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secret 2

Фандом: CORTIS

Создан: 04.04.2026

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Luz de Luna y Pétalos de Encaje

El silencio en la habitación era tan denso que parecía tener peso propio. James estaba acostado de espaldas, con la mirada fija en el techo oscuro, aunque sus ojos estaban cerrados. Su respiración era rítmica, profunda, la imagen perfecta de un hombre que había logrado dominar sus demonios y entregarse al sueño. Sin embargo, bajo esa fachada de calma estoica, sus sentidos estaban agudizados al máximo. Podía escuchar el roce de las sábanas de la cama contigua, el sonido errático de una respiración que no lograba estabilizarse y el aura de ansiedad que emanaba de Juhoon.

A pocos centímetros de distancia, Juhoon sentía que el mundo se desmoronaba en una espiral de sensaciones desconocidas. La oscuridad de la habitación, lejos de darle paz, actuaba como un amplificador para el caos que bullía en su interior. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de James en el sofá —su fuerza, la presión de sus manos, la intensidad de su mirada— regresaba con la fuerza de un impacto físico.

Un cosquilleo insoportable nació en su entrepierna, una corriente eléctrica que se extendía hacia sus muslos y lo hacía encoger los dedos de los pies. Nunca antes había sentido algo así; era una mezcla de dolor sordo y un placer agónico que lo dejaba sin aliento. De repente, sintió una oleada de calor húmedo abandonar su cuerpo. Un fluido cálido y espeso empapó su ropa interior de encaje rosa, pegándola a su piel de una manera que lo hizo temblar violentamente.

Era una vulnerabilidad que lo aterraba. Juhoon apretó la mandíbula, intentando contener un sollozo. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, calientes y silenciosas, perdiéndose en la almohada. No entendía por qué su cuerpo reaccionaba de esa manera, por qué el simple recuerdo de James lo hacía sentir como si se estuviera quemando vivo desde adentro. Su coño, esa parte de él que siempre había tratado con una mezcla de timidez y misterio, ahora palpitaba con una exigencia que no sabía cómo silenciar.

Llevó una mano temblorosa sobre su pantalón de pijama, presionando con desesperación. El contacto, incluso a través de la tela, le arrancó un jadeo entrecortado que rompió el silencio de la habitación.

—Oh, Dios... —susurró para sí mismo, con la voz rota.

El calor bajo su ropa era sofocante. Intentó deslizar sus dedos por debajo de la pretina, buscando el contacto directo con su piel, pero la frustración lo invadió rápidamente. Sus dedos rozaron la humedad excesiva, la textura resbaladiza de su propio deseo, y el susto de sentir su propia anatomía tan alterada lo hizo detenerse. Su vulva se sentía regordeta, hinchada, latiendo con un ritmo propio que demandaba algo que él no podía darse a sí mismo.

La tela del encaje rosa, ahora empapada, se adhería de forma incómoda y excitante a sus labios sensibles. Era demasiado. El aislamiento de su propia cama se volvió una cárcel. Necesitaba la calma de James, necesitaba la seguridad de ese hombre que siempre parecía tener todas las respuestas, incluso cuando el mundo se caía a pedazos.

Con movimientos torpes y el corazón martilleando contra sus costillas, Juhoon se deshizo de sus pantalones de pijama, dejándolos caer al suelo como una piel muerta. Se quedó solo con su camisa de dormir larga y esa prenda íntima que apenas contenía el desastre de su excitación. Se puso de pie, sintiendo el aire frío de la noche golpear sus muslos pálidos, y caminó los pocos pasos que lo separaban de la cama de James.

La luz de la luna se filtraba por la gran ventana, bañando la habitación con un resplandor plateado que delineaba la figura robusta del mayor.

—James... —susurró Juhoon. Su voz era un hilo fino, cargado de una urgencia que no podía ocultar—. Hyung... por favor.

James no se movió de inmediato, pero el cambio en su respiración fue evidente. Abrió los ojos y, sin decir una palabra, estiró el brazo para encender la pequeña lámpara de la mesa de noche. La luz cálida y tenue inundó el espacio, revelando la escena.

James se incorporó sobre sus codos, y por un momento, el tiempo pareció detenerse. Sus ojos, usualmente analíticos y serios, se dilataron ante lo que veía. Juhoon estaba de pie frente a él, con el cabello castaño un poco alborotado y los ojos enrojecidos por las lágrimas. La camisa de dormir apenas cubría lo necesario, dejando a la vista sus piernas largas y delgadas. Pero lo que realmente detuvo el corazón de James fue la visión de la ropa interior de encaje rosa, visiblemente oscurecida por la humedad, y el rastro brillante de lubricante natural que comenzaba a resbalar levemente por la cara interna de sus muslos suaves.

Una ola de excitación pura y posesiva recorrió la columna de James, tensando sus músculos bajo la camiseta. La máscara de autocontrol que tanto se esforzaba por mantener se agrietó irremediablemente.

—Juhoon... —La voz de James sonó más grave de lo habitual, cargada de una aspereza peligrosa—. ¿Qué pasa? ¿Por qué estás llorando?

Juhoon no pudo responder con palabras coherentes. Solo dio un paso más, acercándose al borde del colchón. James, comprendiendo la muda súplica, se hizo a un lado con un movimiento ágil y levantó la manta, invitándolo a entrar en su santuario.

Juhoon se dejó caer en la cama, acostándose boca arriba. Su respiración era agitada, el pecho subiendo y bajando con violencia. James se posicionó a su lado, apoyado en un costado, observándolo con una intensidad que habría resultado intimidante de no ser por la chispa de preocupación en sus ojos.

—Me siento raro —logró decir Juhoon, buscando la mirada de James con desesperación—. Aquí abajo... me duele, pero no es un dolor malo. Es como si estuviera ardiendo. No entiendo por qué empezó cuando me acordé de lo que pasó en el sofá... de cuando me tocaste.

Con un movimiento audaz, Juhoon extendió la mano y sujetó la muñeca de James, guiándola hacia su propio cuerpo, aunque sin llegar a tocarse todavía.

—Ayúdame, hyung. Por favor. Se siente... cálido. Mi coño palpita y no sé qué hacer.

James sintió un vuelco en el estómago. Ver a Juhoon así, aceptando su propia naturaleza física y entregándole su vulnerabilidad de esa manera tan cruda, era casi más de lo que podía soportar. Se mordió el labio inferior, su mirada ensombreciéndose mientras recorría cada centímetro de la piel de Juhoon. Se veía tan hermoso, tan etéreo bajo la luz de la lámpara, que James sintió un deseo casi violento de reclamarlo, de marcarlo como suyo para que nadie más pudiera ver esa faceta.

Sin embargo, el amor y la ternura que sentía por el menor siempre lograban domar sus impulsos más oscuros. James suavizó su expresión y llevó su mano libre al rostro de Juhoon, acariciando su mejilla con el pulgar, secando el rastro de una lágrima.

—¿Cómo quieres que te ayude, Jju? —preguntó en un susurro reconfortante. Aunque su interior era un incendio, su voz transmitía esa calma que tanto caracterizaba al mayor del grupo.

Juhoon cerró los ojos ante el contacto, inclinando la cabeza hacia la mano de James.

—Tócame —pidió, su voz apenas un suspiro—. Solo tú puedes hacer que esto pare. Me siento tan lleno de algo que no sé cómo sacar. Está muy cálido... me palpita mucho.

James sonrió con una dulzura que transformó por completo sus rasgos marcados. En ese momento, no era el líder observador ni el protector estoico; era simplemente un hombre devoto al chico que tenía frente a él.

—No tengas miedo —dijo James, acercándose para darle un beso tierno en la frente, dejando que sus labios demoraran allí un segundo más de lo necesario—. No tienes por qué avergonzarte de lo que siente tu cuerpo. Es natural, y es hermoso.

James comenzó a bajar su mano, recorriendo el cuello de Juhoon, descendiendo por su pecho donde el corazón del menor latía desbocado, hasta llegar al abdomen. Juhoon arqueó la espalda instintivamente, soltando un gemido que fue música para los oídos de James.

—Ya estoy aquí, pequeño —susurró James contra su oído, mientras sus dedos rozaban el borde del encaje rosa—. Yo me encargaré de ti. No te preocupes por nada más.

La habitación volvió a sumirse en ese silencio compartido, pero esta vez ya no era denso ni incómodo. Era un silencio expectante, sagrado, el inicio de una exploración donde las palabras sobraban y donde el secreto que compartían se volvía el único mundo que importaba. James observó una vez más el rostro de Juhoon, deleitándose en la confianza que el otro depositaba en él, antes de deslizar su mano finalmente hacia donde el calor era más intenso, dispuesto a calmar el incendio que él mismo, sin saberlo, había provocado.
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