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Amantes
Фандом: Siwon
Создан: 05.02.2026
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РомантикаДрамаАнгстHurt/ComfortРеализмCharacter studyПурпурная проза
La Reconciliación Silenciosa
El aire en el apartamento de Siwon era pesado, cargado con el eco de las palabras no dichas y la tensión de los cuerpos demasiado cerca, demasiado lejos. Habían pasado semanas desde que el mundo de ella se había derrumbado con la revelación de su infidelidad. Semanas de noches sin dormir, de lágrimas silenciosas y de un dolor que se anidaba en lo más profundo de su ser. Él había intentado todo: disculpas, ruegos, promesas, pero las heridas eran demasiado recientes, demasiado profundas.
Esa noche, sin embargo, algo era diferente. Ella había accedido a cenar con él, un gesto que Siwon interpretó como una pequeña victoria, un indicio de que quizás, solo quizás, había una grieta en la muralla que ella había levantado a su alrededor. La cena había sido un desastre cordial, llena de silencios incómodos y de frases cortas que no llegaban a ningún lado. Pero cuando Siwon la acompañó a la puerta, el ambiente cambió.
–¿Te quedas? –La voz de Siwon era un susurro, apenas audible, cargada de una vulnerabilidad que rara vez mostraba.
Ella lo miró, sus ojos reflejando una mezcla de dolor, ira y una innegable atracción que aún ardía entre ellos. El recuerdo de su traición era un puñal en su corazón, pero la familiaridad de su presencia, el aroma de su colonia, la calidez de su mano que ahora rozaba su brazo, todo la arrastraba de vuelta a un lugar que había jurado no volver a pisar.
–No lo sé, Siwon –respondió ella, su voz apenas un hilo.
Él no dijo nada más, simplemente la atrajo suavemente hacia él. Sus dedos se entrelazaron en su cabello, y sus labios buscaron los de ella con una urgencia que no pudo negar. El beso comenzó con una timidez casi dolorosa, un intento de reconectar lo que se había roto, pero rápidamente se intensificó. Era un beso hambriento, desesperado, lleno de la frustración de las semanas de separación, del anhelo de lo que una vez tuvieron.
Ella lo besó de vuelta con la misma intensidad, dejando que la ira y el dolor se mezclaran con el deseo. Sus manos se aferraron a su camisa, arrugando la tela fina. Podía sentir el latido de su corazón contra su pecho, frenético y desbocado, un reflejo del suyo propio. El beso se hizo más profundo, más húmedo, sus lenguas danzando en una danza antigua, familiar.
Siwon la levantó en sus brazos sin romper el beso, y ella envolvió sus piernas alrededor de su cintura. La cargó por el pasillo, sus pasos firmes y decididos, hasta el dormitorio. La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por la tenue luz de la luna que se filtraba por la ventana. La dejó suavemente sobre la cama, sus cuerpos aún pegados, la ropa una barrera innecesaria entre ellos.
Él se separó lo suficiente para mirarla a los ojos, su respiración agitada.
–Lo siento –murmuró, su voz ronca, sus ojos suplicantes. –Lo siento tanto.
Ella no respondió, no podía. Las palabras se le atascaban en la garganta, ahogadas por la avalancha de emociones. En ese momento, solo existía el deseo, la necesidad de sentirlo, de reconectar de la única manera que parecía posible en ese instante.
Siwon bajó sus labios hasta su cuello, depositando besos suaves y húmedos que la hicieron estremecer. Sus manos expertas desabrocharon lentamente los botones de su blusa, sus dedos rozando su piel con una delicadeza que la hizo suspirar. La tela cayó de sus hombros, revelando la curva de su clavícula, el inicio de su pecho. Él la despojó de su ropa con una reverencia casi religiosa, cada prenda una capa menos entre ellos, cada toque una chispa que encendía el fuego que aún ardía entre sus cuerpos.
Ella, a su vez, empezó a desabrochar la camisa de Siwon, sus dedos torpes al principio, luego más seguros. La tela se abrió, revelando su torso esculpido, los músculos definidos que ella conocía tan bien. Su piel, cálida y suave al tacto, la invitaba a explorar. Sus manos se deslizaron por su pecho, sintiendo la dureza de sus pectorales, el ritmo de su corazón.
Cuando ambos estuvieron desnudos, el aire se volvió aún más denso, cargado de una electricidad palpable. Siwon la miró, sus ojos oscuros y llenos de una mezcla de arrepentimiento y adoración. Ella pudo ver el dolor en sus ojos, el peso de su culpa, y por un momento, la dureza en su propio corazón se suavizó.
Él se inclinó y la besó de nuevo, esta vez con una ternura que la desarmó. Sus labios se movían con una lentitud deliberada, explorando cada curva de su boca, cada rincón de su paladar. Sus manos recorrieron su cuerpo, desde la punta de sus dedos hasta la curva de sus caderas, cada toque una caricia que le recordaba la intimidad que habían compartido, la pasión que los unía.
Ella se dejó llevar, cerrando los ojos y entregándose a las sensaciones. El roce de su piel contra la suya era familiar, reconfortante, a pesar del dolor que aún persistía. Sus dedos se enredaron en su cabello, tirando suavemente mientras el beso se profundizaba. Podía sentir el calor de su cuerpo, la fuerza de sus brazos que la rodeaban, la familiaridad de su aliento cálido en su piel.
Siwon bajó sus besos por su cuello, su clavícula, el hueco entre sus senos. Cada beso era una promesa silenciosa, un ruego de perdón. Sus labios se detuvieron en sus pechos, y ella arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios. Él los lamió y los mordió suavemente, sus manos acariciando sus muslos, subiendo lentamente, despertando cada nervio.
Ella gimió de nuevo, su cuerpo respondiendo a su toque con una urgencia que la sorprendió. A pesar de la traición, a pesar del dolor, su cuerpo lo recordaba. Lo anhelaba. La química entre ellos era innegable, una fuerza bruta que los arrastraba el uno hacia el otro, una y otra vez.
Siwon se movió entre sus piernas, su roce ya una tortura deliciosa. Ella abrió las piernas, invitándolo, necesitándolo. Sus dedos se entrelazaron, sus cuerpos se unieron en un abrazo íntimo. El primer empuje fue lento, cuidadoso, como si temiera romperla. Ella lo recibió con un suspiro, el placer agridulce.
El dolor de la traición seguía ahí, un telón de fondo constante, pero en ese momento, el placer era abrumador. El ritmo de sus cuerpos se hizo más rápido, más intenso. Cada embestida era un recordatorio de lo que habían perdido, de lo que aún podían tener. Sus gemidos llenaron la habitación, mezclándose con los de él, una sinfonía de pasión y arrepentimiento.
Él la besó de nuevo, sus labios hambrientos, sus lenguas danzando. Sus manos se aferraron a su cintura, sus dedos apretando su piel. Ella se arqueó contra él, su cuerpo respondiendo con una urgencia que la consumía. Podía sentir la tensión aumentando en su interior, un nudo apretado que amenazaba con explotar.
–Siwon –murmuró ella, su voz ahogada por la emoción. –Siwon…
Él la miró, sus ojos llenos de una intensidad que la hizo temblar. El sudor perlaba sus frentes, sus cuerpos brillando bajo la tenue luz de la luna. Él aceleró el ritmo, sus embestidas más profundas, más urgentes. Ella se aferró a él, sus uñas arañando su espalda, su cuerpo temblando con cada empuje.
El clímax llegó con una explosión de sensaciones, un torrente de placer que la hizo gritar su nombre. Él la siguió un momento después, su cuerpo rígido, su aliento entrecortado. Cayeron de vuelta a la cama, exhaustos, sus cuerpos entrelazados, sus respiraciones agitadas.
El silencio que siguió no fue incómodo, sino más bien pacífico. Sus cuerpos estaban pegados, el calor de sus pieles una manta reconfortante. Ella apoyó su cabeza en su pecho, escuchando el latido de su corazón que aún resonaba con fuerza. Él la abrazó con fuerza, sus labios depositando besos suaves en su cabello.
Las palabras no eran necesarias. El sexo no había borrado la traición, no había curado las heridas. Pero había abierto una pequeña grieta, un espacio para la posibilidad. En ese momento, en los brazos del hombre que la había lastimado tan profundamente, ella se permitió sentir. Se permitió la vulnerabilidad, la conexión.
Ella no lo había perdonado. Las heridas eran demasiado profundas para eso. Pero en el calor de su abrazo, en el eco de sus gemidos, había una promesa tácita de que quizás, con el tiempo, con mucho esfuerzo y mucha paciencia, podrían encontrar un camino de regreso. O quizás, simplemente, este era el comienzo de una nueva y complicada danza, donde el dolor y el placer se entrelazaban en una relación que aún no tenía nombre.
Siwon la apretó más contra él, como si temiera que ella desapareciera. Podía sentir el peso de su arrepentimiento, el deseo de enmendar sus errores. Ella cerró los ojos, permitiendo que la fatiga la invadiera, el placer aún resonando en cada fibra de su ser.
No sabía qué les depararía el futuro. La ira y el resentimiento aún ardían en su interior, pero el deseo de él, la necesidad de su toque, era una fuerza igualmente poderosa. Esta noche, se había entregado a esa necesidad, a la cruda y visceral conexión que compartían. Mañana, las preguntas volverían, las dudas resurgirían. Pero por esta noche, solo había el silencio, el calor de sus cuerpos y la promesa tácita de un mañana incierto, pero quizás, solo quizás, un poco más esperanzador.
Él le acarició el cabello, sus dedos trazando patrones suaves en su cuero cabelludo. Ella se acurrucó más cerca, inhalando su aroma familiar. El dolor de la traición seguía ahí, un eco persistente en su mente, pero por un breve momento, el placer de su unión lo había silenciado.
–No te vayas –susurró Siwon, su voz ronca por el sueño y la emoción.
Ella no respondió, pero no se movió. Permaneció en sus brazos, su cuerpo agotado pero extrañamente en paz. La reconciliación no era una palabra que pudiera usar para describir lo que había sucedido esa noche. No era perdón. Era algo más complejo, más primario. Era la aceptación de una conexión innegable, de un deseo que trascendía el dolor.
El amanecer se asomaba por la ventana, tiñendo el cielo de tonos rosados y dorados. La luz tenue reveló los contornos de sus cuerpos entrelazados, las marcas de una noche de pasión y arrepentimiento. Ella abrió los ojos, mirándolo dormir, su rostro relajado en el sueño. Una punzada de dolor atravesó su pecho al recordar la otra mujer, la traición.
Pero también sintió un atisbo de esperanza, un débil rayo de luz en la oscuridad. El camino hacia el perdón sería largo y difícil, lleno de obstáculos y dudas. Pero esta noche, en los brazos de Siwon, había descubierto que el deseo aún ardía entre ellos, una llama persistente que se negaba a extinguirse. Y quizás, solo quizás, esa llama podría ser el punto de partida para reconstruir lo que él había roto. O quizás, solo era un espejismo, una tregua temporal en una guerra aún sin resolver. Solo el tiempo lo diría.
Esa noche, sin embargo, algo era diferente. Ella había accedido a cenar con él, un gesto que Siwon interpretó como una pequeña victoria, un indicio de que quizás, solo quizás, había una grieta en la muralla que ella había levantado a su alrededor. La cena había sido un desastre cordial, llena de silencios incómodos y de frases cortas que no llegaban a ningún lado. Pero cuando Siwon la acompañó a la puerta, el ambiente cambió.
–¿Te quedas? –La voz de Siwon era un susurro, apenas audible, cargada de una vulnerabilidad que rara vez mostraba.
Ella lo miró, sus ojos reflejando una mezcla de dolor, ira y una innegable atracción que aún ardía entre ellos. El recuerdo de su traición era un puñal en su corazón, pero la familiaridad de su presencia, el aroma de su colonia, la calidez de su mano que ahora rozaba su brazo, todo la arrastraba de vuelta a un lugar que había jurado no volver a pisar.
–No lo sé, Siwon –respondió ella, su voz apenas un hilo.
Él no dijo nada más, simplemente la atrajo suavemente hacia él. Sus dedos se entrelazaron en su cabello, y sus labios buscaron los de ella con una urgencia que no pudo negar. El beso comenzó con una timidez casi dolorosa, un intento de reconectar lo que se había roto, pero rápidamente se intensificó. Era un beso hambriento, desesperado, lleno de la frustración de las semanas de separación, del anhelo de lo que una vez tuvieron.
Ella lo besó de vuelta con la misma intensidad, dejando que la ira y el dolor se mezclaran con el deseo. Sus manos se aferraron a su camisa, arrugando la tela fina. Podía sentir el latido de su corazón contra su pecho, frenético y desbocado, un reflejo del suyo propio. El beso se hizo más profundo, más húmedo, sus lenguas danzando en una danza antigua, familiar.
Siwon la levantó en sus brazos sin romper el beso, y ella envolvió sus piernas alrededor de su cintura. La cargó por el pasillo, sus pasos firmes y decididos, hasta el dormitorio. La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por la tenue luz de la luna que se filtraba por la ventana. La dejó suavemente sobre la cama, sus cuerpos aún pegados, la ropa una barrera innecesaria entre ellos.
Él se separó lo suficiente para mirarla a los ojos, su respiración agitada.
–Lo siento –murmuró, su voz ronca, sus ojos suplicantes. –Lo siento tanto.
Ella no respondió, no podía. Las palabras se le atascaban en la garganta, ahogadas por la avalancha de emociones. En ese momento, solo existía el deseo, la necesidad de sentirlo, de reconectar de la única manera que parecía posible en ese instante.
Siwon bajó sus labios hasta su cuello, depositando besos suaves y húmedos que la hicieron estremecer. Sus manos expertas desabrocharon lentamente los botones de su blusa, sus dedos rozando su piel con una delicadeza que la hizo suspirar. La tela cayó de sus hombros, revelando la curva de su clavícula, el inicio de su pecho. Él la despojó de su ropa con una reverencia casi religiosa, cada prenda una capa menos entre ellos, cada toque una chispa que encendía el fuego que aún ardía entre sus cuerpos.
Ella, a su vez, empezó a desabrochar la camisa de Siwon, sus dedos torpes al principio, luego más seguros. La tela se abrió, revelando su torso esculpido, los músculos definidos que ella conocía tan bien. Su piel, cálida y suave al tacto, la invitaba a explorar. Sus manos se deslizaron por su pecho, sintiendo la dureza de sus pectorales, el ritmo de su corazón.
Cuando ambos estuvieron desnudos, el aire se volvió aún más denso, cargado de una electricidad palpable. Siwon la miró, sus ojos oscuros y llenos de una mezcla de arrepentimiento y adoración. Ella pudo ver el dolor en sus ojos, el peso de su culpa, y por un momento, la dureza en su propio corazón se suavizó.
Él se inclinó y la besó de nuevo, esta vez con una ternura que la desarmó. Sus labios se movían con una lentitud deliberada, explorando cada curva de su boca, cada rincón de su paladar. Sus manos recorrieron su cuerpo, desde la punta de sus dedos hasta la curva de sus caderas, cada toque una caricia que le recordaba la intimidad que habían compartido, la pasión que los unía.
Ella se dejó llevar, cerrando los ojos y entregándose a las sensaciones. El roce de su piel contra la suya era familiar, reconfortante, a pesar del dolor que aún persistía. Sus dedos se enredaron en su cabello, tirando suavemente mientras el beso se profundizaba. Podía sentir el calor de su cuerpo, la fuerza de sus brazos que la rodeaban, la familiaridad de su aliento cálido en su piel.
Siwon bajó sus besos por su cuello, su clavícula, el hueco entre sus senos. Cada beso era una promesa silenciosa, un ruego de perdón. Sus labios se detuvieron en sus pechos, y ella arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios. Él los lamió y los mordió suavemente, sus manos acariciando sus muslos, subiendo lentamente, despertando cada nervio.
Ella gimió de nuevo, su cuerpo respondiendo a su toque con una urgencia que la sorprendió. A pesar de la traición, a pesar del dolor, su cuerpo lo recordaba. Lo anhelaba. La química entre ellos era innegable, una fuerza bruta que los arrastraba el uno hacia el otro, una y otra vez.
Siwon se movió entre sus piernas, su roce ya una tortura deliciosa. Ella abrió las piernas, invitándolo, necesitándolo. Sus dedos se entrelazaron, sus cuerpos se unieron en un abrazo íntimo. El primer empuje fue lento, cuidadoso, como si temiera romperla. Ella lo recibió con un suspiro, el placer agridulce.
El dolor de la traición seguía ahí, un telón de fondo constante, pero en ese momento, el placer era abrumador. El ritmo de sus cuerpos se hizo más rápido, más intenso. Cada embestida era un recordatorio de lo que habían perdido, de lo que aún podían tener. Sus gemidos llenaron la habitación, mezclándose con los de él, una sinfonía de pasión y arrepentimiento.
Él la besó de nuevo, sus labios hambrientos, sus lenguas danzando. Sus manos se aferraron a su cintura, sus dedos apretando su piel. Ella se arqueó contra él, su cuerpo respondiendo con una urgencia que la consumía. Podía sentir la tensión aumentando en su interior, un nudo apretado que amenazaba con explotar.
–Siwon –murmuró ella, su voz ahogada por la emoción. –Siwon…
Él la miró, sus ojos llenos de una intensidad que la hizo temblar. El sudor perlaba sus frentes, sus cuerpos brillando bajo la tenue luz de la luna. Él aceleró el ritmo, sus embestidas más profundas, más urgentes. Ella se aferró a él, sus uñas arañando su espalda, su cuerpo temblando con cada empuje.
El clímax llegó con una explosión de sensaciones, un torrente de placer que la hizo gritar su nombre. Él la siguió un momento después, su cuerpo rígido, su aliento entrecortado. Cayeron de vuelta a la cama, exhaustos, sus cuerpos entrelazados, sus respiraciones agitadas.
El silencio que siguió no fue incómodo, sino más bien pacífico. Sus cuerpos estaban pegados, el calor de sus pieles una manta reconfortante. Ella apoyó su cabeza en su pecho, escuchando el latido de su corazón que aún resonaba con fuerza. Él la abrazó con fuerza, sus labios depositando besos suaves en su cabello.
Las palabras no eran necesarias. El sexo no había borrado la traición, no había curado las heridas. Pero había abierto una pequeña grieta, un espacio para la posibilidad. En ese momento, en los brazos del hombre que la había lastimado tan profundamente, ella se permitió sentir. Se permitió la vulnerabilidad, la conexión.
Ella no lo había perdonado. Las heridas eran demasiado profundas para eso. Pero en el calor de su abrazo, en el eco de sus gemidos, había una promesa tácita de que quizás, con el tiempo, con mucho esfuerzo y mucha paciencia, podrían encontrar un camino de regreso. O quizás, simplemente, este era el comienzo de una nueva y complicada danza, donde el dolor y el placer se entrelazaban en una relación que aún no tenía nombre.
Siwon la apretó más contra él, como si temiera que ella desapareciera. Podía sentir el peso de su arrepentimiento, el deseo de enmendar sus errores. Ella cerró los ojos, permitiendo que la fatiga la invadiera, el placer aún resonando en cada fibra de su ser.
No sabía qué les depararía el futuro. La ira y el resentimiento aún ardían en su interior, pero el deseo de él, la necesidad de su toque, era una fuerza igualmente poderosa. Esta noche, se había entregado a esa necesidad, a la cruda y visceral conexión que compartían. Mañana, las preguntas volverían, las dudas resurgirían. Pero por esta noche, solo había el silencio, el calor de sus cuerpos y la promesa tácita de un mañana incierto, pero quizás, solo quizás, un poco más esperanzador.
Él le acarició el cabello, sus dedos trazando patrones suaves en su cuero cabelludo. Ella se acurrucó más cerca, inhalando su aroma familiar. El dolor de la traición seguía ahí, un eco persistente en su mente, pero por un breve momento, el placer de su unión lo había silenciado.
–No te vayas –susurró Siwon, su voz ronca por el sueño y la emoción.
Ella no respondió, pero no se movió. Permaneció en sus brazos, su cuerpo agotado pero extrañamente en paz. La reconciliación no era una palabra que pudiera usar para describir lo que había sucedido esa noche. No era perdón. Era algo más complejo, más primario. Era la aceptación de una conexión innegable, de un deseo que trascendía el dolor.
El amanecer se asomaba por la ventana, tiñendo el cielo de tonos rosados y dorados. La luz tenue reveló los contornos de sus cuerpos entrelazados, las marcas de una noche de pasión y arrepentimiento. Ella abrió los ojos, mirándolo dormir, su rostro relajado en el sueño. Una punzada de dolor atravesó su pecho al recordar la otra mujer, la traición.
Pero también sintió un atisbo de esperanza, un débil rayo de luz en la oscuridad. El camino hacia el perdón sería largo y difícil, lleno de obstáculos y dudas. Pero esta noche, en los brazos de Siwon, había descubierto que el deseo aún ardía entre ellos, una llama persistente que se negaba a extinguirse. Y quizás, solo quizás, esa llama podría ser el punto de partida para reconstruir lo que él había roto. O quizás, solo era un espejismo, una tregua temporal en una guerra aún sin resolver. Solo el tiempo lo diría.
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