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Re zero:el contrato y el conejo

Фандом: Re zero

Создан: 30.03.2026

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ФэнтезиПопаданчествоДрамаАнгстHurt/ComfortЭкшнДивергенцияРетеллингПриключенияТрагедия
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El pacto de las almas perdidas y el fulgor del carmesí

La soledad en la capital de Lugunica tenía un sabor amargo, como el metal oxidado y la desesperanza. Natsuki Subaru caminaba por las calles empedradas, con el orgullo herido y el eco de las palabras de Emilia resonando en su cabeza como una sentencia de muerte. «No entiendo nada de lo que dices, Subaru». Esas palabras dolían más que cualquier herida física que Julius le hubiera infligido en la arena.

A kilómetros de distancia, en la mansión Roswaal, Emilia observaba el jardín desde su ventana, con el pecho oprimido por una angustia que no lograba nombrar. El vacío que Subaru había dejado era una sombra que devoraba la calma del santuario.

Entonces, el cielo se rompió.

No fue un trueno, ni un terremoto. Fue una grieta de luz blanca que se expandió sobre la capital y sobre la mansión, transformándose en pantallas gigantescas que desafiaban las leyes de la magia conocida. En la biblioteca prohibida, Beatrice alzó la vista de su libro, sus ojos con pupilas de mariposa dilatándose ante la intrusión de una pantalla que flotaba entre las estanterías de sabiduría milenaria.

—¿Qué es esta impertinencia, supongo? —murmuró la pequeña bibliotecaria, aunque su voz tembló.

Las pantallas cobraron vida.

La imagen no mostraba el presente, sino un futuro envuelto en llamas. Una biblioteca —la misma en la que Beatrice se encontraba— ardía bajo un fuego implacable. El calor parecía traspasar la imagen, sofocando a los espectadores. En medio del caos, un Subaru diferente, con la ropa desgarrada y la mirada cargada de una determinación feroz, extendía su mano hacia una Beatrice que lloraba, aferrada a su soledad de cuatro siglos.

—¡Beatrice! —gritó el Subaru de la pantalla, su voz quebrada por el humo—. ¡No soy "esa persona"! ¡No soy quien has estado esperando durante cuatrocientos años!

En la capital, el Subaru actual se detuvo en seco, con la boca abierta. La gente a su alrededor —caballeros, comerciantes, plebeyos— señalaba al cielo con asombro y terror.

—Ese... ¿ese soy yo? —susurró Subaru, sintiendo un escalofrío recorrer su columna.

En la pantalla, Beatrice negaba con la cabeza, con las lágrimas fluyendo sin control.

—Entonces vete... —sollozó la niña—. Si no eres él, déjame morir con mis libros. He esperado demasiado... el tiempo me ha roto, supongo.

—¡No voy a dejarte! —el Subaru de la pantalla dio un paso hacia adelante, ignorando las vigas que caían a su alrededor—. Escúchame bien, Beako. No puedo ser el hombre de tus profecías, pero prometo que seré tu número uno. ¡Te sacaré de aquí y compensaré cada segundo de esos cuatrocientos años perdidos!

El silencio cayó sobre Lugunica. Incluso los caballeros más arrogantes guardaron silencio ante la intensidad de la promesa.

—Mis días, mis noches, mis alegrías y mis penas... los grabaré en tu alma para que nunca vuelvas a estar sola —continuó el Subaru proyectado, con una sonrisa triste pero llena de amor—. ¡Así que, por favor, ayúdame! ¡Elígeme a mí!

Beatrice, en la biblioteca real del presente, dejó caer su libro. Sus manos temblaban. Nunca nadie le había hablado así. Nunca nadie había desafiado el contrato de su madre con tanta vehemencia.

En la pantalla, la pequeña Beatrice finalmente extendió su mano y tomó la de Subaru. En ese instante, una explosión de maná envolvió la escena y la biblioteca desapareció en un torbellino de chispas y cenizas.

La imagen cambió bruscamente.

Ahora, el escenario era un páramo gélido y desolado: el Santuario. El aire estaba cargado de una estática mágica que erizaba la piel. Subaru y Beatrice aparecieron en medio de la nieve, tomados de la mano, pero no estaban solos.

—¿Qué es eso? —preguntó un civil en la capital, señalando las pequeñas manchas blancas que cubrían el suelo.

Eran miles. Decenas de miles. Pequeños conejos de ojos rojos y cuernos afilados que se movían como una marea de muerte blanca. El Gran Conejo, una de las tres Grandes Bestias, la calamidad que devoraba todo a su paso.

—Subaru... —susurró Emilia desde la mansión, llevándose las manos a la boca al verse a sí misma en la pantalla, de pie junto a ellos, con el cabello plateado ondeando al viento y una expresión de resolución que nunca antes había mostrado.

—¡Vienen, Betty! —exclamó el Subaru de la pantalla, posicionándose frente a las dos mujeres.

—No te preocupes, Subaru —respondió la Beatrice proyectada, flotando a su lado con una elegancia divina—. Mientras estés conmigo, el mundo entero podría arder y yo te protegería, supongo.

La batalla comenzó.

Fue una danza de destrucción y belleza. Beatrice extendió sus manos y el espacio mismo pareció plegarse bajo su voluntad.

—¡El Minya! —gritó ella.

Cientos de estacas de cristal oscuro surgieron del aire, empalando a las bestias con una precisión quirúrgica. Pero el Gran Conejo era infinito. Por cada diez que morían, cien más saltaban desde la nieve con las fauces abiertas, ansiosos por probar la carne humana.

—¡Emilia, ahora! —ordenó Subaru.

La Emilia de la pantalla alzó su mano, y un círculo mágico gigante se dibujó bajo sus pies.

—¡Que el frío los reclame! —exclamó la medio elfa.

Una ráfaga de hielo absoluto barrió el campo de batalla, congelando a miles de conejos en estatuas de cristal. Sin embargo, la masa de bestias seguía avanzando, trepando unas sobre otras, formando una ola de hambre insaciable.

Subaru no se quedó atrás. Aunque no poseía la magia destructiva de las dos mujeres, se movía entre ellas como el nexo que las mantenía unidas. Daba órdenes, señalaba los puntos ciegos y, en un momento crítico, utilizó su autoridad oculta para atraer la atención de la horda hacia él, dándole tiempo a Beatrice para preparar su hechizo final.

—¡Beatrice! ¡Hazlo ya! —rugió Subaru, mientras un conejo le desgarraba la manga de la chaqueta.

—¡Al Shamak! —la voz de la niña resonó como un trueno celestial.

Un vacío absoluto comenzó a tragarse el mundo. No era simple oscuridad; era la eliminación del espacio. Las pantallas vibraron con el poder del hechizo. Uno a uno, los miles de conejos fueron succionados hacia una dimensión donde el tiempo y el espacio no existían, donde el hambre del Gran Conejo se perdería para siempre en el olvido.

Cuando el último de los conejos desapareció, el silencio regresó al Santuario nevado. Subaru cayó de rodillas, jadeando, pero antes de tocar el suelo, Beatrice lo sostuvo.

—Lo hicimos... —susurró Subaru, mirando a la pequeña espíritu.

—Lo hicimos porque tú estabas aquí, Subaru —respondió ella, limpiándole una mancha de sangre de la mejilla—. Mi contratista es un hombre muy problemático, supongo.

La pantalla se desvaneció lentamente, dejando el cielo de Lugunica azul y despejado una vez más, como si nada hubiera ocurrido. Pero el mundo ya no era el mismo.

En la capital, la multitud permanecía en un silencio sepulcral. Las miradas se volvieron hacia el Subaru real, que seguía de pie en medio de la calle, temblando. Ya no lo veían como un bufón o un forastero arrogante. Habían visto al hombre que desafió a una de las Grandes Bestias y que ofreció su vida por un espíritu olvidado.

Julius Juakulius, que observaba desde el balcón de la orden de caballeros, apretó el puño sobre la barandilla.

—¿Ese es el destino que te aguarda, Natsuki Subaru? —se preguntó en voz baja—. Un destino de llamas y gloria.

En la mansión, Emilia se dejó caer en su silla, con el corazón latiendo desbocado. Aquellas imágenes... esa conexión entre Subaru y Beatrice... era algo que ella no comprendía, pero que la llenaba de una extraña calidez y, al mismo tiempo, de una punzada de envidia que no sabía cómo gestionar.

—Subaru... —murmuró su nombre, como si fuera una oración—. ¿Realmente vas a hacer todo eso por nosotros?

Mientras tanto, en la biblioteca prohibida, Beatrice se abrazaba a sí misma. Sus ojos, antes fríos y distantes, ahora brillaban con una chispa de esperanza que no había sentido en siglos.

—"Elígeme a mí"... —repitió las palabras de la pantalla—. Qué hombre tan egoísta... y qué maravilloso sería que fuera verdad, supongo.

Subaru, en la capital, finalmente reaccionó. Se tapó la cara con las manos, tratando de procesar lo que acababa de ver. No sabía de dónde venían esas imágenes ni por qué se habían mostrado, pero una cosa estaba clara: el futuro no estaba escrito en piedra, pero él acababa de ver una versión de sí mismo que no estaba dispuesto a decepcionar.

—No sé cómo llegaré a ese momento —dijo Subaru para sí mismo, con una nueva luz en sus ojos—. Pero si ese es el hombre en el que me convierto... entonces no puedo rendirme aquí.

Se dio la vuelta y comenzó a caminar, ya no con el paso errático de un hombre derrotado, sino con la determinación de alguien que sabe que su vida tiene un precio, y que está dispuesto a pagarlo para salvar a aquellos que ama.

—Espérame, Emilia. Espérame, Beatrice —susurró al viento—. Voy a ser ese héroe. Aunque tenga que morir mil veces para lograrlo.

El eco de la batalla contra el Gran Conejo seguía vibrando en el aire de Lugunica, una premonición de lo que estaba por venir, y una advertencia para todos aquellos que osaran subestimar al joven que no tenía nada, excepto una voluntad inquebrantable y un corazón capaz de abrazar a un espíritu que el mundo había olvidado.

La historia de Natsuki Subaru acababa de cambiar de rumbo, y el arco de la capital, marcado por la disputa, se transformaba ahora en el prólogo de una leyenda grabada en las cenizas de una biblioteca y el frío de un santuario.
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