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Naruto el manipulador
Фандом: Naruto
Создан: 05.04.2026
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El Precio de la Ambición y el Sello de los Haruno
La oficina de la boutique "Seda Carmesí" olía a sándalo y a cuero caro, un aroma que Mebuki Haruno ahora asociaba con su propia ascensión social y, secretamente, con el almizcle del joven que la poseía en cuerpo y alma. Se miró en el espejo de cuerpo entero, ajustándose la falda de tubo que Naruto le había ordenado usar: tan ajustada que cada paso era un recordatorio de que no llevaba ropa interior, tal como él exigía.
Hacía apenas unas semanas, ella era la esposa de un ninja de clase media, preocupada por las facturas y el estatus. Hoy, era la mujer más influyente del sector comercial de Konoha. Pero el precio estaba marcado en su piel, oculto bajo la seda.
El sonido de la puerta abriéndose sin previo aviso la hizo saltar. No necesitaba mirar para saber quién era. El aura de poder que emanaba de Naruto Uzumaki llenaba la habitación antes de que él siquiera pronunciara una palabra.
—Veo que te has adaptado bien a tu nuevo reino, Mebuki —dijo Naruto, cerrando la puerta con llave tras de sí.
Mebuki se giró rápidamente y, sin esperar una orden, se dejó caer de rodillas sobre la alfombra persa.
—Bienvenido, Naruto-sama. Todo está en orden. Las ganancias de la joyería han subido un veinte por ciento este mes.
Naruto caminó hacia ella, ignorando los informes financieros que ella intentaba mostrarle. Le tomó la barbilla con brusquedad, obligándola a mirarlo. Los ojos azules del chico, una vez llenos de una calidez tonta, ahora eran pozos de una frialdad calculadora.
—No he venido por el dinero, puta —sentenció él con una sonrisa cruel—. He venido a ver si mis nuevas empleadas han aprendido la lección que les diste.
Mebuki tragó saliva. Recordó las caras de las jóvenes que trabajaban en la tienda, chicas que ella misma había seleccionado por su belleza y su necesidad económica.
—Están listas —asintió ella—. Saben que su puesto depende de su... disposición. Entienden que usted es el verdadero dueño de todo lo que tocan, incluso de ellas mismas.
—Excelente. Pero primero, quiero mi pago personal. El aire de la oficina está muy seco, Mebuki. Necesito que me alivies.
Sin decir una palabra, ella comenzó a desabrochar los pantalones del rubio. Sus movimientos eran mecánicos, expertos, fruto de las noches interminables en la mansión Uzumaki donde Naruto la había entrenado como si fuera un arma de placer. Cuando la enorme virilidad del joven quedó expuesta, Mebuki no pudo evitar un pequeño temblor. A pesar de haberlo hecho docenas de veces, el tamaño de Naruto seguía intimidándola.
—¿Qué esperas? —preguntó Naruto, entrelazando sus dedos en el cabello rosa de la mujer—. ¿Acaso te has vuelto demasiado importante para limpiar mi verga con tu boca?
Mebuki se apresuró a complacerlo. El sonido de la succión llenó el despacho silencioso. Naruto cerró los ojos un momento, disfrutando del control absoluto. Mientras ella trabajaba con la lengua, masajeando sus testículos con una mano y estimulando el tronco con la otra, él comenzó a hablar sobre el futuro.
—Sakura se gradúa pronto de sus primeras misiones —dijo él, y sintió cómo Mebuki se tensaba ligeramente—. Su equipo está bajo mi vigilancia. La niña tiene potencial, pero es débil de carácter. Al igual que tú, necesita entender el valor de la obediencia.
Mebuki se separó un segundo, con el rostro húmedo y los labios hinchados.
—Naruto-sama... usted prometió que por ahora no le haría nada —suplicó en un susurro.
—Dije que no le haría nada "por el momento" —corrigió él, tirando de su cabello para obligarla a volver a su tarea—. Pero el momento se acerca. Tu hija se convertirá en mi mano derecha en el campo de batalla, y en mi juguete en la cama. Y tú, Mebuki, serás quien la prepare. No quiero una virgen asustada; quiero una mujer que sepa cómo complacer a un Uzumaki.
Mebuki sintió una náusea de culpa, pero el placer del poder y el miedo al castigo la mantenían anclada. Volvió a tragarlo todo, permitiendo que Naruto la usara hasta que él decidió que era suficiente.
—Levántate —ordenó él.
Naruto la empujó contra el escritorio, esparciendo los papeles por el suelo. Le levantó la falda y la penetró sin preámbulos, un golpe seco que le arrancó un grito que ella ahogó contra la madera. La embistió con una furia controlada, marcando su territorio. Cada vez que él golpeaba contra su matriz, Mebuki recordaba a Kizashi, su esposo, el hombre que dormía a su lado sin sospechar que su mujer era el vertedero personal del chico que él consideraba un "héroe huérfano".
—¿Quién es tu dueño, Mebuki? —gruñó Naruto al oído, mordiéndole el lóbulo de la oreja.
—Usted... Naruto-sama... solo usted —gimió ella, arqueando la espalda, entregándose totalmente al ritmo frenético.
Cuando Naruto terminó, dejándola vacía de aliento y llena de su esencia, se limpió con la blusa de seda de ella sin el menor rastro de remordimiento.
—Arréglate —dijo él mientras se ajustaba la ropa—. Vamos a bajar. Quiero ver a las chicas.
Mebuki, temblando, trató de recomponer su imagen. Se limpió el rastro de semen de los muslos y se alisó la falda. Cuando salieron al piso de venta de la joyería, el ambiente cambió instantáneamente. Las tres empleadas, jóvenes ninjas retiradas o civiles en busca de una vida mejor, se pusieron firmes.
Naruto caminó entre ellas como un lobo en un redil. Se detuvo frente a una chica rubia llamada Inaho.
—Mebuki me dice que eres la mejor vendedora —dijo Naruto, pasando un dedo por el escote del uniforme de la chica.
—Hago mi mejor esfuerzo por usted, Uzumaki-sama —respondió Inaho con la voz temblorosa, pero sin apartar la mirada, tal como Mebuki le había enseñado.
—Demuéstramelo. Mebuki, cierra la tienda. Coloca el cartel de "Cerrado por inventario".
Mebuki obedeció. Sus manos temblaban mientras giraba el pestillo. Sabía lo que venía. Naruto no se conformaba con una sola mujer; él quería el control total del linaje y de la voluntad de quienes lo rodeaban.
Esa tarde, la joyería "El Ojo del Remolino" fue testigo de una escena que Konoha nunca imaginaría. Naruto, sentado en un trono de terciopelo en el centro del local, observaba cómo Mebuki dirigía a las otras mujeres para servirle. Las obligó a desnudarse entre los diamantes, a adorar su cuerpo mientras él les explicaba que sus vidas ahora le pertenecían. Mebuki, lejos de sentirse celosa, sentía una extraña euforia: ella era la jefa de este harén personal, la encargada de asegurar que Naruto estuviera siempre satisfecho para que el flujo de dinero no se detuviera.
Al caer la noche, Mebuki regresó a la casa Haruno. El caminar le resultaba difícil; se sentía abierta, usada y extrañamente poderosa. Al entrar, encontró a Kizashi sentado en la mesa, con una pequeña lámpara encendida.
—Llegas tarde otra vez, querida —dijo él, levantándose para besarla en la mejilla.
Mebuki se apartó instintivamente, el olor de Naruto todavía impregnado en su piel a pesar del perfume caro.
—Los negocios no descansan, Kizashi —respondió ella con frialdad—. Gracias a mis "esfuerzos", hoy hemos recibido un bono adicional del señor Uzumaki. Podrás comprarte ese equipo de pesca que tanto querías.
Kizashi sonrió, con esa expresión de ingenuidad que ahora a Mebuki le resultaba patética.
—Eres increíble, Mebuki. No sé qué haríamos sin ti. Naruto es realmente un joven generoso por darte tanta responsabilidad.
—Si supieras... —susurró ella para sí misma mientras subía las escaleras.
Al entrar en su habitación, se encontró con Sakura, que salía del baño. La joven ninja miró a su madre con sospecha.
—Mamá, hueles... raro. Y tienes una marca en el cuello.
Mebuki se cubrió rápidamente con un pañuelo, manteniendo la compostura que Naruto le había exigido.
—Es solo el estrés del trabajo, Sakura. Deberías estar agradecida. Gracias a Naruto-sama, pronto tendrás los mejores pergaminos de entrenamiento y armas que el dinero puede comprar.
—¿Por qué todo tiene que ver con Naruto ahora? —preguntó Sakura, cruzando los brazos—. Papá dice que es un santo, pero a mí me da escalofríos cómo te mira.
Mebuki se acercó a su hija y le puso una mano en el hombro. Sintió la firmeza de los músculos de la joven y pensó en las palabras de Naruto.
—Él es el futuro de esta aldea, Sakura. Y los Haruno vamos a estar a su lado, pase lo que pase. Mañana iremos a la mansión Uzumaki. Él quiere supervisar personalmente tu entrenamiento de control de chakra.
—¿A su casa? ¿A solas? —Sakura arrugó el entrecejo.
—Yo estaré allí —mintió Mebuki, sabiendo perfectamente que su papel sería esperar en la habitación contigua, asegurándose de que nadie interrumpiera mientras Naruto comenzaba a reclamar la segunda parte de su trato.
Esa noche, mientras Mebuki yacía en la cama junto a su marido roncando, cerró los ojos y solo pudo ver la mirada de Naruto. No había vuelta atrás. Había vendido su dignidad, su familia y el futuro de su hija por el brillo del oro y la seguridad de un apellido. Y lo peor de todo, pensó mientras una lágrima solitaria rodaba por su mejilla, era que empezaba a disfrutar de la cadena que llevaba al cuello.
A la mañana siguiente, el sol de Konoha iluminó la mansión Uzumaki. Naruto estaba en el balcón, observando cómo las dos mujeres Haruno se acercaban a su puerta. Una, la madre, caminaba con la sumisión de quien conoce su lugar; la otra, la hija, caminaba con la arrogancia de quien aún cree que es libre.
—Bienvenidos a mi mundo —susurró Naruto, mientras el sello en su mano brillaba con una luz tenue—. Hoy, el clan Haruno deja de existir para convertirse en mi propiedad privada.
El timbre sonó. El juego, el verdadero juego de poder y degradación, apenas estaba comenzando. Naruto bajó las escaleras, listo para recibir a su nueva aprendiz y para recordarle a Mebuki, con un solo gesto, que ella no era más que el primer peldaño de su ascenso al control total de la Hoja.
Al abrir la puerta, Mebuki inclinó la cabeza profundamente. Sakura, confundida, imitó el gesto a medias.
—Pasad —dijo Naruto con una voz que prometía maravillas y pesadillas por igual—. Tenemos mucho de qué hablar... y mucho que practicar.
Mebuki entró primero, sintiendo el peso del secreto quemándole las entrañas, pero sonriendo para sus adentros al ver el lujo que la rodeaba. Después de todo, pensó, es mejor ser una reina en la sombra de un monstruo que una ciudadana libre en la miseria. El destino de Sakura estaba sellado, y ella misma sería la encargada de cerrar la puerta de la jaula de oro.
Hacía apenas unas semanas, ella era la esposa de un ninja de clase media, preocupada por las facturas y el estatus. Hoy, era la mujer más influyente del sector comercial de Konoha. Pero el precio estaba marcado en su piel, oculto bajo la seda.
El sonido de la puerta abriéndose sin previo aviso la hizo saltar. No necesitaba mirar para saber quién era. El aura de poder que emanaba de Naruto Uzumaki llenaba la habitación antes de que él siquiera pronunciara una palabra.
—Veo que te has adaptado bien a tu nuevo reino, Mebuki —dijo Naruto, cerrando la puerta con llave tras de sí.
Mebuki se giró rápidamente y, sin esperar una orden, se dejó caer de rodillas sobre la alfombra persa.
—Bienvenido, Naruto-sama. Todo está en orden. Las ganancias de la joyería han subido un veinte por ciento este mes.
Naruto caminó hacia ella, ignorando los informes financieros que ella intentaba mostrarle. Le tomó la barbilla con brusquedad, obligándola a mirarlo. Los ojos azules del chico, una vez llenos de una calidez tonta, ahora eran pozos de una frialdad calculadora.
—No he venido por el dinero, puta —sentenció él con una sonrisa cruel—. He venido a ver si mis nuevas empleadas han aprendido la lección que les diste.
Mebuki tragó saliva. Recordó las caras de las jóvenes que trabajaban en la tienda, chicas que ella misma había seleccionado por su belleza y su necesidad económica.
—Están listas —asintió ella—. Saben que su puesto depende de su... disposición. Entienden que usted es el verdadero dueño de todo lo que tocan, incluso de ellas mismas.
—Excelente. Pero primero, quiero mi pago personal. El aire de la oficina está muy seco, Mebuki. Necesito que me alivies.
Sin decir una palabra, ella comenzó a desabrochar los pantalones del rubio. Sus movimientos eran mecánicos, expertos, fruto de las noches interminables en la mansión Uzumaki donde Naruto la había entrenado como si fuera un arma de placer. Cuando la enorme virilidad del joven quedó expuesta, Mebuki no pudo evitar un pequeño temblor. A pesar de haberlo hecho docenas de veces, el tamaño de Naruto seguía intimidándola.
—¿Qué esperas? —preguntó Naruto, entrelazando sus dedos en el cabello rosa de la mujer—. ¿Acaso te has vuelto demasiado importante para limpiar mi verga con tu boca?
Mebuki se apresuró a complacerlo. El sonido de la succión llenó el despacho silencioso. Naruto cerró los ojos un momento, disfrutando del control absoluto. Mientras ella trabajaba con la lengua, masajeando sus testículos con una mano y estimulando el tronco con la otra, él comenzó a hablar sobre el futuro.
—Sakura se gradúa pronto de sus primeras misiones —dijo él, y sintió cómo Mebuki se tensaba ligeramente—. Su equipo está bajo mi vigilancia. La niña tiene potencial, pero es débil de carácter. Al igual que tú, necesita entender el valor de la obediencia.
Mebuki se separó un segundo, con el rostro húmedo y los labios hinchados.
—Naruto-sama... usted prometió que por ahora no le haría nada —suplicó en un susurro.
—Dije que no le haría nada "por el momento" —corrigió él, tirando de su cabello para obligarla a volver a su tarea—. Pero el momento se acerca. Tu hija se convertirá en mi mano derecha en el campo de batalla, y en mi juguete en la cama. Y tú, Mebuki, serás quien la prepare. No quiero una virgen asustada; quiero una mujer que sepa cómo complacer a un Uzumaki.
Mebuki sintió una náusea de culpa, pero el placer del poder y el miedo al castigo la mantenían anclada. Volvió a tragarlo todo, permitiendo que Naruto la usara hasta que él decidió que era suficiente.
—Levántate —ordenó él.
Naruto la empujó contra el escritorio, esparciendo los papeles por el suelo. Le levantó la falda y la penetró sin preámbulos, un golpe seco que le arrancó un grito que ella ahogó contra la madera. La embistió con una furia controlada, marcando su territorio. Cada vez que él golpeaba contra su matriz, Mebuki recordaba a Kizashi, su esposo, el hombre que dormía a su lado sin sospechar que su mujer era el vertedero personal del chico que él consideraba un "héroe huérfano".
—¿Quién es tu dueño, Mebuki? —gruñó Naruto al oído, mordiéndole el lóbulo de la oreja.
—Usted... Naruto-sama... solo usted —gimió ella, arqueando la espalda, entregándose totalmente al ritmo frenético.
Cuando Naruto terminó, dejándola vacía de aliento y llena de su esencia, se limpió con la blusa de seda de ella sin el menor rastro de remordimiento.
—Arréglate —dijo él mientras se ajustaba la ropa—. Vamos a bajar. Quiero ver a las chicas.
Mebuki, temblando, trató de recomponer su imagen. Se limpió el rastro de semen de los muslos y se alisó la falda. Cuando salieron al piso de venta de la joyería, el ambiente cambió instantáneamente. Las tres empleadas, jóvenes ninjas retiradas o civiles en busca de una vida mejor, se pusieron firmes.
Naruto caminó entre ellas como un lobo en un redil. Se detuvo frente a una chica rubia llamada Inaho.
—Mebuki me dice que eres la mejor vendedora —dijo Naruto, pasando un dedo por el escote del uniforme de la chica.
—Hago mi mejor esfuerzo por usted, Uzumaki-sama —respondió Inaho con la voz temblorosa, pero sin apartar la mirada, tal como Mebuki le había enseñado.
—Demuéstramelo. Mebuki, cierra la tienda. Coloca el cartel de "Cerrado por inventario".
Mebuki obedeció. Sus manos temblaban mientras giraba el pestillo. Sabía lo que venía. Naruto no se conformaba con una sola mujer; él quería el control total del linaje y de la voluntad de quienes lo rodeaban.
Esa tarde, la joyería "El Ojo del Remolino" fue testigo de una escena que Konoha nunca imaginaría. Naruto, sentado en un trono de terciopelo en el centro del local, observaba cómo Mebuki dirigía a las otras mujeres para servirle. Las obligó a desnudarse entre los diamantes, a adorar su cuerpo mientras él les explicaba que sus vidas ahora le pertenecían. Mebuki, lejos de sentirse celosa, sentía una extraña euforia: ella era la jefa de este harén personal, la encargada de asegurar que Naruto estuviera siempre satisfecho para que el flujo de dinero no se detuviera.
Al caer la noche, Mebuki regresó a la casa Haruno. El caminar le resultaba difícil; se sentía abierta, usada y extrañamente poderosa. Al entrar, encontró a Kizashi sentado en la mesa, con una pequeña lámpara encendida.
—Llegas tarde otra vez, querida —dijo él, levantándose para besarla en la mejilla.
Mebuki se apartó instintivamente, el olor de Naruto todavía impregnado en su piel a pesar del perfume caro.
—Los negocios no descansan, Kizashi —respondió ella con frialdad—. Gracias a mis "esfuerzos", hoy hemos recibido un bono adicional del señor Uzumaki. Podrás comprarte ese equipo de pesca que tanto querías.
Kizashi sonrió, con esa expresión de ingenuidad que ahora a Mebuki le resultaba patética.
—Eres increíble, Mebuki. No sé qué haríamos sin ti. Naruto es realmente un joven generoso por darte tanta responsabilidad.
—Si supieras... —susurró ella para sí misma mientras subía las escaleras.
Al entrar en su habitación, se encontró con Sakura, que salía del baño. La joven ninja miró a su madre con sospecha.
—Mamá, hueles... raro. Y tienes una marca en el cuello.
Mebuki se cubrió rápidamente con un pañuelo, manteniendo la compostura que Naruto le había exigido.
—Es solo el estrés del trabajo, Sakura. Deberías estar agradecida. Gracias a Naruto-sama, pronto tendrás los mejores pergaminos de entrenamiento y armas que el dinero puede comprar.
—¿Por qué todo tiene que ver con Naruto ahora? —preguntó Sakura, cruzando los brazos—. Papá dice que es un santo, pero a mí me da escalofríos cómo te mira.
Mebuki se acercó a su hija y le puso una mano en el hombro. Sintió la firmeza de los músculos de la joven y pensó en las palabras de Naruto.
—Él es el futuro de esta aldea, Sakura. Y los Haruno vamos a estar a su lado, pase lo que pase. Mañana iremos a la mansión Uzumaki. Él quiere supervisar personalmente tu entrenamiento de control de chakra.
—¿A su casa? ¿A solas? —Sakura arrugó el entrecejo.
—Yo estaré allí —mintió Mebuki, sabiendo perfectamente que su papel sería esperar en la habitación contigua, asegurándose de que nadie interrumpiera mientras Naruto comenzaba a reclamar la segunda parte de su trato.
Esa noche, mientras Mebuki yacía en la cama junto a su marido roncando, cerró los ojos y solo pudo ver la mirada de Naruto. No había vuelta atrás. Había vendido su dignidad, su familia y el futuro de su hija por el brillo del oro y la seguridad de un apellido. Y lo peor de todo, pensó mientras una lágrima solitaria rodaba por su mejilla, era que empezaba a disfrutar de la cadena que llevaba al cuello.
A la mañana siguiente, el sol de Konoha iluminó la mansión Uzumaki. Naruto estaba en el balcón, observando cómo las dos mujeres Haruno se acercaban a su puerta. Una, la madre, caminaba con la sumisión de quien conoce su lugar; la otra, la hija, caminaba con la arrogancia de quien aún cree que es libre.
—Bienvenidos a mi mundo —susurró Naruto, mientras el sello en su mano brillaba con una luz tenue—. Hoy, el clan Haruno deja de existir para convertirse en mi propiedad privada.
El timbre sonó. El juego, el verdadero juego de poder y degradación, apenas estaba comenzando. Naruto bajó las escaleras, listo para recibir a su nueva aprendiz y para recordarle a Mebuki, con un solo gesto, que ella no era más que el primer peldaño de su ascenso al control total de la Hoja.
Al abrir la puerta, Mebuki inclinó la cabeza profundamente. Sakura, confundida, imitó el gesto a medias.
—Pasad —dijo Naruto con una voz que prometía maravillas y pesadillas por igual—. Tenemos mucho de qué hablar... y mucho que practicar.
Mebuki entró primero, sintiendo el peso del secreto quemándole las entrañas, pero sonriendo para sus adentros al ver el lujo que la rodeaba. Después de todo, pensó, es mejor ser una reina en la sombra de un monstruo que una ciudadana libre en la miseria. El destino de Sakura estaba sellado, y ella misma sería la encargada de cerrar la puerta de la jaula de oro.
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