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Dolores de una madre
Фандом: One Piece
Создан: 23.02.2026
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El eco de un pasado, el temor de un futuro
“¡Rayleigh, por favor, no te esfuerces demasiado! ¡Hancock, cariño, ayúdame a llevarle esto a tu padre!”
Garp, un hombre robusto con la insignia de la policía brillando en su chaqueta, pero en este momento más preocupado por ser un abuelo y suegro, corría de un lado a otro por la espaciosa cocina de la casa de Roger. Su voz, generalmente un estruendo de autoridad, ahora era un murmullo ansioso. Observaba a Rayleigh, su yerno omega, con una mezcla de admiración y preocupación. Rayleigh, a pesar de su avanzado estado de gestación, se movía con una gracia inigualable, preparando una infusión de hierbas para calmar sus náuseas matutinas.
Hancock, una niña de nueve años con la dignidad de una reina en miniatura, pero la dulzura de una hija amada, se acercó a su padre adoptivo con una bandeja de galletas. “Papá Rayleigh, el abuelito Garp dice que no te esfuerces. Aquí tienes tus galletas favoritas.”
Rayleigh sonrió, sus ojos dorados brillando con afecto. “Gracias, mi pequeña reina. Tu abuelo solo está un poco… sobreprotector.” Lanzó una mirada divertida a Garp, quien se sonrojó levemente.
“¡No es sobreprotección, Rayleigh! ¡Es preocupación! ¡Estás cargando a mi nieto, o nieta! ¡Y con Roger comportándose como un idiota, alguien tiene que velar por ti!” Garp refunfuñó, cruzándose de brazos.
La mención de Roger hizo que la atmósfera en la cocina se tensara. Rayleigh suspiró, la sonrisa desapareciendo de sus labios. Hancock, sintiendo el cambio, se acurrucó contra la pierna de Rayleigh.
“Abuelito Garp, ¿por qué papá Roger está tan… raro?” preguntó Hancock, su voz pequeña y preocupada.
Garp miró a la niña, luego a Rayleigh, y un dolor conocido se instaló en su pecho. Roger, su hijo mayor, el alfa que había criado con tanto amor y devoción, se había vuelto distante desde que el embarazo de Rayleigh se hizo evidente. No era hostil, pero sí ausente. Un velo de inseguridad y miedo parecía haberlo envuelto, y Garp lo notaba con cada fibra de su ser. Era un eco, un recordatorio de un pasado que había jurado olvidar.
“No te preocupes, cariño. Tu padre solo está un poco estresado con el trabajo. Pronto estará bien,” intentó tranquilizar Rayleigh, aunque su voz no sonaba del todo convincente.
Garp observó a Rayleigh, su corazón doliéndole por el omega. Había visto esa mirada antes, esa misma tristeza velada en los ojos de un omega que intentaba justificarse a sí mismo la actitud de su alfa. Y esa mirada le recordaba demasiado a su propio pasado.
Esa tarde, Garp decidió que era hora de una confrontación. Encontró a Roger en su estudio, rodeado de manuscritos y libros, el aroma a tinta y papel viejo llenando el aire. Roger, un alfa con una cabellera rebelde y una sonrisa que podía iluminar una habitación, ahora parecía encorvado, su rostro sombrío.
“Roger, tenemos que hablar,” dijo Garp, su voz inusualmente seria.
Roger levantó la vista, sus ojos dorados, tan similares a los de Rayleigh, se encontraron con los de su padre. “¿De qué, viejo? Estoy ocupado.”
“¿Ocupado? ¿Ocupado ignorando a tu pareja y a tu hija? ¿Ocupado ignorando el hecho de que vas a ser padre de nuevo?” Garp no se anduvo con rodeos.
Roger frunció el ceño. “No estoy ignorando a nadie. Solo estoy… pensando.”
“¿Pensando? ¿Pensando en qué, Roger? Porque lo que veo es a un hombre asustado, un hombre que se esconde detrás de sus libros en lugar de enfrentar sus responsabilidades.” Garp se acercó al escritorio, su mirada fija en su hijo. “¿Acaso te estás volviendo como él?”
La pregunta flotó en el aire como una bofetada. Roger palideció. “¿Como quién?”
“Como tu padre biológico,” dijo Garp, su voz baja pero cargada de dolor. “El hombre que me dejó solo con un bebé de quince años, que me dio un apellido para que no fuera una vergüenza, pero que nunca se hizo cargo. ¿Acaso mi hijo, el alfa que crié con tanto amor, se está volviendo tan despreciable como ese hombre?”
Roger se levantó de golpe, golpeando la mesa con las manos. “¡No me compares con ese hombre, Garp! ¡No sabes nada!”
“¡Sé lo suficiente para ver a mi hijo mayor asustado de su propia sombra! ¡Sé lo suficiente para ver a Rayleigh sufriendo en silencio! ¡Sé lo suficiente para ver a Hancock preocupada por ti!” Garp alzó la voz, la frustración y el dolor acumulados durante semanas estallando. “¿Qué demonios te pasa, Roger? ¡Dime!”
Roger se pasó una mano por el cabello, sus ojos brillando con una mezcla de ira y desesperación. “¡No puedo, Garp! ¡No puedo!”
“¡Claro que puedes! ¡Soy tu padre! ¡Te crié! ¡Te conozco mejor que nadie! ¡Dime qué te atormenta!” Garp se acercó a Roger, su voz suavizándose. “Por favor, hijo. Estoy preocupado por ti. Y por Rayleigh. Y por el bebé.”
Roger miró a su padre, la ira desvaneciéndose lentamente para ser reemplazada por una vulnerabilidad cruda. Sus hombros se encorvaron, y se sentó de nuevo, cubriéndose el rostro con las manos.
“Tengo miedo, Garp,” susurró Roger, su voz apenas audible. “Tengo mucho miedo.”
Garp se sentó frente a él, su corazón encogiéndose al ver a su hijo tan quebrado. “¿Miedo de qué, hijo?”
Roger levantó la cabeza, sus ojos rojos e hinchados. “Miedo de no ser suficiente. Miedo de fallar. Miedo de… de ser como él.” Se detuvo, luchando por encontrar las palabras. “Cuando Rayleigh me dijo que estaba embarazado, debería haberme sentido feliz. Y lo fui, por un momento. Pero luego, el miedo me invadió. ¿Y si no soy un buen padre? ¿Y si no puedo protegerlos? ¿Y si… y si me canso y los abandono como él te abandonó a ti?”
Garp escuchó en silencio, su corazón doliéndole por su hijo. Entendía ese miedo, esa sombra que el pasado de Garp había arrojado sobre la vida de Roger.
“Roger, eres un alfa increíble. Eres un padre maravilloso para Hancock, y serás un padre increíble para este nuevo bebé,” dijo Garp, su voz firme. “No eres como él. Nunca lo serás. Tú eres bueno, Roger. Eres amoroso, eres leal. Eres todo lo que él no fue.”
“Pero ¿y si no? ¿Y si en algún momento… si me asusta la responsabilidad… y si me dejo llevar por el miedo…?” Roger se detuvo, su voz temblaba. “No quiero hacerle daño a Rayleigh. No quiero hacerle daño a Hancock. No quiero hacerle daño a este bebé. No quiero ser la razón de su dolor.”
Garp se levantó y abrazó a su hijo, un abrazo fuerte y reconfortante. “No lo harás, Roger. Porque tú no eres él. Tú eres mi hijo. Y te crié para ser un hombre de bien. Para ser un alfa que ama y protege a los suyos. Y lo haces, Roger. Lo haces todos los días.”
Roger se aferró a su padre, las lágrimas finalmente fluyendo libremente. “Pero ¿y si no es suficiente? ¿Y si el miedo me consume?”
“Entonces lo enfrentaremos juntos,” dijo Garp, apartándose un poco para mirar a Roger a los ojos. “No tienes que hacer esto solo. Rayleigh te ama. Hancock te ama. Y yo te amo, hijo. Estaremos aquí para ti. Siempre.”
Roger asintió, su respiración aún entrecortada. “Gracias, Garp.”
“Ahora, ve a hablar con Rayleigh,” dijo Garp, dándole una palmada en la espalda. “Explícale lo que sientes. Él te entenderá. Y luego, vamos a celebrar la llegada de este nuevo miembro de la familia.”
Roger asintió de nuevo, una pequeña chispa de esperanza encendiéndose en sus ojos. “Sí. Tienes razón.”
Mientras Roger salía del estudio, Garp se quedó allí, un suspiro escapando de sus labios. La sombra del pasado era persistente, pero no invencible. Su hijo no era como su padre biológico. Roger era un hombre bueno, y Garp lo sabía con certeza. Solo necesitaba un poco de ayuda para creerlo él mismo.
Por la tarde, Garp se dirigió a la casa de su hijo menor, Monkey D. Dragon. El contraste entre los dos hermanos era notable. Roger era el artista, el soñador. Dragon, por otro lado, era el pragmático, el estratega. Un alfa imponente, con una cicatriz distintiva en su rostro y una mirada intensa que revelaba una mente siempre en movimiento.
Al llegar, Garp encontró a Dragon en su oficina, rodeado de planos y maquetas, el aire impregnado con el aroma metálico de la tecnología y el diseño. Crocodrile, el omega de Dragon, un hombre elegante y poderoso con una presencia imponente, estaba sentado a su lado, revisando documentos.
“¡Dragon! ¡Crocodile!” Garp irrumpió, su voz retumbando en la oficina.
Dragon levantó la vista, una ceja arqueada. “Padre. ¿Qué te trae por aquí?”
Crocodile sonrió, un brillo divertido en sus ojos. “¿Viene a regañar a Dragon por algo, Garp?”
“¡No es un regaño, Crocodile! ¡Es una conversación seria!” Garp se sentó sin ser invitado, observando a su hijo menor. “Estoy preocupado, Dragon. Por ti. Y por tu… actitud.”
Dragon suspiró. “¿Mi actitud? ¿De qué hablas, Garp?”
“Hablo de tu empresa de armas, Dragon. De tu obsesión con el poder, con la influencia. De tu… frialdad.” Garp miró a su hijo a los ojos. “Me recuerdas a él.”
Dragon se puso rígido. “¿A quién te refieres, Garp?” Su voz era baja, peligrosa.
“Al hombre que me dejó embarazado de ti, Dragon,” dijo Garp sin rodeos. “El hombre de 48 años que me sedujo con promesas de libertad y aventura, y luego desapareció sin dejar rastro. El que me dejó solo con un bebé, y ni siquiera se molestó en darte su apellido. El que nunca te conoció, pero cuya sombra parece perseguirte.”
Crocodile puso una mano reconfortante en el hombro de Dragon, sintiendo la tensión que irradiaba de él.
Dragon se levantó, su mirada tan fría como el hielo. “No me compares con ese hombre, Garp. No sabes lo que dices.”
“¡Claro que sé lo que digo! ¡Veo cómo te aíslas, cómo te niegas a mostrar tus emociones! ¡Veo cómo construyes muros a tu alrededor, como si tuvieras miedo de que alguien te lastime!” Garp se levantó también, su voz cargada de emoción. “¡Ese hombre era un cobarde, Dragon! ¡Un hombre que huía de las responsabilidades! ¡Y te veo haciendo lo mismo, a tu manera!”
“¡No es lo mismo!” Dragon golpeó la mesa, haciendo que los planos se dispersaran. “¡Estoy construyendo un imperio! ¡Estoy creando un legado! ¡No estoy huyendo de nada!”
“¿Un imperio para qué, Dragon? ¿Para demostrarle a quién? ¿Para llenarte de poder y sentirte invencible? ¿Para que nadie pueda hacerte daño como te hizo a ti el hecho de no tener un padre?” Garp se acercó a su hijo, su voz más suave ahora, pero llena de dolor. “Sé que te dolió, Dragon. Sé que te dolió no tener un padre. Y sé que creciste sintiendo que tenías que ser fuerte, que tenías que ser autosuficiente. Pero eso no significa que tengas que cerrar tu corazón.”
Dragon apartó la mirada, el muro que había construido a su alrededor temblando. “No necesito a nadie. Soy un alfa. Soy fuerte.”
“Nadie es una isla, Dragon,” dijo Garp. “Y no tienes que demostrarle nada a nadie. Especialmente no a un hombre que no merece ni un solo pensamiento tuyo. Eres mi hijo. Eres un hombre increíble. Y eres amado. Por mí, por Roger, y por Crocodile.”
Crocodile se acercó a Dragon, su mano acariciando suavemente su espalda. “Tu padre tiene razón, Dragon. No tienes que cargar con esto solo. No tienes que demostrarle nada a ese hombre. Eres suficiente tal como eres.”
Dragon se volvió para mirar a Crocodile, la dureza en sus ojos suavizándose lentamente. Miró a su padre, luego a su pareja, y un suspiro tembloroso escapó de sus labios.
“Es solo que… a veces siento que tengo que ser el más fuerte. Que tengo que ser el mejor. Para compensar… para compensar lo que no tuve,” admitió Dragon, su voz apenas un murmullo.
Garp se acercó y abrazó a su hijo, un abrazo que transmitía todo el amor y la comprensión que sentía. “No tienes que compensar nada, mi pequeño Dragon. Eres perfecto tal como eres. Y no tienes que cargar con la sombra de un hombre que no fue digno de ti.”
Dragon se permitió el abrazo de su padre, algo que rara vez hacía. Sintió la calidez, el amor incondicional, y una parte de la armadura que había construido a su alrededor comenzó a desmoronarse.
“Gracias, Garp,” susurró Dragon, su voz ronca.
“Ahora, deja de ser tan terco y permítete sentir. Permítete amar. Permítete ser amado,” dijo Garp, dándole una palmada en la espalda. “Y Crocodile, asegúrate de que este alfa testarudo no se olvide de eso.”
Crocodile sonrió, un brillo de travesura en sus ojos. “Puedes estar seguro de eso, Garp.”
Mientras Garp se alejaba de la casa de Dragon, sintió un peso levantarse de sus hombros. Había sido un día largo, lleno de confrontaciones y emociones. Pero sabía que era necesario. Sus hijos, a pesar de ser alfas fuertes y exitosos, cargaban con las cicatrices de un pasado que Garp, sin querer, les había heredado. Pero Garp había aprendido de sus propios errores, y no permitiría que sus hijos repitieran los mismos patrones de dolor y miedo.
Al final del día, Garp regresó a su propia casa, el silencio lo envolvió. Se sentó en su sillón favorito, mirando la foto de sus dos hijos y su nieta. Roger, con su sonrisa brillante. Dragon, con su mirada intensa. Y Hancock, con su digna pose.
Garp suspiró, una mezcla de agotamiento y alivio. Había sido un omega joven y asustado en el pasado, un omega que había tenido que enfrentar la maternidad solo. Pero había criado a dos alfas increíbles, a pesar de las sombras que los perseguían.
Y ahora, como abuelo, como padre, estaba decidido a romper esas sombras. A asegurarse de que sus hijos, y sus nietos, vivieran vidas llenas de amor, aceptación y sin el eco de un pasado que no les pertenecía. La vida era complicada, llena de giros inesperados, pero Garp sabía que el amor de una familia era la ancla más fuerte contra cualquier tormenta. Y él, Monkey D. Garp, se aseguraría de que sus hijos y sus familias siempre tuvieran esa ancla.
Garp, un hombre robusto con la insignia de la policía brillando en su chaqueta, pero en este momento más preocupado por ser un abuelo y suegro, corría de un lado a otro por la espaciosa cocina de la casa de Roger. Su voz, generalmente un estruendo de autoridad, ahora era un murmullo ansioso. Observaba a Rayleigh, su yerno omega, con una mezcla de admiración y preocupación. Rayleigh, a pesar de su avanzado estado de gestación, se movía con una gracia inigualable, preparando una infusión de hierbas para calmar sus náuseas matutinas.
Hancock, una niña de nueve años con la dignidad de una reina en miniatura, pero la dulzura de una hija amada, se acercó a su padre adoptivo con una bandeja de galletas. “Papá Rayleigh, el abuelito Garp dice que no te esfuerces. Aquí tienes tus galletas favoritas.”
Rayleigh sonrió, sus ojos dorados brillando con afecto. “Gracias, mi pequeña reina. Tu abuelo solo está un poco… sobreprotector.” Lanzó una mirada divertida a Garp, quien se sonrojó levemente.
“¡No es sobreprotección, Rayleigh! ¡Es preocupación! ¡Estás cargando a mi nieto, o nieta! ¡Y con Roger comportándose como un idiota, alguien tiene que velar por ti!” Garp refunfuñó, cruzándose de brazos.
La mención de Roger hizo que la atmósfera en la cocina se tensara. Rayleigh suspiró, la sonrisa desapareciendo de sus labios. Hancock, sintiendo el cambio, se acurrucó contra la pierna de Rayleigh.
“Abuelito Garp, ¿por qué papá Roger está tan… raro?” preguntó Hancock, su voz pequeña y preocupada.
Garp miró a la niña, luego a Rayleigh, y un dolor conocido se instaló en su pecho. Roger, su hijo mayor, el alfa que había criado con tanto amor y devoción, se había vuelto distante desde que el embarazo de Rayleigh se hizo evidente. No era hostil, pero sí ausente. Un velo de inseguridad y miedo parecía haberlo envuelto, y Garp lo notaba con cada fibra de su ser. Era un eco, un recordatorio de un pasado que había jurado olvidar.
“No te preocupes, cariño. Tu padre solo está un poco estresado con el trabajo. Pronto estará bien,” intentó tranquilizar Rayleigh, aunque su voz no sonaba del todo convincente.
Garp observó a Rayleigh, su corazón doliéndole por el omega. Había visto esa mirada antes, esa misma tristeza velada en los ojos de un omega que intentaba justificarse a sí mismo la actitud de su alfa. Y esa mirada le recordaba demasiado a su propio pasado.
Esa tarde, Garp decidió que era hora de una confrontación. Encontró a Roger en su estudio, rodeado de manuscritos y libros, el aroma a tinta y papel viejo llenando el aire. Roger, un alfa con una cabellera rebelde y una sonrisa que podía iluminar una habitación, ahora parecía encorvado, su rostro sombrío.
“Roger, tenemos que hablar,” dijo Garp, su voz inusualmente seria.
Roger levantó la vista, sus ojos dorados, tan similares a los de Rayleigh, se encontraron con los de su padre. “¿De qué, viejo? Estoy ocupado.”
“¿Ocupado? ¿Ocupado ignorando a tu pareja y a tu hija? ¿Ocupado ignorando el hecho de que vas a ser padre de nuevo?” Garp no se anduvo con rodeos.
Roger frunció el ceño. “No estoy ignorando a nadie. Solo estoy… pensando.”
“¿Pensando? ¿Pensando en qué, Roger? Porque lo que veo es a un hombre asustado, un hombre que se esconde detrás de sus libros en lugar de enfrentar sus responsabilidades.” Garp se acercó al escritorio, su mirada fija en su hijo. “¿Acaso te estás volviendo como él?”
La pregunta flotó en el aire como una bofetada. Roger palideció. “¿Como quién?”
“Como tu padre biológico,” dijo Garp, su voz baja pero cargada de dolor. “El hombre que me dejó solo con un bebé de quince años, que me dio un apellido para que no fuera una vergüenza, pero que nunca se hizo cargo. ¿Acaso mi hijo, el alfa que crié con tanto amor, se está volviendo tan despreciable como ese hombre?”
Roger se levantó de golpe, golpeando la mesa con las manos. “¡No me compares con ese hombre, Garp! ¡No sabes nada!”
“¡Sé lo suficiente para ver a mi hijo mayor asustado de su propia sombra! ¡Sé lo suficiente para ver a Rayleigh sufriendo en silencio! ¡Sé lo suficiente para ver a Hancock preocupada por ti!” Garp alzó la voz, la frustración y el dolor acumulados durante semanas estallando. “¿Qué demonios te pasa, Roger? ¡Dime!”
Roger se pasó una mano por el cabello, sus ojos brillando con una mezcla de ira y desesperación. “¡No puedo, Garp! ¡No puedo!”
“¡Claro que puedes! ¡Soy tu padre! ¡Te crié! ¡Te conozco mejor que nadie! ¡Dime qué te atormenta!” Garp se acercó a Roger, su voz suavizándose. “Por favor, hijo. Estoy preocupado por ti. Y por Rayleigh. Y por el bebé.”
Roger miró a su padre, la ira desvaneciéndose lentamente para ser reemplazada por una vulnerabilidad cruda. Sus hombros se encorvaron, y se sentó de nuevo, cubriéndose el rostro con las manos.
“Tengo miedo, Garp,” susurró Roger, su voz apenas audible. “Tengo mucho miedo.”
Garp se sentó frente a él, su corazón encogiéndose al ver a su hijo tan quebrado. “¿Miedo de qué, hijo?”
Roger levantó la cabeza, sus ojos rojos e hinchados. “Miedo de no ser suficiente. Miedo de fallar. Miedo de… de ser como él.” Se detuvo, luchando por encontrar las palabras. “Cuando Rayleigh me dijo que estaba embarazado, debería haberme sentido feliz. Y lo fui, por un momento. Pero luego, el miedo me invadió. ¿Y si no soy un buen padre? ¿Y si no puedo protegerlos? ¿Y si… y si me canso y los abandono como él te abandonó a ti?”
Garp escuchó en silencio, su corazón doliéndole por su hijo. Entendía ese miedo, esa sombra que el pasado de Garp había arrojado sobre la vida de Roger.
“Roger, eres un alfa increíble. Eres un padre maravilloso para Hancock, y serás un padre increíble para este nuevo bebé,” dijo Garp, su voz firme. “No eres como él. Nunca lo serás. Tú eres bueno, Roger. Eres amoroso, eres leal. Eres todo lo que él no fue.”
“Pero ¿y si no? ¿Y si en algún momento… si me asusta la responsabilidad… y si me dejo llevar por el miedo…?” Roger se detuvo, su voz temblaba. “No quiero hacerle daño a Rayleigh. No quiero hacerle daño a Hancock. No quiero hacerle daño a este bebé. No quiero ser la razón de su dolor.”
Garp se levantó y abrazó a su hijo, un abrazo fuerte y reconfortante. “No lo harás, Roger. Porque tú no eres él. Tú eres mi hijo. Y te crié para ser un hombre de bien. Para ser un alfa que ama y protege a los suyos. Y lo haces, Roger. Lo haces todos los días.”
Roger se aferró a su padre, las lágrimas finalmente fluyendo libremente. “Pero ¿y si no es suficiente? ¿Y si el miedo me consume?”
“Entonces lo enfrentaremos juntos,” dijo Garp, apartándose un poco para mirar a Roger a los ojos. “No tienes que hacer esto solo. Rayleigh te ama. Hancock te ama. Y yo te amo, hijo. Estaremos aquí para ti. Siempre.”
Roger asintió, su respiración aún entrecortada. “Gracias, Garp.”
“Ahora, ve a hablar con Rayleigh,” dijo Garp, dándole una palmada en la espalda. “Explícale lo que sientes. Él te entenderá. Y luego, vamos a celebrar la llegada de este nuevo miembro de la familia.”
Roger asintió de nuevo, una pequeña chispa de esperanza encendiéndose en sus ojos. “Sí. Tienes razón.”
Mientras Roger salía del estudio, Garp se quedó allí, un suspiro escapando de sus labios. La sombra del pasado era persistente, pero no invencible. Su hijo no era como su padre biológico. Roger era un hombre bueno, y Garp lo sabía con certeza. Solo necesitaba un poco de ayuda para creerlo él mismo.
Por la tarde, Garp se dirigió a la casa de su hijo menor, Monkey D. Dragon. El contraste entre los dos hermanos era notable. Roger era el artista, el soñador. Dragon, por otro lado, era el pragmático, el estratega. Un alfa imponente, con una cicatriz distintiva en su rostro y una mirada intensa que revelaba una mente siempre en movimiento.
Al llegar, Garp encontró a Dragon en su oficina, rodeado de planos y maquetas, el aire impregnado con el aroma metálico de la tecnología y el diseño. Crocodrile, el omega de Dragon, un hombre elegante y poderoso con una presencia imponente, estaba sentado a su lado, revisando documentos.
“¡Dragon! ¡Crocodile!” Garp irrumpió, su voz retumbando en la oficina.
Dragon levantó la vista, una ceja arqueada. “Padre. ¿Qué te trae por aquí?”
Crocodile sonrió, un brillo divertido en sus ojos. “¿Viene a regañar a Dragon por algo, Garp?”
“¡No es un regaño, Crocodile! ¡Es una conversación seria!” Garp se sentó sin ser invitado, observando a su hijo menor. “Estoy preocupado, Dragon. Por ti. Y por tu… actitud.”
Dragon suspiró. “¿Mi actitud? ¿De qué hablas, Garp?”
“Hablo de tu empresa de armas, Dragon. De tu obsesión con el poder, con la influencia. De tu… frialdad.” Garp miró a su hijo a los ojos. “Me recuerdas a él.”
Dragon se puso rígido. “¿A quién te refieres, Garp?” Su voz era baja, peligrosa.
“Al hombre que me dejó embarazado de ti, Dragon,” dijo Garp sin rodeos. “El hombre de 48 años que me sedujo con promesas de libertad y aventura, y luego desapareció sin dejar rastro. El que me dejó solo con un bebé, y ni siquiera se molestó en darte su apellido. El que nunca te conoció, pero cuya sombra parece perseguirte.”
Crocodile puso una mano reconfortante en el hombro de Dragon, sintiendo la tensión que irradiaba de él.
Dragon se levantó, su mirada tan fría como el hielo. “No me compares con ese hombre, Garp. No sabes lo que dices.”
“¡Claro que sé lo que digo! ¡Veo cómo te aíslas, cómo te niegas a mostrar tus emociones! ¡Veo cómo construyes muros a tu alrededor, como si tuvieras miedo de que alguien te lastime!” Garp se levantó también, su voz cargada de emoción. “¡Ese hombre era un cobarde, Dragon! ¡Un hombre que huía de las responsabilidades! ¡Y te veo haciendo lo mismo, a tu manera!”
“¡No es lo mismo!” Dragon golpeó la mesa, haciendo que los planos se dispersaran. “¡Estoy construyendo un imperio! ¡Estoy creando un legado! ¡No estoy huyendo de nada!”
“¿Un imperio para qué, Dragon? ¿Para demostrarle a quién? ¿Para llenarte de poder y sentirte invencible? ¿Para que nadie pueda hacerte daño como te hizo a ti el hecho de no tener un padre?” Garp se acercó a su hijo, su voz más suave ahora, pero llena de dolor. “Sé que te dolió, Dragon. Sé que te dolió no tener un padre. Y sé que creciste sintiendo que tenías que ser fuerte, que tenías que ser autosuficiente. Pero eso no significa que tengas que cerrar tu corazón.”
Dragon apartó la mirada, el muro que había construido a su alrededor temblando. “No necesito a nadie. Soy un alfa. Soy fuerte.”
“Nadie es una isla, Dragon,” dijo Garp. “Y no tienes que demostrarle nada a nadie. Especialmente no a un hombre que no merece ni un solo pensamiento tuyo. Eres mi hijo. Eres un hombre increíble. Y eres amado. Por mí, por Roger, y por Crocodile.”
Crocodile se acercó a Dragon, su mano acariciando suavemente su espalda. “Tu padre tiene razón, Dragon. No tienes que cargar con esto solo. No tienes que demostrarle nada a ese hombre. Eres suficiente tal como eres.”
Dragon se volvió para mirar a Crocodile, la dureza en sus ojos suavizándose lentamente. Miró a su padre, luego a su pareja, y un suspiro tembloroso escapó de sus labios.
“Es solo que… a veces siento que tengo que ser el más fuerte. Que tengo que ser el mejor. Para compensar… para compensar lo que no tuve,” admitió Dragon, su voz apenas un murmullo.
Garp se acercó y abrazó a su hijo, un abrazo que transmitía todo el amor y la comprensión que sentía. “No tienes que compensar nada, mi pequeño Dragon. Eres perfecto tal como eres. Y no tienes que cargar con la sombra de un hombre que no fue digno de ti.”
Dragon se permitió el abrazo de su padre, algo que rara vez hacía. Sintió la calidez, el amor incondicional, y una parte de la armadura que había construido a su alrededor comenzó a desmoronarse.
“Gracias, Garp,” susurró Dragon, su voz ronca.
“Ahora, deja de ser tan terco y permítete sentir. Permítete amar. Permítete ser amado,” dijo Garp, dándole una palmada en la espalda. “Y Crocodile, asegúrate de que este alfa testarudo no se olvide de eso.”
Crocodile sonrió, un brillo de travesura en sus ojos. “Puedes estar seguro de eso, Garp.”
Mientras Garp se alejaba de la casa de Dragon, sintió un peso levantarse de sus hombros. Había sido un día largo, lleno de confrontaciones y emociones. Pero sabía que era necesario. Sus hijos, a pesar de ser alfas fuertes y exitosos, cargaban con las cicatrices de un pasado que Garp, sin querer, les había heredado. Pero Garp había aprendido de sus propios errores, y no permitiría que sus hijos repitieran los mismos patrones de dolor y miedo.
Al final del día, Garp regresó a su propia casa, el silencio lo envolvió. Se sentó en su sillón favorito, mirando la foto de sus dos hijos y su nieta. Roger, con su sonrisa brillante. Dragon, con su mirada intensa. Y Hancock, con su digna pose.
Garp suspiró, una mezcla de agotamiento y alivio. Había sido un omega joven y asustado en el pasado, un omega que había tenido que enfrentar la maternidad solo. Pero había criado a dos alfas increíbles, a pesar de las sombras que los perseguían.
Y ahora, como abuelo, como padre, estaba decidido a romper esas sombras. A asegurarse de que sus hijos, y sus nietos, vivieran vidas llenas de amor, aceptación y sin el eco de un pasado que no les pertenecía. La vida era complicada, llena de giros inesperados, pero Garp sabía que el amor de una familia era la ancla más fuerte contra cualquier tormenta. Y él, Monkey D. Garp, se aseguraría de que sus hijos y sus familias siempre tuvieran esa ancla.
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