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Universidad II

Фандом: Historia

Создан: 18.01.2026

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El Mapa Íntimo

El crepúsculo se cernía sobre el campus, tiñendo de anaranjado y violeta los edificios antiguos que, poco a poco, se sumían en el silencio. Isaac Newton, con su paso metódico, casi espectral, se movía entre las sombras proyectadas por los árboles desnudos. Cada día era igual, o casi. Las clases, los libros, las ecuaciones que danzaban en su mente como estrellas lejanas. Pero hoy, como en los últimos días, había una variable que alteraba su rutina: Cristóbal Colón.

Lo había visto salir de uno de los edificios más antiguos, con su andar resuelto, la cabeza ligeramente inclinada como quien navega contra el viento. Newton no dudó. Sus pies, casi por voluntad propia, trazaron la misma ruta, manteniendo una distancia prudencial, una sombra silenciosa que no buscaba ser descubierta, solo observar. La primera vez fue un accidente, un cruce de caminos. La segunda, una curiosidad. La tercera y subsiguientes, una necesidad que no lograba comprender del todo, pero que lo arrastraba sin resistencia.

Colón no miraba atrás. Su destino parecía claro, su paso firme. Newton lo siguió por los senderos adoquinados, luego por las calles que bordeaban la universidad, hasta que el explorador se detuvo frente a un edificio de ladrillo rojizo, algo deslucido, en una zona menos transitada. Era su apartamento. Newton se detuvo a cierta distancia, oculto tras un arbusto, observando. Colón sacó las llaves, abrió la puerta y, por un instante, su mirada se detuvo. No en Newton, no directamente, pero sí en el vacío del aire, como si percibiera una presencia, una perturbación en el éter. Luego, entró.

Newton esperó. Diez minutos. Quince. El aire de la noche comenzaba a morder. La lógica le dictaba que se diera la vuelta, que volviera a su propia guarida de libros y fórmulas. Pero la lógica, en este caso, parecía haber sido desterrada. Había algo en Colón, una fuerza gravitatoria inexplicable que lo atraía, lo desestabilizaba.

Finalmente, su resolución se quebró. Cruzó la calle, subió los pocos escalones y se detuvo frente a la puerta de madera. No sabía qué haría. ¿Llamaría? ¿Se iría? Su mano, por sí sola, se alzó y golpeó suavemente la madera. Un golpe que resonó en el silencio, un eco de su propia audacia.

La puerta se abrió casi de inmediato. Colón estaba allí, con la camisa desabrochada, el cabello un poco revuelto, una expresión indescifrable en sus ojos oscuros. Newton sintió un rubor ascender por su cuello, una sensación extraña y cálida.

–Newton –dijo Colón, su voz grave, sin sorpresa aparente. –Sabía que vendrías.

El físico no supo qué responder. Su mente, tan acostumbrada a la precisión, se sentía vacía, desprovista de palabras.

–¿Vas a quedarte ahí, en el umbral? –preguntó Colón, con una media sonrisa que a Newton le pareció peligrosa. –Pasa.

Newton obedeció, entrando en el pequeño apartamento. El aire, de inmediato, se volvió espeso, cargado de un aroma a sal, a tabaco y a algo más, algo indefinible que a Newton le recordó el mar y el misterio. Colón cerró la puerta, el sonido del cerrojo resonando como un veredicto.

La luz era tenue, filtrada por unas cortinas gruesas. El apartamento era espartano, funcional, como la cabina de un barco. Un par de estanterías con libros y mapas, una mesa de madera, dos sillas, y en el centro, la cama. Deshecha.

Colón se giró, sus ojos fijos en Newton. La distancia entre ellos parecía acortarse con cada latido del corazón de Newton.

–¿Qué quieres, Isaac? –preguntó Colón, acercándose lentamente.

Newton tragó saliva. La pregunta, tan directa, lo desarmó.

–Yo… yo no… –balbuceó, sintiendo el calor de la mirada del otro.

Colón no esperó una respuesta. Dio el último paso, acortando la distancia por completo. Su mano se alzó y acarició la mejilla pálida de Newton. El contacto, tan inesperado, fue como una descarga eléctrica. Newton se quedó inmóvil, sus ojos grises fijos en los oscuros de Colón.

–No necesitas palabras –susurró Colón, su aliento cálido en el rostro de Newton. –Tus ojos lo dicen todo.

Y sin más preámbulos, Colón se inclinó, sus labios encontrando los de Newton en un beso que fue todo lo que Newton nunca supo que anhelaba. Fue un beso insistente, provocador, que no pedía permiso, sino que tomaba. Los labios de Colón eran firmes, experimentados, y en ellos Newton encontró una vorágine que lo arrastró. Sus propios labios, tan poco acostumbrados a tal intimidad, respondieron con una torpeza febril, una necesidad primigenia que sorprendió incluso al propio Newton.

Colón, con una seguridad abrumadora, lo guio hacia la cama. Newton, con las rodillas temblorosas, se dejó llevar. Cayó sobre el colchón, la tela suave bajo su espalda. Colón se cernió sobre él, sin romper el beso, sus manos expertas desabrochando los botones de la camisa de Newton con una velocidad pasmosa.

–Eres tan… tenso, Isaac –murmuró Colón entre besos, sus labios trazando una línea de fuego por el cuello de Newton. –Pero tienes hambre. Lo siento.

Hambre. Sí, una hambre que nunca había reconocido, una sed que ahora se desbordaba. Las manos de Newton, que tan hábilmente manipulaban telescopios y péndulos, ahora se alzaban, temblorosas, para aferrarse a la camisa de Colón, arrugando la tela. Sus dedos, largos y delgados, se deslizaron bajo el cuello de la camisa de su amante, buscando la piel, la carne.
La ropa estorbaba. Colón pareció entenderlo sin necesidad de palabras. Con movimientos eficientes, despojó a Newton de su camisa, luego de su chaleco. La piel pálida de Newton quedó expuesta al aire, y un escalofrío, que no era de frío, lo recorrió. Colón se separó un instante, solo para admirar la obra. Sus ojos, oscuros y profundos, recorrieron cada centímetro de la piel de Newton, deteniéndose en los puntos donde la tensión se manifestaba, en la curva de sus costillas, en la delgadez de su cintura.

–Hermoso –susurró Colón, y la palabra, tan simple, hizo que Newton sintiera un calor, una aceptación que nunca había conocido.

Luego, Colón se deshizo de su propia camisa, revelando un torso curtido, marcado por el sol y el trabajo, músculos definidos pero no ostentosos. Una cicatriz antigua cruzaba su costado. Para Newton, que solo conocía los cuerpos desde la perspectiva de la anatomía y la mecánica, el cuerpo de Colón era un mapa, una geografía inexplorada y fascinante.

Volvieron a besarse, con más urgencia, más desesperación. Las respiraciones se mezclaban, el aire se volvía denso con el aroma de la piel, la excitación. Las manos de Newton, al principio torpes, comenzaron a aprender. Se deslizaron por la espalda de Colón, sintiendo la dureza de sus músculos, la calidez de su piel. Era como si su cuerpo, su mente, estuvieran descubriendo una nueva ley, una nueva fuerza.

Colón, siempre el que tomaba la iniciativa, se movió, posicionándose sobre Newton. Las caderas se encontraron, un roce que envió una descarga eléctrica a través del cuerpo de Newton. Un gemido escapó de sus labios, un sonido que nunca había escuchado de sí mismo.

–Así es –susurró Colón, su voz ronca, pegado al oído de Newton. –Déjalo salir.

Las manos de Colón se movieron con una destreza que a Newton le pareció casi mágica. Desabrochó los pantalones de Newton, luego los suyos. La ropa cayó al suelo, formando un montículo desordenado que testificaba la urgencia del momento.

La piel contra la piel, el calor, la fricción. Newton se arqueó, buscando más, sin saber exactamente qué. Colón lo guio con su cuerpo, con sus besos, con las palabras bajas y obscenas que susurraba contra su boca, contra su cuello.

–Tan apretado, Isaac –murmuró Colón, mientras se frotaba contra él, preparándolos a ambos. –Tan listo para mí.

El tiempo se comprimió. Los ruidos de la calle, los ecos lejanos de la ciudad, todo desapareció. Solo existían ellos dos, la cama, la piel, la respiración entrecortada. Colón se movió, posicionándose detrás de Newton, guiando su entrada con una mano firme.

Un grito ahogado escapó de Newton cuando Colón lo penetró. Fue una sensación abrumadora, intensa, que mezclaba dolor y placer de una manera que Newton jamás habría imaginado. Sus manos se aferraron a la almohada, sus nudillos blancos.

–Respira, Isaac –dijo Colón, su voz un murmullo grave en el oído de Newton. –Respira conmigo.

Y Newton respiró, con dificultad, sintiendo el cuerpo de Colón moviéndose dentro de él, cada embestida una nueva sensación, un nuevo descubrimiento. Las palabras de Colón, obscenas y directas, se filtraban en su mente, encendiéndolo aún más.

–Eres mío, Isaac –murmuró Colón, sus caderas moviéndose con un ritmo constante. –Completamente mío.

Newton no pudo responder. Solo pudo sentir, gemir, aferrarse. Las sensaciones eran demasiado intensas, demasiado nuevas. Se sentía expuesto, vulnerable, pero al mismo tiempo, extrañamente completo. Era como si Colón hubiera encontrado una parte de él que siempre había estado vacía, y la estuviera llenando con su presencia.

Colón continuó, susurrando palabras que harían sonrojar a un marinero, pero que en el contexto de esa habitación, de esa intimidad forzada y deseada, sonaban como poesía. Empujó más profundo, más rápido, sus movimientos precisos y poderosos. Newton se arqueó, su cuerpo respondiendo de una manera instintiva, animal, que lo sorprendió.

El clímax llegó como una ola, arrastrándolo. Un grito gutural escapó de Newton, su cuerpo tembló incontrolablemente mientras se deshacía en el placer. Colón lo siguió poco después, su cuerpo tenso, su respiración agitada, liberando un gemido ronco que resonó en la habitación.

Se quedaron así por un momento, los cuerpos unidos, las respiraciones entrecortadas, el sudor mezclándose. Newton se sentía exhausto, pero extrañamente ligero, como si un peso invisible se hubiera levantado de sus hombros.

Colón se movió, separándose un poco, pero sin salir de él por completo. Levantó la cabeza y besó la nuca de Newton, luego su hombro.

–No hemos terminado, Isaac –murmuró Colón, su voz cargada de una promesa.

Con un movimiento suave, Colón cambió de posición, girando a Newton para que quedara de espaldas, apoyado en sus brazos, mirándolo a los ojos. La luz tenue de la habitación iluminaba el rostro de Newton, marcado por el placer, los labios hinchados, los ojos grises aún dilatados.

Colón sonrió, una sonrisa lenta y seductora.

–Quiero verte –dijo Colón, su voz baja. –Quiero que me veas.

Y luego, con una audacia que dejó a Newton sin aliento, Colón se inclinó, su boca bajando, mientras su mano guiaba a Newton para que hiciera lo mismo.

Las sensaciones se multiplicaron, cada una más intensa que la anterior. Newton, al principio vacilante, se dejó guiar por las manos expertas de Colón, por los gemidos que escapaban de sus labios. Era una danza de dar y recibir, de explorar y ser explorado. La mente analítica de Newton, tan acostumbrada a las leyes del universo, se rindió a las leyes de la carne, a la gravedad de la pasión.

Colón, con sus ojos oscuros fijos en los de Newton, susurró una vez más, su voz resonando en el silencio íntimo de la habitación.

–Bienvenido a mi mundo, Isaac.
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