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El Omega del capitán

Фандом: Isekai no Sata wa shachiku shidai

Создан: 25.03.2026

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РомантикаДрамаАнгстHurt/ComfortФэнтезиПопаданчествоОмегаверсНарочитая жестокостьИзнасилованиеЭкшн
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El aroma de la sangre y el precio del silencio

La oficina de la sección de contaduría real solía ser el santuario de Seiichirou Kondou. Entre el aroma a tinta fresca, el pergamino seco y el sonido rítmico de la pluma raspando el papel, el hombre de treinta años encontraba la paz que su mente adicta al trabajo necesitaba. En este nuevo mundo, donde la magia y las jerarquías de castas eran la norma, sus hojas de balance eran lo único que mantenía su cordura intacta.

Seiichirou ajustó sus gafas y consultó el reloj de pared. Faltaban pocos minutos para la hora del almuerzo. Su estómago emitió un leve gruñido, recordándole que no había desayunado más que un café amargo.

—Aresh llegará pronto —murmuró para sí mismo, permitiéndose una pequeña sonrisa que desapareció tan rápido como llegó.

Aresh Indolark, el imponente capitán de la Tercera Orden de Caballeros, se había convertido en una constante en su vida. Un Alfa joven, de apenas veintidós años, con ojos morados que parecían leer su alma y un cabello negro azabache que siempre lucía impecable. Aresh lo cuidaba con una devoción que rozaba lo posesivo, asegurándose de que el "Omega de otro mundo" no se consumiera entre números y deudas del reino. Seiichirou sabía que lo que sentía por el capitán iba más allá de la gratitud, pero su orgullo y su mentalidad de oficinista japonés le impedían admitir que estaba perdidamente enamorado de un hombre ocho años menor.

El sonido de la puerta abriéndose lo sacó de sus pensamientos. Seiichirou levantó la vista, esperando ver la figura gallarda de Aresh, pero su expresión se tensó al ver a tres hombres que no conocía. Por sus uniformes, eran caballeros, pero no de la Tercera Orden. Sus feromonas delataban que eran Alfas, y el olor que desprendían era agrio, cargado de una curiosidad lasciva que hizo que el vello de la nuca de Seiichirou se erizara.

—Vaya, así que los rumores eran ciertos —dijo el que parecía el líder, un hombre robusto con una cicatriz en la mejilla—. El Omega que trajo la Santa es real. Y tiene un aspecto bastante... delicado.

Seiichirou se puso de pie, tratando de mantener la compostura. Su instinto de Omega gritaba peligro, pero su mente de contador buscaba una salida lógica.

—Señores, esta es una oficina privada. Si no tienen asuntos oficiales que tratar con el departamento de contaduría, les ruego que se retiren —su voz fue firme, pero sus manos temblaron levemente bajo el escritorio.

—No seas así, extranjero —dijo otro de ellos, acercándose con pasos lentos y pesados—. Solo queremos ver qué tan diferente es un Omega de otro mundo. Dicen que hueles a algo que no existe aquí.

—Por favor, retírense —repitió Seiichirou, intentando rodear el escritorio para llegar a la puerta.

Sin embargo, antes de que pudiera dar dos pasos, el Alfa más grande lo sujetó del brazo con una fuerza brutal. Seiichirou ahogó un grito de dolor cuando los dedos del hombre se hundieron en su carne.

—¡Suéltenme! —exclamó, luchando por zafarse— ¡Llamaré a la guardia!

—Nosotros somos la guardia, precioso —se burló el tercero, cerrando la puerta con pestillo—. Y nadie va a venir a interrumpir nuestra inspección.

Seiichirou abrió la boca para pedir ayuda a pleno pulmón, pero una mano enguantada y áspera cubrió su boca con violencia, sofocando su grito. El pánico, frío y paralizante, se extendió por su pecho. Los Alfas lo empujaron contra la mesa de trabajo, tirando al suelo los informes que tanto esfuerzo le había costado redactar.

—Vamos a ver qué escondes bajo esas ropas de oficina —gruñó el líder.

Con un tirón violento, rasgaron su camisa. Los botones saltaron por toda la habitación, golpeando el suelo como granizo. Seiichirou luchó con todas sus fuerzas, pateando y retorciéndose, pero la diferencia de fuerza era abrumadora. Eran tres guerreros entrenados contra un hombre que pasaba catorce horas al día sentado frente a un escritorio.

Lo sometieron rápidamente, presionando su cuerpo contra la madera fría de la mesa. Seiichirou sintió manos errantes por todo su torso, tocándolo con una falta total de respeto. Las lágrimas de frustración y miedo comenzaron a nublar sus ojos azules.

—Miren esto... su piel es tan pálida —comentó uno de ellos, bajando la cabeza para morder con saña el hombro de Seiichirou.

El Omega soltó un quejido ahogado tras la mano que lo asfixiaba. El dolor de los dientes hundiéndose en su piel fue seguido por una sensación húmeda y asquerosa cuando otro de los Alfas comenzó a lamer y succionar sus pezones, burlándose de su reacción involuntaria. Seiichirou cerró los ojos con fuerza, tratando de desconectarse de la realidad, rezando para que esto fuera solo una pesadilla.

—Es hora de ir al grano —dijo el que lo sujetaba de las piernas, abriéndolas de par en par mientras forcejeaba con el cinturón de Seiichirou—. No creo que le importe compartir un poco de su "magia" con nosotros.

El sonido del metal de la hebilla desabrochándose fue como una sentencia de muerte para la dignidad de Seiichirou. Estaba desnudo de cintura para arriba, con marcas de mordidas y saliva decorando su torso, y ahora se sentía completamente vulnerable mientras uno de los hombres se posicionaba entre sus muslos. El Omega sollozó, su cuerpo temblando violentamente por el terror.

Justo cuando el Alfa estaba a punto de consumar la atrocidad, el aire de la habitación cambió drásticamente.

Un estallido ensordecedor resonó cuando la puerta de madera maciza fue arrancada de sus bisagras, volando por el pasillo. Una presión espiritual tan pesada y gélida como el hielo eterno inundó la oficina, haciendo que los tres atacantes se congelaran en el sitio.

Era el aroma de un Alfa dominante llevado al extremo de la furia. Era el aroma de Aresh Indolark.

Aresh estaba en el umbral, su figura recortada por la luz del pasillo. Sus ojos morados, usualmente cálidos cuando miraba a Seiichirou, ahora brillaban con un fulgor asesino. Había sentido el rastro del miedo de su Omega desde el final del corredor, un olor a ozono y desesperación que le había hecho perder el control.

—Aléjense... de él —la voz de Aresh no fue un grito, sino un susurro cargado de una promesa de muerte que hizo que los tres hombres palidecieran.

—¡Capitán Indolark! Nosotros solo... —empezó a decir el líder, tratando de subir sus pantalones.

Aresh no los dejó terminar. En un parpadeo, se movió con una velocidad sobrehumana. Su primer golpe fue dirigido al Alfa que estaba entre las piernas de Seiichirou. Se escuchó un crujido seco y espantoso cuando la bota de Aresh se estrelló contra la pierna del hombre, rompiendo el fémur como si fuera una rama seca.

El grito del hombre fue cortado de tajo cuando Aresh lo tomó por el cuello y lo estampó contra la pared, golpeando su rostro con el puño cerrado una, dos, tres veces, hasta que los rasgos del sujeto fueron irreconocibles.

Los otros dos intentaron desenvainar sus espadas, pero Aresh era un torbellino de violencia pura. Con movimientos precisos y brutales, les rompió las muñecas antes de que pudieran tocar el acero. Los sonidos de huesos rompiéndose y los aullidos de dolor llenaron la oficina que antes era silenciosa.

—¿Se atrevieron a tocar lo que es mío? —rugió Aresh, pateando a uno de los hombres en el estómago con tal fuerza que lo hizo escupir sangre—. ¿Se atrevieron a lastimarlo?

Aresh continuó golpeándolos con una ira ciega. No era una pelea, era una ejecución. Los golpeó hasta que dejaron de moverse, hasta que el suelo estuvo manchado con la sangre de aquellos que habían profanado su tesoro más preciado. Solo cuando los tres cuerpos quedaron inertes y amontonados en un rincón, Aresh se detuvo, respirando agitadamente.

El silencio volvió a la habitación, roto solo por los sollozos entrecortados de Seiichirou, que seguía temblando sobre la mesa, intentando cubrirse con los restos de su camisa.

La expresión de Aresh cambió instantáneamente de la de un demonio a la de un hombre destrozado por la culpa. Se quitó rápidamente su capa de capitán, una prenda pesada de tela fina bordada con el escudo de la orden, y se acercó a Seiichirou con pasos lentos, temiendo asustarlo más.

—Seiichirou... —susurró con voz quebrada.

El Omega levantó la vista. Sus ojos azules estaban anegados en lágrimas, su rostro pálido mostraba el rastro de los dedos que habían tapado su boca, y su piel estaba marcada por hematomas y mordidas. Al ver a Aresh, el muro de contención emocional de Seiichirou se derrumbó por completo.

—A-Aresh... —logró articular antes de romper a llorar con fuerza.

Aresh lo envolvió cuidadosamente con su capa, cubriendo su desnudez y su dolor. Lo tomó en brazos, pegándolo a su pecho, permitiendo que el Omega se hundiera en su aroma a sándalo y lluvia, el único olor que ahora podía calmarlo.

—Ya estás a salvo. Estoy aquí. Perdóname por tardar, mi vida, perdóname —decía Aresh, besando la frente de Seiichirou mientras lo mecía suavemente.

En ese momento, varios subordinados de la Tercera Orden llegaron corriendo al lugar, alertados por el estruendo. Se detuvieron en seco al ver la carnicería en la oficina y a su capitán sosteniendo al contador real con una expresión de ferocidad protectora.

—Llévense a estos desechos a las mazmorras de alta seguridad —ordenó Aresh, su voz volviendo a ser de acero—. Si alguno muere antes de que yo regrese para interrogarlos personalmente, consideraré que han fallado en su deber. Asegúrense de que reciban atención médica mínima... solo lo suficiente para que sigan sintiendo dolor.

—¡Sí, capitán! —respondieron los soldados, estremeciéndose ante el tono de su superior.

Aresh no miró atrás. Salió de la oficina cargando a Seiichirou como si fuera el objeto más frágil del universo. El camino hacia la enfermería real fue un borrón para el Omega, quien mantenía el rostro escondido en el cuello del Alfa, aferrándose a la capa de Aresh como si fuera su único anclaje a la realidad.

Al llegar a la enfermería, Aresh exigió una sala privada y al mejor sanador disponible. No permitió que nadie más tocara a Seiichirou. Él mismo lo depositó en la cama y se quedó a su lado, sosteniendo su mano con firmeza mientras las enfermeras limpiaban las heridas y aplicaban ungüentos mágicos para borrar las marcas de los ataques.

—No te vayas —susurró Seiichirou, con la voz ronca de tanto llorar.

Aresh apretó su mano y se inclinó para besar sus nudillos.

—No me iré a ninguna parte, Seiichirou. Nunca más te dejaré solo. Lo juro por mi honor y por mi vida.

Seiichirou lo miró, y por primera vez, no hubo negación en sus ojos. El miedo había desnudado sus sentimientos tanto como aquellos hombres habían desnudado su cuerpo.

—Tuve tanto miedo... pensé que... —las palabras se perdieron en un nuevo sollozo.

—Shh, descansa. Mañana el mundo será diferente para ellos, pero para ti, solo habrá paz —prometió Aresh, con una mirada morada que ardía con una promesa solemne—. Eres mi Omega, Seiichirou. Y nadie, absolutamente nadie, volverá a ponerte una mano encima mientras yo respire.

Seiichirou cerró los ojos, agotado por el trauma y el alivio. Bajo el efecto de los sedantes mágicos y el calor reconfortante de Aresh, finalmente se quedó dormido. Aresh permaneció sentado junto a él, vigilando su sueño como un guardián incansable. Su mente ya estaba trazando el destino de los hombres en las mazmorras, pero su corazón solo tenía espacio para el hombre que dormía frente a él.

El contador real siempre había sido un adicto al trabajo, pero a partir de ese día, Aresh se encargaría de que su única adicción fuera sentirse amado, protegido y, finalmente, reclamado por el Alfa que casi pierde la razón al verlo sufrir. El precio del silencio de aquellos atacantes sería alto, pero el valor de la sonrisa de Seiichirou, para Aresh, era simplemente incalculable.
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