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La luz de mi corazón

Фандом: Gmmtv

Создан: 21.03.2026

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Etiquetas de Diseñador y Corazones de Barrio

El edificio de GMMTV bullía con la energía frenética de un lunes por la mañana. En el centro del salón principal, rodeado de cámaras y un séquito de asistentes, Barcode se movía con la confianza de quien sabe que el mundo es su escenario. Con su sonrisa burlona y esa chispa de travesura en los ojos que volvía locos a sus fans, Barcode no era solo un cantante y actor popular; era el alma de la empresa.

—¡Aungpao, por favor! —exclamó Barcode, soltando una carcajada mientras le arrebataba el teléfono a su amigo—. Si sigues mirando esas partituras con esa cara de funeral, la gente va a pensar que te obligamos a trabajar aquí.

Aungpao, el más tranquilo del grupo, suspiró con resignación, aunque una pequeña sonrisa delató su diversión.

—Alguien tiene que ser el adulto responsable aquí, Barcode. Mientras tú coqueteas con las cámaras, yo intento que no nos despidan.

—¡Oh, vamos! —intervino Keen, apareciendo por detrás y dándole un empujón juguetón a Barcode—. Si a Barcode lo despiden, la mitad de las acciones de la empresa caen. Es nuestro "Golden Boy", aunque sea un dolor de cabeza.

Aun, que siempre estaba listo para unirse a cualquier burla, asintió con entusiasmo.

—Un "Golden Boy" que todavía no tiene pareja en serie porque nadie aguanta su ego de millonario juguetón —añadió Aun, esquivando un manotazo de Barcode—. ¿Quién sería capaz de domar a esta fiera?

—Nadie me doma, queridos —respondió Barcode, acomodándose el cabello frente a un espejo imaginario—. Yo soy el que pone las reglas. Además, estoy esperando a alguien que esté a mi nivel, y hasta ahora, el panorama está bastante desierto.

En ese preciso momento, las puertas automáticas del vestíbulo se abrieron de par en par. El aire pareció enfriarse unos grados, o quizás fue simplemente el aura de opulencia que entró caminando sobre unos zapatos de cuero italiano que costaban más que el coche de cualquier mortal.

Kinn entró en el edificio como si fuera el dueño del lugar. Vestido con un traje de seda hecho a medida, un reloj de diamantes que brillaba bajo las luces fluorescentes y una expresión de aburrimiento aristocrático, el nuevo recluta de GMMTV no parecía un novato. Parecía un príncipe que se había perdido de camino a una gala en Mónaco.

A su lado, Paul, su único y fiel amigo, caminaba con la misma actitud reservada, cargando un maletín de diseñador.

—No puedo creer que el suelo de este lugar sea de linóleo en algunas áreas —susurró Kinn, arrugando la nariz con elegancia—. Paul, recuérdame pedir que traigan alfombras persas para mi camerino. No pienso pisar nada que no sea de marca.

Barcode se quedó congelado por un segundo. Esa silueta, esa forma de caminar... los recuerdos de la infancia en aquel barrio pequeño, antes de que él se mudara a la ciudad y sus vidas tomaran rumbos distintos, lo golpearon como un camión. Pero Barcode no era de los que se ponían sentimentales. Su instinto fue el ataque.

—Vaya, vaya —dijo Barcode en voz alta, caminando hacia el recién llegado con las manos en los bolsillos—. ¿Se ha perdido el desfile de modas de París o es que el circo ha contratado a un nuevo modelo de porcelana?

Kinn se detuvo en seco. Lentamente, bajó sus gafas de sol de marca y clavó su mirada fría en Barcode. Una chispa de reconocimiento cruzó sus ojos, pero fue rápidamente reemplazada por una máscara de arrogancia.

—Vaya, pero si es el chico chusma —respondió Kinn con una voz aterciopelada pero cargada de veneno—. Veo que sigues teniendo los mismos modales de alguien que creció jugando en el lodo. ¿Todavía te compras la ropa en las rebajas del mercado?

Barcode soltó una carcajada estridente, aunque por dentro su corazón latía con una fuerza inusitada.

—Y tú sigues siendo un presumido insoportable, Kinn. ¿Ese traje es para ocultar que todavía lloras cuando se te rompe una uña o es solo para que la gente no note lo vacío que estás por dentro?

—Es de seda pura, algo que tus manos ásperas no deberían ni soñar con tocar —replicó Kinn, acercándose un paso más, invadiendo el espacio personal de Barcode—. Es una lástima que el talento no venga con un poco de clase, aunque supongo que en esta empresa aceptan a cualquiera que sepa saltar y sonreír.

Aun, Keen y Aungpao observaban la escena con la boca abierta. Paul, por su parte, simplemente suspiró, acostumbrado a los caprichos de su amigo.

—¿Ustedes se conocen? —preguntó Keen, rompiendo el silencio tenso.

—Desafortunadamente —dijeron ambos al unísono, lanzándose miradas de fuego.

—Éramos vecinos de niños —explicó Barcode, recuperando su tono burlón—. Pero Kinn decidió que era demasiado bueno para el mundo real y se convirtió en este... maniquí andante.

—Y Barcode decidió que ser un payaso popular era mejor que tener dignidad —añadió Kinn, ajustándose los puños de la camisa—. Paul, vámonos. El olor a "gente común" me está dando migraña.

Kinn pasó por el lado de Barcode, rozando su hombro intencionalmente. Barcode se giró, observando cómo el rubio (o pelinegro perfectamente peinado) se alejaba hacia los ascensores.

—¡No te olvides de hidratar tu ego, presumido! —gritó Barcode—. ¡No queremos que se agriete!

Kinn no se volvió, pero levantó una mano elegante en un gesto de despedida despectiva.

—Ese chico es un problema —murmuró Aun, acercándose a Barcode—. ¿Dijo que eres un "chico chusma"? ¡Pero si eres millonario!

—Para Kinn, si no tienes un apellido con tres guiones y una cuenta en Suiza que pueda comprar un país pequeño, eres chusma —respondió Barcode, tratando de sonar despreocupado, aunque sus ojos seguían fijos en la puerta del ascensor—. Es un arrogante, un caprichoso y un molesto.

—Pero te gusta —soltó Keen con una sonrisa traviesa.

—¡¿Qué?! —Barcode saltó como si lo hubiera picado una abeja—. ¡Estás loco! Lo odio. Lo he odiado desde que teníamos diez años y me presumió su bicicleta con frenos de oro.

—Ajá —dijo Aungpao, cruzándose de brazos—. Por eso no has dejado de sonreír desde que entró, aunque sea una sonrisa de querer morderlo.

Barcode rodó los ojos y se alejó hacia el set de grabación, ignorando las risas de sus amigos. Sin embargo, en la privacidad de su mente, el recuerdo de Kinn compartiendo un helado barato con él hace años regresó sin previo aviso. Kinn siempre había sido así: brillante, inalcanzable y desesperadamente adictivo.

Mientras tanto, en el ascensor, Kinn se miraba en las paredes de espejo, asegurándose de que ni un solo cabello estuviera fuera de lugar.

—¿Estás bien, Kinn? —preguntó Paul en voz baja—. Parecías... afectado.

—¿Afectado? —Kinn soltó una risa seca—. Por favor, Paul. Solo es Barcode. Sigue siendo el mismo niño ruidoso y molesto que me robaba los dulces. No ha cambiado nada.

—Tú tampoco has cambiado —observó Paul—. Sigues intentando impresionarlo con marcas caras.

Kinn apretó los puños, pero mantuvo su expresión impasible.

—No intento impresionarlo. Solo le recuerdo su lugar. Él es el entretenimiento, yo soy el lujo.

Pero cuando las puertas del ascensor se abrieron, Kinn sintió un vacío en el pecho. Había pasado años preparándose para este reencuentro, comprando las mejores ropas, estudiando en las mejores escuelas, todo para que, cuando volviera a ver a Barcode, el chico que se había ido de su lado no pudiera ignorarlo. Y Barcode no lo había ignorado, pero el fuego en sus ojos era de rivalidad, no de la devoción que Kinn secretamente anhelaba.

Unas horas más tarde, el destino (o el equipo de producción de GMMTV, que amaba el drama) decidió jugar sus cartas. El director convocó a una reunión de emergencia en la sala de conferencias.

—¡Atención a todos! —anunció el director—. Tenemos el proyecto más grande del año. Una serie de romance de alto presupuesto. Barcode, tú serás el protagonista.

—Como siempre —dijo Barcode con un guiño, sentado de forma descuidada en su silla.

—Y —continuó el director—, después de ver la química explosiva que hubo en el vestíbulo hace un rato... tu pareja será nuestro nuevo talento, Kinn.

El silencio que siguió fue absoluto. Barcode casi se cae de la silla. Kinn, que estaba bebiendo agua mineral embotellada de una marca carísima, se atragantó ligeramente, aunque logró mantener la compostura.

—¿Con él? —exclamaron ambos al mismo tiempo.

—¡Ni hablar! —protestó Kinn, levantándose—. Mi imagen de marca no puede mezclarse con alguien tan... ruidoso. Mis fans esperan elegancia.

—¿Y mi imagen? —saltó Barcode, poniéndose de pie también—. ¡Mis fans quieren a alguien divertido, no a un poste de luz vestido de Gucci que teme ensuciarse!

El director se limitó a sonreír, sabiendo que tenía un éxito en sus manos.

—El contrato ya está firmado, Kinn. Y Barcode, tú no tienes pareja asignada desde hace meses. Es esto o quedarte fuera de la temporada.

Barcode miró a Kinn. Kinn miró a Barcode. Sus amigos, sentados al fondo, contenían el aliento.

—Está bien —dijo Kinn, cruzándose de brazos y mirando al techo como si estuviera haciendo un sacrificio divino—. Lo haré por la empresa. Pero exijo que mi vestuario sea de mi propia colección privada. No pienso usar nada que haya sido tocado por manos comunes.

—Y yo exijo un bono por "aguantar a un presumido" —añadió Barcode, acercándose a Kinn hasta que sus pechos casi se tocaron—. Prepárate, "princesita". Te voy a hacer la vida imposible en el set.

Kinn bajó la mirada hacia los labios de Barcode por una fracción de segundo antes de recuperar su máscara de frialdad.

—Inténtalo, chico chusma. Veremos quién termina pidiendo clemencia primero.

Cuando todos salieron de la sala, Barcode se quedó un momento a solas con sus amigos.

—Esto va a ser un desastre —dijo Aungpao, aunque su tono era tranquilo.

—Va a ser el mejor desastre de la historia —corrigió Aun, chocando los cinco con Keen—. ¿Vieron cómo se miraban? Si no se besan en el primer episodio, se matan.

Barcode no dijo nada. Se tocó el pecho, sintiendo el latido errático de su corazón. Odiaba a Kinn. Odiaba sus trajes caros, su perfume francés y su forma de mirar a todo el mundo por encima del hombro. Pero, sobre todo, odiaba que, después de tantos años, Kinn siguiera siendo la única persona capaz de hacerlo sentir como aquel niño pequeño que solo quería llamar su atención.

En el pasillo, Kinn caminaba hacia su coche de lujo, donde Paul lo esperaba.

—¿Kinn? —llamó Paul.

—¿Qué? —respondió el otro, tajante.

—Tienes la corbata torcida.

Kinn se miró en el cristal del coche. No era la corbata lo que estaba mal. Era su respiración. Había vuelto a ver a Barcode, y el chico chusma seguía teniendo la sonrisa más brillante del mundo. Una sonrisa que Kinn quería comprar, poseer y guardar bajo llave para que nadie más pudiera verla.

—Es un idiota —susurró Kinn para sí mismo, entrando al coche—. Un idiota ruidoso y sin clase.

—Y lo amas —añadió Paul, cerrando la puerta.

Kinn no respondió, pero mientras el coche se alejaba, sus dedos acariciaron el borde de su chaqueta de diseñador, preguntándose si Barcode alguna vez se daría cuenta de que todo ese oro y seda no eran más que una armadura para proteger el corazón que le había entregado en un barrio polvoriento hacía muchos años.

La guerra en GMMTV acababa de empezar, y ninguno de los dos estaba dispuesto a rendirse, aunque eso significara enamorarse en el proceso.
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