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Universo IV
Фандом: Historia
Создан: 19.01.2026
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La Inesperada Ofrenda
– Napoleón, tenemos que hablar.
La voz de Alejandro I, usualmente serena, tenía un matiz de urgencia que hizo que Napoleón levantara la vista de los apuntes de estrategia militar que revisaba en la biblioteca. Era raro que Alejandro lo interrumpiera, y menos con esa expresión tan… cargada. Se irguió en su silla, sus ojos grises clavándose en los azules de Alejandro.
– ¿Qué sucede, Alejandro? – preguntó Napoleón, su tono habitual de autoridad apenas suavizado por el reconocimiento de la seriedad en el rostro del otro. – Parece que has visto un fantasma, o peor, a Metternich sonriendo.
Alejandro ignoró la burla, su mirada recorriendo rápidamente la biblioteca casi vacía antes de volverse a Napoleón.
– No aquí – dijo, su voz baja y controlada. – Es… importante.
Napoleón frunció el ceño. La “importancia” en el vocabulario de Alejandro solía ser algo monumental. Odiaba los rodeos, pero la insistencia en la privacidad de Alejandro era inusual. Se puso de pie, recogiendo sus papeles con un movimiento rápido y eficiente.
– Muy bien. ¿Tu apartamento? ¿El mío? – ofreció, aunque ya sabía la respuesta. Alejandro prefería su propio espacio para las conversaciones delicadas.
– El mío – confirmó Alejandro, girándose para salir.
Caminaron en un silencio tenso, el aire crujiendo con la expectación. Alejandro tenía los hombros ligeramente encorvados, una señal de la carga que llevaba. Napoleón, por su parte, observaba cada movimiento, cada gesto, intentando descifrar el enigma antes de que fuera revelado. Su mente ya corría a mil por hora, analizando posibles escenarios: ¿una crisis política en el club de debate? ¿Algún problema familiar con su hermano Pablo? ¿O algo más personal? La última vez que Alejandro había tenido esa expresión, había sido después de que Napoleón lo había acorralado en el pasillo para discutir una tesis histórica.
Al llegar al apartamento de Alejandro, el ambiente se volvió más íntimo y, para Napoleón, un poco claustrofóbico. El lugar era como su dueño: ordenado, elegante, con una limpieza casi ascética. Alejandro encendió una pequeña lámpara de pie, sumiendo la sala en una luz suave y cálida que contrastaba con la frialdad de la noticia que estaba a punto de dar.
– ¿Quieres té? – ofreció Alejandro, dirigiéndose a la cocina sin esperar respuesta. Era su ritual. Una forma de ganar tiempo, de preparar el terreno.
Napoleón se sentó en el sofá, observando la espalda de Alejandro mientras este se movía con gracia por la cocina. Algo en su postura era diferente. Más… frágil.
– No, Alejandro. Dime qué pasa. No me hagas esperar.
Alejandro se detuvo, su mano sobre la tetera. Respiró hondo, como si el aire le pesara. Luego, se giró lentamente, sus ojos fijos en Napoleón.
– Estoy embarazado.
El silencio que siguió fue denso, pesado, casi asfixiante. Napoleón sintió como si el mundo se detuviera. La sangre se le heló en las venas, luego un torrente de calor invadió su cuerpo. ¿Embarazado? ¿Alejandro? Su mente, siempre tan rápida, se negaba a procesar la información.
– ¿Qué? – fue lo único que pudo articular, su voz un susurro ronco.
Alejandro asintió, una pequeña sonrisa triste asomando en sus labios.
– Sí. Nuestro hijo.
La afirmación "nuestro hijo" golpeó a Napoleón con una fuerza inesperada. La escena en los baños, la pasión descontrolada, el abandono mutuo… Había sido un encuentro fugaz, un arrebato, algo que ambos habían acordado tácitamente olvidar o al menos no diseccionar. Pero ahora, con estas palabras, todo cambiaba. La realidad se presentaba ante él, cruda e ineludible.
Se puso de pie abruptamente, caminando hacia Alejandro. Su mente era un torbellino. No era la primera vez que se acostaba con alguien, ni la primera vez que era descuidado, pero… ¿Alejandro? ¿Un embarazo? Esto era algo completamente diferente.
– ¿Estás seguro? – preguntó, su voz aún ronca.
– Seguro. Fui al médico esta mañana.
Alejandro lo observaba con una mezcla de miedo y resolución en sus ojos. Parecía un ciervo acorralado, pero con una dignidad inquebrantable.
– Quería ver tu reacción, Napoleón. Quería saber qué harías.
Napoleón se acercó, sus manos temblaban ligeramente. La noticia era tan... inesperada. Él, Napoleón Bonaparte, padre. Y padre con Alejandro de todas las personas. El pensamiento era tan absurdo como fascinante.
– ¿Y qué esperas que haga? – preguntó, su voz recuperando algo de su habitual autoridad, aunque con un temblor subyacente.
Alejandro bajó la mirada, sus dedos jugando con el borde de su camisa.
– No lo sé. Mi hermano Pablo… él quiere que Piotr Bagration sea el padre.
La mención de Pablo y Bagration encendió una chispa de furia en Napoleón. ¿Bagration? ¿Ese militar inepto y predecible? ¿Aquel que siempre lo había mirado con envidia en el club de esgrima? La idea de que otro hombre reclamara a *su* hijo, de que otro hombre estuviera cerca de *su* Alejandro, era intolerable.
– ¿Bagration? – siseó Napoleón, sus ojos entrecerrándose. – ¿Tu hermano quiere que ese… patán sea el padre de *mi* hijo?
El instinto posesivo de Napoleón, siempre latente, emergió con una fuerza abrumadora. Este no era solo un hijo, era su linaje, su legado. Y era con Alejandro, el único que lo desafiaba intelectualmente y lo atraía con una fuerza magnética que no podía explicar.
Alejandro levantó la vista, una sombra de alivio cruzando su rostro. La ira de Napoleón, aunque dirigida a Bagration, era una prueba de su apego.
– Pablo quiere proteger mi reputación. Quiere un padre “adecuado” para el niño.
– ¡Yo soy el padre adecuado! – espetó Napoleón, acortando la distancia entre ellos. Sus manos se posaron en los hombros de Alejandro, sus dedos apretando suavemente. – Este hijo es mío. Y tú eres mío, Alejandro.
La declaración, dicha con tanta vehemencia, hizo que el corazón de Alejandro diera un vuelco. Era posesivo, sí, pero también era… lo que necesitaba escuchar.
– ¿Y qué piensas hacer al respecto, Napoleón? – preguntó Alejandro, levantando la barbilla, desafiándolo.
Napoleón entrecerró los ojos, una sonrisa lenta y peligrosa curvándose en sus labios. La chispa en los ojos de Alejandro, el desafío velado, era exactamente lo que amaba de él.
– ¿Qué voy a hacer? – repitió Napoleón, y de repente, el peso de la noticia se transformó en una oportunidad, en un nuevo objetivo. – Voy a reclamar lo que es mío. Y voy a demostrarle a tu hermano y a quien se atreva a dudarlo, que este hijo es un Bonaparte.
Se inclinó, sus labios rozando los de Alejandro. El beso fue suave al principio, exploratorio, cargado de todas las emociones que la noticia había desatado: sorpresa, posesión, y un atisbo de algo más profundo que Napoleón se negaba a nombrar.
Alejandro respondió al beso con una suavidad que desarmó a Napoleón. Sus manos se deslizaron por la espalda de Napoleón, aferrándose a su chaqueta. El beso se hizo más profundo, más intenso, una promesa tácita de lo que vendría.
Napoleón separó sus labios de los de Alejandro, pero mantuvo sus frentes unidas.
– No voy a dejar que nadie te aparte de mí, Alejandro. Ni a ti ni a nuestro hijo.
Alejandro cerró los ojos, sintiendo un alivio que no sabía que necesitaba. La incertidumbre había sido una carga pesada. La reacción de Napoleón, aunque tempestuosa, era exactamente lo que su corazón anhelaba.
– Napoleón…
– Shh – murmuró Napoleón, y sin decir más, lo levantó en brazos.
Alejandro soltó un pequeño grito de sorpresa, sus brazos rodeando instintivamente el cuello de Napoleón. Napoleón lo llevó hacia el sofá, donde lo depositó suavemente. Sus ojos nunca abandonaron los de Alejandro.
– Ahora, dime todo. Cada detalle. Y luego, decidiremos qué haremos. Juntos.
Alejandro lo miró, una pequeña sonrisa formándose en sus labios. Por primera vez en días, se sintió menos solo. Y, extrañamente, más seguro. La tempestad de Napoleón era, a veces, el refugio que necesitaba.
La voz de Alejandro I, usualmente serena, tenía un matiz de urgencia que hizo que Napoleón levantara la vista de los apuntes de estrategia militar que revisaba en la biblioteca. Era raro que Alejandro lo interrumpiera, y menos con esa expresión tan… cargada. Se irguió en su silla, sus ojos grises clavándose en los azules de Alejandro.
– ¿Qué sucede, Alejandro? – preguntó Napoleón, su tono habitual de autoridad apenas suavizado por el reconocimiento de la seriedad en el rostro del otro. – Parece que has visto un fantasma, o peor, a Metternich sonriendo.
Alejandro ignoró la burla, su mirada recorriendo rápidamente la biblioteca casi vacía antes de volverse a Napoleón.
– No aquí – dijo, su voz baja y controlada. – Es… importante.
Napoleón frunció el ceño. La “importancia” en el vocabulario de Alejandro solía ser algo monumental. Odiaba los rodeos, pero la insistencia en la privacidad de Alejandro era inusual. Se puso de pie, recogiendo sus papeles con un movimiento rápido y eficiente.
– Muy bien. ¿Tu apartamento? ¿El mío? – ofreció, aunque ya sabía la respuesta. Alejandro prefería su propio espacio para las conversaciones delicadas.
– El mío – confirmó Alejandro, girándose para salir.
Caminaron en un silencio tenso, el aire crujiendo con la expectación. Alejandro tenía los hombros ligeramente encorvados, una señal de la carga que llevaba. Napoleón, por su parte, observaba cada movimiento, cada gesto, intentando descifrar el enigma antes de que fuera revelado. Su mente ya corría a mil por hora, analizando posibles escenarios: ¿una crisis política en el club de debate? ¿Algún problema familiar con su hermano Pablo? ¿O algo más personal? La última vez que Alejandro había tenido esa expresión, había sido después de que Napoleón lo había acorralado en el pasillo para discutir una tesis histórica.
Al llegar al apartamento de Alejandro, el ambiente se volvió más íntimo y, para Napoleón, un poco claustrofóbico. El lugar era como su dueño: ordenado, elegante, con una limpieza casi ascética. Alejandro encendió una pequeña lámpara de pie, sumiendo la sala en una luz suave y cálida que contrastaba con la frialdad de la noticia que estaba a punto de dar.
– ¿Quieres té? – ofreció Alejandro, dirigiéndose a la cocina sin esperar respuesta. Era su ritual. Una forma de ganar tiempo, de preparar el terreno.
Napoleón se sentó en el sofá, observando la espalda de Alejandro mientras este se movía con gracia por la cocina. Algo en su postura era diferente. Más… frágil.
– No, Alejandro. Dime qué pasa. No me hagas esperar.
Alejandro se detuvo, su mano sobre la tetera. Respiró hondo, como si el aire le pesara. Luego, se giró lentamente, sus ojos fijos en Napoleón.
– Estoy embarazado.
El silencio que siguió fue denso, pesado, casi asfixiante. Napoleón sintió como si el mundo se detuviera. La sangre se le heló en las venas, luego un torrente de calor invadió su cuerpo. ¿Embarazado? ¿Alejandro? Su mente, siempre tan rápida, se negaba a procesar la información.
– ¿Qué? – fue lo único que pudo articular, su voz un susurro ronco.
Alejandro asintió, una pequeña sonrisa triste asomando en sus labios.
– Sí. Nuestro hijo.
La afirmación "nuestro hijo" golpeó a Napoleón con una fuerza inesperada. La escena en los baños, la pasión descontrolada, el abandono mutuo… Había sido un encuentro fugaz, un arrebato, algo que ambos habían acordado tácitamente olvidar o al menos no diseccionar. Pero ahora, con estas palabras, todo cambiaba. La realidad se presentaba ante él, cruda e ineludible.
Se puso de pie abruptamente, caminando hacia Alejandro. Su mente era un torbellino. No era la primera vez que se acostaba con alguien, ni la primera vez que era descuidado, pero… ¿Alejandro? ¿Un embarazo? Esto era algo completamente diferente.
– ¿Estás seguro? – preguntó, su voz aún ronca.
– Seguro. Fui al médico esta mañana.
Alejandro lo observaba con una mezcla de miedo y resolución en sus ojos. Parecía un ciervo acorralado, pero con una dignidad inquebrantable.
– Quería ver tu reacción, Napoleón. Quería saber qué harías.
Napoleón se acercó, sus manos temblaban ligeramente. La noticia era tan... inesperada. Él, Napoleón Bonaparte, padre. Y padre con Alejandro de todas las personas. El pensamiento era tan absurdo como fascinante.
– ¿Y qué esperas que haga? – preguntó, su voz recuperando algo de su habitual autoridad, aunque con un temblor subyacente.
Alejandro bajó la mirada, sus dedos jugando con el borde de su camisa.
– No lo sé. Mi hermano Pablo… él quiere que Piotr Bagration sea el padre.
La mención de Pablo y Bagration encendió una chispa de furia en Napoleón. ¿Bagration? ¿Ese militar inepto y predecible? ¿Aquel que siempre lo había mirado con envidia en el club de esgrima? La idea de que otro hombre reclamara a *su* hijo, de que otro hombre estuviera cerca de *su* Alejandro, era intolerable.
– ¿Bagration? – siseó Napoleón, sus ojos entrecerrándose. – ¿Tu hermano quiere que ese… patán sea el padre de *mi* hijo?
El instinto posesivo de Napoleón, siempre latente, emergió con una fuerza abrumadora. Este no era solo un hijo, era su linaje, su legado. Y era con Alejandro, el único que lo desafiaba intelectualmente y lo atraía con una fuerza magnética que no podía explicar.
Alejandro levantó la vista, una sombra de alivio cruzando su rostro. La ira de Napoleón, aunque dirigida a Bagration, era una prueba de su apego.
– Pablo quiere proteger mi reputación. Quiere un padre “adecuado” para el niño.
– ¡Yo soy el padre adecuado! – espetó Napoleón, acortando la distancia entre ellos. Sus manos se posaron en los hombros de Alejandro, sus dedos apretando suavemente. – Este hijo es mío. Y tú eres mío, Alejandro.
La declaración, dicha con tanta vehemencia, hizo que el corazón de Alejandro diera un vuelco. Era posesivo, sí, pero también era… lo que necesitaba escuchar.
– ¿Y qué piensas hacer al respecto, Napoleón? – preguntó Alejandro, levantando la barbilla, desafiándolo.
Napoleón entrecerró los ojos, una sonrisa lenta y peligrosa curvándose en sus labios. La chispa en los ojos de Alejandro, el desafío velado, era exactamente lo que amaba de él.
– ¿Qué voy a hacer? – repitió Napoleón, y de repente, el peso de la noticia se transformó en una oportunidad, en un nuevo objetivo. – Voy a reclamar lo que es mío. Y voy a demostrarle a tu hermano y a quien se atreva a dudarlo, que este hijo es un Bonaparte.
Se inclinó, sus labios rozando los de Alejandro. El beso fue suave al principio, exploratorio, cargado de todas las emociones que la noticia había desatado: sorpresa, posesión, y un atisbo de algo más profundo que Napoleón se negaba a nombrar.
Alejandro respondió al beso con una suavidad que desarmó a Napoleón. Sus manos se deslizaron por la espalda de Napoleón, aferrándose a su chaqueta. El beso se hizo más profundo, más intenso, una promesa tácita de lo que vendría.
Napoleón separó sus labios de los de Alejandro, pero mantuvo sus frentes unidas.
– No voy a dejar que nadie te aparte de mí, Alejandro. Ni a ti ni a nuestro hijo.
Alejandro cerró los ojos, sintiendo un alivio que no sabía que necesitaba. La incertidumbre había sido una carga pesada. La reacción de Napoleón, aunque tempestuosa, era exactamente lo que su corazón anhelaba.
– Napoleón…
– Shh – murmuró Napoleón, y sin decir más, lo levantó en brazos.
Alejandro soltó un pequeño grito de sorpresa, sus brazos rodeando instintivamente el cuello de Napoleón. Napoleón lo llevó hacia el sofá, donde lo depositó suavemente. Sus ojos nunca abandonaron los de Alejandro.
– Ahora, dime todo. Cada detalle. Y luego, decidiremos qué haremos. Juntos.
Alejandro lo miró, una pequeña sonrisa formándose en sus labios. Por primera vez en días, se sintió menos solo. Y, extrañamente, más seguro. La tempestad de Napoleón era, a veces, el refugio que necesitaba.
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