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el amor no tiene genero ni destreza

Фандом: ninguno

Создан: 10.02.2026

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El eco de tu voz

La campana sonó, estridente y liberadora, marcando el final de la jornada escolar. Unai recogió sus libros con desgano, sus amigos ya lo esperaban en la puerta del aula, listos para la habitual sesión de comentarios mordaces sobre la clase o algún compañero. Él, siempre en el centro de ese pequeño universo de bravuconería, les seguía el juego, aunque a veces una punzada de incomodidad le recorriera el pecho. Darío, por su parte, se demoraba en guardar sus cosas, sus movimientos pausados y metódicos. No le gustaba el bullicio de la salida, prefería esperar a que los pasillos se vaciaran para entonces poder caminar en paz.

Unai era el típico chico popular. Bajo de estatura, sí, pero con una confianza que compensaba cada centímetro. Su cabello oscuro caía sobre sus ojos, enmarcando un rostro que, para ser sinceros, era innegablemente atractivo. Las chicas suspiraban por él, y él, consciente de su encanto, nunca dudaba en coquetear. Sus amigos, un grupo ruidoso y un tanto vulgar, lo idolatraban. Compartían la misma mentalidad: el deporte, las chicas, las bromas pesadas y, por supuesto, una homofobia arraigada que se manifestaba en comentarios despectivos y risas burlonas cuando alguno de ellos mencionaba a "esos". Unai, aunque no se consideraba tan extremo como algunos, nunca contradecía a sus amigos. Era más fácil reírse con ellos que enfrentarlos.

Darío era la antítesis de Unai. Alto y delgado, con gafas que ocultaban unos ojos curiosos y a menudo asustados. Su mundo giraba en torno a los libros, las historias que se desplegaban entre sus páginas y los universos que habitaban en su imaginación. Era introvertido, se sonrojaba con facilidad y su voz solía ser un susurro. Su círculo social era pequeño: un único amigo varón, tan aficionado a los cómics como él, y un grupo de chicas que lo veían como un hermano mayor, un confidente, alguien que escuchaba sin juzgar. Darío era gay, un secreto bien guardado que solo sus más íntimas amigas conocían. El miedo al rechazo, al ridículo, le impedía siquiera considerarlo en voz alta.

Ese día, sin embargo, el universo conspiró para entrelazar sus caminos de una manera inesperada. La profesora de Literatura, una mujer mayor con un inconfundible aire de bibliotecaria, anunció una prueba oral para la semana siguiente. La temática: la poesía del Siglo de Oro español. Y lo que es peor, las parejas serían asignadas al azar.

Unai sintió un escalofrío. Odia las presentaciones orales, odiaba hablar en público, odiaba la poesía, y lo que es peor, odiaba la idea de que le tocara con alguien "raro". Sus amigos se rieron, bromeando sobre la mala suerte de quien le tocara con él.

Darío, por su parte, sintió el estómago encogerse. Las presentaciones orales eran su némesis. Su voz se volvía un hilo, sus manos temblaban, y el rubor le subía hasta las raíces del cabello. Rezó en silencio para que le tocara con alguna de sus amigas, alguien que pudiera calmar sus nervios.

Pero el destino tenía otros planes. La profesora comenzó a leer la lista, su voz monótona llenando el aula.

"Martínez, Sofía y Pérez, Juan..."

Unai se mordía el labio, esperando su turno. Darío jugaba con el borde de su libro, sus ojos fijos en la tapa.

"...García, Unai y López, Darío."

Unai sintió un golpe en el pecho. ¿Darío? ¿El ratón de biblioteca? ¿El que siempre estaba pegado a los libros? Sus amigos soltaron unas risitas ahogadas. Unai les lanzó una mirada de advertencia, pero por dentro, sentía una mezcla de frustración y un extraño, casi imperceptible, interés. Nunca antes había tenido una interacción real con Darío. Solo lo conocía de vista, como el chico silencioso que se sentaba al fondo de la clase.

Darío sintió cómo la sangre le subía a la cabeza. ¡Unai! El chico popular, el centro de atención, el que a veces se reía de los chistes homofóbicos. Su corazón comenzó a latir con fuerza, un tamborileo que resonaba en sus oídos. ¿Cómo iba a sobrevivir a esto?

La profesora les dio las instrucciones. Tenían una semana para preparar una presentación de diez minutos sobre un poeta asignado al azar. A Unai y Darío les tocó Garcilaso de la Vega.

"Reúnanse después de clase para coordinar", sugirió la profesora.

Unai esperó a que sus amigos salieran, su expresión una mezcla de enfado y resignación. Darío, con lentitud, se acercó a su pupitre, sus ojos evitaban los de Unai.

"Entonces... Garcilaso", dijo Unai, con un tono que intentaba ser neutral.

Darío asintió, su voz apenas un murmullo. "Sí. Garcilaso. Podríamos... podríamos repartirnos las estrofas. O... o tal vez, podríamos investigar sobre su vida y obra, y luego... luego presentar los poemas."

Unai lo miró, sorprendido por la sugerencia. Esperaba que Darío se limitara a seguir sus órdenes, pero el chico parecía tener una idea clara de cómo abordar el proyecto. "Está bien", dijo Unai, intentando sonar desinteresado. "Dame tu número. Te escribo para coordinar."

Darío le dio su número, sus dedos temblaban levemente al teclearlo en el móvil de Unai. Luego, sin decir una palabra más, recogió sus cosas y salió del aula, casi corriendo.

Unai se quedó solo, mirando el número de Darío en su pantalla. Unai López. Nunca había pensado en él más allá de su apariencia de "rarito". Ahora, sin embargo, tenía que interactuar con él. Y la idea, aunque le molestaba, también le intrigaba.

Durante los días siguientes, Unai y Darío se comunicaron por mensajes. Las conversaciones eran breves y al grano, centradas en el proyecto. Unai se sorprendió de lo organizado que era Darío, de la cantidad de información que ya había recopilado. Darío, por su parte, se sorprendió de que Unai respondiera con prontitud, y de que sus sugerencias, aunque pocas, eran pertinentes.

Llegó el día de la presentación. Unai sentía los nervios a flor de piel, pero intentaba ocultarlo tras una fachada de indiferencia. Darío, a su lado, estaba pálido. Su libro de Garcilaso, lleno de anotaciones, estaba apretado contra su pecho.

Cuando la profesora los llamó, Unai se puso de pie con una falsa seguridad, mientras Darío lo seguía, sus pasos casi inaudibles. Se pararon frente a la clase, las miradas de sus compañeros fijas en ellos. Unai sintió el peso de esas miradas, sus amigos entre ellas, expectantes.

"Buenos días, profesora, compañeros", comenzó Unai, su voz firme, aunque con un leve temblor. Habló sobre la vida de Garcilaso, su contexto histórico, las influencias que lo moldearon. Había practicado su parte una y otra vez, y su oratoria, a pesar de los nervios, era fluida.

Luego fue el turno de Darío. Unai lo miró, esperando el habitual balbuceo, la voz entrecortada. Pero lo que escuchó lo dejó paralizado.

Darío comenzó a recitar la "Égloga I", su voz, al principio, un poco vacilante, pero rápidamente cobrando fuerza. Era una voz suave, melódica, con una entonación perfecta que le daba vida a cada verso. Las palabras de Garcilaso, que en los libros le parecían distantes y aburridas, ahora sonaban vívidas, llenas de emoción, de dolor, de belleza. Darío no solo recitaba, interpretaba. Sus ojos, antes llenos de miedo, ahora brillaban con una pasión inusitada. Miraba a la clase, no con desafío, sino con una profunda conexión con el poema. Y en un momento, sus ojos se encontraron con los de Unai.

Unai sintió un escalofrío. La mirada de Darío era intensa, profunda, como si lo viera por primera vez. Había algo en esos ojos, una vulnerabilidad y una fuerza a la vez, que lo dejó sin aliento. La voz de Darío, envolviéndolo, era como una caricia, una melodía que se colaba bajo su piel.

"¡Oh más dura que mármol a mis quejas, y al encendido fuego en que me quemo más helada que nieve, Galatea!"

Las palabras de Darío resonaban en el aula, capturando la atención de todos, incluso de los más distraídos. Unai se sintió hipnotizado. Nunca había escuchado a nadie recitar poesía con tanta emoción, con tanta verdad. Era como si Darío se convirtiera en el propio Garcilaso, derramando su corazón en cada verso.

Cuando Darío terminó, hubo un silencio momentáneo, un suspiro colectivo. Luego, la profesora aplaudió, y el resto de la clase la siguió. Darío, con las mejillas sonrojadas, bajó la mirada, volviendo a su timidez habitual.

Unai se sintió extrañamente conmovido. Le tocaba a él hacer la conclusión de la presentación, pero sus pensamientos estaban enredados. La voz de Darío, la mirada de Darío, se habían grabado a fuego en su mente. Terminó su parte casi por inercia, su mente aún procesando lo que acababa de presenciar.

Al terminar la clase, Unai se acercó a Darío. "Eso... eso fue increíble", dijo, su voz un poco ronca.

Darío lo miró, sus ojos aún un poco asustados. "Gracias, Unai. Tú también lo hiciste muy bien."

Unai sintió una extraña punzada en el pecho. No era un cumplido cualquiera. Era la primera vez que escuchaba a Darío decir su nombre, y sonó diferente, más íntimo. "No, en serio", insistió Unai. "Tu voz... y cómo recitaste. Fue... impresionante."

Darío se sonrojó aún más, bajando la mirada. "Me gusta mucho la poesía", murmuró.

Unai asintió, aunque no entendía del todo esa pasión. Pero sí entendía la emoción que había visto en los ojos de Darío, la forma en que su voz había transformado las palabras.

Esa noche, Unai no pudo dormir. La voz de Darío, recitando a Garcilaso, se repetía en su cabeza. Y esa mirada. Esa mirada profunda y sincera. Se sentía confundido. Darío era todo lo que Unai y sus amigos solían burlarse. Era callado, sensible, le gustaba la poesía en lugar del fútbol. Y era... gay. Unai lo sabía. Sus amigos lo habían comentado alguna vez, entre risas y desprecio.

Pero ahora, después de escucharlo, después de verlo transformarse frente a la clase, Unai no podía evitar pensar en él de otra manera. La imagen del "rarito" se desdibujaba, reemplazada por la de un chico apasionado, con una voz hermosa y unos ojos que contaban historias.

A la mañana siguiente, en el pasillo, Unai vio a Darío. Estaba con sus amigas, riendo suavemente. Unai sintió una extraña punzada de algo que no pudo identificar. ¿Celos? No, eso era ridículo. Pero algo en él quería acercarse, volver a escuchar esa voz.

Sus amigos lo llamaron, y Unai, casi por costumbre, se unió a ellos. Escuchó sus chistes, sus comentarios despectivos, y por primera vez, no le hicieron gracia. Por primera vez, sintió que algo dentro de él se resistía a reír.

En los días siguientes, Unai se encontró buscando a Darío con la mirada en los pasillos, en el patio, en el aula. Y cuando lo encontraba, observaba. Observaba cómo Darío leía, absorto en sus libros. Observaba cómo interactuaba con sus amigas, su sonrisa genuina, su risa suave.

Un día, en la biblioteca, Unai lo vio sentado solo, rodeado de libros. Se acercó, su corazón latiendo un poco más rápido de lo normal.

"Hola, Darío", dijo Unai, intentando sonar casual.

Darío levantó la vista, sus ojos sorprendidos. "Hola, Unai."

"¿Qué lees?", preguntó Unai, asomándose al libro que Darío tenía en las manos. Era un volumen de poesía.

"Bécquer", respondió Darío. "Me encanta su romanticismo, su melancolía."

Unai no entendía nada de eso, pero asintió, fingiendo interés. "Suena... interesante." Hubo un silencio incómodo. Unai no sabía qué más decir. Sus conversaciones solían ser breves y superficiales.

"Quería... quería darte las gracias de nuevo por la presentación", dijo Unai, finalmente. "Sacamos una buena nota. Y fue... gracias a ti. A tu parte."

Darío se sonrojó, pero una pequeña sonrisa apareció en sus labios. "Los dos lo hicimos bien, Unai. Tu parte también fue importante."

Unai sintió un calor en el pecho. Esa sonrisa. Era genuina, dulce. Y la forma en que Darío pronunciaba su nombre, tan suavemente, lo desarmaba.

"¿Te gustaría... te gustaría tomar un café alguna vez?", preguntó Unai, sus propias palabras lo sorprendieron. Había salido sin pensar.

Darío lo miró, sus ojos grandes y expresivos, llenos de sorpresa. "Uhm... ¿un café?"

"Sí", dijo Unai, sintiéndose un poco tonto. "Ya sabes, para hablar de... de poesía. O lo que sea." Se apresuró a añadir, intentando disimular su nerviosismo.

Darío dudó por un momento, sus ojos escaneando el rostro de Unai. Luego, una sonrisa más amplia se dibujó en sus labios. "Claro, Unai. Me encantaría."

Unai sintió un alivio inmenso, mezclado con una extraña emoción. Estaba dando un paso hacia lo desconocido, hacia algo que iba en contra de todo lo que sus amigos representaban, de todo lo que él mismo había creído ser hasta ahora.

Mientras se alejaba de la biblioteca, Unai no pudo evitar sonreír. La voz de Darío, esa voz dulce y melódica, ya no solo recitaba poesía en su mente. Ahora, también le decía que sí a un café. Y Unai, por primera vez en mucho tiempo, sentía una curiosidad genuina por conocer a esa persona que, con su voz y su mirada, había logrado desestabilizar su mundo. El camino de "enemies to lovers" había comenzado, y Unai, aunque aún no lo sabía del todo, estaba listo para recorrerlo.
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