
← Назад
0 лайков
1
Фандом: the walking dead
Создан: 08.03.2026
Теги
РомантикаПостапокалиптикаВыживаниеДрамаРеализмCharacter studyЭкшнАнтиутопияНецензурная лексикаЗанавесочная история
Miradas Robadas y Cuchillos Ocultos
El sol se filtraba entre los árboles, pintando el bosque con manchas doradas y sombras danzantes. El aire, pesado y húmedo, traía consigo el inconfundible olor a tierra mojada y descomposición, una constante en este nuevo mundo. Isabella Rhee, ágil como un gato, se movía entre la maleza con una destreza innata. Sus botas de combate, a pesar de las incontables millas recorridas, aún conservaban un brillo tenue, un testamento a su meticulosidad. Su cabello oscuro, recogido en una coleta alta, se balanceaba rítmicamente con cada paso, y su figura delgada, aunque endurecida por la supervivencia, no había perdido la gracia que la caracterizaba.
Llevaba un par de cuchillos de lanzamiento, regalos de su hermano Glenn, enfundados en sus muslos, perfectamente accesibles. Siempre había tenido un don con ellos, una extensión natural de sus manos. La ropa, aunque práctica, también revelaba un toque de su antigua vida: una camiseta entallada de un color caqui descolorido, unos vaqueros ajustados y una chaqueta de cuero que, a pesar de los parches y las cicatrices, conservaba un aire chic. Incluso en el apocalipsis, Isabella se negaba a renunciar por completo a su estilo.
Su destino no era la búsqueda de suministros ni la patrulla habitual. Su corazón latía con una mezcla de emoción y nerviosismo, una sensación que la había acompañado desde que su mirada se cruzó por primera vez con la de Paul Rovia, "Jesús", como le gustaba que le llamaran. La diferencia de edad era un abismo que la sociedad pre-apocalíptica habría condenado, pero aquí, en este infierno terrenal, las reglas habían cambiado. O al menos, ellos las habían reescrito en secreto.
Llegó a un claro escondido, un pequeño santuario donde los árboles formaban un dosel natural, ocultándolo de miradas indiscretas. Allí, recostado contra el tronco de un viejo roble, la esperaba Paul. Su cabello largo y suelto caía sobre sus hombros, enmarcando un rostro que, a pesar de las líneas de expresión y la barba, conservaba una juventud sorprendente. Sus ojos, de un azul penetrante, se iluminaron al verla. Una sonrisa suave y genuina se extendió por su rostro.
"Tardaste", dijo Paul, su voz grave y melódica, con un deje de reproche juguetón.
Isabella se acercó, sus pasos silenciosos. "Tuve que asegurarme de que nadie me siguiera. Ya sabes cómo son las cosas."
"Lo sé. Y lo aprecio." Él extendió una mano, y ella la tomó, sintiendo la calidez de su piel contra la suya. Sus dedos se entrelazaron de forma natural.
Se sentaron juntos, hombro con hombro, bajo el roble. El silencio entre ellos no era incómodo, sino reconfortante, lleno de entendimiento mutuo. Era un lujo que pocos podían permitirse en este mundo.
"¿Cómo estuvo el día en Hilltop?", preguntó Isabella, queriendo romper el silencio sin romper la burbuja de intimidad que los rodeaba.
Paul suspiró. "Lo de siempre. Gregory en su mundo, Maggie intentando mantener todo a flote. La gente trabajando, los caminantes acechando. Nada nuevo bajo el sol... o las nubes, en este caso." Había una pizca de cansancio en su voz.
Isabella asintió, comprendiendo. La carga de liderazgo era pesada, y Paul la llevaba con una gracia que ella admiraba profundamente. Siempre había sido un hombre de principios, un pacificador, un protector. Esas eran las cualidades que la habían atraído a él, más allá de la chispa innegable que sentía cada vez que lo veía.
"¿Y en Alexandria?", preguntó él, girando la cabeza para mirarla. Sus ojos se encontraron, y una corriente eléctrica recorrió a Isabella.
"Rick sigue con sus planes de expansión, Michonne intentando mantener la paz. Carl... Carl está creciendo demasiado rápido", dijo Isabella, una punzada de nostalgia por los días más simples. Glenn siempre le decía que era como una hermana mayor para Carl, a pesar de que ella misma era apenas una adulta.
Paul sonrió. "Todos estamos creciendo, de una forma u otra. Este mundo no nos da otra opción."
Un momento de silencio volvió a reinar. Isabella sintió la necesidad de acortar la distancia entre ellos, de sentir su calor más cerca. Con un movimiento casi imperceptible, se inclinó ligeramente hacia él.
"¿Sabes?", comenzó Isabella, su voz apenas un susurro, "a veces me pregunto si esto vale la pena."
Paul frunció el ceño, su mirada preocupada. "¿A qué te refieres?"
"A todo esto. A los encuentros a escondidas, a la constante vigilancia, al miedo a que alguien se entere." Ella no lo miró a los ojos, sino que fijó su vista en las hojas que bailaban sobre ellos. "Por un lado, es la única cosa que me hace sentir viva de verdad en este infierno. Por el otro... si alguien lo descubre, podría ser un problema."
"¿Te refieres a Glenn?", preguntó Paul, su voz un poco más tensa. Él sabía lo protector que era Glenn con su hermana menor.
Isabella se encogió de hombros. "Glenn, Rick, Maggie... todos. No es solo la diferencia de edad, Paul. Es que... no es convencional."
Paul tomó su mano de nuevo, esta vez con más firmeza. "Isabella, lo que tenemos es nuestro. Y si no es convencional, ¿quién decide qué es convencional ahora? ¿Las reglas de un mundo que ya no existe?"
Ella levantó la vista, encontrándose con su mirada. La sinceridad en sus ojos era innegable. "Pero la gente siempre juzga."
"Entonces, que juzguen", dijo Paul con una determinación que Isabella rara vez había visto en él. "No podemos dejar que el miedo a lo que piensen los demás nos impida sentir algo real en un mundo donde la realidad es tan brutal."
Las palabras de Paul resonaron en ella. Él tenía razón. Habían perdido tanto. ¿Por qué deberían negarse la única fuente de alegría y consuelo que habían encontrado?
"Tienes razón", dijo ella, un atisbo de sonrisa asomando en sus labios. "Siempre la tienes."
Paul le devolvió la sonrisa, y esta vez, había un brillo coqueto en sus ojos. "Solo cuando se trata de las cosas importantes."
El ambiente se aligeró. Isabella se sintió más relajada, la tensión cediendo ante la presencia de Paul. Había algo en él que la calmaba, que la hacía sentir segura, a pesar de los peligros que los rodeaban constantemente.
"¿Sabes qué es lo que más me fastidia?", preguntó Isabella, cambiando de tema, pero manteniéndolo ligero. "Que no puedo ni siquiera hablarte con normalidad cuando estamos con los demás. Tengo que fingir que eres solo un conocido más."
Paul soltó una risita. "Y yo tengo que fingir que no me muero por acercarme a ti y... bueno, ya sabes." Su mirada se posó en sus labios.
El corazón de Isabella dio un vuelco. La química entre ellos era palpable, una fuerza magnética que los atraía inexorablemente.
"Es una tortura", admitió ella, su voz apenas audible.
Paul se inclinó hacia ella, el espacio entre sus cuerpos disminuyendo. "Entonces, aprovechemos este momento para compensar todo el tiempo perdido."
Sus labios se encontraron en un beso tierno al principio, luego más apasionado. Era un beso que sabía a anhelo, a secreto, a la promesa de un futuro incierto pero deseado. Las manos de Paul se posaron en su cintura, atrayéndola más cerca, mientras las manos de Isabella se enredaban en su cabello largo y suave. El mundo exterior, con sus caminantes y sus peligros, se desvaneció, dejando solo el suave susurro del viento entre las hojas y el latido acelerado de sus corazones.
Cuando se separaron, ambos estaban sin aliento, una sonrisa tonta en sus rostros.
"¿Eso compensa un poco?", preguntó Paul, sus ojos brillando.
Isabella se rió, una risa clara y melodiosa que rara vez permitía escapar en público. "Un poco. Pero no lo suficiente."
Paul la miró con adoración. "Entonces tendremos que seguir encontrándonos en secreto."
"Y yo tendré que seguir arriesgándome a que Glenn me dé una charla sobre mis 'malas compañías'", bromeó Isabella, aunque había una pizca de verdad en sus palabras.
"No te preocupes por Glenn", dijo Paul, con una expresión más seria. "Sé cómo manejar a los hermanos mayores protectores."
Isabella lo miró con curiosidad. "¿Ah, sí? ¿Y cómo vas a manejar a Glenn Rhee?"
Paul sonrió, un brillo travieso en sus ojos. "Con diplomacia, con razonamiento... y si todo eso falla, con mis habilidades de ninja."
Isabella soltó otra carcajada. "Me gustaría ver eso."
Se quedaron un rato más, hablando de cosas triviales y de otras más profundas, compartiendo el peso de sus preocupaciones y la ligereza de sus esperanzas. Para Isabella, estos momentos con Paul eran un bálsamo para su alma, una ventana a una normalidad que creía perdida para siempre. Él la veía, realmente la veía, más allá de la hermana de Glenn, la chica de los cuchillos, la superviviente. Él veía a Isabella, la mujer con sus propios sueños y deseos.
A medida que el sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y morados, supieron que era hora de separarse. La despedida siempre era lo más difícil.
"Tengo que irme", dijo Isabella, aunque su voz sonaba reacia. "Glenn estará preguntándose dónde estoy."
Paul asintió, su expresión volviéndose más seria. "Ten cuidado al regresar. Y... nos vemos pronto."
"Lo mismo digo", respondió Isabella, dándole un último apretón a su mano.
Se separaron, cada uno tomando un camino diferente, pero sus miradas se encontraron una última vez, una promesa silenciosa de que se volverían a ver. Isabella se movió con la misma agilidad al regresar, pero su corazón estaba más ligero, su espíritu renovado. El recuerdo de los labios de Paul en los suyos, la calidez de su mano, la promesa de futuros encuentros, eran un faro de esperanza en la oscuridad de este mundo.
Mientras se acercaba a Alexandria, la fachada de la supervivencia y la indiferencia volvió a su rostro. Guardó sus cuchillos con un movimiento experto, su expresión volviéndose neutral. Nadie sospecharía lo que había estado haciendo, el secreto que guardaba en su corazón. Y mientras lo mantuviera oculto, mientras pudiera seguir robando esos momentos de felicidad, Isabella Rhee estaba dispuesta a enfrentar cualquier riesgo. Porque en un mundo donde todo se había perdido, el amor, incluso uno prohibido, era lo único que realmente valía la pena proteger.
Llevaba un par de cuchillos de lanzamiento, regalos de su hermano Glenn, enfundados en sus muslos, perfectamente accesibles. Siempre había tenido un don con ellos, una extensión natural de sus manos. La ropa, aunque práctica, también revelaba un toque de su antigua vida: una camiseta entallada de un color caqui descolorido, unos vaqueros ajustados y una chaqueta de cuero que, a pesar de los parches y las cicatrices, conservaba un aire chic. Incluso en el apocalipsis, Isabella se negaba a renunciar por completo a su estilo.
Su destino no era la búsqueda de suministros ni la patrulla habitual. Su corazón latía con una mezcla de emoción y nerviosismo, una sensación que la había acompañado desde que su mirada se cruzó por primera vez con la de Paul Rovia, "Jesús", como le gustaba que le llamaran. La diferencia de edad era un abismo que la sociedad pre-apocalíptica habría condenado, pero aquí, en este infierno terrenal, las reglas habían cambiado. O al menos, ellos las habían reescrito en secreto.
Llegó a un claro escondido, un pequeño santuario donde los árboles formaban un dosel natural, ocultándolo de miradas indiscretas. Allí, recostado contra el tronco de un viejo roble, la esperaba Paul. Su cabello largo y suelto caía sobre sus hombros, enmarcando un rostro que, a pesar de las líneas de expresión y la barba, conservaba una juventud sorprendente. Sus ojos, de un azul penetrante, se iluminaron al verla. Una sonrisa suave y genuina se extendió por su rostro.
"Tardaste", dijo Paul, su voz grave y melódica, con un deje de reproche juguetón.
Isabella se acercó, sus pasos silenciosos. "Tuve que asegurarme de que nadie me siguiera. Ya sabes cómo son las cosas."
"Lo sé. Y lo aprecio." Él extendió una mano, y ella la tomó, sintiendo la calidez de su piel contra la suya. Sus dedos se entrelazaron de forma natural.
Se sentaron juntos, hombro con hombro, bajo el roble. El silencio entre ellos no era incómodo, sino reconfortante, lleno de entendimiento mutuo. Era un lujo que pocos podían permitirse en este mundo.
"¿Cómo estuvo el día en Hilltop?", preguntó Isabella, queriendo romper el silencio sin romper la burbuja de intimidad que los rodeaba.
Paul suspiró. "Lo de siempre. Gregory en su mundo, Maggie intentando mantener todo a flote. La gente trabajando, los caminantes acechando. Nada nuevo bajo el sol... o las nubes, en este caso." Había una pizca de cansancio en su voz.
Isabella asintió, comprendiendo. La carga de liderazgo era pesada, y Paul la llevaba con una gracia que ella admiraba profundamente. Siempre había sido un hombre de principios, un pacificador, un protector. Esas eran las cualidades que la habían atraído a él, más allá de la chispa innegable que sentía cada vez que lo veía.
"¿Y en Alexandria?", preguntó él, girando la cabeza para mirarla. Sus ojos se encontraron, y una corriente eléctrica recorrió a Isabella.
"Rick sigue con sus planes de expansión, Michonne intentando mantener la paz. Carl... Carl está creciendo demasiado rápido", dijo Isabella, una punzada de nostalgia por los días más simples. Glenn siempre le decía que era como una hermana mayor para Carl, a pesar de que ella misma era apenas una adulta.
Paul sonrió. "Todos estamos creciendo, de una forma u otra. Este mundo no nos da otra opción."
Un momento de silencio volvió a reinar. Isabella sintió la necesidad de acortar la distancia entre ellos, de sentir su calor más cerca. Con un movimiento casi imperceptible, se inclinó ligeramente hacia él.
"¿Sabes?", comenzó Isabella, su voz apenas un susurro, "a veces me pregunto si esto vale la pena."
Paul frunció el ceño, su mirada preocupada. "¿A qué te refieres?"
"A todo esto. A los encuentros a escondidas, a la constante vigilancia, al miedo a que alguien se entere." Ella no lo miró a los ojos, sino que fijó su vista en las hojas que bailaban sobre ellos. "Por un lado, es la única cosa que me hace sentir viva de verdad en este infierno. Por el otro... si alguien lo descubre, podría ser un problema."
"¿Te refieres a Glenn?", preguntó Paul, su voz un poco más tensa. Él sabía lo protector que era Glenn con su hermana menor.
Isabella se encogió de hombros. "Glenn, Rick, Maggie... todos. No es solo la diferencia de edad, Paul. Es que... no es convencional."
Paul tomó su mano de nuevo, esta vez con más firmeza. "Isabella, lo que tenemos es nuestro. Y si no es convencional, ¿quién decide qué es convencional ahora? ¿Las reglas de un mundo que ya no existe?"
Ella levantó la vista, encontrándose con su mirada. La sinceridad en sus ojos era innegable. "Pero la gente siempre juzga."
"Entonces, que juzguen", dijo Paul con una determinación que Isabella rara vez había visto en él. "No podemos dejar que el miedo a lo que piensen los demás nos impida sentir algo real en un mundo donde la realidad es tan brutal."
Las palabras de Paul resonaron en ella. Él tenía razón. Habían perdido tanto. ¿Por qué deberían negarse la única fuente de alegría y consuelo que habían encontrado?
"Tienes razón", dijo ella, un atisbo de sonrisa asomando en sus labios. "Siempre la tienes."
Paul le devolvió la sonrisa, y esta vez, había un brillo coqueto en sus ojos. "Solo cuando se trata de las cosas importantes."
El ambiente se aligeró. Isabella se sintió más relajada, la tensión cediendo ante la presencia de Paul. Había algo en él que la calmaba, que la hacía sentir segura, a pesar de los peligros que los rodeaban constantemente.
"¿Sabes qué es lo que más me fastidia?", preguntó Isabella, cambiando de tema, pero manteniéndolo ligero. "Que no puedo ni siquiera hablarte con normalidad cuando estamos con los demás. Tengo que fingir que eres solo un conocido más."
Paul soltó una risita. "Y yo tengo que fingir que no me muero por acercarme a ti y... bueno, ya sabes." Su mirada se posó en sus labios.
El corazón de Isabella dio un vuelco. La química entre ellos era palpable, una fuerza magnética que los atraía inexorablemente.
"Es una tortura", admitió ella, su voz apenas audible.
Paul se inclinó hacia ella, el espacio entre sus cuerpos disminuyendo. "Entonces, aprovechemos este momento para compensar todo el tiempo perdido."
Sus labios se encontraron en un beso tierno al principio, luego más apasionado. Era un beso que sabía a anhelo, a secreto, a la promesa de un futuro incierto pero deseado. Las manos de Paul se posaron en su cintura, atrayéndola más cerca, mientras las manos de Isabella se enredaban en su cabello largo y suave. El mundo exterior, con sus caminantes y sus peligros, se desvaneció, dejando solo el suave susurro del viento entre las hojas y el latido acelerado de sus corazones.
Cuando se separaron, ambos estaban sin aliento, una sonrisa tonta en sus rostros.
"¿Eso compensa un poco?", preguntó Paul, sus ojos brillando.
Isabella se rió, una risa clara y melodiosa que rara vez permitía escapar en público. "Un poco. Pero no lo suficiente."
Paul la miró con adoración. "Entonces tendremos que seguir encontrándonos en secreto."
"Y yo tendré que seguir arriesgándome a que Glenn me dé una charla sobre mis 'malas compañías'", bromeó Isabella, aunque había una pizca de verdad en sus palabras.
"No te preocupes por Glenn", dijo Paul, con una expresión más seria. "Sé cómo manejar a los hermanos mayores protectores."
Isabella lo miró con curiosidad. "¿Ah, sí? ¿Y cómo vas a manejar a Glenn Rhee?"
Paul sonrió, un brillo travieso en sus ojos. "Con diplomacia, con razonamiento... y si todo eso falla, con mis habilidades de ninja."
Isabella soltó otra carcajada. "Me gustaría ver eso."
Se quedaron un rato más, hablando de cosas triviales y de otras más profundas, compartiendo el peso de sus preocupaciones y la ligereza de sus esperanzas. Para Isabella, estos momentos con Paul eran un bálsamo para su alma, una ventana a una normalidad que creía perdida para siempre. Él la veía, realmente la veía, más allá de la hermana de Glenn, la chica de los cuchillos, la superviviente. Él veía a Isabella, la mujer con sus propios sueños y deseos.
A medida que el sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y morados, supieron que era hora de separarse. La despedida siempre era lo más difícil.
"Tengo que irme", dijo Isabella, aunque su voz sonaba reacia. "Glenn estará preguntándose dónde estoy."
Paul asintió, su expresión volviéndose más seria. "Ten cuidado al regresar. Y... nos vemos pronto."
"Lo mismo digo", respondió Isabella, dándole un último apretón a su mano.
Se separaron, cada uno tomando un camino diferente, pero sus miradas se encontraron una última vez, una promesa silenciosa de que se volverían a ver. Isabella se movió con la misma agilidad al regresar, pero su corazón estaba más ligero, su espíritu renovado. El recuerdo de los labios de Paul en los suyos, la calidez de su mano, la promesa de futuros encuentros, eran un faro de esperanza en la oscuridad de este mundo.
Mientras se acercaba a Alexandria, la fachada de la supervivencia y la indiferencia volvió a su rostro. Guardó sus cuchillos con un movimiento experto, su expresión volviéndose neutral. Nadie sospecharía lo que había estado haciendo, el secreto que guardaba en su corazón. Y mientras lo mantuviera oculto, mientras pudiera seguir robando esos momentos de felicidad, Isabella Rhee estaba dispuesta a enfrentar cualquier riesgo. Porque en un mundo donde todo se había perdido, el amor, incluso uno prohibido, era lo único que realmente valía la pena proteger.
Хотите создать свой фанфик?
Зарегистрируйтесь на Fanfy и создавайте свои собственные истории!
Создать свой фанфик