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Re zero, eres un tipo increíble Natsuki subaru

Фандом: Re zero

Создан: 30.03.2026

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ФэнтезиПопаданчествоДрамаАнгстHurt/ComfortПсихологияCharacter studyСеттинг оригинального произведенияДивергенция
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El reflejo del héroe y el peso de un nombre

La mañana en las cercanías de la ciudad de Priestella era inusualmente tranquila. El grupo de Emilia, tras haber aceptado la invitación de Anastasia Hoshin, se encontraba en medio de los preparativos finales para su viaje. El aire fresco soplaba sobre las verdes praderas de Lugunica, y Subaru, con su habitual energía desbordante, intentaba animar a Beatrice mientras cargaban los carruajes de dragón.

Sin embargo, el destino, ese hilo invisible que Subaru conocía tan bien y odiaba con fervor, decidió que la paz no era un lujo que él pudiera permitirse por mucho tiempo.

De repente, el cielo se rasgó. No fue un trueno, ni una tormenta, sino un fenómeno que desafiaba toda lógica mágica conocida. Enormes grietas de luz blanca aparecieron sobre las capitales y los pueblos más importantes del reino. En cuestión de segundos, las grietas se expandieron hasta formar pantallas gigantescas, suspendidas en el aire como espejos celestiales que observaban el mundo desde las alturas.

—¿Subaru? ¿Qué es eso? —preguntó Emilia, entrecerrando sus ojos amatista mientras protegía su vista con una mano.

Subaru Natsuki, cuya mano se había congelado sobre la rienda del dragón de tierra, sintió un escalofrío recorrer su columna. Ese tipo de anomalías nunca traían nada bueno.

—No lo sé, Emilia-tan. Pero tengo un presentimiento horrible —murmuró Subaru, atrayendo a Beatrice hacia él. La pequeña espíritu se aferró a su manga, con el rostro pálido.

En todo el continente, desde la mansión de Roswaal hasta el castillo de Lugunica, la gente se detuvo. Los caballeros desenvainaron sus espadas y los aldeanos se arrodillaron en oración. Pero las pantallas no atacaron. En su lugar, comenzaron a mostrar imágenes.

La cámara, con una nitidez aterradora, descendió desde las nubes hasta enfocar una estructura que muchos solo conocían por leyendas: la Atalaya de Pléyades. La torre de arena, rodeada por el desierto de ceniza, se alzaba imponente y solitaria.

—Ese lugar... —susurró Julius Juukulius en otro punto del reino, reconociendo la arquitectura prohibida.

La imagen no se detuvo en el exterior. Como si fuera un fantasma atravesando paredes, la visión se adentró en los pasillos de piedra fría, bajando hacia los niveles inferiores, hacia la biblioteca que guardaba los secretos del alma. Allí, sentado en el suelo polvoriento, se encontraba un joven.

El silencio cayó sobre el mundo cuando todos reconocieron al protagonista de la imagen.

—¿Subaru? —Emilia retrocedió un paso, confundida—. Pero si Subaru está aquí...

En la pantalla, el Natsuki Subaru que veían no era el joven entusiasta que todos conocían. Sus ojos estaban hundidos, carentes de esa chispa de terquedad que lo caracterizaba. Parecía más pequeño, más frágil, como si el peso del mundo hubiera aplastado sus hombros. Su ropa estaba sucia y su cabello revuelto.

Pero lo más inquietante era lo que sostenía entre sus manos temblorosas: un libro encuadernado en cuero oscuro, con un nombre grabado en la portada que solo la cámara parecía querer revelar.

—"Libro de los Muertos: Natsuki Subaru" —leyó Reinhard van Astrea en voz alta, con la voz cargada de una extraña melancolía—. ¿Cómo es posible?

En la pantalla, el Subaru de la torre, el Subaru amnésico, pasó una página con dedos torpes. Sus ojos se movían frenéticamente, leyendo una vida que no recordaba, una serie de fracasos y sufrimientos que su mente había borrado para protegerse.

—No puede ser... —susurró Subaru, el real, sintiendo que el aire se escapaba de sus pulmones—. Eso no ha pasado... ¿verdad?

De repente, la escena cambió. No era un recuerdo, sino un encuentro que desafiaba el tiempo y el espacio dentro de los pasillos espirituales de la torre. El Subaru amnésico levantó la vista y se encontró frente a una figura que emanaba una confianza serena, una figura que vestía su misma ropa pero que portaba una mirada completamente distinta.

Era el Subaru "real". El Subaru que había aceptado su destino, el que había muerto mil veces y se había levantado mil una.

El encuentro entre las dos versiones de sí mismo dejó al mundo en un silencio sepulcral.

—Así que tú eres yo —dijo el Subaru amnésico. Su voz sonaba quebrada, llena de un odio profundo dirigido hacia su propio reflejo—. He leído sobre ti. He leído este libro de principio a fin.

El Subaru real no respondió de inmediato. Mantenía una sonrisa suave, casi triste, mientras observaba a su versión más joven y perdida.

—¿Y qué te ha parecido? —preguntó el Subaru real.

El amnésico apretó el libro contra su pecho, sus nudillos se volvieron blancos. Sus ojos se llenaron de lágrimas de frustración y asco.

—Eres patético —escupió el Subaru amnésico—. Eres débil. Eres tan tonto que me duele la cabeza solo de pensar que compartimos el mismo nombre. Eres exasperante, Subaru Natsuki.

En el mundo exterior, las palabras cayeron como martillazos. Emilia llevó sus manos a su boca, sintiendo el dolor en las palabras de esa versión de su caballero. Rem, en la capital, sintió que su corazón se rompía al escuchar a Subaru odiarse a sí mismo de esa manera tan cruda.

—Mírate —continuó el amnésico en la pantalla, acercándose al otro—. Te han humillado, te han matado, te han despreciado. Y aun así, vuelves por más. No tienes talento, no tienes fuerza, no tienes nada. Solo eres un impostor que intenta jugar a ser un héroe. No eres más que un niño asustado que no sabe cuándo rendirse.

El Subaru real escuchó cada insulto sin pestañear. La sonrisa no desapareció de su rostro, aunque sus ojos mostraban que entendía perfectamente ese dolor. Él mismo había pasado noches enteras pensando exactamente lo mismo frente al espejo.

—Tienes razón —dijo finalmente el Subaru real. Su voz era firme, proyectando una calma que contrastaba con la desesperación del otro—. No te equivocas en nada de lo que has dicho. Soy débil. Soy un tonto. He cometido más errores de los que puedo contar y he sido patético más veces de las que me gustaría admitir.

El Subaru amnésico se detuvo, confundido por la falta de resistencia.

—Entonces, ¿por qué? —preguntó el amnésico, con la voz temblando—. ¿Por qué sigues sonriendo así? ¿Por qué sigues intentando ser alguien que claramente no eres?

El Subaru real dio un paso adelante. No había rastro de arrogancia en su movimiento, solo una aceptación absoluta de su propia existencia.

—Porque a pesar de todo eso —dijo el Subaru real, y su sonrisa se ensanchó, volviéndose brillante, casi desafiante contra la oscuridad de la biblioteca—, eres un tipo increíble, Natsuki Subaru.

El amnésico retrocedió, como si lo hubieran golpeado físicamente.

—¿De qué estás hablando? —gritó—. ¡Acabo de decirte que eres un desastre! ¡Que no vales nada!

—Y yo te digo que te equivocas en eso último —respondió el real, señalando el libro de los muertos—. Has leído esas páginas, ¿no? Has visto lo que ese "tipo patético" ha hecho. Ha llorado, ha sangrado y ha muerto una y otra vez, pero nunca, ni una sola vez, dejó de amar a las personas que quería salvar.

En la pantalla, el Subaru real extendió una mano hacia su otro yo.

—Ser débil no tiene nada de malo. Ser tonto es algo que podemos arreglar. Pero seguir adelante cuando todo está perdido, cuando ni siquiera tú mismo crees en ti... eso es lo que te hace increíble. No necesitas ser un héroe de leyenda para ser alguien valioso. Solo necesitas ser tú.

El Subaru amnésico dejó caer el libro. Sus hombros se desplomaron y comenzó a sollozar, ocultando su rostro entre sus manos. El Subaru real se acercó y, con una ternura que conmovió a todos los que observaban desde el mundo exterior, puso una mano sobre su hombro.

—Está bien —susurró el real—. Puedes estar asustado. Puedes odiarme si quieres. Pero yo nunca te odiaré. Porque sé cuánto te ha costado llegar hasta aquí.

La imagen comenzó a desvanecerse lentamente, dejando a los espectadores con la visión de las dos versiones del joven fundiéndose en un abrazo simbólico de aceptación.

En Priestella, el Subaru real sintió que las lágrimas corrían por sus mejillas. No sabía cuándo ocurriría eso, ni cómo terminaría en esa torre, pero sentía que algo dentro de él se había curado.

—Subaru... —Emilia se acercó a él y lo rodeó con sus brazos, escondiendo su rostro en su pecho—. Eres increíble. Siempre lo has sido.

Beatrice se abrazó a su pierna, sollozando silenciosamente.

—Mi contratista es un tonto, supongo —dijo la pequeña espíritu con la voz entrecortada—. Un tonto increíblemente valiente.

Subaru miró hacia el cielo, donde las pantallas se desvanecían dejando tras de sí un rastro de partículas de luz. Sabía que el camino por delante sería difícil. Sabía que Priestella probablemente traería más dolor y desafíos. Pero por primera vez, sintió que no importaba cuántas veces cayera, o cuántas veces perdiera la memoria o la esperanza.

Él era Natsuki Subaru. Y eso, a pesar de todas sus debilidades, era suficiente.

—Bueno —dijo Subaru, secándose las lágrimas con la manga y recuperando su tono habitual, aunque con una nota de sinceridad más profunda—. Parece que el mundo entero acaba de ver mis trapos sucios. ¡Qué vergüenza! ¡Anastasia va a cobrarme por el tiempo de antena!

—¡Subaru! —exclamó Emilia, riendo entre lágrimas por su repentino cambio de humor.

—Vamos, Emilia-tan, Beako. Tenemos una ciudad que visitar y una invitación que cumplir. No podemos dejar que el público se quede con la imagen de un Subaru llorón.

Mientras el grupo retomaba su camino, el ambiente era diferente. Los caballeros de la zona miraban a Subaru con un respeto renovado, y la gente común murmuraba su nombre con una mezcla de asombro y gratitud. La pantalla les había mostrado la vulnerabilidad del héroe, pero al hacerlo, lo habían hecho más real que cualquier leyenda.

Subaru Natsuki, el hombre que se odiaba a sí mismo, acababa de enseñarle al mundo que el mayor acto de valentía no es ser invencible, sino aprender a perdonarse a uno mismo.

Y mientras el carruaje avanzaba hacia las puertas de Priestella, Subaru miró sus manos. Ya no temblaban. Estaba listo para lo que viniera, porque finalmente entendía que, incluso en sus momentos más oscuros, nunca estaría realmente solo. Su propia voluntad, su pasado y su futuro, caminaban a su lado.

—Sí —se dijo a sí mismo en un susurro que solo el viento escuchó—. Soy un tipo increíble.

El viaje continuó, y bajo el sol de Lugunica, la sombra del chico que vino de otro mundo parecía un poco más brillante que antes.
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