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La sonrisa de tus ojos
Фандом: Gmmtv-barcodekinn
Создан: 21.03.2026
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Etiquetas de Diseñador y Lenguas Afiladas
El edificio de GMMTV bullía con la energía habitual de un lunes por la mañana. En la sala de descanso de la planta principal, el grupo Clover se encargaba de que el silencio fuera una utopía. Barcode, con una sonrisa ladeada y el cabello perfectamente despeinado, estaba sentado sobre el respaldo de un sofá, balanceando las piernas con una energía contagiosa.
—Entonces le dije: "Si quieres mi autógrafo, tendrás que esperar a que termine mi café, porque mi letra es tan cara como este grano importado" —Barcode soltó una carcajada, ganándose una mirada de reproche de una recepcionista que pasaba por allí.
—Eres un descarado, Barcode —dijo Aun, lanzándole una almohada del sofá—. Algún día alguien te bajará los humos.
—¿A él? —Aungpao intervino, robándole un trozo de galleta a Keen—. Lo dudo. Barcode es el consentido de la empresa. No tiene pareja de serie porque nadie está a su nivel de travesura.
Keen, que siempre tenía un ojo puesto en los nuevos talentos y otro en quién encajaría mejor con quién, levantó la vista de su tableta con una chispa de malicia en los ojos.
—Bueno, eso está a punto de cambiar —comentó Keen con tono misterioso—. He oído que el nuevo fichaje de la compañía llega hoy. Un tal Kinn. Dicen que es... especial.
—¿Kinn? —Barcode arrugó la nariz—. Suena a nombre de alguien que usa demasiado perfume.
En ese preciso instante, las puertas automáticas del vestíbulo se abrieron de par en par. El sonido de unos zapatos de cuero de marca italiana resonó contra el suelo de mármol. Un joven entró caminando como si la alfombra roja se extendiera bajo sus pies de manera invisible. Vestía un traje de seda color crema, un reloj que probablemente costaba más que el coche de Aungpao y unas gafas de sol que no se quitó a pesar de estar bajo techo.
—Hablando del rey de Roma —susurró Aun—. Y parece que el rey compró Roma y la puso a su nombre.
Kinn se detuvo frente al grupo, bajándose las gafas de sol con una lentitud calculada. Su mirada recorrió a los presentes con un aire de superioridad que hizo que Barcode se enderezara en su sitio.
—¿Este es el comité de bienvenida? —preguntó Kinn, su voz arrastrando las palabras con una elegancia perezosa—. Esperaba algo más... refinado. No un grupo de niños jugando en el salón de su casa.
Barcode saltó del sofá y caminó hacia él, deteniéndose a escasos centímetros. La tensión fue instantánea.
—Vaya, pero si es el "Chico de Catálogo" —soltó Barcode, cruzándose de brazos—. Cuidado al caminar, no vayas a ensuciar tus zapatos con el aire de los mortales.
Kinn arqueó una ceja, reconociendo finalmente el rostro frente a él. Una sonrisa burlona, casi imperceptible, curvó sus labios.
—Vaya, pero si es el "Chico Chusma" —replicó Kinn, devolviéndole el apodo con veneno dulce—. Sigues siendo igual de ruidoso que cuando teníamos diez años, Barcode. Veo que el éxito no te ha dado clase, solo más público para tus payasadas.
Los miembros de Clover se quedaron boquiabiertos. ¿Se conocían?
—¿Chico chusma? —Aungpao soltó una risita ahogada—. Esto se pone bueno.
—¡Presumido de cuarta! —exclamó Barcode, señalando el pañuelo de seda que asomaba por el bolsillo de Kinn—. ¿Qué haces aquí? ¿Te quedaste sin dinero para tus caprichos y tuviste que buscar un trabajo de verdad?
—Vine a elevar el nivel estético de este lugar —respondió Kinn, ajustándose los puños de la camisa—. Y para tu información, este "presumido" tiene más talento en su dedo meñique que tú en todas tus bromas pesadas.
Keen se levantó, colocándose entre ambos con una sonrisa de oreja a oreja. Ya estaba visualizando el póster de la serie.
—¡Chicos, qué reencuentro tan emotivo! —dijo Keen con sarcasmo—. Kinn, bienvenido a GMMTV. Veo que ya conoces a nuestra estrella principal. Barcode, Kinn será tu nuevo compañero de proyecto. Los directores creen que su "química" es natural.
—¿Química? —Barcode soltó una carcajada dramática—. ¡Es física pura! La ley de repulsión de cargas iguales. Yo soy luz y él es... bueno, él es un anuncio de Gucci con patas.
—Y yo soy el que tendrá que cargar con tu falta de etiqueta durante meses —suspiró Kinn, mirando a su alrededor—. ¿Dónde puedo dejar mis cosas? No pienso mezclar mi maleta de piel de cocodrilo con esas mochilas llenas de migas de pan.
—¡Oye! —protestó Aun—. Mis migas tienen más personalidad que tu traje.
Kinn los ignoró olímpicamente, volviendo su atención a Barcode, quien no dejaba de mirarlo con una mezcla de irritación y algo más profundo que intentaba ocultar tras su fachada de burlón.
—Nos vemos en los ensayos, chusma —dijo Kinn, dándose la vuelta—. Intenta bañarte, no quiero que el olor a "común" se me pegue a la ropa.
—¡Y tú intenta no romperte un tobillo con esos zapatos de cristal, Cenicienta arrogante! —gritó Barcode mientras Kinn se alejaba por el pasillo.
Cuando Kinn desapareció de la vista, Barcode se dejó caer de nuevo en el sofá, resoplando. Su corazón latía más rápido de lo normal, pero se convenció a sí mismo de que era solo por la rabia.
—¿De dónde salió este tipo? —preguntó Aungpao, todavía impresionado.
—Es un viejo "amigo" de la infancia —explicó Barcode, restándole importancia con la mano—. Nuestras familias se conocían. Siempre fue un niño mimado que lloraba si se le manchaba la camisa de marca. Pensé que se había mudado a Europa para casarse con una duquesa o algo así.
—Pues ha vuelto —dijo Keen, anotando algo en su libreta—. Y por la forma en que se miraban, creo que el director ha dado en el clavo. Van a sacar chispas.
—Chispas de odio —gruñó Barcode.
Sin embargo, a lo largo de la semana, la dinámica entre ambos se convirtió en el entretenimiento principal de la empresa. En la cafetería, si Barcode pedía un batido de chocolate, Kinn aparecía detrás comentando lo poco saludable que era para el cutis mientras pedía un agua mineral de una marca que nadie sabía pronunciar.
—¿Otra vez comiendo azúcar, Barcode? —preguntó Kinn un miércoles por la tarde, sentándose en la mesa de al lado—. Por eso tienes esa energía de niño con déficit de atención.
—Y tú otra vez bebiendo agua con precio de champán —replicó Barcode, lanzándole una servilleta hecha bola—. ¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que si comes algo sólido se te exploten las costuras del pantalón? Te queda tan apretado que me sorprende que puedas respirar.
—Se llama "corte slim", pero no espero que alguien que usa camisetas tres tallas más grandes lo entienda —dijo Kinn, mirándolo por encima de su hombro—. Eres un desastre andante.
—Y tú eres un maniquí con complejo de superioridad —Barcode se acercó a él, apoyando los codos en la mesa de Kinn—. Admítelo, me extrañabas. Por eso aceptaste este contrato.
Kinn se tensó por un segundo, pero recuperó la compostura de inmediato. Se acercó también, reduciendo la distancia hasta que sus narices casi se rozaban. El olor al perfume caro de Kinn envolvió a Barcode, quien a pesar de todo, tuvo que admitir que olía malditamente bien.
—Acepté el contrato porque soy el mejor —susurró Kinn con voz ronca—. Pero tener la oportunidad de humillarte frente a las cámaras es un beneficio adicional que no pude rechazar.
—Ya veremos quién humilla a quién cuando tengamos que grabar las escenas románticas —desafió Barcode, con una sonrisa traviesa—. ¿Podrás mantener esa cara de póker cuando te tenga cerca, o se te va a correr el maquillaje de marca?
Kinn se quedó en silencio, sus ojos bajando por un instante a los labios de Barcode antes de volver a sus ojos.
—Inténtalo, chusma —dijo Kinn, levantándose de la mesa—. Pero dudo que puedas manejar a alguien como yo.
Kinn se marchó, dejando a Barcode con un nudo en el estómago. Sus amigos, que habían estado observando desde la distancia, se acercaron de inmediato.
—Eso fue... intenso —dijo Aun, limpiándose un sudor imaginario de la frente.
—Parece que se quieren matar —comentó Aungpao.
—O devorar —corrigió Keen con una sonrisa de suficiencia—. Barcode, estás perdido.
—¡No digas tonterías! —Barcode se levantó, tratando de ocultar el sonrojo de sus mejillas—. Solo me divierte sacarlo de sus casillas. Es tan fácil... es como jugar con un gato caro.
—Un gato que tiene garras de diseñador —advirtió Keen—. Ten cuidado, Barcode. Ese "presumido" parece que sabe exactamente qué botones pulsar en ti.
Esa noche, Barcode no pudo dormir. En su mente se repetía la imagen de Kinn en el pasillo, su elegancia arrogante y esa forma en que lo miraba, como si fuera un rompecabezas que quería armar y luego romper. Odiaba que Kinn tuviera ese efecto en él. Odiaba que, después de tantos años, todavía supiera cómo hacerlo sentir pequeño y, al mismo tiempo, el centro del universo.
Por su parte, en un ático de lujo en el centro de la ciudad, Kinn se despojaba de su chaqueta de seda, mirándose al espejo. Había vuelto por muchas razones, pero la principal siempre había sido él. Barcode, el chico que nunca seguía las reglas, el que se burlaba de su mundo perfecto y lo hacía sentir vivo.
—Chico chusma... —susurró Kinn para sí mismo, tocándose los labios donde todavía sentía el calor de la cercanía de Barcode—. No tienes idea de lo que te espera.
El reencuentro no era solo una coincidencia del destino o un movimiento astuto de GMMTV. Era el comienzo de una guerra donde las armas eran los apodos, las discusiones eran el preludio y el premio final era algo que ninguno de los dos se atrevía a admitir en voz alta.
A la mañana siguiente, los ensayos de guion comenzaron oficialmente. La sala estaba llena de actores, pero para Barcode y Kinn, solo existían ellos dos y el espacio cargado de electricidad que los separaba.
—Bien —dijo el director—, vamos a probar la escena del primer encuentro bajo la lluvia. Barcode, tú eres el chico optimista. Kinn, tú eres el empresario frío.
—O sea, solo tenemos que ser nosotros mismos —comentó Barcode, lanzándole una mirada burlona a Kinn—. Yo siendo increíble y él siendo un bloque de hielo con corbata.
—Y yo tendré que fingir que me interesas, lo cual será el mayor reto actoral de mi carrera —respondió Kinn, sentándose con elegancia y abriendo su libreto.
—¡Empecemos! —gritó Keen desde el fondo, frotándose las manos—. ¡Esto va a ser épico!
Y mientras las primeras líneas del guion flotaban en el aire, mezclándose con los insultos susurrados y las miradas de fuego, todos en la sala supieron que esa serie cambiaría las reglas del juego. Porque entre el presumido y el burlón, la línea que separaba el odio del deseo era tan fina como un hilo de seda de la camisa de Kinn, y estaba a punto de romperse.
—Entonces le dije: "Si quieres mi autógrafo, tendrás que esperar a que termine mi café, porque mi letra es tan cara como este grano importado" —Barcode soltó una carcajada, ganándose una mirada de reproche de una recepcionista que pasaba por allí.
—Eres un descarado, Barcode —dijo Aun, lanzándole una almohada del sofá—. Algún día alguien te bajará los humos.
—¿A él? —Aungpao intervino, robándole un trozo de galleta a Keen—. Lo dudo. Barcode es el consentido de la empresa. No tiene pareja de serie porque nadie está a su nivel de travesura.
Keen, que siempre tenía un ojo puesto en los nuevos talentos y otro en quién encajaría mejor con quién, levantó la vista de su tableta con una chispa de malicia en los ojos.
—Bueno, eso está a punto de cambiar —comentó Keen con tono misterioso—. He oído que el nuevo fichaje de la compañía llega hoy. Un tal Kinn. Dicen que es... especial.
—¿Kinn? —Barcode arrugó la nariz—. Suena a nombre de alguien que usa demasiado perfume.
En ese preciso instante, las puertas automáticas del vestíbulo se abrieron de par en par. El sonido de unos zapatos de cuero de marca italiana resonó contra el suelo de mármol. Un joven entró caminando como si la alfombra roja se extendiera bajo sus pies de manera invisible. Vestía un traje de seda color crema, un reloj que probablemente costaba más que el coche de Aungpao y unas gafas de sol que no se quitó a pesar de estar bajo techo.
—Hablando del rey de Roma —susurró Aun—. Y parece que el rey compró Roma y la puso a su nombre.
Kinn se detuvo frente al grupo, bajándose las gafas de sol con una lentitud calculada. Su mirada recorrió a los presentes con un aire de superioridad que hizo que Barcode se enderezara en su sitio.
—¿Este es el comité de bienvenida? —preguntó Kinn, su voz arrastrando las palabras con una elegancia perezosa—. Esperaba algo más... refinado. No un grupo de niños jugando en el salón de su casa.
Barcode saltó del sofá y caminó hacia él, deteniéndose a escasos centímetros. La tensión fue instantánea.
—Vaya, pero si es el "Chico de Catálogo" —soltó Barcode, cruzándose de brazos—. Cuidado al caminar, no vayas a ensuciar tus zapatos con el aire de los mortales.
Kinn arqueó una ceja, reconociendo finalmente el rostro frente a él. Una sonrisa burlona, casi imperceptible, curvó sus labios.
—Vaya, pero si es el "Chico Chusma" —replicó Kinn, devolviéndole el apodo con veneno dulce—. Sigues siendo igual de ruidoso que cuando teníamos diez años, Barcode. Veo que el éxito no te ha dado clase, solo más público para tus payasadas.
Los miembros de Clover se quedaron boquiabiertos. ¿Se conocían?
—¿Chico chusma? —Aungpao soltó una risita ahogada—. Esto se pone bueno.
—¡Presumido de cuarta! —exclamó Barcode, señalando el pañuelo de seda que asomaba por el bolsillo de Kinn—. ¿Qué haces aquí? ¿Te quedaste sin dinero para tus caprichos y tuviste que buscar un trabajo de verdad?
—Vine a elevar el nivel estético de este lugar —respondió Kinn, ajustándose los puños de la camisa—. Y para tu información, este "presumido" tiene más talento en su dedo meñique que tú en todas tus bromas pesadas.
Keen se levantó, colocándose entre ambos con una sonrisa de oreja a oreja. Ya estaba visualizando el póster de la serie.
—¡Chicos, qué reencuentro tan emotivo! —dijo Keen con sarcasmo—. Kinn, bienvenido a GMMTV. Veo que ya conoces a nuestra estrella principal. Barcode, Kinn será tu nuevo compañero de proyecto. Los directores creen que su "química" es natural.
—¿Química? —Barcode soltó una carcajada dramática—. ¡Es física pura! La ley de repulsión de cargas iguales. Yo soy luz y él es... bueno, él es un anuncio de Gucci con patas.
—Y yo soy el que tendrá que cargar con tu falta de etiqueta durante meses —suspiró Kinn, mirando a su alrededor—. ¿Dónde puedo dejar mis cosas? No pienso mezclar mi maleta de piel de cocodrilo con esas mochilas llenas de migas de pan.
—¡Oye! —protestó Aun—. Mis migas tienen más personalidad que tu traje.
Kinn los ignoró olímpicamente, volviendo su atención a Barcode, quien no dejaba de mirarlo con una mezcla de irritación y algo más profundo que intentaba ocultar tras su fachada de burlón.
—Nos vemos en los ensayos, chusma —dijo Kinn, dándose la vuelta—. Intenta bañarte, no quiero que el olor a "común" se me pegue a la ropa.
—¡Y tú intenta no romperte un tobillo con esos zapatos de cristal, Cenicienta arrogante! —gritó Barcode mientras Kinn se alejaba por el pasillo.
Cuando Kinn desapareció de la vista, Barcode se dejó caer de nuevo en el sofá, resoplando. Su corazón latía más rápido de lo normal, pero se convenció a sí mismo de que era solo por la rabia.
—¿De dónde salió este tipo? —preguntó Aungpao, todavía impresionado.
—Es un viejo "amigo" de la infancia —explicó Barcode, restándole importancia con la mano—. Nuestras familias se conocían. Siempre fue un niño mimado que lloraba si se le manchaba la camisa de marca. Pensé que se había mudado a Europa para casarse con una duquesa o algo así.
—Pues ha vuelto —dijo Keen, anotando algo en su libreta—. Y por la forma en que se miraban, creo que el director ha dado en el clavo. Van a sacar chispas.
—Chispas de odio —gruñó Barcode.
Sin embargo, a lo largo de la semana, la dinámica entre ambos se convirtió en el entretenimiento principal de la empresa. En la cafetería, si Barcode pedía un batido de chocolate, Kinn aparecía detrás comentando lo poco saludable que era para el cutis mientras pedía un agua mineral de una marca que nadie sabía pronunciar.
—¿Otra vez comiendo azúcar, Barcode? —preguntó Kinn un miércoles por la tarde, sentándose en la mesa de al lado—. Por eso tienes esa energía de niño con déficit de atención.
—Y tú otra vez bebiendo agua con precio de champán —replicó Barcode, lanzándole una servilleta hecha bola—. ¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que si comes algo sólido se te exploten las costuras del pantalón? Te queda tan apretado que me sorprende que puedas respirar.
—Se llama "corte slim", pero no espero que alguien que usa camisetas tres tallas más grandes lo entienda —dijo Kinn, mirándolo por encima de su hombro—. Eres un desastre andante.
—Y tú eres un maniquí con complejo de superioridad —Barcode se acercó a él, apoyando los codos en la mesa de Kinn—. Admítelo, me extrañabas. Por eso aceptaste este contrato.
Kinn se tensó por un segundo, pero recuperó la compostura de inmediato. Se acercó también, reduciendo la distancia hasta que sus narices casi se rozaban. El olor al perfume caro de Kinn envolvió a Barcode, quien a pesar de todo, tuvo que admitir que olía malditamente bien.
—Acepté el contrato porque soy el mejor —susurró Kinn con voz ronca—. Pero tener la oportunidad de humillarte frente a las cámaras es un beneficio adicional que no pude rechazar.
—Ya veremos quién humilla a quién cuando tengamos que grabar las escenas románticas —desafió Barcode, con una sonrisa traviesa—. ¿Podrás mantener esa cara de póker cuando te tenga cerca, o se te va a correr el maquillaje de marca?
Kinn se quedó en silencio, sus ojos bajando por un instante a los labios de Barcode antes de volver a sus ojos.
—Inténtalo, chusma —dijo Kinn, levantándose de la mesa—. Pero dudo que puedas manejar a alguien como yo.
Kinn se marchó, dejando a Barcode con un nudo en el estómago. Sus amigos, que habían estado observando desde la distancia, se acercaron de inmediato.
—Eso fue... intenso —dijo Aun, limpiándose un sudor imaginario de la frente.
—Parece que se quieren matar —comentó Aungpao.
—O devorar —corrigió Keen con una sonrisa de suficiencia—. Barcode, estás perdido.
—¡No digas tonterías! —Barcode se levantó, tratando de ocultar el sonrojo de sus mejillas—. Solo me divierte sacarlo de sus casillas. Es tan fácil... es como jugar con un gato caro.
—Un gato que tiene garras de diseñador —advirtió Keen—. Ten cuidado, Barcode. Ese "presumido" parece que sabe exactamente qué botones pulsar en ti.
Esa noche, Barcode no pudo dormir. En su mente se repetía la imagen de Kinn en el pasillo, su elegancia arrogante y esa forma en que lo miraba, como si fuera un rompecabezas que quería armar y luego romper. Odiaba que Kinn tuviera ese efecto en él. Odiaba que, después de tantos años, todavía supiera cómo hacerlo sentir pequeño y, al mismo tiempo, el centro del universo.
Por su parte, en un ático de lujo en el centro de la ciudad, Kinn se despojaba de su chaqueta de seda, mirándose al espejo. Había vuelto por muchas razones, pero la principal siempre había sido él. Barcode, el chico que nunca seguía las reglas, el que se burlaba de su mundo perfecto y lo hacía sentir vivo.
—Chico chusma... —susurró Kinn para sí mismo, tocándose los labios donde todavía sentía el calor de la cercanía de Barcode—. No tienes idea de lo que te espera.
El reencuentro no era solo una coincidencia del destino o un movimiento astuto de GMMTV. Era el comienzo de una guerra donde las armas eran los apodos, las discusiones eran el preludio y el premio final era algo que ninguno de los dos se atrevía a admitir en voz alta.
A la mañana siguiente, los ensayos de guion comenzaron oficialmente. La sala estaba llena de actores, pero para Barcode y Kinn, solo existían ellos dos y el espacio cargado de electricidad que los separaba.
—Bien —dijo el director—, vamos a probar la escena del primer encuentro bajo la lluvia. Barcode, tú eres el chico optimista. Kinn, tú eres el empresario frío.
—O sea, solo tenemos que ser nosotros mismos —comentó Barcode, lanzándole una mirada burlona a Kinn—. Yo siendo increíble y él siendo un bloque de hielo con corbata.
—Y yo tendré que fingir que me interesas, lo cual será el mayor reto actoral de mi carrera —respondió Kinn, sentándose con elegancia y abriendo su libreto.
—¡Empecemos! —gritó Keen desde el fondo, frotándose las manos—. ¡Esto va a ser épico!
Y mientras las primeras líneas del guion flotaban en el aire, mezclándose con los insultos susurrados y las miradas de fuego, todos en la sala supieron que esa serie cambiaría las reglas del juego. Porque entre el presumido y el burlón, la línea que separaba el odio del deseo era tan fina como un hilo de seda de la camisa de Kinn, y estaba a punto de romperse.
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