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Te adoro

Фандом: Forsaken

Создан: 17.02.2026

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ФэнтезиДрамаCharacter studyМагический реализмHurt/ComfortПсихологияПриключения
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Un Sentimiento Inesperado

El aire de la cueva era denso, cargado con el olor a tierra húmeda y la sutil fragancia a hierbas que Jess había estado quemando. Dusekkar, con su cabeza de calabaza azul y sus astas imponentes, se mantenía a una distancia prudencial, su báculo de madera nudosa descansando en el suelo a su lado. La luz tenue de una antorcha danzaba en las paredes rocosas, proyectando sombras alargadas que hacían que el lugar pareciera aún más vasto y misterioso.

Jess, con su piel pálida y sus ojos hundidos, se sentía extrañamente en paz a pesar de la reciente confrontación. La discusión sobre su culto había sido acalorada, y Dusekkar había expresado su desdén con la calma gélida que lo caracterizaba. Sin embargo, algo había cambiado en el ambiente después de que Jess le confesara su admiración, una confesión que lo había dejado momentáneamente sin palabras.

– No entiendo por qué sigues aquí, Jess – la voz profunda y resonante de Dusekkar rompió el silencio, sin una pizca de emoción discernible. – Después de lo que te he dicho sobre tus creencias, lo lógico sería que te marcharas.

Jess se encogió de hombros, sus delgados hombros apenas moviéndose bajo la túnica raída.

– No tengo a dónde ir, Dusekkar.

Era una verdad a medias. Podría haber regresado con los suyos, a la comodidad engañosa de su secta, pero la idea no le resultaba atractiva. Había algo en Dusekkar, en su poder silencioso y en la forma en que desafiaba sus propias creencias, que lo mantenía anclado a su lado.

– ¿Y eso es todo? – Dusekkar inclinó su cabeza, las astas rozando el techo bajo de la caverna. – ¿La falta de un lugar al que ir es lo único que te ata a mi presencia?

Jess dudó, sus ojos oscuros buscando una respuesta en las sombras. La verdad era más compleja de lo que Dusekkar podía imaginar.

– No es solo eso – admitió en voz baja, casi inaudible. – Hay algo en ti… en tu magia.

Dusekkar soltó un resoplido que resonó en la cueva.

– La magia es una fuerza, Jess. No tiene sentimientos, ni intenciones más allá de las que le da su portador. No es algo digno de una devoción ciega.

– Pero la tuya es diferente – insistió Jess, su voz cobrando un atisbo de convicción. – Es… pura. No está contaminada por las promesas vacías de un dios imaginario, ni por la manipulación de unos pocos para controlar a muchos.

Dusekkar permaneció en silencio por un momento, sus ojos brillantes fijos en Jess. Era inusual que alguien lo confrontara con una perspectiva tan diferente, especialmente después de haber sido testigo de su poder.

– ¿Y qué te hace pensar eso? – preguntó finalmente, un matiz de curiosidad en su tono habitualmente monótono.

– La forma en que actúas – respondió Jess, levantando la vista para encontrarse con la mirada de Dusekkar. – La forma en que desapareces a aquellos que utilizan la fe para hacer daño, la forma en que no buscas el poder para ti mismo, sino para… para limpiar.

Dusekkar parpadeó lentamente, la luz de la antorcha reflejándose en sus ojos. Nunca lo había visto de esa manera. Siempre se había considerado un ejecutor, una fuerza de la naturaleza que eliminaba la podredumbre. La idea de ser un "limpiador" le resultaba… extraña.

– Mis motivos son míos – dijo, su voz volviendo a su habitual frialdad. – No necesito que nadie los interprete.

– Lo sé – Jess bajó la vista, sintiendo el calor subir por sus mejillas. – Pero… me hace sentir seguro.

La palabra "seguro" pareció resonar en la cueva, sorprendiendo incluso a Dusekkar. La seguridad era un concepto ajeno a su existencia, una emoción que rara vez experimentaba o inspiraba.

– ¿Seguro? – repitió Dusekkar, como si estuviera probando la palabra en su boca.

– Sí – Jess asintió. – Contigo, siento que no tengo que preocuparme por ser engañado, por ser manipulado. Siento que… que puedo ser yo mismo.

Un silencio incómodo se instaló entre ellos. Dusekkar no sabía cómo responder a eso. La idea de que alguien se sintiera seguro en su presencia era… inaudita. Siempre había sido temido, o al menos respetado por su poder, pero nunca había inspirado tal confianza.

Jess, al ver la falta de respuesta de Dusekkar, sintió una punzada de arrepentimiento. Quizás había ido demasiado lejos, revelando demasiado de sus vulnerabilidades.

– Lo siento – murmuró, mirando sus manos entrelazadas. – No quise…

– No – Dusekkar lo interrumpió, su voz más suave de lo que Jess había oído antes. – No te disculpes. Es solo… inesperado.

La palabra "inesperado" se quedó suspendida en el aire, una pequeña grieta en la armadura de indiferencia de Dusekkar. Jess levantó la vista, sus ojos encontrándose con los de la criatura.

– ¿Inesperado… de una buena o mala manera?

Dusekkar consideró la pregunta, sus astas brillando en la penumbra.

– Simplemente inesperado.

No era una respuesta, pero tampoco era un rechazo. Jess sintió un pequeño rayo de esperanza.

– ¿Puedo quedarme? – preguntó, su voz apenas un susurro. – Solo… por un tiempo. Hasta que encuentre mi camino.

Dusekkar lo miró fijamente, evaluando al joven con una intensidad que hizo que Jess se sintiera expuesto. Al final, Dusekkar suspiró, un sonido que parecía sacudir el polvo de la cueva.

– Puedes quedarte – dijo, su voz volviendo a su tono habitual, aunque con un matiz de resignación. – Pero no esperes que cambie mi perspectiva sobre tus… creencias.

– No lo espero – Jess sonrió débilmente. – Solo… gracias.

Los días siguientes transcurrieron en una extraña rutina. Jess se dedicaba a explorar las cuevas cercanas, buscando plantas y minerales que pudiera usar en sus propios experimentos de magia rudimentaria. Dusekkar, por su parte, continuaba con sus misteriosas desapariciones, dejando a Jess solo en la cueva durante largos períodos de tiempo.

A pesar de la soledad, Jess no se sentía abandonado. La presencia de Dusekkar, incluso en su ausencia, se había convertido en un ancla. Sabía que, tarde o temprano, la criatura regresaría, y esa certeza le brindaba una extraña sensación de confort.

Una tarde, Jess estaba sentado junto al fuego, intentando descifrar un antiguo tomo de hechizos que había encontrado en una de sus exploraciones. El libro estaba escrito en un idioma arcaico, y las ilustraciones eran crípticas y aterradoras.

– ¿Qué estás leyendo? – la voz de Dusekkar lo sobresaltó, haciéndolo saltar y casi arrojar el libro al fuego.

– ¡Dusekkar! – exclamó Jess, su corazón latiendo con fuerza. – No te oí llegar.

– Mi llegada no es siempre ruidosa – respondió Dusekkar, su figura apareciendo de las sombras. El aura de calma que lo rodeaba era casi palpable.

Jess se recompuso, intentando disimular su nerviosismo.

– Es un libro de magia antigua – explicó, mostrando el tomo. – Pero es difícil de entender.

Dusekkar se acercó, su cabeza de calabaza inclinándose para examinar las páginas. Sus ojos brillaron con un interés fugaz.

– La magia es un lenguaje – dijo. – Requiere estudio y comprensión, no solo memorización.

– Lo sé – Jess suspiró. – Pero mis maestros en el culto solo nos enseñaban a repetir, no a entender.

Dusekkar asintió.

– Es una táctica común para el control. Mantener a la gente ignorante de los fundamentos, para que dependan de la interpretación de otros.

Jess lo miró, una chispa de comprensión brillando en sus ojos.

– Nunca lo había pensado de esa manera.

– Es la verdad – Dusekkar se sentó en una roca cercana, su báculo apoyado en su hombro. – La fe ciega es la herramienta más poderosa para la manipulación.

Un silencio confortable se instaló entre ellos. Jess continuó hojeando el libro, pero sus pensamientos estaban en las palabras de Dusekkar. Había algo tan… liberador en su perspectiva, en su rechazo a las dogmas y las creencias impuestas.

– ¿Qué tipo de magia es esta? – preguntó Jess, señalando un símbolo en el libro.

Dusekkar se inclinó de nuevo, sus ojos fijos en el dibujo.

– Es un conjuro de protección – explicó, su voz revelando un conocimiento profundo. – Pero está incompleto. Le falta la runa de enlace, sin la cual es ineficaz.

Jess se quedó boquiabierto.

– ¿Cómo lo sabes?

– He visto muchos de estos símbolos a lo largo de mi existencia – respondió Dusekkar. – La magia tiene patrones, lenguajes que se repiten a través de las eras.

– ¿Podrías… podrías enseñarme? – preguntó Jess, su voz llena de una esperanza que nunca había sentido antes. – A entender, no solo a repetir.

Dusekkar lo miró, sus ojos brillantes con una expresión indescifrable. La idea de ser un "maestro" era tan ajena a su naturaleza como la idea de ser "seguro". Sin embargo, la súplica en los ojos de Jess era genuina, y había algo en su sed de conocimiento que Dusekkar no podía ignorar.

– Es un camino largo y arduo – advirtió Dusekkar. – La magia no es un juguete, Jess. Tiene consecuencias.

– Estoy dispuesto a aprender – dijo Jess, con una determinación inquebrantable. – Estoy cansado de la ignorancia.

Dusekkar permaneció en silencio por un momento, sopesando la propuesta. Al final, un pequeño suspiro escapó de su forma.

– Muy bien – dijo, su voz resonando en la cueva. – Te enseñaré. Pero con una condición.

Jess lo miró expectante.

– ¿Cuál?

– Que nunca uses lo que aprendas para manipular o controlar a otros – dijo Dusekkar, su voz volviéndose seria. – La magia es una herramienta, no un arma para la opresión.

Jess asintió con vehemencia.

– Lo prometo. Lo juro.

Así comenzó su inusual tutoría. Dusekkar, el ser silencioso y misterioso que erradicaba la devoción extrema, se convirtió en el maestro de un joven que anhelaba comprender la magia más allá de las cadenas de la fe ciega. Pasaron horas en la cueva, con Dusekkar explicando los fundamentos de la energía arcana, la intrincada relación entre la intención y el resultado, y los peligros de la magia sin control.

Jess era un estudiante ávido, absorbiendo cada palabra como una esponja. Su mente, antes nublada por los dogmas de su culto, se abrió a un universo de posibilidades. Dejó de lado sus antiguas creencias, no por la coerción de Dusekkar, sino por la lógica irrefutable que le presentaba el propio Dusekkar.

Un día, mientras practicaban un simple conjuro de levitación, Jess logró hacer que una pequeña roca flotara en el aire por primera vez. Una sonrisa genuina se extendió por su rostro pálido, una sonrisa que Dusekkar nunca había visto en él.

– ¡Lo hice! – exclamó Jess, sus ojos brillando de emoción.

Dusekkar asintió, una extraña sensación de satisfacción burbujeando dentro de él. No era una emoción que experimentara a menudo, pero ver la alegría en Jess era… diferente.

– Buen trabajo – dijo, sus palabras un raro elogio. – Pero no te relajes. Esto es solo el principio.

Jess, sin embargo, no podía dejar de sonreír. Miró a Dusekkar, su corazón latiendo con una mezcla de gratitud y algo más, algo que aún no podía nombrar.

– Gracias, Dusekkar – dijo, su voz suave y sincera. – Gracias por todo.

Dusekkar simplemente lo miró, sus ojos brillantes fijos en el joven. La relación entre ellos había evolucionado de una manera que ninguno de los dos había anticipado. Lo que comenzó como una confrontación, luego una extraña compañía, se estaba transformando en algo más profundo.

Jess ya no se quedaba cerca de Dusekkar solo por seguridad o por admiración a su magia. Ahora, había una conexión que iba más allá de lo superficial. Se sentía atraído por la calma de Dusekkar, por su sabiduría silenciosa, por la forma en que lo desafiaba a pensar y a crecer. Y aunque Dusekkar nunca lo admitiría en voz alta, la presencia de Jess, su curiosidad y su genuina sed de conocimiento, habían comenzado a llenar un vacío en su propia existencia solitaria.

Mientras la roca levitaba suavemente en el aire, sostenida por la incipiente magia de Jess, Dusekkar se dio cuenta de que, quizás, la seguridad no era el único sentimiento inesperado que había surgido entre ellos. Y mientras Jess lo miraba con una mezcla de respeto y algo más tierno, el eco de un nuevo sentimiento comenzaba a resonar en la fría y rocosa cueva, un sentimiento que, para ambos, era completamente desconocido.
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