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Especial 2

Фандом: ENHYPEN

Создан: 27.03.2026

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Bajo la Piel del Ciervo

El ambiente en la habitación era denso, cargado de un magnetismo que hacía que el aire pesara en los pulmones de Heeseung. Sunoo, con esa sonrisa de zorro que tanto lo caracterizaba, no apartaba la mirada de la entrepierna del mayor. La visión de la vulva de Heeseung, expuesta, brillante y palpitante bajo la tenue luz, era un espectáculo que el menor no estaba dispuesto a pasar por alto.

—Mírate, hyung... —susurró Sunoo, su voz era una caricia de terciopelo que erizaba cada vello del cuerpo de Heeseung—. Estás tan empapado que el roce de mis dedos suena como si estuvieras chapoteando en un charco.

Sunoo bajó la mano de nuevo, pero esta vez no se quedó en la superficie. Sus dedos, largos y hábiles, se deslizaron por la hendidura, recogiendo el exceso de lubricación natural que Heeseung producía sin descanso. Con una lentitud tortuosa, empezó a masajear la entrada, presionando rítmicamente contra los labios internos, que estaban tan hinchados que apenas dejaban ver el orificio.

—Ah... Sunoo-ah... —Heeseung soltó un jadeo entrecortado, echando la cabeza hacia atrás. Sus ojos de ciervo estaban nublados por las lágrimas de placer, y sus manos se aferraban a los bordes de la silla con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.

El menor soltó una risita baja, disfrutando de la vulnerabilidad de su hyung. Sin previo aviso, hundió la punta de su dedo índice. Fue una entrada lenta, permitiendo que las paredes de Heeseung se estiraran y se acostumbraran a la invasión. El sonido fue húmedo, un *chack* viscoso que hizo que el rostro del pelirrojo se encendiera en un rojo carmesí.

—Está tan caliente aquí dentro —comentó Sunoo con malicia, moviendo el dedo en un gancho hacia arriba—. Y tan apretado. ¿Es porque eres tú, o porque soy yo quien te toca?

—Es... es porque... ¡Ah! —Heeseung no pudo terminar la frase. Sunoo había encontrado el punto exacto donde la sensibilidad del mayor explotaba.

Sin darle tregua, Sunoo añadió un segundo dedo. El estiramiento fue más evidente ahora, y Heeseung sintió cómo su interior se aferraba desesperadamente al tacto del menor. Los dedos de Sunoo entraban y salían con un ritmo constante, creando un eco de sonidos líquidos que llenaban el silencio de la habitación. La hipersensibilidad de Heeseung estaba llegando a un punto crítico; cada embestida de los dedos de Sunoo se sentía como una descarga eléctrica que nacía en su entrepierna y subía por su columna hasta nublarle el juicio.

—Por favor... más... —suplicó Heeseung, moviendo las caderas hacia adelante en un intento inconsciente de profundizar el contacto.

—¿Más? Qué impaciente eres, hyung —se burló Sunoo, aunque sus propios ojos brillaban con un deseo oscuro.

Cumpliendo el deseo del mayor, forzó un tercer dedo hacia el interior. El gemido que escapó de los labios de Heeseung fue agudo, casi un grito de puro desborde sensorial. Estaba sobreestimulado; la sensación de plenitud era abrumadora, y el roce constante contra sus paredes internas lo hacía temblar de forma incontrolable. Sus muslos flaqueaban, y si no fuera porque estaba sentado, se habría desplomado.

Sunoo, viendo la desesperación en el rostro de Heeseung, decidió que era momento de reclamar más. Mientras su mano derecha continuaba con el incesante vaivén, provocando esos sonidos de chapoteo que delataban la excitación extrema del mayor, Sunoo se inclinó hacia adelante. Su mirada se desvió hacia el pecho de Heeseung, que subía y bajaba con violencia.

Siempre había sentido una fascinación especial por los pectorales de su hyung. Eran firmes, pero con una suavidad que invitaba a ser reclamada. Sin dejar de trabajar con sus dedos —ahora moviéndose con una rapidez que hacía que Heeseung sollozara—, Sunoo usó su mano izquierda para apresar uno de los pechos del mayor. Lo amasó con fuerza, sintiendo la calidez de la piel y la dureza del pezón reaccionando a su toque.

—Eres tan perfecto, Heeseungie —murmuró Sunoo antes de abalanzarse sobre el otro pectoral.

Comenzó a lamerlo, rodeando la aureola con su lengua antes de succionar con fuerza. Heeseung arqueó la espalda, sintiendo que sus sentidos colapsaban. El contraste entre la estimulación interna y el calor de la boca de Sunoo en su pecho era demasiado.

—¡Sunoo! ¡Para... no, no pares! —gritó Heeseung, con la voz quebrada. Sus dedos se hundieron en el cabello negro de Sunoo, no para apartarlo, sino para mantenerlo allí.

Sunoo sonrió contra su piel, sintiendo el poder que tenía sobre el pelirrojo. Mordisqueó el pezón con suavidad, provocando que Heeseung soltara un gemido que vibró en toda la habitación. La mano derecha de Sunoo no se detuvo; los tres dedos entraban y salían con una fuerza rítmica, provocando que la lubricación salpicara y el sonido viscoso se volviera ensordecedor para los oídos del mayor.

Heeseung, al borde del abismo, bajó la mirada y vio, a través de la neblina de su placer, el bulto prominente en los pantalones de Sunoo. Incluso a través de la tela, era evidente que el menor estaba sufriendo por el deseo. En un arranque de audacia nacido de la desesperación, Heeseung soltó un brazo de la silla y llevó su mano hacia la entrepierna de Sunoo.

Comenzó a acariciarlo por encima de la tela, apretando con torpeza pero con una intención clara. Sunoo soltó un gruñido bajo, una mezcla de sorpresa y satisfacción.

—¿Así que quieres jugar así, hyung? —Sunoo se incorporó un poco, soltando el pecho de Heeseung pero sin sacar los dedos de su interior.

Con un movimiento rápido, Sunoo se deshizo de sus pantalones, liberando su erección frente a los ojos de Heeseung. El mayor soltó un suspiro tembloroso, sus ojos de ciervo se dilataron aún más al ver la magnitud del deseo de Sunoo. Era una visión que siempre lo emocionaba, un recordatorio de que él era el único capaz de poner al dulce Sunoo en ese estado de necesidad.

—Tócame —ordenó Sunoo, su voz ahora más profunda y autoritaria.

Heeseung obedeció, envolviendo su mano alrededor de la longitud de Sunoo mientras el menor reiniciaba el movimiento de sus dedos dentro de él. El ritmo se volvió frenético. Heeseung sentía que sus paredes internas se contraían rítmicamente, buscando desesperadamente el alivio. Sunoo aumentó la presión, sus dedos buscaban ese punto exacto una y otra vez, ignorando las súplicas incoherentes del mayor.

—¡Me voy a... Sunoo, ya! —Heeseung apretó los muslos, su cuerpo se tensó como una cuerda de violín.

Con un último empuje profundo y un movimiento circular de los dedos de Sunoo, Heeseung colapsó. El orgasmo lo golpeó con la fuerza de un rayo, su interior se contrajo violentamente alrededor de la mano de Sunoo, y una cantidad generosa de su esencia terminó empapando la palma del menor. Heeseung quedó jadeando, con la mirada perdida y el cuerpo temblando en espasmos residuales.

Sin embargo, Sunoo no lo dejó descansar del todo. Continuó moviendo sus dedos con una suavidad maliciosa, rozando las paredes ahora hipersensibles de Heeseung.

—No... por favor, duele de lo bien que se siente... detente —gimió Heeseung, tratando de apartar la mano de Sunoo con sus propias manos débiles. Pero Sunoo era más fuerte, y simplemente lo miró con esos ojos de zorro, disfrutando de los últimos temblores de su hyung.

—Todavía no hemos terminado, hyung —dijo Sunoo con una sonrisa radiante que contrastaba con la oscuridad de sus palabras—. Vamos a la cama.

Sunoo retiró sus dedos con un sonido húmedo final y ayudó a Heeseung a ponerse de pie. El pelirrojo apenas podía sostenerse; sus piernas eran como gelatina y su equilibrio había desaparecido. Sunoo pasó un brazo por su cintura, sosteniéndolo con firmeza, disfrutando de cómo el cuerpo más alto de Heeseung se apoyaba totalmente en él.

Llegaron a la pequeña cama de una plaza. Sunoo recostó a Heeseung boca arriba con una delicadeza que rozaba lo posesivo. Sin perder tiempo, Sunoo se colocó entre sus piernas. Agarró los muslos de Heeseung por debajo de las rodillas y los empujó hacia arriba, doblando al mayor por la mitad hasta que sus rodillas tocaron su propio pecho.

—Sunoo-ah... —Heeseung lo miró, vulnerable, con el cabello rojo desordenado sobre la almohada.

—Eres mío, Heeseungie. Solo mío —sentenció Sunoo antes de posicionarse.

La entrada fue lenta, un contraste marcado con la frenética estimulación de antes. Sunoo quería que Heeseung sintiera cada milímetro, cada centímetro de su unión. El sonido era increíblemente húmedo; la lubricación de Heeseung servía como el conducto perfecto. El mayor soltó un gemido largo y profundo cuando sintió la plenitud total.

—¡Ah! Estás... tan adentro... —Heeseung cerró los ojos, sintiendo cómo Sunoo llenaba cada rincón de su ser.

Sunoo comenzó a moverse. Cada embestida era profunda y deliberada, haciendo que el cuerpo de Heeseung rebotara contra el colchón. Los sonidos de la carne chocando y el chapoteo constante de los fluidos llenaban la habitación, creando una sinfonía de intimidad absoluta. Heeseung sentía que perdía la noción del tiempo y el espacio; solo existía el peso de Sunoo sobre él, el calor de su interior y el placer que lo consumía.

Sunoo lo observaba con adoración y posesividad. Le encantaba ver cómo el rostro de Heeseung se transformaba bajo su toque, cómo el "hermano mayor" desaparecía para dejar paso a este ser entregado y febril. Aumentó el ritmo, sus manos apretando los muslos de Heeseung hasta que sus dedos dejaron marcas tenues en la piel pálida.

—Dime de quién eres, hyung —exigió Sunoo entre jadeos.

—Tuyo... soy tuyo, Sunoo... —respondió Heeseung, entregándose completamente al ritmo frenético que el menor imponía.

El clímax llegó para ambos en una explosión de sensaciones que los dejó sin aliento, unidos en un abrazo desesperado mientras el mundo exterior dejaba de existir.

Minutos después, el silencio regresó a la habitación, solo interrumpido por sus respiraciones que volvían a la normalidad. Sunoo, fiel a su naturaleza terna tras la tormenta, se levantó con cuidado. Buscó unas toallitas húmedas que Heeseung guardaba en su mesa de noche.

Con una suavidad infinita, comenzó a limpiar el cuerpo del mayor, eliminando los rastros de su pasión con movimientos lentos y cuidadosos. Heeseung lo miraba con ojos soñolientos, sintiéndose cuidado y amado. Una vez terminado, Sunoo lo ayudó a acomodarse bajo las mantas.

Sunoo se deslizó a su lado en la pequeña cama, acomodando el cuerpo de Heeseung contra el suyo. El pelirrojo ya estaba cerrando los ojos, vencido por el cansancio y la satisfacción. Sunoo se inclinó y dejó un beso dulce en su frente, y luego otro en sus labios.

—Te amo, hyung —susurró Sunoo al oído de un Heeseung que ya empezaba a soñar—. Y recuerda... eres solo mío. Nadie más puede tenerte así.

Heeseung soltó un suspiro inconsciente y se acurrucó más contra el pecho de Sunoo. El menor sonrió, cerrando los ojos también, rodeando a su ciervo con sus brazos, protegiendo su tesoro más preciado mientras el sueño finalmente los reclamaba a ambos.
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