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Se convirtio en el 1er idolo magico de Inglaterra
Фандом: harry potter
Создан: 19.03.2026
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El Debut de la Serpiente: Entre Pentagramas y Destinos Torcidos
El frío de la noche londinense calaba hasta los huesos, pero para el alma que ahora habitaba el cuerpo de Severus Snape, ese dolor era una prueba irrefutable de que estaba vivo. O al menos, lo más parecido a estar vivo que alguien podía experimentar tras despertar en la piel de un niño de once años con el cabello grasiento y la nariz ganchuda. La paliza de Tobias Snape aún palpitaba en sus costillas, un recordatorio brutal de que el canon de las películas era mucho más sangriento de lo que la pantalla mostraba.
Sin embargo, él no era el Severus amargado que moriría en un cobertizo por una serpiente. Él era un fanático acérrimo, un lector de fanfictions, un hombre gay de otro mundo que conocía cada tropo, cada teoría y cada giro de guion. Y si el destino le había dado este cuerpo, no iba a desperdiciarlo siendo el espía trágico de Dumbledore.
Caminó por el callejón, tambaleándose, hasta que las luces mortecinas del Caldero Chorreante aparecieron ante él. El lugar no era la taberna acogedora de los libros; era un nido de intrigas, un cruce de caminos donde la tecnología de entretenimiento mágica empezaba a mezclarse con la estética victoriana. Al entrar, el olor a cerveza de mantequilla rancia y tabaco mágico lo golpeó.
—Necesito... algo —susurró, su voz aún aguda por la pubertad—. No tengo dinero, pero puedo pagar con entretenimiento.
Tom, el tabernero, lo miró con escepticismo. El niño parecía un cadáver andante, pero había algo en sus ojos negros, una chispa de conocimiento antiguo y una picardía que no pertenecía a un huérfano de la Hilandera.
—¿Entretenimiento? —Tom soltó una carcajada—. Aquí solo aceptamos galeones, muchacho. A menos que quieras limpiar las escupideras.
Severus, impulsado por una mezcla de desesperación y la lógica retorcida de los fanfics de "autosalvación", se subió a un pequeño taburete en el centro de la sala. Su mente repasó los guiones que recordaba. Si este mundo era una mezcla de magia y modernidad, necesitaba algo que rompiera los esquemas.
Cerró los ojos y empezó a cantar. No fue un himno fúnebre, ni una canción de cuna. Fue una melodía pop cargada de una inocencia fingida, una voz soprano que cortó el aire denso del bar como un cuchillo de plata. Cantaba sobre estrellas, sobre deseos y sobre un mañana que no existía. Era ridículo, era anacrónico, y era absolutamente hipnótico.
En el momento en que alcanzó la nota más alta, el mundo pareció detenerse. Una luz cegadora, blanca y azulada, estalló frente a sus ojos.
[SISTEMA DE DEBUT COMO ÍDOLO O MORIR ACTIVADO]
[Misión Inicial: Cautivar a la audiencia del Caldero Chorreante. Recompensa: Supervivencia inmediata. Penalización: Muerte por olvido.]
Severus no se inmutó. De hecho, una sonrisa interna se dibujó en su mente. "Al fin", pensó, "el sistema que me corresponde". Sabía que este mundo estaba siendo observado por entidades primigenias, dioses del entretenimiento que se aburrían con la guerra de Voldemort y buscaban algo nuevo. Y él les daría el espectáculo de sus vidas.
—¿Qué es esa luz? —gritó un mago desde el fondo, dejando caer su jarra.
—¡Es un presagio! —exclamó otro, mientras la magia de Severus, amplificada por el sistema, empezaba a proyectar imágenes de flores y destellos a su alrededor.
Severus terminó la canción con una reverencia dramática, ignorando el hecho de que sus harapos apenas cubrían sus rodillas. El silencio fue absoluto hasta que un estallido de aplausos sacudió las paredes de madera.
—¡Increíble! —Tom se acercó, con los ojos brillando de codicia—. Niño, no sé qué clase de magia sea esa, pero tienes talento. Puedes quedarte en la habitación del ático por esta noche.
Severus bajó del taburete, sintiendo que su cuerpo se volvía aún más ligero. Pero al caminar hacia las escaleras, notó algo extraño. El sistema no solo le daba misiones; estaba alterando su propia biología. Un calor extraño recorrió su vientre.
[Advertencia: Genética de "Doncel" activada. Contratos de matrimonio antiguos en proceso de sincronización.]
—¿Doncel? —murmuró Severus, palideciendo—. Espera, eso no estaba en las películas.
Pero antes de que pudiera procesar la información, se encontró de frente con un grupo de hombres que lo observaban con una intensidad aterradora. Eran magos de alta alcurnia, vestidos con túnicas de seda que brillaban con runas de protección. Sus miradas no eran de admiración artística; eran de una posesividad oscura, casi febril.
—Esa voz... esa pureza —dijo un hombre de cabello platino, cuya elegancia recordaba a un joven Lucius Malfoy, pero con una mirada mucho más depredadora—. Nunca había sentido una firma mágica tan... compatible.
Severus retrocedió un paso, pero el hombre le tomó la mano, besando sus nudillos con una lentitud que le erizó la piel.
—Soy Abraxas Malfoy —susurró el hombre—, y creo que acabas de activar un vínculo que mi familia ha buscado por siglos.
—Yo solo quiero un sándwich —respondió Severus, parpadeando con una inocencia que, aunque genuina en su confusión, solo sirvió para encender más el interés del hombre.
—Te daré el mundo entero si me dejas ser tu patrón —insistió Abraxas, ignorando por completo que estaba acosando a un niño de once años. Pero en este mundo, donde las leyes de los antiguos contratos de sangre primaban sobre la moral moderna, Severus era una joya recién descubierta.
A lo largo de las semanas siguientes, la vida de Severus se convirtió en un torbellino de contradicciones. Mientras él se enfocaba en sus misiones del sistema —aprender a bailar coreografías complejas en el espacio reducido de su habitación, o cocinar platos mágicos que otorgaban bufos de carisma—, el mundo exterior se volvía loco por él.
Inglaterra era ahora un escenario de vanguardia. Las noticias de "el niño de la voz de plata" llegaron a oídos de las mafias muggle, que veían en el mundo mágico una fuente de recursos inagotable, y a los oídos de un joven Tom Riddle, que observaba desde las sombras con una curiosidad que rozaba la obsesión.
Severus, sin embargo, vivía en su propia burbuja de fanfiction. Él creía estar siguiendo el guion de un "harem inverso" típico, donde el protagonista es amado por todos pero permanece casto y puro.
—Solo necesito amor —decía Severus a su reflejo, mientras se aplicaba una poción para mejorar el brillo de su cabello—. Un poco de afecto, algunos abrazos... ¿por qué todos me miran como si quisieran devorarme?
No se daba cuenta de que su condición de doncel, combinada con el sistema de ídolo, lo convertía en un faro de deseo. Cada vez que buscaba consuelo en un abrazo de un mentor o un amigo, terminaba activando una rivalidad mortal. Las brujas de la sociedad mágica, que inicialmente lo veían como una curiosidad, empezaron a odiarlo al ver cómo sus maridos y pretendientes caían rendidos a sus pies. Pero Severus, en su "inocencia de doncel tonto", ni siquiera notaba las dagas en sus miradas.
—Señor Snape —dijo un día un hombre de túnica oscura y ojos profundos, que se presentó como un emisario de una facción antigua—, hay quienes dicen que usted es la clave para restaurar la magia de los dioses. Mi señor desea conocerlo.
—¿Tu señor tiene comida de verdad? —preguntó Severus, ajustándose el cuello de su nueva túnica de seda, un regalo anónimo—. Porque el sistema dice que mi nivel de cocina es bajo y me muero de hambre.
—Mi señor tiene todo lo que usted pueda desear.
Severus fue llevado a una mansión que parecía existir fuera del tiempo. Allí, se encontró con una versión de la realidad que desafiaba todo lo que sabía del canon. El tiempo se doblaba sobre sí mismo; vio fragmentos de recuerdos de un Severus adulto, sufriendo por una Lily que aquí ni siquiera parecía existir como su prioridad. En este mundo, Lily Potter era una rival en el escenario de los ídolos, una joven que buscaba la misma fama que él, pero con una envidia que su versión original nunca habría poseído.
—¿Severus? —Una voz familiar lo llamó desde el final de un pasillo lleno de espejos.
Era un hombre joven, de unos veinte años, pero con los ojos de alguien que había vivido milenios. Era Albus Dumbledore, pero no el director bondadoso, sino un estratega que vestía armadura bajo su túnica.
—Albus —dijo Severus, usando el nombre de pila con una familiaridad que hizo que los guardias jadearan—. He estado esperando que alguien me explique por qué el sistema me pide que debute en el Ministerio de Magia con un espectáculo de luces.
Dumbledore se acercó, y por un momento, la máscara de frialdad del anciano se rompió. Acarició la mejilla de Severus con una ternura que ocultaba un hambre antigua.
—Porque eres el sacrificio y el salvador, mi querido Severus —susurró Albus—. El mundo mágico está muriendo, volviéndose estéril. Tu música, tu esencia de doncel... eres la chispa que los dioses exigen para no borrar este universo.
Severus frunció el ceño. Esto se sentía como uno de esos fanfics de "angst" extremo donde el protagonista es vendido en una subasta.
—¿Me estás diciendo que soy una especie de batería mágica para dioses aburridos? —preguntó Severus, cruzando los brazos—. Porque si es así, quiero renegociar mi contrato. El sistema dice que si gano el concurso de ídolos de invierno, puedo pedir un deseo.
—¿Y qué desearías? —preguntó una voz nueva, profunda y gélida.
De las sombras emergió una figura que Severus reconoció de inmediato, aunque no debería estar allí. Era Lord Voldemort, pero en su forma humana de Tom Riddle, radiante y letal.
—Desearía que dejen de pelearse por quién me da el próximo abrazo —respondió Severus con total sinceridad—. Es agotador. Solo quiero ser amado, no coleccionado.
Riddle soltó una risa seca, un sonido que carecía de humor.
—El amor es una forma de posesión, Severus. Y tú... tú eres la posesión más valiosa que este mundo ha producido en eones.
La tensión en la habitación era palpable. Dumbledore y Riddle, enemigos jurados en cualquier otra versión de la historia, se miraban ahora con una tregua armada, unidos por la obsesión unilateral hacia el pequeño ídolo que tenían delante.
Severus, ajeno a la gravedad del conflicto cósmico que estaba provocando, solo pensaba en su próxima misión. El sistema le informaba que debía realizar un "fanservice" para aumentar sus puntos de carisma.
—Bueno —dijo Severus, rompiendo el silencio—, si van a quedarse ahí parados, ¿alguno de los dos va a ayudarme con la coreografía de "El Vuelo del Fénix"? Necesito a alguien que me sostenga por la cintura mientras hago el giro en el aire.
La competencia entre los dos hombres más poderosos de Inglaterra por ser quien sostuviera a Severus fue tan intensa que casi provoca un colapso en el tejido de la realidad.
Mientras navegaba por este mar de secretos, Severus comenzó a notar las grietas en su propia memoria. ¿Era realmente un fan transmigrado, o era el Severus original que, en un acto de desesperación absoluta antes de morir, había creado esta fantasía para escapar de su dolor? Los fragmentos de recuerdos de otros mundos, de otras vidas donde era un profesor de pociones amargado, chocaban con su realidad actual de lentejuelas y aplausos.
En una de las pruebas de creación de universos impuestas por el sistema, Severus se vio a sí mismo en un futuro posible: un ídolo aclamado, rodeado de un harem de hombres poderosos que gobernaban el mundo en su nombre, mientras él buscaba desesperadamente una conexión real, un beso que no fuera un contrato mágico y un abrazo que no fuera una cadena.
—No soy un objeto —susurró para sí mismo, mientras se preparaba para su gran debut en el escenario del Gran Comedor de Hogwarts, que había sido transformado en un anfiteatro tecnológico—. Soy Severus Snape. Y si tengo que ser un ídolo para sobrevivir, seré el mejor que estos dioses hayan visto jamás. Pero lo haré bajo mis propios términos.
El telón se levantó. Miles de magos y brujas, desde los más humildes hasta los más oscuros mortífagos, guardaron silencio. Severus salió al escenario, su túnica brillando con una luz que no era de este mundo. Sus ojos negros buscaron entre la multitud y encontraron a sus "pretendientes": Malfoy, Riddle, Dumbledore, e incluso un joven Sirius Black que lo miraba con una confusión que pronto se transformaría en devoción.
—Esta canción —dijo Severus al micrófono mágico— es para todos aquellos que creen que el destino ya está escrito.
Empezó a cantar, y esta vez, la magia no provino del sistema, sino de su propia alma transmigrada. Era una canción de redención, de dolor y de una esperanza terca. La divergencia entre el canon y su nueva vida se selló en ese momento. Ya no era el murciélago de las mazmorras; era la estrella que iluminaba un mundo al borde del abismo.
Sin que él lo supiera, en las altas esferas, los dioses del entretenimiento sonreían. El "Doncel de la Profecía" finalmente había comenzado su espectáculo, y el precio de la entrada era el alma misma de Inglaterra. Severus Snape, el ídolo, el héroe, el villano redimido, estaba listo para su primer amor, aunque todavía fuera demasiado "tonto" para darse cuenta de que el mundo entero ya estaba a sus pies, esperando un gesto, una mirada, o simplemente, una nota más de su voz infinita.
Sin embargo, él no era el Severus amargado que moriría en un cobertizo por una serpiente. Él era un fanático acérrimo, un lector de fanfictions, un hombre gay de otro mundo que conocía cada tropo, cada teoría y cada giro de guion. Y si el destino le había dado este cuerpo, no iba a desperdiciarlo siendo el espía trágico de Dumbledore.
Caminó por el callejón, tambaleándose, hasta que las luces mortecinas del Caldero Chorreante aparecieron ante él. El lugar no era la taberna acogedora de los libros; era un nido de intrigas, un cruce de caminos donde la tecnología de entretenimiento mágica empezaba a mezclarse con la estética victoriana. Al entrar, el olor a cerveza de mantequilla rancia y tabaco mágico lo golpeó.
—Necesito... algo —susurró, su voz aún aguda por la pubertad—. No tengo dinero, pero puedo pagar con entretenimiento.
Tom, el tabernero, lo miró con escepticismo. El niño parecía un cadáver andante, pero había algo en sus ojos negros, una chispa de conocimiento antiguo y una picardía que no pertenecía a un huérfano de la Hilandera.
—¿Entretenimiento? —Tom soltó una carcajada—. Aquí solo aceptamos galeones, muchacho. A menos que quieras limpiar las escupideras.
Severus, impulsado por una mezcla de desesperación y la lógica retorcida de los fanfics de "autosalvación", se subió a un pequeño taburete en el centro de la sala. Su mente repasó los guiones que recordaba. Si este mundo era una mezcla de magia y modernidad, necesitaba algo que rompiera los esquemas.
Cerró los ojos y empezó a cantar. No fue un himno fúnebre, ni una canción de cuna. Fue una melodía pop cargada de una inocencia fingida, una voz soprano que cortó el aire denso del bar como un cuchillo de plata. Cantaba sobre estrellas, sobre deseos y sobre un mañana que no existía. Era ridículo, era anacrónico, y era absolutamente hipnótico.
En el momento en que alcanzó la nota más alta, el mundo pareció detenerse. Una luz cegadora, blanca y azulada, estalló frente a sus ojos.
[SISTEMA DE DEBUT COMO ÍDOLO O MORIR ACTIVADO]
[Misión Inicial: Cautivar a la audiencia del Caldero Chorreante. Recompensa: Supervivencia inmediata. Penalización: Muerte por olvido.]
Severus no se inmutó. De hecho, una sonrisa interna se dibujó en su mente. "Al fin", pensó, "el sistema que me corresponde". Sabía que este mundo estaba siendo observado por entidades primigenias, dioses del entretenimiento que se aburrían con la guerra de Voldemort y buscaban algo nuevo. Y él les daría el espectáculo de sus vidas.
—¿Qué es esa luz? —gritó un mago desde el fondo, dejando caer su jarra.
—¡Es un presagio! —exclamó otro, mientras la magia de Severus, amplificada por el sistema, empezaba a proyectar imágenes de flores y destellos a su alrededor.
Severus terminó la canción con una reverencia dramática, ignorando el hecho de que sus harapos apenas cubrían sus rodillas. El silencio fue absoluto hasta que un estallido de aplausos sacudió las paredes de madera.
—¡Increíble! —Tom se acercó, con los ojos brillando de codicia—. Niño, no sé qué clase de magia sea esa, pero tienes talento. Puedes quedarte en la habitación del ático por esta noche.
Severus bajó del taburete, sintiendo que su cuerpo se volvía aún más ligero. Pero al caminar hacia las escaleras, notó algo extraño. El sistema no solo le daba misiones; estaba alterando su propia biología. Un calor extraño recorrió su vientre.
[Advertencia: Genética de "Doncel" activada. Contratos de matrimonio antiguos en proceso de sincronización.]
—¿Doncel? —murmuró Severus, palideciendo—. Espera, eso no estaba en las películas.
Pero antes de que pudiera procesar la información, se encontró de frente con un grupo de hombres que lo observaban con una intensidad aterradora. Eran magos de alta alcurnia, vestidos con túnicas de seda que brillaban con runas de protección. Sus miradas no eran de admiración artística; eran de una posesividad oscura, casi febril.
—Esa voz... esa pureza —dijo un hombre de cabello platino, cuya elegancia recordaba a un joven Lucius Malfoy, pero con una mirada mucho más depredadora—. Nunca había sentido una firma mágica tan... compatible.
Severus retrocedió un paso, pero el hombre le tomó la mano, besando sus nudillos con una lentitud que le erizó la piel.
—Soy Abraxas Malfoy —susurró el hombre—, y creo que acabas de activar un vínculo que mi familia ha buscado por siglos.
—Yo solo quiero un sándwich —respondió Severus, parpadeando con una inocencia que, aunque genuina en su confusión, solo sirvió para encender más el interés del hombre.
—Te daré el mundo entero si me dejas ser tu patrón —insistió Abraxas, ignorando por completo que estaba acosando a un niño de once años. Pero en este mundo, donde las leyes de los antiguos contratos de sangre primaban sobre la moral moderna, Severus era una joya recién descubierta.
A lo largo de las semanas siguientes, la vida de Severus se convirtió en un torbellino de contradicciones. Mientras él se enfocaba en sus misiones del sistema —aprender a bailar coreografías complejas en el espacio reducido de su habitación, o cocinar platos mágicos que otorgaban bufos de carisma—, el mundo exterior se volvía loco por él.
Inglaterra era ahora un escenario de vanguardia. Las noticias de "el niño de la voz de plata" llegaron a oídos de las mafias muggle, que veían en el mundo mágico una fuente de recursos inagotable, y a los oídos de un joven Tom Riddle, que observaba desde las sombras con una curiosidad que rozaba la obsesión.
Severus, sin embargo, vivía en su propia burbuja de fanfiction. Él creía estar siguiendo el guion de un "harem inverso" típico, donde el protagonista es amado por todos pero permanece casto y puro.
—Solo necesito amor —decía Severus a su reflejo, mientras se aplicaba una poción para mejorar el brillo de su cabello—. Un poco de afecto, algunos abrazos... ¿por qué todos me miran como si quisieran devorarme?
No se daba cuenta de que su condición de doncel, combinada con el sistema de ídolo, lo convertía en un faro de deseo. Cada vez que buscaba consuelo en un abrazo de un mentor o un amigo, terminaba activando una rivalidad mortal. Las brujas de la sociedad mágica, que inicialmente lo veían como una curiosidad, empezaron a odiarlo al ver cómo sus maridos y pretendientes caían rendidos a sus pies. Pero Severus, en su "inocencia de doncel tonto", ni siquiera notaba las dagas en sus miradas.
—Señor Snape —dijo un día un hombre de túnica oscura y ojos profundos, que se presentó como un emisario de una facción antigua—, hay quienes dicen que usted es la clave para restaurar la magia de los dioses. Mi señor desea conocerlo.
—¿Tu señor tiene comida de verdad? —preguntó Severus, ajustándose el cuello de su nueva túnica de seda, un regalo anónimo—. Porque el sistema dice que mi nivel de cocina es bajo y me muero de hambre.
—Mi señor tiene todo lo que usted pueda desear.
Severus fue llevado a una mansión que parecía existir fuera del tiempo. Allí, se encontró con una versión de la realidad que desafiaba todo lo que sabía del canon. El tiempo se doblaba sobre sí mismo; vio fragmentos de recuerdos de un Severus adulto, sufriendo por una Lily que aquí ni siquiera parecía existir como su prioridad. En este mundo, Lily Potter era una rival en el escenario de los ídolos, una joven que buscaba la misma fama que él, pero con una envidia que su versión original nunca habría poseído.
—¿Severus? —Una voz familiar lo llamó desde el final de un pasillo lleno de espejos.
Era un hombre joven, de unos veinte años, pero con los ojos de alguien que había vivido milenios. Era Albus Dumbledore, pero no el director bondadoso, sino un estratega que vestía armadura bajo su túnica.
—Albus —dijo Severus, usando el nombre de pila con una familiaridad que hizo que los guardias jadearan—. He estado esperando que alguien me explique por qué el sistema me pide que debute en el Ministerio de Magia con un espectáculo de luces.
Dumbledore se acercó, y por un momento, la máscara de frialdad del anciano se rompió. Acarició la mejilla de Severus con una ternura que ocultaba un hambre antigua.
—Porque eres el sacrificio y el salvador, mi querido Severus —susurró Albus—. El mundo mágico está muriendo, volviéndose estéril. Tu música, tu esencia de doncel... eres la chispa que los dioses exigen para no borrar este universo.
Severus frunció el ceño. Esto se sentía como uno de esos fanfics de "angst" extremo donde el protagonista es vendido en una subasta.
—¿Me estás diciendo que soy una especie de batería mágica para dioses aburridos? —preguntó Severus, cruzando los brazos—. Porque si es así, quiero renegociar mi contrato. El sistema dice que si gano el concurso de ídolos de invierno, puedo pedir un deseo.
—¿Y qué desearías? —preguntó una voz nueva, profunda y gélida.
De las sombras emergió una figura que Severus reconoció de inmediato, aunque no debería estar allí. Era Lord Voldemort, pero en su forma humana de Tom Riddle, radiante y letal.
—Desearía que dejen de pelearse por quién me da el próximo abrazo —respondió Severus con total sinceridad—. Es agotador. Solo quiero ser amado, no coleccionado.
Riddle soltó una risa seca, un sonido que carecía de humor.
—El amor es una forma de posesión, Severus. Y tú... tú eres la posesión más valiosa que este mundo ha producido en eones.
La tensión en la habitación era palpable. Dumbledore y Riddle, enemigos jurados en cualquier otra versión de la historia, se miraban ahora con una tregua armada, unidos por la obsesión unilateral hacia el pequeño ídolo que tenían delante.
Severus, ajeno a la gravedad del conflicto cósmico que estaba provocando, solo pensaba en su próxima misión. El sistema le informaba que debía realizar un "fanservice" para aumentar sus puntos de carisma.
—Bueno —dijo Severus, rompiendo el silencio—, si van a quedarse ahí parados, ¿alguno de los dos va a ayudarme con la coreografía de "El Vuelo del Fénix"? Necesito a alguien que me sostenga por la cintura mientras hago el giro en el aire.
La competencia entre los dos hombres más poderosos de Inglaterra por ser quien sostuviera a Severus fue tan intensa que casi provoca un colapso en el tejido de la realidad.
Mientras navegaba por este mar de secretos, Severus comenzó a notar las grietas en su propia memoria. ¿Era realmente un fan transmigrado, o era el Severus original que, en un acto de desesperación absoluta antes de morir, había creado esta fantasía para escapar de su dolor? Los fragmentos de recuerdos de otros mundos, de otras vidas donde era un profesor de pociones amargado, chocaban con su realidad actual de lentejuelas y aplausos.
En una de las pruebas de creación de universos impuestas por el sistema, Severus se vio a sí mismo en un futuro posible: un ídolo aclamado, rodeado de un harem de hombres poderosos que gobernaban el mundo en su nombre, mientras él buscaba desesperadamente una conexión real, un beso que no fuera un contrato mágico y un abrazo que no fuera una cadena.
—No soy un objeto —susurró para sí mismo, mientras se preparaba para su gran debut en el escenario del Gran Comedor de Hogwarts, que había sido transformado en un anfiteatro tecnológico—. Soy Severus Snape. Y si tengo que ser un ídolo para sobrevivir, seré el mejor que estos dioses hayan visto jamás. Pero lo haré bajo mis propios términos.
El telón se levantó. Miles de magos y brujas, desde los más humildes hasta los más oscuros mortífagos, guardaron silencio. Severus salió al escenario, su túnica brillando con una luz que no era de este mundo. Sus ojos negros buscaron entre la multitud y encontraron a sus "pretendientes": Malfoy, Riddle, Dumbledore, e incluso un joven Sirius Black que lo miraba con una confusión que pronto se transformaría en devoción.
—Esta canción —dijo Severus al micrófono mágico— es para todos aquellos que creen que el destino ya está escrito.
Empezó a cantar, y esta vez, la magia no provino del sistema, sino de su propia alma transmigrada. Era una canción de redención, de dolor y de una esperanza terca. La divergencia entre el canon y su nueva vida se selló en ese momento. Ya no era el murciélago de las mazmorras; era la estrella que iluminaba un mundo al borde del abismo.
Sin que él lo supiera, en las altas esferas, los dioses del entretenimiento sonreían. El "Doncel de la Profecía" finalmente había comenzado su espectáculo, y el precio de la entrada era el alma misma de Inglaterra. Severus Snape, el ídolo, el héroe, el villano redimido, estaba listo para su primer amor, aunque todavía fuera demasiado "tonto" para darse cuenta de que el mundo entero ya estaba a sus pies, esperando un gesto, una mirada, o simplemente, una nota más de su voz infinita.
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