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Me abandonaste

Фандом: Jujutsu kaisen

Создан: 03.04.2026

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ДрамаАнгстHurt/ComfortМистикаДивергенцияCharacter studyНеожиданная/нежелательная беременностьЭкшн
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El eco de las cenizas

La humedad de Tokio se sentía distinta, más pesada, como si el aire mismo estuviera saturado de secretos que nadie quería pronunciar. Yuta Okkotsu caminaba por los pasillos de la Academia de Hechicería con una zancada mecánica, desprovista de la vacilación que lo caracterizaba seis años atrás. Su rostro, ahora marcado por una madurez gélida y ojeras que parecían tatuadas en su piel, no reflejaba alivio por el regreso. África y Europa lo habían moldeado a base de sangre y misiones interminables; el chico que lloraba por el peso de una maldición había muerto, dejando en su lugar a un verdugo eficiente de mirada vacía.

Se detuvo frente al estanque del jardín principal. Todo parecía igual, y sin embargo, el vacío era ensordecedor. Había preguntado por ella nada más aterrizar. La respuesta de Gojo había sido una sonrisa lánguida, carente de su habitual brillo travieso, seguida de un silencio que dolió más que cualquier golpe.

«Maki ya no está, Yuta. No como la recuerdas. Simplemente... se desvaneció».

Nadie mencionaba su nombre en voz alta. Era como si el clan Zenin hubiera pasado una esponja de hierro sobre su existencia, convirtiéndola en un tabú, en una sombra prohibida que no debía ser invocada.

Un ruido a su derecha, el crujir de las hojas secas, lo sacó de su trance. Yuta no se tensó —su cuerpo ya estaba permanentemente en guardia—, pero giró la cabeza con lentitud.

Fue entonces cuando el mundo se detuvo.

A unos metros, cerca de los campos de entrenamiento, una niña de unos cinco o seis años intentaba ajustar la empuñadura de una espada de madera. Tenía el cabello oscuro recogido en una coleta alta, algo desprolija, y unos ojos grandes que observaban el arma con una mezcla de determinación y una timidez latente.

Yuta sintió un impacto violento en la boca del estómago, como si una mano invisible le hubiera retorcido las entrañas. El aire se volvió sólido en su garganta. No era solo una sensación; fue una reacción física, visceral. Sus manos empezaron a temblar y una oleada de náuseas le subió por el esófago, obligándolo a presionar una mano contra su pecho.

Aquella niña...

—¿Necesitas ayuda con eso? —La voz de un niño, más firme y altiva, resonó desde detrás de un árbol.

Un segundo pequeño apareció. Era idéntico a la niña en rasgos, pero su postura era radicalmente distinta. Caminaba con los hombros hacia atrás, la barbilla levantada y una mirada que destilaba un orgullo gélido que Yuta reconoció al instante. Era la mirada de los Zenin, pero purificada, sin la ponzoña de los ancianos del clan.

Yuta dio un paso al frente, casi sin darse cuenta. Sus botas chirriaron contra el suelo de madera del pasillo.

La niña levantó la vista. Al encontrarse con los ojos de Yuta, se quedó paralizada. No gritó, ni huyó. Simplemente lo observó con una curiosidad teñida de una extraña melancolía.

—Hola —susurró la pequeña, bajando la espada de madera—. ¿Eres un hechicero de los que vienen de lejos?

Yuta intentó hablar, pero su voz se quebró. Tuvo que tragar saliva, sintiendo cómo el sudor frío le perleaba la frente. El parecido era insoportable. Tenía la forma de los ojos de Maki, la línea de su mandíbula... pero había algo en la suavidad de su rostro, en la forma en que ladeaba la cabeza, que era un espejo de sí mismo.

—Yo... sí —logró decir Yuta, su voz sonando como grava raspando el metal—. Acabo de llegar. ¿Quiénes son ustedes?

El niño se interpuso entre Yuta y la niña, cruzándose de brazos. Su mirada era escrutadora, casi hostil.

—Soy Ryota —declaró el pequeño con una seguridad que no correspondía a su edad—. Y ella es mi hermana, Kaori. No deberías estar aquí si no tienes permiso de los maestros.

—Ryota, no seas grosero —murmuró Kaori, tirando suavemente de la manga de su hermano—. Se ve... cansado. Y triste.

Yuta se dejó caer sobre una rodilla, no por cortesía, sino porque sus piernas amenazaban con fallar. El mareo era constante. Cada vez que miraba a Kaori, sentía que un hilo invisible tiraba de su alma, conectándolo a un pasado que creía haber perdido en la distancia de su exilio.

—¿Dónde está su madre? —preguntó Yuta, con el corazón martilleando contra sus costillas.

Los dos niños guardaron silencio. Ryota desvió la mirada hacia el suelo, su fachada de orgullo agrietándose por un segundo para revelar una soledad abismal, una que Yuta conocía demasiado bien.

—No sabemos —respondió Kaori en un susurro, apretando su espada de madera contra su pecho—. Los abuelos dicen que ella se fue porque no era lo suficientemente fuerte. Pero Takeru y los otros dicen que ella era una guerrera.

—Ella no se fue porque quiso —escupió Ryota, apretando los puños—. Ella nos dejó aquí para que no nos hicieran daño. Pero un día volverá. Lo sé.

Yuta sintió un frío glacial recorrerle la columna. Seis años. Se había ido por un año que se convirtieron en seis de silencio, de cartas que nunca llegaron, de misiones que lo alejaron de la única persona que le había dado un propósito. El clan Zenin. Las palabras de Gojo sobre la "desaparición" empezaron a cobrar un matiz mucho más siniestro en su mente.

—¿Cómo se llamaba ella? —insistió Yuta, aunque la respuesta ya estaba grabada en su sangre.

—Maki —dijo Kaori, y el nombre sonó como una oración prohibida—. Pero nadie deja que lo digamos en voz alta. Dicen que es un nombre manchado.

Yuta cerró los ojos y, por primera vez en seis años, el hechicero más fuerte de su generación sintió ganas de gritar hasta desgarrarse la garganta. El rompecabezas se armaba con piezas de dolor puro: el embarazo secreto, el juicio de un clan que odiaba la debilidad, el encierro de una mujer que solo quería libertad. Y luego, el vacío.

—¿Señor? —Kaori se acercó un paso, extendiendo una mano pequeña hacia el hombro de Yuta—. ¿Se siente bien? Está muy pálido.

Yuta abrió los ojos y vio la mano de la niña. Era tan pequeña, tan frágil. Sintió una punzada de náuseas otra vez, pero esta vez era la culpa la que lo devoraba. Él no estuvo. Mientras ella sufría el escarnio de su familia, mientras daba a luz en la oscuridad de una celda o bajo la vigilancia de guardias que la despreciaban, él estaba al otro lado del mundo, cumpliendo órdenes de los altos mandos.

—Lo siento —susurró Yuta, y las lágrimas que no habían brotado en campos de batalla finalmente nublaron su visión—. Lo siento tanto.

Ryota lo observaba con sospecha, pero también con una chispa de reconocimiento instintivo.

—¿Tú la conocías? —preguntó el niño, dando un paso adelante—. ¿Eras su amigo?

Yuta miró a Ryota. Vio en él la misma chispa de rebeldía que Maki siempre tuvo, esa negativa a ser doblegado.

—Yo... yo debí estar aquí —respondió Yuta, poniéndose de pie con dificultad. El mundo seguía dando vueltas, pero la frialdad de su regreso se había transformado en un fuego negro de determinación—. Escúchenme bien. Mi nombre es Yuta Okkotsu.

Kaori ladeó la cabeza, su expresión iluminándose débilmente.

—Ese nombre... mamá lo decía a veces cuando pensaba que estábamos dormidos.

El impacto emocional fue como recibir un "Divergent Fist" directo al corazón. Yuta tuvo que apoyarse en una columna de madera para no caer. Ella lo recordaba. A pesar del abandono, a pesar del silencio, ella había susurrado su nombre a los hijos que él ni siquiera sabía que tenía.

—¿Dónde está Gojo? —preguntó Yuta, su voz ahora desprovista de toda calidez, recuperando el tono cortante de un ejecutor.

—Está en el salón principal con la maestra Utahime y sus hijos —respondió Ryota, intrigado por el cambio de atmósfera—. Pero no te dejarán entrar así como así.

Yuta no respondió. Empezó a caminar, pero se detuvo un momento para mirar a los mellizos por última vez en ese encuentro.

—Quédense aquí. No dejen que nadie del clan Zenin se les acerque hoy. ¿Entendido?

Ryota asintió, instintivamente reconociendo la autoridad en la voz de aquel extraño. Kaori, por su parte, le dedicó una pequeña sonrisa tímida que terminó de romper lo poco que quedaba del corazón de Yuta.

—¿Vas a buscarla? —preguntó la niña.

Yuta apretó el puño sobre la empuñadura de su katana.

—Voy a mover el cielo y la tierra, Kaori.

Caminó por los pasillos con pasos que hacían vibrar el suelo. Cada rincón de la academia le recordaba a ella: la forma en que giraba su lanza, su risa ronca, la suavidad de su piel la última noche que pasaron juntos antes de su partida. El misterio de su desaparición ya no era una incógnita abstracta; era una herida abierta.

Al llegar al salón principal, las puertas se abrieron antes de que pudiera tocarlas. Satoru Gojo estaba allí, sentado con una elegancia despreocupada, rodeado por los hijos que compartía con Utahime: Takeru, Haruto y la pequeña Niji, quienes jugaban en un rincón. Utahime, al ver a Yuta, palideció y apartó la mirada, llena de una compasión que Yuta no quería recibir.

—Los viste, ¿verdad? —dijo Gojo, sin su venda, revelando unos ojos que, por una vez, mostraban un cansancio infinito.

—¿Por qué no me lo dijiste? —La voz de Yuta era un trueno contenido—. Seis años, Satoru. Seis años en los que ella estuvo sola.

—No estuvo sola al principio —intervino Utahime con voz trémula—. Intentamos ayudarla, Yuta. Pero los Zenin... ellos reclamaron a los niños como propiedad del clan debido a su potencial latente. A Maki la quebraron. No físicamente, tú sabes que ella es inquebrantable en ese aspecto. La quebraron aquí —dijo, señalando su corazón—. Le dijeron que si intentaba contactarte, tú serías ejecutado por deserción. Le dijeron que sus hijos sufrirían las consecuencias de su "deshonra".

Yuta sintió que el aire de la habitación se volvía denso, su energía maldita empezaba a filtrarse, haciendo que los hijos de Gojo se detuvieran en sus juegos, asustados.

—¿Y dónde está ahora? —Rugió Yuta—. ¡Dime dónde está!

Gojo se levantó, caminando hacia la ventana que daba al bosque que rodeaba la academia.

—Ese es el problema, Yuta. Hace dos años, Maki simplemente... dejó de ser. No hubo una pelea, no hubo un rastro de energía maldita. Se levantó de su celda en la mansión Zenin, caminó hacia las puertas principales y desapareció frente a los ojos de los guardias. Es como si la tierra se la hubiera tragado. Algunos dicen que se suicidó, otros que huyó a un lugar donde nadie pueda encontrarla. Pero la verdad es que nadie, ni siquiera yo con los Seis Ojos, puede encontrar su rastro.

Yuta se quedó en silencio, procesando las palabras. La imagen de Kaori y Ryota, solos en un mundo que los veía como herramientas o manchas, se grabó en su mente.

—Ella no está muerta —dijo Yuta con una convicción que asustó incluso a Gojo—. Si estuviera muerta, yo lo sabría. Nuestra conexión no se rompió por el tiempo ni por la distancia.

—Yuta, tienes que entender que ella ya no es la Maki que amaste —advirtió Utahime—. Los informes de quienes la vieron antes de desaparecer hablaban de una mujer que no hablaba, que no mostraba emociones. Era como un cascarón vacío. El clan Zenin la destruyó sistemáticamente.

—Entonces reconstruiré los pedazos —sentenció Yuta, dándose la vuelta—. Pero primero, voy a sacar a mis hijos de aquí. Y si alguien del clan Zenin intenta impedirlo... bueno, ya saben por qué me llaman el Hechicero de Grado Especial.

Salió del salón sin mirar atrás. El encuentro con Kaori había despertado algo en él que la guerra no había podido: una furia fría y protectora. El misterio de Maki Zenin apenas comenzaba, y aunque el mundo la hubiera olvidado o prohibido, Yuta Okkotsu no descansaría hasta encontrar la verdad detrás de las cenizas de su pasado.

Mientras caminaba de regreso hacia los jardines, sintió una presencia a lo lejos, una sombra entre los árboles que desapareció en cuanto intentó enfocarla. No tenía energía maldita, era un vacío absoluto en el espacio.

Yuta se detuvo, su corazón dando un vuelco.

—Maki... —susurró al viento.

Pero solo hubo silencio. Un silencio melancólico que prometía una búsqueda larga y dolorosa, en un mundo donde las personas que más amamos a veces se convierten en los misterios más difíciles de resolver.
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