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Momentos
Фандом: Weak hero class
Создан: 27.01.2026
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El Cruce Inesperado
El zumbido monótono de las conversaciones en el pasillo se mezclaba con el eco de los tacones de los profesores y el ocasional estruendo de una taquilla cerrándose. Yeon Sieun, con la mirada fija en el libro de cálculo avanzado que sostenía, apenas registraba el caos a su alrededor. Su aroma a papel viejo y tinta, sutil pero inconfundible, lo envolvía como una burbuja, un escudo contra el mundo exterior. A su lado, An Suho, un alfa de constitución atlética y sonrisa fácil, charlaba animadamente con un par de compañeros. El aroma de Suho, una mezcla refrescante de menta y pino, era como un faro, atrayendo a la gente a su órbita. Sieun, por el contrario, era una luna solitaria, reflejando la luz de otros pero raramente generando la propia.
"¿Otra vez con los números, Sieun-ah?", preguntó Suho, apoyando un brazo en el hombro de su amigo. Suho tenía esa rara habilidad de cruzar las barreras invisibles de Sieun sin que este se sintiera invadido.
Sieun asintió, sin levantar la vista de la ecuación. "Examen de matemáticas la próxima semana. No quiero dejar nada al azar."
"Siempre el mismo", Suho rio, su voz resonando con jovialidad. "Aunque no sé por qué te preocupas, siempre sacas las mejores notas."
"La excelencia no es un accidente, Suho", respondió Sieun, finalmente mirando a su amigo. Sus ojos, normalmente serios y concentrados, tenían un brillo particular cuando hablaba de sus estudios.
El timbre resonó, anunciando el inicio de la siguiente clase. El pasillo se llenó de un movimiento frenético mientras los estudiantes se apresuraban a sus aulas. Sieun y Suho se dirigieron hacia el aula 3-A, su ruta habitual.
Mientras tanto, en el aula 3-B, Oh Beomseok, un omega con un aroma a chocolate que era casi embriagador, se sentaba en su pupitre, repasando mentalmente los movimientos de su última práctica de esgrima. Su falda plisada, parte del uniforme escolar, se movía suavemente con cada pequeño ajuste que hacía en su asiento. A pesar de su timidez, Beomseok poseía una gracia innata, una elegancia en sus movimientos que lo hacía destacar, incluso cuando intentaba pasar desapercibido. Su mejor amigo, Kang Daehyun, un alfa con una presencia imponente y un aroma a tierra mojada, lo observaba con una sonrisa.
"¿Nervioso por la competencia de este fin de semana, Beomseok-ah?", preguntó Daehyun, su voz profunda y tranquilizadora.
Beomseok negó con la cabeza, sus mejillas se tiñeron de un ligero rubor. "No. Solo estoy repasando. Quiero estar seguro de que doy lo mejor de mí."
"Lo harás", aseguró Daehyun, dándole un suave golpe en el hombro. "Eres el mejor esgrimista que conozco."
Beomseok sonrió tímidamente, el cumplido calentando su pecho. La aprobación de Daehyun significaba mucho para él.
La relación de Sieun con Park Ji-eun, una omega de la misma clase que Beomseok, era un tema de constante preocupación para el introvertido alfa. Ji-eun era extrovertida, segura de sí misma y poseía un aroma a flores silvestres que, en teoría, debería haber complementado el suyo. Sin embargo, su relación se había estancado. Sieun, virgen y con una inexperiencia palpable, se sentía abrumado por la seguridad de Ji-eun. Sus besos eran torpes, sus nervios lo traicionaban y la expectativa implícita de que su relación avanzara era una carga pesada sobre sus hombros.
"Sieun-ah, ¿estás bien?", preguntó Ji-eun una tarde, mientras estaban sentados en un banco del parque, el sol poniente tiñendo el cielo de naranjas y morados. Había un matiz de frustración en su voz que Sieun no pudo ignorar.
Sieun asintió, su mirada fija en el horizonte. "Sí, solo estoy pensando."
"Siempre estás pensando", Ji-eun suspiró, recostándose en el respaldo del banco. "A veces me gustaría que pensaras menos y... sintieras más."
La indirecta no pasó desapercibida para Sieun. Sabía a qué se refería. Ji-eun, a diferencia de él, no era virgen. Había tenido experiencias antes de él, y la falta de intimidad física en su relación la estaba frustrando. El aroma de Ji-eun se intensificó ligeramente, un indicio de su creciente impaciencia.
"Lo siento, Ji-eun", Sieun murmuró, la vergüenza quemándole las mejillas. "Yo... no sé qué hacer."
"No tienes que hacer nada que no quieras, Sieun", dijo Ji-eun, su voz más suave ahora. "Solo... me gustaría que fueras más abierto conmigo."
Sieun asintió, pero la verdad era que no sabía cómo ser más abierto. Su mente era un laberinto de cálculos y teorías, no de emociones y sensaciones. Tenía miedo de decepcionar a Ji-eun, de no ser lo suficientemente "alfa" para ella.
Un día, mientras Sieun se dirigía a la biblioteca después de la escuela, un aroma dulce y familiar lo detuvo en seco. Chocolate. Su mente, acostumbrada a analizar y categorizar, intentó identificar la fuente. No era un aroma que asociara con nadie en particular en su círculo. Siguió el rastro, guiado por una curiosidad inusual en él.
El aroma lo llevó a un pasillo menos transitado, donde se encontraba la sala de esgrima. A través de la puerta entreabierta, vio una figura esbelta, vestida con el uniforme blanco de esgrima, practicando movimientos con una gracia fluida. Era Oh Beomseok.
Beomseok, con su falda ondeando ligeramente con cada estocada, se movía como un bailarín, su florete una extensión de su brazo. Su concentración era palpable, su rostro serio y determinado. El aroma a chocolate se intensificaba con cada movimiento, llenando el aire con una dulzura embriagadora.
Sieun se quedó allí, observando en silencio. No era que Beomseok fuera inusualmente hermoso, aunque su delicada figura y sus rasgos suaves eran innegablemente atractivos. Era la forma en que se movía, la pasión en sus ojos, la dedicación en cada gesto. Había algo en Beomseok que despertaba una parte de Sieun que ni siquiera sabía que existía.
De repente, Beomseok se detuvo, su mirada fija en la puerta. Había sentido la presencia de alguien. Sus ojos se encontraron con los de Sieun. Por un momento, el tiempo pareció detenerse. El aroma de Sieun, ese sutil aroma a papel y tinta, llegó a Beomseok, un contraste fascinante con su propio dulzor.
Las mejillas de Beomseok se tiñeron de un profundo rubor. Bajó el florete, su mirada se desvió nerviosamente. "Lo siento", murmuró, su voz apenas un susurro. "¿Te estaba molestando?"
Sieun, sorprendido por su propia audacia, se encontró a sí mismo sin palabras. Era la primera vez que se sentía tan... expuesto, tan desarmado. "No", finalmente logró decir, su voz un poco más ronca de lo habitual. "Yo... solo estaba de paso."
Beomseok asintió, su mirada aún baja. La incomodidad era palpable en el aire. Sieun, sintiéndose culpable por haberlo interrumpido, se dio la vuelta para marcharse. Pero antes de que pudiera hacerlo, una idea fugaz cruzó su mente.
"Tu... tu esgrima es muy buena", dijo Sieun, las palabras saliendo de su boca antes de que pudiera pensarlas.
Beomseok levantó la vista, una pequeña sonrisa apareció en sus labios. "Gracias", dijo, su voz un poco más fuerte esta vez. "Me esfuerzo."
Sieun asintió, sintiendo una extraña calidez en su pecho. "Se nota." Con eso, finalmente se fue, dejando a Beomseok solo en la sala de esgrima, con el aroma persistente de papel y tinta en el aire.
Esa noche, Sieun no pudo concentrarse en sus estudios. La imagen de Beomseok, la gracia de sus movimientos, el rubor en sus mejillas, el aroma a chocolate... todo se mezclaba en su mente, creando una sinfonía de sensaciones nuevas y desconocidas. Se preguntó si Ji-eun alguna vez lo había hecho sentir así. La respuesta, para su sorpresa, fue un rotundo no.
Al día siguiente, Suho notó el cambio en su amigo. Sieun estaba inusualmente distraído, su mente parecía estar en otro lugar. Suho, siempre perspicaz, no tardó en darse cuenta de que algo estaba sucediendo.
"¿Qué tienes, Sieun-ah?", preguntó Suho durante el almuerzo, empujando un trozo de kimchi hacia el plato de Sieun.
Sieun suspiró, apoyando la barbilla en su mano. "No lo sé, Suho. Me siento... extraño."
"¿Extraño cómo?", insistió Suho, su curiosidad agudizándose.
"Como si... algo hubiera cambiado", Sieun intentó explicar. "Como si hubiera descubierto algo nuevo sobre mí mismo."
Suho lo miró con una ceja levantada. "Eso suena profundo. ¿Tiene que ver con Ji-eun?"
Sieun dudó. "No directamente. Pero... sí, supongo que sí."
No le contó a Suho sobre Beomseok. No sabía por qué, pero sentía que era algo que debía guardar para sí mismo, al menos por ahora.
Mientras tanto, en el aula 3-B, Beomseok estaba inusualmente callado. Daehyun, su amigo, lo notó de inmediato.
"¿Qué pasa, Beomseok-ah?", preguntó Daehyun, su voz llena de preocupación.
Beomseok se encogió de hombros. "Nada. Solo estoy pensando."
"¿En qué?", inquirió Daehyun.
"En el alfa que me vio practicar esgrima ayer", Beomseok confesó, sus mejillas se sonrojaron de nuevo. "Era de la clase 3-A, creo. Tenía un aroma a papel y tinta."
Daehyun frunció el ceño. "Ah, ¿el cerebrito? Yeon Sieun, creo que se llama."
Beomseok asintió, su corazón dio un pequeño salto al escuchar el nombre. "Sí, él."
"¿Y qué con él?", preguntó Daehyun, la curiosidad en su voz.
"Solo... fue extraño", Beomseok intentó explicar. "Nunca me había visto nadie practicar así. Y me dijo que era bueno."
Daehyun sonrió. "Bueno, eres bueno. No me sorprende que alguien lo notara."
Pero Beomseok sabía que era más que eso. Había algo en la mirada de Sieun, en la forma en que su aroma lo había envuelto, que lo había dejado pensando.
Los días siguientes, Sieun se encontró buscando a Beomseok. Sus rutas habituales cambiaron, sus horarios se ajustaron para coincidir con los de Beomseok. No era una persecución, sino una serie de "coincidencias" cuidadosamente orquestadas. A veces lo veía en el pasillo, a veces en la cafetería, y una vez, incluso se las arregló para pasar por la sala de esgrima justo cuando Beomseok estaba terminando su práctica.
Cada vez que sus miradas se cruzaban, una chispa, un reconocimiento silencioso, pasaba entre ellos. El aroma de Sieun se intensificaba ligeramente, y el de Beomseok se volvía un poco más dulce. Era un baile sutil, un juego de atracción y evasión, que solo ellos dos parecían entender.
Ji-eun, por su parte, notó el creciente distanciamiento de Sieun. Sus llamadas se volvieron menos frecuentes, sus mensajes de texto más cortos. El aroma de Sieun, antes un bálsamo reconfortante, ahora parecía distante, casi ausente.
"¿Sieun-ah, hay algo que quieras decirme?", preguntó Ji-eun una tarde, su voz teñida de preocupación. Estaban en la biblioteca, pero Sieun estaba más interesado en la ventana que en el libro que tenía delante.
Sieun se giró para mirarla, sus ojos llenos de una confusión que Ji-eun no había visto antes. "Yo... no lo sé, Ji-eun."
"Pareces distante", continuó Ji-eun. "Como si tu mente estuviera en otro lugar."
"Lo está", admitió Sieun, su voz apenas un susurro. "Estoy... estoy pensando en muchas cosas."
Ji-eun suspiró, la frustración volviendo a su voz. "Sieun, no quiero que te sientas presionado. Pero si hay alguien más..."
Sieun se sobresaltó. "¿Alguien más? No, no es eso."
Pero mientras lo decía, la imagen de Beomseok, con su falda de esgrimista y su aroma a chocolate, parpadeó en su mente. La negación sonó hueca incluso para él mismo.
Esa noche, Sieun se encontró en una encrucijada. Por un lado, estaba Ji-eun, su novia, una omega hermosa y segura de sí misma, con quien sentía una obligación y una creciente sensación de insuficiencia. Por otro lado, estaba Beomseok, un omega tímido pero fuerte, cuyo aroma y presencia habían despertado algo nuevo y emocionante dentro de él.
Sabía que no podía seguir así. La honestidad, aunque dolorosa, era el único camino.
Al día siguiente, después de clases, Sieun se dirigió al aula 3-B. Tenía que hablar con Ji-eun. Pero cuando llegó, la encontró hablando con Beomseok y Daehyun. Ji-eun sonreía, su risa resonando en el pasillo. Beomseok, aunque tímido, parecía disfrutar de la conversación.
Sieun se detuvo en seco. Los observó desde la distancia, el aroma de Ji-eun mezclándose con el de Beomseok y Daehyun. Una punzada de algo que no podía identificar, ¿celos? ¿envidia? ¿confusión?, lo atravesó.
Mientras los observaba, Beomseok se giró, como si sintiera su mirada. Sus ojos se encontraron con los de Sieun, y por un instante, el mundo exterior se desvaneció. El rubor en las mejillas de Beomseok fue instantáneo, y su aroma a chocolate se intensificó.
Sieun sintió su propio aroma, ese sutil aroma a papel y tinta, extenderse hacia Beomseok. Era un llamado, una invitación silenciosa.
Ji-eun, notando la dirección de la mirada de Beomseok, se giró. Vio a Sieun, de pie en el pasillo, con una expresión que nunca antes le había visto. Una mezcla de anhelo y confusión.
La sonrisa de Ji-eun se desvaneció. Una comprensión dolorosa, pero inevitable, comenzó a amanecer en ella. El aroma de Sieun, que antes le había parecido distante, ahora le parecía completamente ajeno.
El aire se llenó de una tensión palpable. Sieun, Ji-eun y Beomseok, cada uno atrapado en su propio torbellino de emociones, en un cruce inesperado de destinos. El camino a seguir, para Sieun, de repente, se había vuelto un poco más claro, aunque no por ello menos complicado.
"¿Otra vez con los números, Sieun-ah?", preguntó Suho, apoyando un brazo en el hombro de su amigo. Suho tenía esa rara habilidad de cruzar las barreras invisibles de Sieun sin que este se sintiera invadido.
Sieun asintió, sin levantar la vista de la ecuación. "Examen de matemáticas la próxima semana. No quiero dejar nada al azar."
"Siempre el mismo", Suho rio, su voz resonando con jovialidad. "Aunque no sé por qué te preocupas, siempre sacas las mejores notas."
"La excelencia no es un accidente, Suho", respondió Sieun, finalmente mirando a su amigo. Sus ojos, normalmente serios y concentrados, tenían un brillo particular cuando hablaba de sus estudios.
El timbre resonó, anunciando el inicio de la siguiente clase. El pasillo se llenó de un movimiento frenético mientras los estudiantes se apresuraban a sus aulas. Sieun y Suho se dirigieron hacia el aula 3-A, su ruta habitual.
Mientras tanto, en el aula 3-B, Oh Beomseok, un omega con un aroma a chocolate que era casi embriagador, se sentaba en su pupitre, repasando mentalmente los movimientos de su última práctica de esgrima. Su falda plisada, parte del uniforme escolar, se movía suavemente con cada pequeño ajuste que hacía en su asiento. A pesar de su timidez, Beomseok poseía una gracia innata, una elegancia en sus movimientos que lo hacía destacar, incluso cuando intentaba pasar desapercibido. Su mejor amigo, Kang Daehyun, un alfa con una presencia imponente y un aroma a tierra mojada, lo observaba con una sonrisa.
"¿Nervioso por la competencia de este fin de semana, Beomseok-ah?", preguntó Daehyun, su voz profunda y tranquilizadora.
Beomseok negó con la cabeza, sus mejillas se tiñeron de un ligero rubor. "No. Solo estoy repasando. Quiero estar seguro de que doy lo mejor de mí."
"Lo harás", aseguró Daehyun, dándole un suave golpe en el hombro. "Eres el mejor esgrimista que conozco."
Beomseok sonrió tímidamente, el cumplido calentando su pecho. La aprobación de Daehyun significaba mucho para él.
La relación de Sieun con Park Ji-eun, una omega de la misma clase que Beomseok, era un tema de constante preocupación para el introvertido alfa. Ji-eun era extrovertida, segura de sí misma y poseía un aroma a flores silvestres que, en teoría, debería haber complementado el suyo. Sin embargo, su relación se había estancado. Sieun, virgen y con una inexperiencia palpable, se sentía abrumado por la seguridad de Ji-eun. Sus besos eran torpes, sus nervios lo traicionaban y la expectativa implícita de que su relación avanzara era una carga pesada sobre sus hombros.
"Sieun-ah, ¿estás bien?", preguntó Ji-eun una tarde, mientras estaban sentados en un banco del parque, el sol poniente tiñendo el cielo de naranjas y morados. Había un matiz de frustración en su voz que Sieun no pudo ignorar.
Sieun asintió, su mirada fija en el horizonte. "Sí, solo estoy pensando."
"Siempre estás pensando", Ji-eun suspiró, recostándose en el respaldo del banco. "A veces me gustaría que pensaras menos y... sintieras más."
La indirecta no pasó desapercibida para Sieun. Sabía a qué se refería. Ji-eun, a diferencia de él, no era virgen. Había tenido experiencias antes de él, y la falta de intimidad física en su relación la estaba frustrando. El aroma de Ji-eun se intensificó ligeramente, un indicio de su creciente impaciencia.
"Lo siento, Ji-eun", Sieun murmuró, la vergüenza quemándole las mejillas. "Yo... no sé qué hacer."
"No tienes que hacer nada que no quieras, Sieun", dijo Ji-eun, su voz más suave ahora. "Solo... me gustaría que fueras más abierto conmigo."
Sieun asintió, pero la verdad era que no sabía cómo ser más abierto. Su mente era un laberinto de cálculos y teorías, no de emociones y sensaciones. Tenía miedo de decepcionar a Ji-eun, de no ser lo suficientemente "alfa" para ella.
Un día, mientras Sieun se dirigía a la biblioteca después de la escuela, un aroma dulce y familiar lo detuvo en seco. Chocolate. Su mente, acostumbrada a analizar y categorizar, intentó identificar la fuente. No era un aroma que asociara con nadie en particular en su círculo. Siguió el rastro, guiado por una curiosidad inusual en él.
El aroma lo llevó a un pasillo menos transitado, donde se encontraba la sala de esgrima. A través de la puerta entreabierta, vio una figura esbelta, vestida con el uniforme blanco de esgrima, practicando movimientos con una gracia fluida. Era Oh Beomseok.
Beomseok, con su falda ondeando ligeramente con cada estocada, se movía como un bailarín, su florete una extensión de su brazo. Su concentración era palpable, su rostro serio y determinado. El aroma a chocolate se intensificaba con cada movimiento, llenando el aire con una dulzura embriagadora.
Sieun se quedó allí, observando en silencio. No era que Beomseok fuera inusualmente hermoso, aunque su delicada figura y sus rasgos suaves eran innegablemente atractivos. Era la forma en que se movía, la pasión en sus ojos, la dedicación en cada gesto. Había algo en Beomseok que despertaba una parte de Sieun que ni siquiera sabía que existía.
De repente, Beomseok se detuvo, su mirada fija en la puerta. Había sentido la presencia de alguien. Sus ojos se encontraron con los de Sieun. Por un momento, el tiempo pareció detenerse. El aroma de Sieun, ese sutil aroma a papel y tinta, llegó a Beomseok, un contraste fascinante con su propio dulzor.
Las mejillas de Beomseok se tiñeron de un profundo rubor. Bajó el florete, su mirada se desvió nerviosamente. "Lo siento", murmuró, su voz apenas un susurro. "¿Te estaba molestando?"
Sieun, sorprendido por su propia audacia, se encontró a sí mismo sin palabras. Era la primera vez que se sentía tan... expuesto, tan desarmado. "No", finalmente logró decir, su voz un poco más ronca de lo habitual. "Yo... solo estaba de paso."
Beomseok asintió, su mirada aún baja. La incomodidad era palpable en el aire. Sieun, sintiéndose culpable por haberlo interrumpido, se dio la vuelta para marcharse. Pero antes de que pudiera hacerlo, una idea fugaz cruzó su mente.
"Tu... tu esgrima es muy buena", dijo Sieun, las palabras saliendo de su boca antes de que pudiera pensarlas.
Beomseok levantó la vista, una pequeña sonrisa apareció en sus labios. "Gracias", dijo, su voz un poco más fuerte esta vez. "Me esfuerzo."
Sieun asintió, sintiendo una extraña calidez en su pecho. "Se nota." Con eso, finalmente se fue, dejando a Beomseok solo en la sala de esgrima, con el aroma persistente de papel y tinta en el aire.
Esa noche, Sieun no pudo concentrarse en sus estudios. La imagen de Beomseok, la gracia de sus movimientos, el rubor en sus mejillas, el aroma a chocolate... todo se mezclaba en su mente, creando una sinfonía de sensaciones nuevas y desconocidas. Se preguntó si Ji-eun alguna vez lo había hecho sentir así. La respuesta, para su sorpresa, fue un rotundo no.
Al día siguiente, Suho notó el cambio en su amigo. Sieun estaba inusualmente distraído, su mente parecía estar en otro lugar. Suho, siempre perspicaz, no tardó en darse cuenta de que algo estaba sucediendo.
"¿Qué tienes, Sieun-ah?", preguntó Suho durante el almuerzo, empujando un trozo de kimchi hacia el plato de Sieun.
Sieun suspiró, apoyando la barbilla en su mano. "No lo sé, Suho. Me siento... extraño."
"¿Extraño cómo?", insistió Suho, su curiosidad agudizándose.
"Como si... algo hubiera cambiado", Sieun intentó explicar. "Como si hubiera descubierto algo nuevo sobre mí mismo."
Suho lo miró con una ceja levantada. "Eso suena profundo. ¿Tiene que ver con Ji-eun?"
Sieun dudó. "No directamente. Pero... sí, supongo que sí."
No le contó a Suho sobre Beomseok. No sabía por qué, pero sentía que era algo que debía guardar para sí mismo, al menos por ahora.
Mientras tanto, en el aula 3-B, Beomseok estaba inusualmente callado. Daehyun, su amigo, lo notó de inmediato.
"¿Qué pasa, Beomseok-ah?", preguntó Daehyun, su voz llena de preocupación.
Beomseok se encogió de hombros. "Nada. Solo estoy pensando."
"¿En qué?", inquirió Daehyun.
"En el alfa que me vio practicar esgrima ayer", Beomseok confesó, sus mejillas se sonrojaron de nuevo. "Era de la clase 3-A, creo. Tenía un aroma a papel y tinta."
Daehyun frunció el ceño. "Ah, ¿el cerebrito? Yeon Sieun, creo que se llama."
Beomseok asintió, su corazón dio un pequeño salto al escuchar el nombre. "Sí, él."
"¿Y qué con él?", preguntó Daehyun, la curiosidad en su voz.
"Solo... fue extraño", Beomseok intentó explicar. "Nunca me había visto nadie practicar así. Y me dijo que era bueno."
Daehyun sonrió. "Bueno, eres bueno. No me sorprende que alguien lo notara."
Pero Beomseok sabía que era más que eso. Había algo en la mirada de Sieun, en la forma en que su aroma lo había envuelto, que lo había dejado pensando.
Los días siguientes, Sieun se encontró buscando a Beomseok. Sus rutas habituales cambiaron, sus horarios se ajustaron para coincidir con los de Beomseok. No era una persecución, sino una serie de "coincidencias" cuidadosamente orquestadas. A veces lo veía en el pasillo, a veces en la cafetería, y una vez, incluso se las arregló para pasar por la sala de esgrima justo cuando Beomseok estaba terminando su práctica.
Cada vez que sus miradas se cruzaban, una chispa, un reconocimiento silencioso, pasaba entre ellos. El aroma de Sieun se intensificaba ligeramente, y el de Beomseok se volvía un poco más dulce. Era un baile sutil, un juego de atracción y evasión, que solo ellos dos parecían entender.
Ji-eun, por su parte, notó el creciente distanciamiento de Sieun. Sus llamadas se volvieron menos frecuentes, sus mensajes de texto más cortos. El aroma de Sieun, antes un bálsamo reconfortante, ahora parecía distante, casi ausente.
"¿Sieun-ah, hay algo que quieras decirme?", preguntó Ji-eun una tarde, su voz teñida de preocupación. Estaban en la biblioteca, pero Sieun estaba más interesado en la ventana que en el libro que tenía delante.
Sieun se giró para mirarla, sus ojos llenos de una confusión que Ji-eun no había visto antes. "Yo... no lo sé, Ji-eun."
"Pareces distante", continuó Ji-eun. "Como si tu mente estuviera en otro lugar."
"Lo está", admitió Sieun, su voz apenas un susurro. "Estoy... estoy pensando en muchas cosas."
Ji-eun suspiró, la frustración volviendo a su voz. "Sieun, no quiero que te sientas presionado. Pero si hay alguien más..."
Sieun se sobresaltó. "¿Alguien más? No, no es eso."
Pero mientras lo decía, la imagen de Beomseok, con su falda de esgrimista y su aroma a chocolate, parpadeó en su mente. La negación sonó hueca incluso para él mismo.
Esa noche, Sieun se encontró en una encrucijada. Por un lado, estaba Ji-eun, su novia, una omega hermosa y segura de sí misma, con quien sentía una obligación y una creciente sensación de insuficiencia. Por otro lado, estaba Beomseok, un omega tímido pero fuerte, cuyo aroma y presencia habían despertado algo nuevo y emocionante dentro de él.
Sabía que no podía seguir así. La honestidad, aunque dolorosa, era el único camino.
Al día siguiente, después de clases, Sieun se dirigió al aula 3-B. Tenía que hablar con Ji-eun. Pero cuando llegó, la encontró hablando con Beomseok y Daehyun. Ji-eun sonreía, su risa resonando en el pasillo. Beomseok, aunque tímido, parecía disfrutar de la conversación.
Sieun se detuvo en seco. Los observó desde la distancia, el aroma de Ji-eun mezclándose con el de Beomseok y Daehyun. Una punzada de algo que no podía identificar, ¿celos? ¿envidia? ¿confusión?, lo atravesó.
Mientras los observaba, Beomseok se giró, como si sintiera su mirada. Sus ojos se encontraron con los de Sieun, y por un instante, el mundo exterior se desvaneció. El rubor en las mejillas de Beomseok fue instantáneo, y su aroma a chocolate se intensificó.
Sieun sintió su propio aroma, ese sutil aroma a papel y tinta, extenderse hacia Beomseok. Era un llamado, una invitación silenciosa.
Ji-eun, notando la dirección de la mirada de Beomseok, se giró. Vio a Sieun, de pie en el pasillo, con una expresión que nunca antes le había visto. Una mezcla de anhelo y confusión.
La sonrisa de Ji-eun se desvaneció. Una comprensión dolorosa, pero inevitable, comenzó a amanecer en ella. El aroma de Sieun, que antes le había parecido distante, ahora le parecía completamente ajeno.
El aire se llenó de una tensión palpable. Sieun, Ji-eun y Beomseok, cada uno atrapado en su propio torbellino de emociones, en un cruce inesperado de destinos. El camino a seguir, para Sieun, de repente, se había vuelto un poco más claro, aunque no por ello menos complicado.
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