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BAJO EL PECADO DE TU AROMA

Фандом: TAEKOOK

Создан: 24.03.2026

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Sacrilegio en el Altar de la Carne

El aroma de Jeon Jungkook era una provocación constante, un pecado destilado en notas de sándalo y lluvia que golpeaba mis sentidos desde el primer día que puse un pie en esta parroquia. Como sacerdote, mi deber era la castidad, la guía espiritual y el control absoluto sobre los instintos más bajos que mi condición de alfa dominante me dictaba. Pero Jungkook no era un omega cualquiera; era una fuerza de la naturaleza, un depredador de voluntades que me acechaba con la mirada cargada de una lascivia que juraría haber visto en las profundidades del infierno.

Esa noche, bajo las sombras de la rectoría, el aire estaba cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara. Jungkook me había seguido, como siempre, pero esta vez no había juegos de palabras ni indirectas veladas. Solo estábamos nosotros, la oscuridad y el rugido de mi propia sangre pidiendo a gritos que dejara de lado el alzacuellos.

Cuando sus labios chocaron contra los míos, el mundo exterior dejó de existir. No fue un beso tierno, fue una colisión. Jungkook me besaba con la desesperación de quien busca la salvación en el pecado, y yo, Dios me perdonara, le respondía con el hambre de un animal que ha estado enjaulado durante años.

—Padre... Taehyung... —gimió contra mi boca, sus manos desesperadas tirando de mi sotana, tratando de encontrar la piel que se escondía bajo las capas de tela negra.

Sentí su calor, ese fuego interno que solo un omega dominante podía desprender, quemándome a través de la ropa. Mi lobo, esa parte de mí que había intentado mantener dormida con oraciones y ayunos, despertó con un rugido ensordecedor. Sus dedos se enterraron en mi cabello, tirando con fuerza, obligándome a profundizar un beso que ya sabía a entrega total.

Lo empujé contra la pared de madera, el sonido del impacto resonando en la habitación silenciosa. Mis manos, que tantas veces habían sostenido la hostia consagrada, ahora se cerraban con posesividad sobre sus caderas, apretándolo contra mi erección creciente.

—¿Sabes lo que estás haciendo, Jungkook? —mi voz salió como un gruñido bajo, una advertencia que ni yo mismo quería que escuchara—. No habrá vuelta atrás después de esto.

Jungkook soltó una risa entrecortada, una melodía pecaminosa que me erizó la piel. Sus ojos brillaban en la penumbra, fijos en los míos con una determinación feroz.

—Llevo esperando este momento desde que te vi entrar en la iglesia —respondió, su aliento caliente golpeando mi cuello—. Hazme tuyo, Taehyung. Reclámame.

No necesité más. La tela de su camisa cedió bajo mis manos con un crujido seco. Mi nariz se hundió en el hueco de su cuello, inhalando su aroma a pleno pulmón, dejando que su esencia inundara mi cerebro y borrara cualquier rastro de moralidad. Mis dientes rozaron su piel, marcando el camino hacia su glándula de aroma.

—¡Ah! —Jungkook arqueó la espalda, su pecho subiendo y bajando con violencia—. Sí, muerde... marca lo que es tuyo.

Mis labios descendieron por su pecho, dejando un rastro de fuego a su paso. Cada roce de mi lengua contra su piel provocaba que soltara un gemido que me incitaba a más. Lo levanté en vilo, sus piernas rodeando mi cintura con una fuerza sorprendente, y lo llevé hacia la mesa de roble que presidía el estudio. Los papeles y libros sagrados volaron al suelo, pero en ese momento, el único libro que quería leer era el de su cuerpo.

Lo despojé de sus pantalones con una urgencia que rayaba en la desesperación. Jungkook estaba allí, expuesto, hermoso y vibrante bajo la luz de la luna que se filtraba por la ventana. Sus manos no se quedaron quietas, desabrochando los botones de mi camisa con dedos temblorosos pero decididos. Cuando mi piel encontró la suya, un escalofrío recorrió mi columna vertebral. El contacto era eléctrico, una comunión de carne que ninguna misa podría igualar.

—Taehyung... por favor —suplicó, su voz rompiéndose—. Te necesito dentro.

Me posicioné entre sus piernas, sintiendo cómo su humedad empapaba mi muslo. Jungkook era un omega en su máxima expresión, listo para ser tomado por su alfa. Mis dedos se introdujeron en él, preparándolo, y el sonido de su placer llenó la habitación, un coro de gemidos que eran música para mis oídos. Estaba tan estrecho, tan caliente, que sentí que perdería el control en ese mismo instante.

—Mírame, Jungkook —ordené, mi voz cargada de autoridad alfa.

Él abrió los ojos, sus pupilas dilatadas por el deseo. En ese momento, no era el sacerdote y el feligrés; éramos dos almas reclamándose en medio del caos. Con un empuje lento y decidido, me enterré en él.

El grito de Jungkook quedó ahogado contra mi hombro mientras sus uñas se clavaban en mi espalda. Me detuve un segundo, dejando que se acostumbrara a mi tamaño, sintiendo cómo sus músculos internos me abrazaban, dándome la bienvenida a casa.

—Dios mío... —susurró él, y no supe si era una oración o una exclamación de puro éxtasis.

—Dios no está aquí esta noche, Jungkook —murmuré antes de empezar a moverme.

El ritmo fue lento al principio, cada embestida calculada para llevarlo al borde del abismo. Jungkook gemía mi nombre como si fuera un mantra, su cabeza moviéndose de un lado a otro mientras sus caderas se elevaban para encontrarse con las mías. El sonido de nuestra carne chocando, el roce de nuestras pieles sudorosas y el aroma a sexo y feromonas crearon una atmósfera densa, casi asfixiante.

—Más... más fuerte —pidió, sus piernas apretándose más alrededor de mi espalda.

Aumenté la velocidad, perdiendo la finura, dejando que el instinto tomara el control absoluto. Mis mordidas se volvieron más frecuentes, marcando sus hombros, su pecho, sus clavículas. Quería que cada centímetro de él supiera que me pertenecía. Jungkook respondió con la misma intensidad, sus dientes encontrando mi cuello, dejando marcas que mañana serían imposibles de ocultar, pero que en ese momento portaba como medallas de honor.

—¡Taehyung! ¡Voy a... voy a...! —Su voz subió de octava, sus ojos se pusieron en blanco por un segundo mientras su orgasmo lo golpeaba con la fuerza de un rayo.

Sentí las contracciones de su interior apretándome con una fuerza increíble, llevándome también a mi propio límite. Mi nudo empezó a hincharse en su interior, una reacción biológica que no podía ni quería detener. Era el sello final, la unión definitiva entre un alfa y su omega.

—¡Ahhh! —Rugí, mi voz resonando en las vigas del techo mientras me corría dentro de él, llenándolo con mi semilla, con mi esencia, con todo lo que era.

El nudo se ancló firmemente, manteniéndonos unidos en una posición íntima y vulnerable. Caí sobre él, ocultando mi rostro en su cuello, respirando con dificultad mientras el calor de la unión nos envolvía. Jungkook sollozaba suavemente, pero no de tristeza, sino de una plenitud que desbordaba sus sentidos. Sus manos acariciaban mi cabello, calmando a la bestia que acababa de saciarse.

—Te tengo —susurró Jungkook, su voz apenas un hilo de aire—. Sabía que lo harías. Sabía que no podrías resistirte.

Me separé un poco para mirarlo. Su rostro estaba sonrosado, sus labios hinchados y sus ojos brillaban con un triunfo silencioso. Había pecado de la manera más absoluta, había roto mis votos y había entregado mi alma a un omega que me miraba como si fuera su mundo entero.

—Has ganado, Jeon Jungkook —dije, mi voz recuperando poco a poco su tono grave—. Me has llevado a la perdición.

—No es perdición, Taehyung —respondió él, atrayéndome para un beso suave, casi reverente—. Es el paraíso que nunca te permitieron conocer.

Me quedé allí, unido a él, sintiendo el latido de su corazón contra el mío. El nudo tardaría en bajar, dándonos tiempo para procesar lo que acababa de ocurrir. En el silencio de la rectoría, rodeados por el caos de los libros caídos y la ropa rasgada, supe que mi vida nunca volvería a ser la misma. Ya no era solo un hombre de fe; era un alfa que había encontrado su ancla en el más delicioso de los pecados.

—¿Qué pasará mañana? —preguntó Jungkook, su voz ahora cargada de una curiosidad genuina.

—Mañana daré la misa con el cuello alto —respondí con una media sonrisa, rozando con mi nariz la suya—. Pero esta noche, y todas las que sigan, seré solo tuyo.

Jungkook sonrió, una expresión de pura satisfacción que iluminó su rostro cansado. Se acomodó mejor bajo mi cuerpo, disfrutando de la calidez y de la conexión que todavía nos mantenía pegados el uno al otro.

—Eso es todo lo que quería escuchar, mi alfa.

El silencio volvió a reinar, pero esta vez era un silencio compartido, lleno de promesas silenciosas y el peso de una marca que, aunque no era física todavía, estaba grabada a fuego en nuestras almas. Había cruzado el umbral, y mientras sentía el calor de Jungkook rodeándome, supe que no me arrepentiría de haber quemado mi mundo por él.
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