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Pasión de una porno
Фандом: Kengan ashura
Создан: 02.04.2026
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Contrato de Sangre y Deseo
El aire en aquel estudio clandestino era pesado, cargado con el olor a ozono de las luces de neón y un rastro metálico que parecía emanar de los propios cuerpos de los hombres allí presentes. Ohma Tokita, el "Asura", se encontraba de pie en medio de un set que simulaba una oficina de lujo, sintiéndose extrañamente fuera de lugar pero, al mismo tiempo, dominado por un instinto que no lograba reprimir. A su lado, Raian Kure, el "Diablo", mostraba una sonrisa depredadora, sus ojos negros con pupilas blancas brillando con una malicia pura.
Detrás de las cámaras, Yamashita Kazuo sudaba frío, limpiándose las gafas con manos temblorosas. No sabía cómo habían terminado en esta situación. Kaede Akiyama, siempre profesional, intentaba mantener la compostura mientras Shion Soryuin y Tomoko se mordían los labios, observando la escena con una mezcla de morbo y fascinación. No era una pelea del torneo Kengan, pero la tensión era igual de letal.
— Bien, todos a sus puestos —gritó el director desde las sombras—. ¡Acción!
Setsuna Kiryu entró en el encuadre. Vestía un traje entallado que resaltaba su figura grácil y musculosa. Sus ojos, siempre fijos en Ohma con una devoción que rozaba la locura, brillaban bajo los focos. Se acercó al escritorio donde Ohma y Raian estaban sentados como los dueños de una corporación que no aceptaba un "no" por respuesta.
— Buenos días —dijo Setsuna, su voz era suave, casi un susurro—. Vengo por la vacante de secretario.
Raian soltó una carcajada ronca, recostándose en su silla de cuero y apoyando las botas sobre la madera pulida del escritorio.
— ¿Secretario, eh? —Raian lo escaneó de arriba abajo como si fuera un trozo de carne—. ¿Y por qué querrías un trabajo tan aburrido, precioso?
— Siempre he estado interesado en ser secretario... —respondió Setsuna, manteniendo su mirada en Ohma, ignorando casi por completo la hostilidad de Raian—. Especialmente para alguien como usted, Ohma-sama.
Ohma, cuya paciencia era inexistente, se inclinó hacia adelante. Su presencia física llenaba la habitación, una masa de músculos listos para la violencia.
— ¿Estás dispuesto a hacer todo lo necesario para obtener este puesto? —preguntó Ohma, su voz era un gruñido bajo que hizo que el vello de la nuca de Setsuna se erizara.
— Sí —respondió Setsuna sin dudar, una chispa de sumisión absoluta cruzando sus ojos—. Lo que sea.
Raian se puso de pie de un salto, rodeando el escritorio con la gracia de un tigre. Se detuvo justo frente a Setsuna, invadiendo su espacio personal.
— En ese caso, desnúdate —ordenó Raian, su sonrisa ensanchándose.
Setsuna parpadeó, la sorpresa cruzando su rostro por un breve segundo antes de que la máscara de calma regresara.
— ¿Qué? —preguntó, aunque su voz no flaqueó tanto como su cuerpo, que empezó a temblar ligeramente.
— ¿Quieres el trabajo o no? —intervino Ohma, cruzándose de brazos—. Si lo quieres, haz lo que dijo.
Setsuna tragó saliva. Sus dedos, largos y elegantes, subieron al primer botón de su camisa. Sus manos temblaban mientras desabrochaba la prenda lentamente, deslizando la tela sobre sus hombros. La piel pálida y marcada por cicatrices de entrenamientos inhumanos quedó al descubierto bajo las luces blancas.
— ¡Más rápido! —rugió Raian, impaciente—. No tenemos todo el día.
Antes de que Setsuna pudiera reaccionar, Raian se lanzó hacia adelante. Con un movimiento violento y experto, agarró el cinturón del pantalón de Setsuna y lo bajó de un solo tirón, llevándose los calzoncillos consigo. Setsuna soltó un jadeo de sorpresa, su cuerpo quedando completamente desnudo y expuesto ante los dos hombres y las cámaras.
— Inclínate en el escritorio —ordenó Ohma, levantándose de su asiento.
Setsuna, con la respiración agitada, dudó un momento. Su orgullo de luchador luchaba contra su deseo de ser dominado por el hombre que consideraba su dios. Lentamente, se inclinó sobre la superficie de madera, apoyando las palmas de las manos y ofreciendo su cuerpo.
¡PLAS!
El sonido de la mano de Raian impactando contra la nalga de Setsuna resonó en todo el estudio. Setsuna soltó un gemido fuerte, arqueando la espalda.
— ¡Eso es! —exclamó Raian, agarrando los pezones de Setsuna con fuerza, retorciéndolos hasta que el luchador volvió a gemir, esta vez con más intensidad—. Me gusta cuando gritas.
Ohma se acercó por delante. Se desabrochó los pantalones y liberó su miembro, que ya estaba rígido y palpitante. Lo acercó al rostro de Setsuna, cuya expresión era una mezcla de dolor y éxtasis.
— Chúpalo —ordenó Ohma con una frialdad que no admitía réplica.
Setsuna obedeció de inmediato, envolviendo sus labios alrededor de Ohma con una devoción casi religiosa. Mientras tanto, Raian no perdió el tiempo. Se posicionó detrás de Setsuna y, sin previo aviso ni lubricación, lo penetró con una embestida violenta que hizo que Setsuna gritara contra el pene de Ohma.
Lágrimas de dolor y placer extremo rodaron por las mejillas de Setsuna mientras Raian lo embestía sin piedad, cada golpe enviando ondas de choque a través de su cuerpo musculoso. Ohma lo sujetaba del cabello, obligándolo a mantener el ritmo, marcando el territorio en su boca mientras Raian reclamaba su retaguardia.
— ¡Eres una pequeña perra obediente! —rugió Raian, golpeando la carne de Setsuna con una fuerza que habría roto a un hombre común.
Después de un rato de brutalidad incesante, intercambiaron posiciones. Ohma, ahora poseído por un frenesí posesivo, penetró a Setsuna con una potencia que lo hacía estremecerse. Raian, por su parte, obligó a Setsuna a arrodillarse frente a él, metiendo su miembro en la boca del secretario improvisado con la misma violencia con la que lo había tomado por detrás.
El estudio estaba en silencio, salvo por los sonidos húmedos, los gemidos desgarradores de Setsuna y los gruñidos animales de los dos luchadores. Kaede se tapaba la boca con la mano, Shion observaba con los ojos muy abiertos y Tomoko parecía estar a punto de desmayarse por la intensidad de la escena.
Finalmente, la culminación llegó. En una posición donde ambos lo penetraban a la vez —uno por cada orificio—, la tensión llegó a su límite. Raian y Ohma rugieron al unísono, descargando su simiente sobre la espalda y el pecho de Setsuna, cubriendo su piel sudorosa.
— Tienes el trabajo —dijo Raian, jadeando y limpiándose el sudor de la frente.
— Corte —dijo el director, casi sin aliento.
Setsuna se quedó allí, temblando en el suelo del set, el cuerpo cubierto de fluidos y marcas rojas. Con esfuerzo, se levantó, sin mirar a nadie, y caminó tambaleante hacia los baños del estudio para limpiarse.
Ohma se quedó mirando la puerta por la que Setsuna había desaparecido. Su respiración aún no se había normalizado. El acto, aunque era para una "escena", había despertado algo en él que no se había apagado con la eyaculación. La sumisión total de Setsuna, su resistencia física y la forma en que lo miraba... lo habían dejado más excitado de lo que quería admitir.
Sin decir una palabra a Yamashita o a los demás, Ohma caminó hacia los baños.
Al entrar, escuchó el sonido del agua corriendo. Setsuna estaba de pie bajo la ducha, frotando su piel con desesperación, tratando de quitarse el rastro de Raian y de la cámara. Cuando Ohma entró en el cubículo y cerró la puerta con pestillo, Setsuna se sobresaltó.
— ¿Ohma-sama? —preguntó Setsuna, su voz temblorosa—. La escena ya terminó...
— No ha terminado —dijo Ohma, acortando la distancia en un segundo y pegando a Setsuna contra los azulejos húmedos.
— Pero... —Setsuna no pudo terminar la frase.
Ohma lo agarró por el cuello, no para asfixiarlo, sino para reclamarlo. Sus labios se estrellaron contra los de Setsuna en un beso hambriento, carente de cualquier delicadeza. El agua caliente caía sobre ellos, pero el calor que emanaba de sus cuerpos era superior.
— No me importa la cámara —gruñó Ohma contra su oído—. Todavía no he terminado contigo.
Ohma lo giró con brusquedad, obligándolo a apoyar las manos contra la pared de la ducha. Sin preámbulos, volvió a entrar en él, pero esta vez no había guion, no había directores, solo el deseo puro y posesivo de un hombre que se negaba a dejar ir su presa.
Setsuna gritó, un sonido que se perdió entre el ruido del agua y los azulejos. Sus piernas flaquearon, pero Ohma lo sostuvo por la cintura, sus dedos hundiéndose en su carne. Cada embestida era una declaración de propiedad.
— Eres mío, Setsuna —susurró Ohma, su voz cargada de una oscuridad que hizo que Setsuna se estremeciera de placer—. Solo mío.
— Sí... —gimió Setsuna, inclinando la cabeza hacia atrás, dejando que el agua lavara sus lágrimas—. Soy tuyo... haz conmigo lo que quieras... Ohma-sama...
En la soledad del baño, lejos de las luces y el contrato, la verdadera sumisión se selló con cada golpe, cada jadeo y la absoluta obediencia de un hombre que solo vivía para el placer de su verdugo.
Detrás de las cámaras, Yamashita Kazuo sudaba frío, limpiándose las gafas con manos temblorosas. No sabía cómo habían terminado en esta situación. Kaede Akiyama, siempre profesional, intentaba mantener la compostura mientras Shion Soryuin y Tomoko se mordían los labios, observando la escena con una mezcla de morbo y fascinación. No era una pelea del torneo Kengan, pero la tensión era igual de letal.
— Bien, todos a sus puestos —gritó el director desde las sombras—. ¡Acción!
Setsuna Kiryu entró en el encuadre. Vestía un traje entallado que resaltaba su figura grácil y musculosa. Sus ojos, siempre fijos en Ohma con una devoción que rozaba la locura, brillaban bajo los focos. Se acercó al escritorio donde Ohma y Raian estaban sentados como los dueños de una corporación que no aceptaba un "no" por respuesta.
— Buenos días —dijo Setsuna, su voz era suave, casi un susurro—. Vengo por la vacante de secretario.
Raian soltó una carcajada ronca, recostándose en su silla de cuero y apoyando las botas sobre la madera pulida del escritorio.
— ¿Secretario, eh? —Raian lo escaneó de arriba abajo como si fuera un trozo de carne—. ¿Y por qué querrías un trabajo tan aburrido, precioso?
— Siempre he estado interesado en ser secretario... —respondió Setsuna, manteniendo su mirada en Ohma, ignorando casi por completo la hostilidad de Raian—. Especialmente para alguien como usted, Ohma-sama.
Ohma, cuya paciencia era inexistente, se inclinó hacia adelante. Su presencia física llenaba la habitación, una masa de músculos listos para la violencia.
— ¿Estás dispuesto a hacer todo lo necesario para obtener este puesto? —preguntó Ohma, su voz era un gruñido bajo que hizo que el vello de la nuca de Setsuna se erizara.
— Sí —respondió Setsuna sin dudar, una chispa de sumisión absoluta cruzando sus ojos—. Lo que sea.
Raian se puso de pie de un salto, rodeando el escritorio con la gracia de un tigre. Se detuvo justo frente a Setsuna, invadiendo su espacio personal.
— En ese caso, desnúdate —ordenó Raian, su sonrisa ensanchándose.
Setsuna parpadeó, la sorpresa cruzando su rostro por un breve segundo antes de que la máscara de calma regresara.
— ¿Qué? —preguntó, aunque su voz no flaqueó tanto como su cuerpo, que empezó a temblar ligeramente.
— ¿Quieres el trabajo o no? —intervino Ohma, cruzándose de brazos—. Si lo quieres, haz lo que dijo.
Setsuna tragó saliva. Sus dedos, largos y elegantes, subieron al primer botón de su camisa. Sus manos temblaban mientras desabrochaba la prenda lentamente, deslizando la tela sobre sus hombros. La piel pálida y marcada por cicatrices de entrenamientos inhumanos quedó al descubierto bajo las luces blancas.
— ¡Más rápido! —rugió Raian, impaciente—. No tenemos todo el día.
Antes de que Setsuna pudiera reaccionar, Raian se lanzó hacia adelante. Con un movimiento violento y experto, agarró el cinturón del pantalón de Setsuna y lo bajó de un solo tirón, llevándose los calzoncillos consigo. Setsuna soltó un jadeo de sorpresa, su cuerpo quedando completamente desnudo y expuesto ante los dos hombres y las cámaras.
— Inclínate en el escritorio —ordenó Ohma, levantándose de su asiento.
Setsuna, con la respiración agitada, dudó un momento. Su orgullo de luchador luchaba contra su deseo de ser dominado por el hombre que consideraba su dios. Lentamente, se inclinó sobre la superficie de madera, apoyando las palmas de las manos y ofreciendo su cuerpo.
¡PLAS!
El sonido de la mano de Raian impactando contra la nalga de Setsuna resonó en todo el estudio. Setsuna soltó un gemido fuerte, arqueando la espalda.
— ¡Eso es! —exclamó Raian, agarrando los pezones de Setsuna con fuerza, retorciéndolos hasta que el luchador volvió a gemir, esta vez con más intensidad—. Me gusta cuando gritas.
Ohma se acercó por delante. Se desabrochó los pantalones y liberó su miembro, que ya estaba rígido y palpitante. Lo acercó al rostro de Setsuna, cuya expresión era una mezcla de dolor y éxtasis.
— Chúpalo —ordenó Ohma con una frialdad que no admitía réplica.
Setsuna obedeció de inmediato, envolviendo sus labios alrededor de Ohma con una devoción casi religiosa. Mientras tanto, Raian no perdió el tiempo. Se posicionó detrás de Setsuna y, sin previo aviso ni lubricación, lo penetró con una embestida violenta que hizo que Setsuna gritara contra el pene de Ohma.
Lágrimas de dolor y placer extremo rodaron por las mejillas de Setsuna mientras Raian lo embestía sin piedad, cada golpe enviando ondas de choque a través de su cuerpo musculoso. Ohma lo sujetaba del cabello, obligándolo a mantener el ritmo, marcando el territorio en su boca mientras Raian reclamaba su retaguardia.
— ¡Eres una pequeña perra obediente! —rugió Raian, golpeando la carne de Setsuna con una fuerza que habría roto a un hombre común.
Después de un rato de brutalidad incesante, intercambiaron posiciones. Ohma, ahora poseído por un frenesí posesivo, penetró a Setsuna con una potencia que lo hacía estremecerse. Raian, por su parte, obligó a Setsuna a arrodillarse frente a él, metiendo su miembro en la boca del secretario improvisado con la misma violencia con la que lo había tomado por detrás.
El estudio estaba en silencio, salvo por los sonidos húmedos, los gemidos desgarradores de Setsuna y los gruñidos animales de los dos luchadores. Kaede se tapaba la boca con la mano, Shion observaba con los ojos muy abiertos y Tomoko parecía estar a punto de desmayarse por la intensidad de la escena.
Finalmente, la culminación llegó. En una posición donde ambos lo penetraban a la vez —uno por cada orificio—, la tensión llegó a su límite. Raian y Ohma rugieron al unísono, descargando su simiente sobre la espalda y el pecho de Setsuna, cubriendo su piel sudorosa.
— Tienes el trabajo —dijo Raian, jadeando y limpiándose el sudor de la frente.
— Corte —dijo el director, casi sin aliento.
Setsuna se quedó allí, temblando en el suelo del set, el cuerpo cubierto de fluidos y marcas rojas. Con esfuerzo, se levantó, sin mirar a nadie, y caminó tambaleante hacia los baños del estudio para limpiarse.
Ohma se quedó mirando la puerta por la que Setsuna había desaparecido. Su respiración aún no se había normalizado. El acto, aunque era para una "escena", había despertado algo en él que no se había apagado con la eyaculación. La sumisión total de Setsuna, su resistencia física y la forma en que lo miraba... lo habían dejado más excitado de lo que quería admitir.
Sin decir una palabra a Yamashita o a los demás, Ohma caminó hacia los baños.
Al entrar, escuchó el sonido del agua corriendo. Setsuna estaba de pie bajo la ducha, frotando su piel con desesperación, tratando de quitarse el rastro de Raian y de la cámara. Cuando Ohma entró en el cubículo y cerró la puerta con pestillo, Setsuna se sobresaltó.
— ¿Ohma-sama? —preguntó Setsuna, su voz temblorosa—. La escena ya terminó...
— No ha terminado —dijo Ohma, acortando la distancia en un segundo y pegando a Setsuna contra los azulejos húmedos.
— Pero... —Setsuna no pudo terminar la frase.
Ohma lo agarró por el cuello, no para asfixiarlo, sino para reclamarlo. Sus labios se estrellaron contra los de Setsuna en un beso hambriento, carente de cualquier delicadeza. El agua caliente caía sobre ellos, pero el calor que emanaba de sus cuerpos era superior.
— No me importa la cámara —gruñó Ohma contra su oído—. Todavía no he terminado contigo.
Ohma lo giró con brusquedad, obligándolo a apoyar las manos contra la pared de la ducha. Sin preámbulos, volvió a entrar en él, pero esta vez no había guion, no había directores, solo el deseo puro y posesivo de un hombre que se negaba a dejar ir su presa.
Setsuna gritó, un sonido que se perdió entre el ruido del agua y los azulejos. Sus piernas flaquearon, pero Ohma lo sostuvo por la cintura, sus dedos hundiéndose en su carne. Cada embestida era una declaración de propiedad.
— Eres mío, Setsuna —susurró Ohma, su voz cargada de una oscuridad que hizo que Setsuna se estremeciera de placer—. Solo mío.
— Sí... —gimió Setsuna, inclinando la cabeza hacia atrás, dejando que el agua lavara sus lágrimas—. Soy tuyo... haz conmigo lo que quieras... Ohma-sama...
En la soledad del baño, lejos de las luces y el contrato, la verdadera sumisión se selló con cada golpe, cada jadeo y la absoluta obediencia de un hombre que solo vivía para el placer de su verdugo.
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