Alejandra, enderezándose en su silla.
La puerta se abrió y allí estaba Iris, con una sonrisa radiante que hizo que el corazón de Alejandra diera un vuelco. Llevaba una blusa de flores discretas y unos jeans, un atuendo sencillo que, sin embargo, resaltaba su belleza natural. En sus manos, un cuaderno y una pluma, lista para trabajar.
"Buenos días, Alejandra", dijo Iris, su voz melodiosa. "Espero no haber llegado tarde".
"Para nada, Iris. Puntual como siempre", respondió Alejandra, su voz más suave de lo habitual. Le hizo un gesto para que se sentara en la silla frente a su escritorio. "Gracias por venir. Estoy muy interesada en escuchar tus propuestas".
Iris se sentó, sus ojos marrones brillando con entusiasmo. "Gracias a ti por darme la oportunidad. He estado pensando mucho en esto y creo que podemos hacer algo realmente significativo para las comunidades más vulnerables".
Durante la siguiente hora, mientras Iris exponía sus ideas con pasión y claridad, Alejandra se encontró a sí misma más absorta en los gestos de Iris, en la forma en que su cabello se movía cuando gesticulaba, en la chispa de sus ojos cuando hablaba de justicia social, que en el contenido de sus propuestas. Por supuesto, las ideas eran excelentes, innovadoras y bien fundamentadas, pero la presencia de Iris era un distractor delicioso.
Cuando terminaron, Alejandra se sintió inspirada, no solo por el trabajo, sino por la persona. "Iris, esto es brillante. Realmente has superado mis expectativas. Me gustaría que lideraras este proyecto. Tendrás todo mi apoyo y los recursos que necesites".
Los ojos de Iris se abrieron con sorpresa y una alegría sincera. "¡¿De verdad, Alejandra?! ¡Sería un honor! Gracias, muchísimas gracias. No te defraudaré".
La sonrisa de Iris era tan pura que Alejandra sintió un impulso irrefrenable de tomar su mano, de borrar la distancia física entre ellas. Se contuvo, apenas, recordándose su posición y la profesionalidad que debía mantener.
"Estoy segura de que no lo harás", dijo Alejandra, su voz un poco ronca. "Para celebrar, ¿te gustaría cenar conmigo esta noche? Para discutir los detalles con más calma, por supuesto". La última parte la añadió rápidamente, tratando de sonar casual.
Un ligero rubor apareció en las mejillas de Iris. "Me encantaría, Alejandra. ¿A qué hora y dónde?"
Alejandra le dio la dirección de un restaurante discreto pero elegante que conocía. "A las ocho. Te espero allí".
Cuando Iris se despidió, el corazón de Alejandra latía con fuerza. Era un paso, un pequeño pero significativo paso. Sentía una emoción juvenil que no había experimentado en años.
Lo que Alejandra no sabía, mientras se preparaba para su cena con Iris, era que en otro rincón de la ciudad, una figura igualmente poderosa y carismática también pensaba en la joven de cabello rojizo.
En su oficina de Palacio Nacional, Claudia Sheinbaum, la Presidenta de México, se reía a carcajadas con uno de sus asesores. Su coleta de caballo se balanceaba con cada movimiento, y sus ojos oscuros brillaban con diversión. A pesar de la seriedad de su cargo, Claudia era conocida por su buen humor y su capacidad para desdramatizar situaciones tensas. Era alta, su postura firme, y su sonrisa, amplia y genuina, era una de sus armas más potentes.
Había sido un día largo de reuniones y decisiones difíciles, pero Claudia nunca perdía la energía. Para ella, la presidencia era un juego de ajedrez gigante, y le encantaba el desafío. Sin embargo, en las últimas semanas, un nuevo "desafío" había capturado su atención, uno que no tenía nada que ver con la política.
Iris.
La había conocido en un evento de beneficencia hace un par de meses. Iris, tan amable y sociable, había logrado acercarse a la Presidenta con una pregunta inteligente sobre la política energética. Claudia, acostumbrada a los discursos preestablecidos y a las formalidades, se había sentido refrescada por la autenticidad de Iris. Habían charlado durante casi media hora, y Claudia había quedado prendada de su inteligencia, su pasión y, no menos importante, su belleza.
Desde entonces, Claudia había buscado excusas para encontrarse con Iris. La había invitado a eventos culturales, a inauguraciones de proyectos, e incluso a algunas reuniones informales en Palacio, siempre bajo el pretexto de "consultar la opinión de la juventud". Iris, aparentemente ajena a las verdaderas intenciones de la Presidenta, siempre aceptaba con entusiasmo, halagada por la atención.
Claudia admiraba la forma en que Iris defendía sus ideales, incluso cuando estos no coincidían completamente con la línea oficial del gobierno. Iris era una voz fresca, una mente brillante, y Claudia se había dado cuenta de que no solo sentía admiración, sino algo más profundo y peligroso: un deseo de tenerla cerca, de conocerla íntimamente.
Esa misma tarde, Claudia había recibido un mensaje de Iris. La joven le había preguntado si la Presidenta estaría libre para tomar un café la próxima semana, ya que tenía algunas ideas que le gustaría compartir sobre un programa de voluntariado. El corazón de Claudia había dado un salto.
"Por supuesto, Iris. Mi agenda está abierta para ti", le había respondido Claudia, con una sonrisa que sus asesores habrían interpretado como una señal de un triunfo político. Pero para Claudia, era un triunfo personal.
Mientras se preparaba para salir de Palacio, Claudia se miró en el espejo. Su coleta de caballo estaba impecable, su traje sastre le sentaba a la perfección. La Presidenta de México, la mujer más poderosa del país, sentía mariposas en el estómago.
"¿Qué tengo que hacer para que esa chica se fije en mí?", pensó Claudia con una sonrisa divertida. "Supongo que tendré que usar mis encantos presidenciales".
La cena de Alejandra con Iris fue un éxito rotundo. El restaurante era íntimo, la comida deliciosa, y la conversación fluyó con facilidad. Hablaron de política, de sus sueños, de sus miedos. Alejandra descubrió que Iris era una ávida lectora de poesía y que le encantaba la música clásica, detalles que solo la hacían más fascinante.
Alejandra se encontró riendo más de lo que lo hacía habitualmente, y Iris, a su vez, parecía disfrutar de la compañía de la líder política. Había una química innegable entre ellas, una chispa que Alejandra sentía en cada mirada, en cada sonrisa compartida.
Al final de la noche, cuando Alejandra acompañó a Iris a la puerta de su casa, el aire estaba cargado de una tensión dulce.
"Gracias, Alejandra", dijo Iris, sus ojos brillando bajo la luz de la luna. "Ha sido una noche maravillosa. Me encanta hablar contigo".
"A mí también, Iris", respondió Alejandra, su voz apenas un susurro. Quería besarla, quería tomar su rostro entre sus manos y sentir la suavidad de sus labios. Pero se contuvo, una vez más, temiendo arruinar el momento perfecto. "Me gustaría repetirlo pronto".
"A mí también", dijo Iris, y por un instante, Alejandra pensó que Iris también quería algo más. Pero luego Iris sonrió, una sonrisa amable y ligeramente tímida, y se despidió.
Alejandra regresó a casa con el corazón lleno de una nueva esperanza. Sentía que el amor estaba floreciendo en su vida, un amor inesperado pero profundamente deseado.
Lo que Alejandra no sabía era que, mientras ella soñaba con un futuro con Iris, la Presidenta Claudia Sheinbaum también estaba haciendo sus movimientos.
Un par de días después, Iris recibió una invitación formal de Palacio Nacional: la Presidenta la invitaba a una cena privada en la residencia presidencial, para "discutir asuntos de interés nacional y compartir una velada cultural".
Iris no podía creerlo. La Presidenta de México la invitaba a cenar. Era un honor inmenso, una oportunidad única. Con un poco de nerviosismo, pero mucha emoción, aceptó.
Esa noche, cuando Iris llegó a la residencia presidencial, Claudia la recibió en la puerta con una sonrisa radiante y un abrazo cálido. Llevaba un vestido elegante pero discreto, su cabello recogido en su característica coleta, y sus ojos oscuros irradiaban una amabilidad genuina.
"Iris, qué alegría verte", dijo Claudia, su voz melódica. "Bienvenida a mi casa".
Iris se sintió inmediatamente a gusto. La atmósfera era relajada, a pesar de la formalidad del lugar. Cenaron en un comedor acogedor, conversando sobre arte, literatura, política y hasta anécdotas personales. Claudia era una anfitriona encantadora, divertida y atenta, capaz de hacer sentir a cualquiera como el centro del universo.
Iris se encontró riendo con Claudia, compartiendo sus opiniones más sinceras y sintiendo una conexión profunda con la Presidenta. Claudia era, sin duda, una mujer extraordinaria, con una mente brillante y un corazón apasionado.
"Iris", dijo Claudia en un momento, sus ojos fijos en los de Iris. "Me siento muy cómoda contigo. Tienes una energía única, una forma de ver el mundo que me inspira. Me gustaría que pasáramos más tiempo juntas, si te apetece".
El corazón de Iris dio un vuelco. La Presidenta de México le estaba pidiendo más tiempo, no solo como consultora o colaboradora, sino como persona. Un rubor subió a sus mejillas.
"Me encantaría, Presidenta", respondió Iris, su voz un poco temblorosa. "También me siento muy bien contigo".
Claudia sonrió, una sonrisa que prometía mucho. "Por favor, llámame Claudia. Y espero que esta sea la primera de muchas veladas".
Cuando Iris regresó a casa esa noche, su mente era un torbellino de emociones. Por un lado, estaba la calidez y la dulzura de Alejandra, la mujer que la había inspirado a unirse a la política y que la hacía sentir especial. Por otro lado, estaba la carismática y poderosa Claudia, la Presidenta, que la había cautivado con su inteligencia y su encanto.
Ambas mujeres eran extraordinarias a su manera, y ambas parecían interesadas en ella, en algo más que una relación profesional. Iris, que siempre había sido tan clara en sus convicciones, de repente se encontró en un dilema emocional.
El triángulo amoroso había comenzado, y Iris, la amable y sociable Iris, era el vértice central de un drama que prometía ser tan apasionante como cualquier campaña política.
Unos días después, Alejandra y Claudia se encontraron en un evento oficial. La tensión entre ellas era palpable, un campo de fuerza invisible que solo ellas parecían percibir. Ambas sonreían para las cámaras, se daban la mano con la cortesía esperada, pero sus ojos se lanzaban dardos envenenados.
Claudia, con su coleta de caballo impecable y su sonrisa amplia, se acercó a Alejandra. "Alejandra, me alegra verte. Veo que tu partido está trabajando duro".
"Lo mismo digo, Presidenta", respondió Alejandra, su voz gélida. "Me pregunto si tu agenda presidencial te permite prestar atención a los asuntos importantes, o si estás demasiado ocupada con otros 'intereses'".
Claudia enarcó una ceja, su sonrisa se volvió un poco más afilada. "Siempre hay tiempo para todo lo que importa, Alejandra. Y créeme, sé muy bien lo que me importa". Su mirada se detuvo en Iris, que estaba charlando animadamente con unos periodistas cerca, su cabello rojizo brillando bajo los focos.
Alejandra siguió la mirada de Claudia y supo al instante que Claudia también había puesto sus ojos en Iris. Una punzada de celos, aguda y amarga, la atravesó. El odio que ya sentía por Claudia, por sus políticas, por su forma de gobernar, se intensificó de golpe, transformándose en una animosidad personal y visceral.
"Iris es una mujer excepcional", dijo Alejandra, su voz baja y cargada de advertencia. "Y tiene un gran futuro en mi partido".
Claudia soltó una risita, un sonido que hizo que la sangre de Alejandra hirviera. "Oh, no lo dudo. Iris es fascinante. Una verdadera joya. Y el futuro, Alejandra, es algo que está en constante cambio. Nadie tiene el monopolio de él".
Sus miradas se encontraron de nuevo, una batalla silenciosa librada entre dos mujeres poderosas, cada una decidida a ganar, ya fuera en la política o, como ahora parecía evidente, en el amor.
Iris, ajena a la guerra fría que se libraba a pocos metros de ella, seguía sonriendo y charlando, su corazón dividido entre la admiración por Alejandra y la fascinación por Claudia. No sabía que se había convertido en el premio de una contienda que prometía ser tan feroz como cualquier elección presidencial. El triángulo amoroso había dejado de ser una simple posibilidad para convertirse en una realidad ineludible, y las chispas apenas comenzaban a volar.
Pero esa mañana, sus pensamientos no estaban solo en las encuestas y las estrategias políticas. Un nombre, una imagen, se colaba constantemente en su mente, trayendo consigo una sonrisa suave y un calor inesperado en su pecho: Iris.
Iris. La veía en cada reunión, en cada evento. Siempre en primera fila, sus ojos brillantes detrás de sus lentes, su cabello rojizo liso cayendo sobre sus hombros, un mar de fuego que la atraía irremediablemente. Su amabilidad era contagiosa, su entusiasmo genuino, y cada vez que sus miradas se cruzaban, Alejandra sentía una punzada en el estómago, una sensación que, a sus cuarenta y tantos años y con una carrera política consolidada, la desconcertaba y la fascinaba a partes iguales.
Desde que Iris se había unido al partido hacía unos meses, Alejandra había notado cómo su presencia iluminaba el ambiente. Iris no era solo una seguidora devota; era perspicaz, articulada y poseía una capacidad innata para conectar con la gente. Alejandra admiraba su inteligencia y su pasión, pero lo que realmente la había cautivado era la pureza de su corazón. Iris creía en ella, en sus ideales, en su visión para el país, y esa fe incondicional era un bálsamo para el alma de una líder política acostumbrada a la crítica y al escepticismo.
Hoy, Iris tenía una cita con ella para discutir algunas ideas para un nuevo programa social. Alejandra había estado esperando esta reunión con una mezcla de anticipación profesional y emoción personal. Quería impresionar a Iris, no solo como su líder, sino como mujer.
Justo en ese momento, un golpe suave en la puerta la sacó de sus cavilaciones.
"Adelante", dijo Alejandra, enderezándose en su silla.
La puerta se abrió y allí estaba Iris, con una sonrisa radiante que hizo que el corazón de Alejandra diera un vuelco. Llevaba una blusa de flores discretas y unos jeans, un atuendo sencillo que, sin embargo, resaltaba su belleza natural. En sus manos, un cuaderno y una pluma, lista para trabajar.
"Buenos días, Alejandra", dijo Iris, su voz melodiosa. "Espero no haber llegado tarde".
"Para nada, Iris. Puntual como siempre", respondió Alejandra, su voz más suave de lo habitual. Le hizo un gesto para que se sentara en la silla frente a su escritorio. "Gracias por venir. Estoy muy interesada en escuchar tus propuestas".
Iris se sentó, sus ojos marrones brillando con entusiasmo. "Gracias a ti por darme la oportunidad. He estado pensando mucho en esto y creo que podemos hacer algo realmente significativo para las comunidades más vulnerables".
Durante la siguiente hora, mientras Iris exponía sus ideas con pasión y claridad, Alejandra se encontró a sí misma más absorta en los gestos de Iris, en la forma en que su cabello se movía cuando gesticulaba, en la chispa de sus ojos cuando hablaba de justicia social, que en el contenido de sus propuestas. Por supuesto, las ideas eran excelentes, innovadoras y bien fundamentadas, pero la presencia de Iris era un distractor delicioso.
Cuando terminaron, Alejandra se sintió inspirada, no solo por el trabajo, sino por la persona. "Iris, esto es brillante. Realmente has superado mis expectativas. Me gustaría que lideraras este proyecto. Tendrás todo mi apoyo y los recursos que necesites".
Los ojos de Iris se abrieron con sorpresa y una alegría sincera. "¡¿De verdad, Alejandra?! ¡Sería un honor! Gracias, muchísimas gracias. No te defraudaré".
La sonrisa de Iris era tan pura que Alejandra sintió un impulso irrefrenable de tomar su mano, de borrar la distancia física entre ellas. Se contuvo, apenas, recordándose su posición y la profesionalidad que debía mantener.
"Estoy segura de que no lo harás", dijo Alejandra, su voz un poco ronca. "Para celebrar, ¿te gustaría cenar conmigo esta noche? Para discutir los detalles con más calma, por supuesto". La última parte la añadió rápidamente, tratando de sonar casual.
Un ligero rubor apareció en las mejillas de Iris. "Me encantaría, Alejandra. ¿A qué hora y dónde?"
Alejandra le dio la dirección de un restaurante discreto pero elegante que conocía. "A las ocho. Te espero allí".
Cuando Iris se despidió, el corazón de Alejandra latía con fuerza. Era un paso, un pequeño pero significativo paso. Sentía una emoción juvenil que no había experimentado en años.
Lo que Alejandra no sabía, mientras se preparaba para su cena con Iris, era que en otro rincón de la ciudad, una figura igualmente poderosa y carismática también pensaba en la joven de cabello rojizo.
En su oficina de Palacio Nacional, Claudia Sheinbaum, la Presidenta de México, se reía a carcajadas con uno de sus asesores. Su coleta de caballo se balanceaba con cada movimiento, y sus ojos oscuros brillaban con diversión. A pesar de la seriedad de su cargo, Claudia era conocida por su buen humor y su capacidad para desdramatizar situaciones tensas. Era alta, su postura firme, y su sonrisa, amplia y genuina, era una de sus armas más potentes.
Había sido un día largo de reuniones y decisiones difíciles, pero Claudia nunca perdía la energía. Para ella, la presidencia era un juego de ajedrez gigante, y le encantaba el desafío. Sin embargo, en las últimas semanas, un nuevo "desafío" había capturado su atención, uno que no tenía nada que ver con la política.
Iris.
La había conocido en un evento de beneficencia hace un par de meses. Iris, tan amable y sociable, había logrado acercarse a la Presidenta con una pregunta inteligente sobre la política energética. Claudia, acostumbrada a los discursos preestablecidos y a las formalidades, se había sentido refrescada por la autenticidad de Iris. Habían charlado durante casi media hora, y Claudia había quedado prendada de su inteligencia, su pasión y, no menos importante, su belleza.
Desde entonces, Claudia había buscado excusas para encontrarse con Iris. La había invitado a eventos culturales, a inauguraciones de proyectos, e incluso a algunas reuniones informales en Palacio, siempre bajo el pretexto de "consultar la opinión de la juventud". Iris, aparentemente ajena a las verdaderas intenciones de la Presidenta, siempre aceptaba con entusiasmo, halagada por la atención.
Claudia admiraba la forma en que Iris defendía sus ideales, incluso cuando estos no coincidían completamente con la línea oficial del gobierno. Iris era una voz fresca, una mente brillante, y Claudia se había dado cuenta de que no solo sentía admiración, sino algo más profundo y peligroso: un deseo de tenerla cerca, de conocerla íntimamente.
Esa misma tarde, Claudia había recibido un mensaje de Iris. La joven le había preguntado si la Presidenta estaría libre para tomar un café la próxima semana, ya que tenía algunas ideas que le gustaría compartir sobre un programa de voluntariado. El corazón de Claudia había dado un salto.
"Por supuesto, Iris. Mi agenda está abierta para ti", le había respondido Claudia, con una sonrisa que sus asesores habrían interpretado como una señal de un triunfo político. Pero para Claudia, era un triunfo personal.
Mientras se preparaba para salir de Palacio, Claudia se miró en el espejo. Su coleta de caballo estaba impecable, su traje sastre le sentaba a la perfección. La Presidenta de México, la mujer más poderosa del país, sentía mariposas en el estómago.
"¿Qué tengo que hacer para que esa chica se fije en mí?", pensó Claudia con una sonrisa divertida. "Supongo que tendré que usar mis encantos presidenciales".
La cena de Alejandra con Iris fue un éxito rotundo. El restaurante era íntimo, la comida deliciosa, y la conversación fluyó con facilidad. Hablaron de política, de sus sueños, de sus miedos. Alejandra descubrió que Iris era una ávida lectora de poesía y que le encantaba la música clásica, detalles que solo la hacían más fascinante.
Alejandra se encontró riendo más de lo que lo hacía habitualmente, y Iris, a su vez, parecía disfrutar de la compañía de la líder política. Había una química innegable entre ellas, una chispa que Alejandra sentía en cada mirada, en cada sonrisa compartida.
Al final de la noche, cuando Alejandra acompañó a Iris a la puerta de su casa, el aire estaba cargado de una tensión dulce.
"Gracias, Alejandra", dijo Iris, sus ojos brillando bajo la luz de la luna. "Ha sido una noche maravillosa. Me encanta hablar contigo".
"A mí también, Iris", respondió Alejandra, su voz apenas un susurro. Quería besarla, quería tomar su rostro entre sus manos y sentir la suavidad de sus labios. Pero se contuvo, una vez más, temiendo arruinar el momento perfecto. "Me gustaría repetirlo pronto".
"A mí también", dijo Iris, y por un instante, Alejandra pensó que Iris también quería algo más. Pero luego Iris sonrió, una sonrisa amable y ligeramente tímida, y se despidió.
Alejandra regresó a casa con el corazón lleno de una nueva esperanza. Sentía que el amor estaba floreciendo en su vida, un amor inesperado pero profundamente deseado.
Lo que Alejandra no sabía era que, mientras ella soñaba con un futuro con Iris, la Presidenta Claudia Sheinbaum también estaba haciendo sus movimientos.
Un par de días después, Iris recibió una invitación formal de Palacio Nacional: la Presidenta la invitaba a una cena privada en la residencia presidencial, para "discutir asuntos de interés nacional y compartir una velada cultural".
Iris no podía creerlo. La Presidenta de México la invitaba a cenar. Era un honor inmenso, una oportunidad única. Con un poco de nerviosismo, pero mucha emoción, aceptó.
Esa noche, cuando Iris llegó a la residencia presidencial, Claudia la recibió en la puerta con una sonrisa radiante y un abrazo cálido. Llevaba un vestido elegante pero discreto, su cabello recogido en su característica coleta, y sus ojos oscuros irradiaban una amabilidad genuina.
"Iris, qué alegría verte", dijo Claudia, su voz melódica. "Bienvenida a mi casa".
Iris se sintió inmediatamente a gusto. La atmósfera era relajada, a pesar de la formalidad del lugar. Cenaron en un comedor acogedor, conversando sobre arte, literatura, política y hasta anécdotas personales. Claudia era una anfitriona encantadora, divertida y atenta, capaz de hacer sentir a cualquiera como el centro del universo.
Iris se encontró riendo con Claudia, compartiendo sus opiniones más sinceras y sintiendo una conexión profunda con la Presidenta. Claudia era, sin duda, una mujer extraordinaria, con una mente brillante y un corazón apasionado.
"Iris", dijo Claudia en un momento, sus ojos fijos en los de Iris. "Me siento muy cómoda contigo. Tienes una energía única, una forma de ver el mundo que me inspira. Me gustaría que pasáramos más tiempo juntas, si te apetece".
El corazón de Iris dio un vuelco. La Presidenta de México le estaba pidiendo más tiempo, no solo como consultora o colaboradora, sino como persona. Un rubor subió a sus mejillas.
"Me encantaría, Presidenta", respondió Iris, su voz un poco temblorosa. "También me siento muy bien contigo".
Claudia sonrió, una sonrisa que prometía mucho. "Por favor, llámame Claudia. Y espero que esta sea la primera de muchas veladas".
Cuando Iris regresó a casa esa noche, su mente era un torbellino de emociones. Por un lado, estaba la calidez y la dulzura de Alejandra, la mujer que la había inspirado a unirse a la política y que la hacía sentir especial. Por otro lado, estaba la carismática y poderosa Claudia, la Presidenta, que la había cautivado con su inteligencia y su encanto.
Ambas mujeres eran extraordinarias a su manera, y ambas parecían interesadas en ella, en algo más que una relación profesional. Iris, que siempre había sido tan clara en sus convicciones, de repente se encontró en un dilema emocional.
El triángulo amoroso había comenzado, y Iris, la amable y sociable Iris, era el vértice central de un drama que prometía ser tan apasionante como cualquier campaña política.
Unos días después, Alejandra y Claudia se encontraron en un evento oficial. La tensión entre ellas era palpable, un campo de fuerza invisible que solo ellas parecían percibir. Ambas sonreían para las cámaras, se daban la mano con la cortesía esperada, pero sus ojos se lanzaban dardos envenenados.
Claudia, con su coleta de caballo impecable y su sonrisa amplia, se acercó a Alejandra. "Alejandra, me alegra verte. Veo que tu partido está trabajando duro".
"Lo mismo digo, Presidenta", respondió Alejandra, su voz gélida. "Me pregunto si tu agenda presidencial te permite prestar atención a los asuntos importantes, o si estás demasiado ocupada con otros 'intereses'".
Claudia enarcó una ceja, su sonrisa se volvió un poco más afilada. "Siempre hay tiempo para todo lo que importa, Alejandra. Y créeme, sé muy bien lo que me importa". Su mirada se detuvo en Iris, que estaba charlando animadamente con unos periodistas cerca, su cabello rojizo brillando bajo los focos.
Alejandra siguió la mirada de Claudia y supo al instante que Claudia también había puesto sus ojos en Iris. Una punzada de celos, aguda y amarga, la atravesó. El odio que ya sentía por Claudia, por sus políticas, por su forma de gobernar, se intensificó de golpe, transformándose en una animosidad personal y visceral.
"Iris es una mujer excepcional", dijo Alejandra, su voz baja y cargada de advertencia. "Y tiene un gran futuro en mi partido".
Claudia soltó una risita, un sonido que hizo que la sangre de Alejandra hirviera. "Oh, no lo dudo. Iris es fascinante. Una verdadera joya. Y el futuro, Alejandra, es algo que está en constante cambio. Nadie tiene el monopolio de él".
Sus miradas se encontraron de nuevo, una batalla silenciosa librada entre dos mujeres poderosas, cada una decidida a ganar, ya fuera en la política o, como ahora parecía evidente, en el amor.
Iris, ajena a la guerra fría que se libraba a pocos metros de ella, seguía sonriendo y charlando, su corazón dividido entre la admiración por Alejandra y la fascinación por Claudia. No sabía que se había convertido en el premio de una contienda que prometía ser tan feroz como cualquier elección presidencial. El triángulo amoroso había dejado de ser una simple posibilidad para convertirse en una realidad ineludible, y las chispas apenas comenzaban a volar.
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