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Фандом: To be hero x

Создан: 06.04.2026

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El aroma a tóner y soledad

El zumbido de la fotocopiadora era la única banda sonora en la vida de X. Era un sonido monótono, rítmico, casi hipnótico, que servía para ahogar las voces que a veces gritaban en su cabeza. Observó cómo la luz verde escaneaba una hoja tras otra, convirtiendo el caos de los números en orden burocrático.

X bostezó, rascándose la nuca con desidia. Su reflejo en el cristal de la ventana mostraba a un hombre de mediana edad, con ojeras profundas y una camisa gris que parecía haber perdido la voluntad de mantenerse planchada. Nadie que lo viera en ese cubículo sospecharía que aquel hombre, que ahora mismo solo rezaba para que el cartucho de tóner aguantara hasta el viernes, había sido el arquitecto de la realidad actual.

Había borrado el mundo. O, al menos, el mundo tal como era: un campo de batalla de egos inflados, donde los héroes eran más peligrosos que los villanos y la ambición humana amenazaba con rasgar el tejido de la existencia. X había pulsado el botón de reinicio. Había dado a la humanidad el regalo del olvido.

— ¡X! ¡Mi hermano de otra madre! ¡Esa postura es un insulto a tus lumbares! —El grito fue acompañado por el sonido de una palma golpeando la mesa con la fuerza de un martillo hidráulico.

X ni siquiera se inmutó. No necesitaba mirar para saber que Smile estaba allí, probablemente haciendo una pose de doble bíceps que amenazaba con reventar las costuras de su traje de oficina, que siempre le quedaba tres tallas pequeño.

— Hola, Smile —murmuró X, cerrando los ojos—. Baja la voz. El jefe está de mal humor.

— ¡El jefe solo necesita una buena dosis de endorfinas y un batido de proteínas! —exclamó Smile, flexionando los tríceps mientras una vena se le marcaba en la frente—. ¡Mírame, X! ¡La energía fluye! ¡El optimismo es el mejor combustible para el alma!

Smile era el único hilo que conectaba a X con la verdad. X le había permitido conservar sus recuerdos porque, en su cobardía, no soportaba la idea de ser el único testigo de la gloria y la tragedia que habían vivido. Smile era su ancla, su protector y, a veces, su recordatorio más doloroso.

— Te he traído un café —dijo Smile, bajando el tono de repente. Sus ojos, antes llenos de una alegría maníaca, se suavizaron al observar las manos temblorosas de su amigo—. Pareces haber pasado una mala noche. ¿Otra vez los sueños?

X tomó el vaso de cartón, sintiendo el calor quemarle las yemas de los dedos.

— No son sueños, Smile. Son... fallos en el sistema.

Cerró los ojos y, por un segundo, el olor a café barato fue reemplazado por el aroma embriagador de los lirios y el acero frío. Sintió el peso de una mano firme sobre su hombro, una mano que no buscaba consuelo, sino que exigía lealtad. El perfume de Queen. Liu Yuwei.

— Ella no debería estar aquí —susurró X, casi para sí mismo.

— ¿Quién? —preguntó Smile, aunque sabía perfectamente a quién se refería. Su sonrisa se volvió algo tensa—. X, el mundo es pacífico ahora. Nadie recuerda las guerras. Nadie recuerda el Ranking. Estás a salvo.

— Entonces, ¿por qué siento que me están observando?

A varios kilómetros de allí, en el ático más lujoso de la ciudad, una mujer que vestía un traje de seda color carmín observaba una pantalla de seguridad. Liu Yuwei, conocida en otra vida como Queen, sostenía una copa de vino con una elegancia que rozaba la crueldad.

Sus ojos, fríos y afilados como cuchillas de obsidiana, estaban fijos en la imagen granulada de un hombre gris que peleaba con una fotocopiadora.

— Mírate —siseó ella, y su voz era un látigo de terciopelo—. El gran salvador, convertido en un contable que teme a la falta de tinta.

Queen no había olvidado. No sabía si fue una falla en el poder de X o si su propia voluntad era tan férrea que ni siquiera la reescritura de la existencia pudo doblegarla. Recordaba cada batalla, cada palabra de mando, y recordaba la traición. Porque para ella, lo que X había hecho no era un acto de misericordia, sino un insulto. Él había decidido por todos. Había robado su gloria, su propósito y su identidad, relegándola a vivir en un mundo de mediocridad donde la eficiencia se medía en hojas de cálculo y no en victorias sobre el campo de batalla.

— ¿Crees que puedes esconderte en la grisura, X? —continuó ella, acercándose a la pantalla—. Te di mi respeto. Te di mi fuerza. Y tú me diste el vacío.

Se volvió hacia su asistente, un hombre que no recordaba nada y que solo veía en ella a una empresaria implacable.

— Cancela mis reuniones de la tarde —ordenó Queen, ajustándose el cuello de la chaqueta—. Tengo que ir a supervisar una "auditoría".

De vuelta en la oficina, el ambiente se había vuelto pesado. Smile intentaba animar a X contándole sobre su nueva rutina de sentadillas, pero X apenas lo escuchaba. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral. Era una sensación familiar, un instinto de supervivencia que debería haber muerto con su antigua identidad.

— Smile —dijo X, interrumpiéndolo—, vete a casa.

— ¿Qué? ¡Ni hablar! Todavía tenemos que ir al gimnasio, ¡hoy toca día de pierna, X! ¡No puedes saltarte el día de pierna!

— Smile, por favor —la voz de X sonó quebrada, cargada de una fatiga que no era física—. Siento que algo viene. No quiero que estés cerca si... si el pasado decide llamar a la puerta.

Smile dejó de sonreír. Se irguió, y por un instante, el bufón hiperactivo desapareció. En su lugar quedó el guerrero leal que había cubierto la espalda de X en mil infiernos.

— Yo acepté quedarme con los recuerdos por ti —dijo Smile con una seriedad que helaba la sangre—. No para verte rendirte en una oficina gris. Si ella viene, o si el mundo se rompe, yo estaré aquí. Soy tu escudo, ¿recuerdas?

— No debería haberte pedido que recordaras —suspiró X—. Te condené a vivir en una mentira conmigo.

— No es una mentira si estamos juntos en ella —respondió Smile, recuperando su tono vibrante y dándole una palmada en la espalda que casi lo tira de la silla—. ¡Ahora, arriba ese ánimo! ¡Voy a por más café!

Smile salió del cubículo, pero su mirada recorrió el pasillo con cautela. Él también lo sentía. El aire estaba cargado de electricidad estática. Sabía que Queen estaba cerca. La conocía lo suficiente para saber que ella no aceptaría una jubilación forzada. Pero también sabía que X estaba al borde del colapso mental; los flashbacks eran cada vez más frecuentes, más vívidos. Si Queen aparecía ahora y lo confrontaba, X podría romperse del todo, y con él, la frágil realidad que habían construido.

X se quedó solo. El tóner finalmente se agotó. La máquina emitió un pitido lastimero y una luz roja comenzó a parpadear.

— No ahora —gruñó X, golpeando la bandeja de papel—. ¡Solo necesitaba diez copias más!

— Siempre te faltó paciencia para los detalles, X.

La voz era como un eco del pasado, pero sonaba con la nitidez del presente. X se quedó petrificado. El olor a lirios inundó el pequeño cubículo, asfixiando el aroma a café y polvo.

Lentamente, se giró.

Allí estaba ella. Liu Yuwei no necesitaba una corona para parecer una reina. Su sola presencia hacía que las paredes de cartón yeso de la oficina parecieran indignas de rodearla. Su mirada recorrió el desastre del escritorio de X: las tazas de café vacías, los post-its amarillentos, la grapadora rota.

— ¿Esta es tu utopía? —preguntó ella, con una nota de desprecio que ocultaba un dolor profundo—. ¿Por esto nos quitaste todo? ¿Por una vida de mediocridad y silencio?

X tragó saliva. Sus manos temblaban tanto que tuvo que esconderlas bajo la mesa.

— Queen... tú no... no deberías recordar.

— "Debería" es una palabra que dejé de usar el día que decidiste jugar a ser Dios —dijo ella, dando un paso hacia él. Cada taconeo sobre el suelo de linóleo sonaba como un disparo—. Mírame a los ojos y dime que eres feliz aquí. Dime que este vacío es mejor que lo que teníamos.

— Era necesario —respondió X, recuperando un poco de firmeza en la voz, aunque sus ojos reflejaban una agonía absoluta—. Estábamos destruyéndolo todo. La guerra de egos, el ranking... íbamos a colapsar el mundo. Os di una oportunidad de ser normales. De ser libres.

— ¡Yo no quería ser libre de ti! —gritó ella, y por un momento, su máscara de frialdad se resquebrajó, dejando ver la herida abierta que llevaba años sangrando—. Me dejaste sola en un mundo lleno de extraños que tienen nuestras caras pero no nuestras almas. Me condenaste a la soledad más absoluta mientras tú te escondes en esta oficina gris.

X no supo qué responder. Los flashbacks lo golpearon de nuevo: Queen riendo bajo la lluvia después de una misión, Queen herida pero negándose a caer, Queen mirándolo con una confianza que él no merecía.

— ¡Eh, eh! ¡Aquí no se permiten visitas después de las cinco! —Smile apareció en la entrada del cubículo, sosteniendo dos cafés. Su cuerpo estaba tenso, listo para saltar en cualquier momento—. Vaya, Liu Yuwei. Qué sorpresa verte por aquí. ¿Has venido a que te sellemos alguna factura?

Queen miró a Smile con desdén, pero no se inmutó.

— El perro fiel sigue guardando la tumba de su amo —comentó ella con amargura—. Veo que tú también conservas tus cadenas, Smile.

— No son cadenas si las eliges —replicó Smile, colocándose entre ella y X—. X está cansado. Ha hecho mucho por todos nosotros. Déjalo en paz.

— ¿Paz? —Queen soltó una carcajada seca—. Esto no es paz. Es una anestesia que está empezando a desaparecer.

Se acercó a X, ignorando a Smile. Se inclinó sobre la mesa, obligando a X a mirarla.

— No importa cuántas veces reinicies el reloj, X. El destino tiene memoria —susurró ella al oído de él—. He pasado cada día de estos últimos años odiándote, pero también buscándote. No voy a dejar que te pudras en este agujero. Si el mundo tiene que arder para que vuelvas a ser quien eras, yo misma encenderé la cerilla.

Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida. Su elegancia era casi insultante en aquel entorno tan vulgar.

— Por cierto —dijo, deteniéndose un momento sin mirar atrás—, el tóner está en el armario del fondo, a la derecha. Siempre fuiste un inútil para encontrar las cosas que tienes delante de las narices.

Cuando ella se marchó, el silencio que quedó fue más pesado que cualquier ruido. Smile dejó los cafés sobre la mesa y soltó un largo suspiro, dejando caer los hombros.

— Eso ha ido... mejor de lo que esperaba —dijo Smile, intentando forzar una sonrisa que no llegó a sus ojos.

X se tapó la cara con las manos.

— Ella me odia, Smile. Y tiene razón.

— No te odia por lo que hiciste, X —dijo Smile, poniendo una mano fraternal sobre su hombro—. Te odia porque la dejaste fuera de la decisión. Ella siempre fue tu igual, y la trataste como a una súbdita.

X levantó la mirada hacia la fotocopiadora. La luz roja seguía parpadeando: "Sin tóner".

— El mundo está empezando a recordar, ¿verdad? —preguntó X en voz baja.

Smile miró por la ventana, hacia el horizonte donde los edificios de la ciudad comenzaban a iluminarse.

— No se puede borrar el sol con un dedo, amigo mío. La gente está empezando a soñar con volar. He oído rumores en el gimnasio... historias de personas que hacen cosas imposibles. El efecto del reinicio se está desgastando.

X se levantó lentamente. Sus articulaciones crujieron. Por primera vez en años, no se sentía solo como un contable cansado. Sentía el peso de la responsabilidad, pero también una chispa de algo que creía haber enterrado para siempre.

— Si ella va a intentar quemar este mundo —dijo X, mirando hacia la puerta por donde se había ido Queen—, tendré que asegurarme de que no se queme las manos en el proceso.

Smile soltó una carcajada auténtica esta vez y flexionó los músculos, rompiendo finalmente una de las costuras de su chaqueta gris.

— ¡Ese es el espíritu! ¡Sabía que el héroe seguía ahí debajo de toda esa grasa abdominal y aburrimiento! —exclamó—. ¿Entonces qué? ¿Mañana volvemos a la oficina?

X miró su escritorio, el símbolo de su intento fallido de paz.

— Mañana —dijo X con una sombra de sonrisa—, mañana compraré el tóner. Pero después... después tendremos que hablar con ella.

El mundo seguía girando, gris y monótono para la mayoría. Pero en aquella pequeña oficina, la realidad había recuperado sus colores, aunque estos fueran los de una tormenta que se avecinaba. X sabía que su vida como hombre invisible había terminado. Queen no se detendría, y Smile no lo dejaría caer.

Y mientras caminaba hacia la salida, X se dio cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, ya no tenía sueño.
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