
← Назад
0 лайков
Razones
Фандом: Jujutsu Kaisen
Создан: 10.04.2026
Теги
РомантикаДрамаАнгстПовседневностьCharacter studyРевностьСеттинг оригинального произведения
Sombras en el Umbral del Deseo
El aire en la academia de Jujutsu en Tokio siempre se sentía cargado, pero esa tarde la densidad no provenía de ninguna maldición de grado especial. Era algo más terrenal, más asfixiante. Megumi Fushiguro se encontraba apoyado contra la pared de piedra del pasillo principal, con los brazos cruzados y la mirada perdida en el jardín interior. Su piel pálida resaltaba bajo la luz tenue del atardecer, y sus ojos azules, usualmente fríos y analíticos, parecían nublados por una irritación que se esforzaba en ocultar.
A unos metros de él, Yuji Itadori reía. Era una risa vibrante, de esas que llenaban el espacio y hacían que el resto del mundo pareciera moverse en cámara lenta. Estaba conversando con un estudiante de segundo año, un chico cuya mano se posaba con demasiada familiaridad en el hombro de Yuji.
Megumi apretó los dientes. No soportaba a la gente que no sabía respetar el espacio personal, especialmente cuando se trataba de "malas personas", o al menos, personas que él consideraba mediocres y ruidosas. Para Megumi, el mundo se dividía entre quienes merecían ser salvados y quienes simplemente estorbaban. Y ver a ese chico tocar a Yuji le revolvía el estómago de una manera que no sabía explicar, o que se negaba a admitir.
— ¡Fushiguro! —gritó Yuji, rompiendo el trance de Megumi. El chico de cabello rosa se despidió del otro estudiante con un gesto alegre y caminó hacia él.
Yuji era más bajo que Megumi por apenas unos centímetros, pero su presencia física era abrumadora. Sus hombros eran anchos, su cuerpo estaba forjado por un entrenamiento brutal y una genética envidiable, y su piel morena parecía irradiar un calor constante. A medida que se acercaba, Megumi sintió esa presión invisible que Yuji ejercía sin siquiera intentarlo: una dominancia natural, cálida pero firme, que siempre lograba que Megumi se sintiera extrañamente pequeño a pesar de su propia altura.
— Te ves más serio de lo normal —dijo Yuji al llegar a su lado, invadiendo su burbuja personal con la naturalidad de quien es dueño del lugar—. ¿Pasó algo con Gojo-sensei?
— Nada fuera de lo común —respondió Megumi, apartando la mirada—. Solo estoy cansado.
— Mentira —replicó Yuji con una sonrisa ladeada, dando un paso más hacia él. Megumi pudo oler el aroma a detergente limpio y sudor reciente que siempre desprendía el pelirrosa—. Estás de mal humor. ¿Es por ese chico de segundo? Estaba preguntándome sobre las misiones de mañana.
— No me importa lo que ese tipo te pregunte —soltó Megumi, demasiado rápido.
Yuji soltó una pequeña risa, un sonido gutural que vibró en el pecho de Megumi.
— Eres tan transparente a veces, Fushiguro.
— No lo soy.
— Lo eres. Pero me gusta.
Megumi sintió un vuelco en el corazón. Yuji tenía esa forma de decir cosas profundas o coquetas de manera tan casual que era imposible saber si lo hacía a propósito. Era un ataque constante a las defensas de Megumi, un asedio discreto pero implacable.
— Vamos a comer algo —propuso Yuji, colocando una mano en la nuca de Megumi. El contacto de su palma cálida contra la piel fría del azabache provocó un escalofrío inmediato en este último—. Invito yo.
— No tengo hambre.
— No te pregunté si tenías hambre —dijo Yuji, y por un segundo, su voz bajó de tono, volviéndose más profunda, más autoritaria—. Dije que vamos a comer. Camina.
Megumi guardó silencio, pero sus pies se movieron por instinto, siguiendo el paso de Yuji. Odiaba cómo su cuerpo respondía a las órdenes implícitas de su amigo. Odiaba cómo Yuji podía ser el sol de la academia y, al mismo tiempo, el único capaz de doblegar su voluntad con una simple frase.
Caminaron hacia la salida del campus. El ambiente de tensión no disminuyó; al contrario, parecía alimentarse del silencio de Megumi y de las miradas furtivas que Yuji le lanzaba. En el camino, se cruzaron con Nobara, quien los observó con una ceja levantada y una sonrisa cómplice que Megumi decidió ignorar.
— ¡Eh, Itadori! —una voz femenina los detuvo. Era una de las asistentes de los auxiliares, una chica joven que siempre parecía tener una excusa para hablar con Yuji—. ¿Tienes un momento? Necesito que firmes unos informes de la última misión.
Yuji se detuvo y le sonrió.
— ¡Claro! Dame un segundo, Fushiguro.
Megumi se quedó de pie a un par de metros, observando la escena. La chica se reía de algo que Yuji decía, y se acercó a él para mostrarle unos papeles. En un momento dado, ella rozó el brazo musculoso de Yuji, y Megumi sintió que una sombra literal se proyectaba desde sus propios pies. Sus manos se cerraron en puños dentro de los bolsillos de su uniforme.
Detestaba esa amabilidad universal de Yuji. Detestaba que no pusiera límites. Pero sobre todo, detestaba la punzada de celos que le quemaba la garganta. Él no era alguien que hablara de sentimientos; las emociones eran debilidades que las maldiciones aprovechaban. Sin embargo, en ese momento, desearía tener la capacidad de Yuji para simplemente decir lo que sentía.
— Listo —dijo Yuji, regresando con él tras unos minutos que a Megumi le parecieron horas—. ¿En qué pensabas? Tienes esa cara de querer exorcizar a alguien.
— En nada importante —respondió Megumi, retomando la marcha con pasos largos.
— Fushiguro, espera.
Yuji lo alcanzó y lo tomó del antebrazo, obligándolo a detenerse bajo la sombra de un gran árbol de ginkgo. La calle estaba desierta a esa hora.
— ¿Qué quieres, Itadori?
— ¿Por qué estás tan distante hoy? —preguntó Yuji. No había burla en su voz ahora, solo una curiosidad intensa—. Estás más encerrado en ti mismo que de costumbre. Si es por lo de hace un momento...
— No es por nada —lo interrumpió Megumi, aunque sus ojos azules traicionaban su calma fingida al encontrarse con los de Yuji—. Solo... no entiendo por qué pierdes el tiempo con gente que no vale la pena.
Yuji acortó la distancia entre ambos. Megumi era más alto, pero Yuji parecía llenar todo su campo visual. La dominancia del pelirrosa se filtraba en el aire, una energía pesada y magnética que obligaba a Megumi a retroceder hasta que su espalda chocó contra el tronco del árbol.
— ¿Gente que no vale la pena? —repitió Yuji en un susurro, colocando una mano sobre el tronco, justo al lado de la cabeza de Megumi—. ¿O te molesta que no te esté prestando atención a ti?
El corazón de Megumi martilleó contra sus costillas. La piel morena de Yuji estaba tan cerca que podía sentir su calor.
— No digas estupideces —logró articular Megumi, aunque su voz sonó extrañamente quebrada.
— No son estupideces —dijo Yuji, inclinándose un poco más. Sus ojos dorados brillaban con una determinación que Megumi rara vez veía fuera del campo de batalla—. Sé que no te gusta hablar. Sé que prefieres estar solo. Pero también sé que cuando estoy cerca, tu respiración cambia. Y sé que odias cuando alguien más me toca.
Megumi apretó los labios, negándose a darle la razón. Su orgullo era lo único que lo mantenía en pie en ese momento.
— Eres un egocéntrico —susurró Megumi, intentando desviar la mirada, pero Yuji usó su otra mano para tomarlo suavemente de la barbilla, obligándolo a mantener el contacto visual.
— Puede ser —admitió Yuji con una sonrisa pequeña y peligrosa—. Pero soy el único que puede leerte, Megumi. Y sé que ahora mismo te mueres por decirme algo, aunque tus sombras digan que quieres huir.
La tensión entre ellos era casi eléctrica. Megumi sentía que si se movía un milímetro, algo se rompería para siempre. Odiaba lo mucho que necesitaba a Yuji, odiaba que este chico alegre y aparentemente simple fuera el único capaz de ver a través de sus muros de hielo.
— No tengo nada que decir —insistió Megumi, aunque su cuerpo se inclinaba inconscientemente hacia el de Yuji.
— Está bien —respondió Yuji, su voz apenas un soplido contra los labios de Megumi—. No digas nada. Pero deja de fingir que no te importa. Porque a mí me importas más de lo que puedo explicar.
Yuji no lo besó, no todavía. Se quedó allí, a escasos milímetros, permitiendo que Megumi sintiera el peso de su presencia, la absoluta seguridad de que, en ese pequeño rincón del mundo, no había nadie más que ellos dos. Era una conquista silenciosa, una forma de marcar territorio sin necesidad de palabras ruidosas.
— Vamos a comer —repitió Yuji, alejándose lo justo para darle espacio a Megumi para respirar, pero manteniendo su mano entrelazada con la de él—. Y después, tal vez me expliques por qué estabas mirando a ese chico de segundo como si quisieras invocar a Mahoraga contra él.
Megumi sintió que la sangre le subía a las mejillas. Intentó soltarse, pero el agarre de Yuji era firme, musculoso y cálido.
— No iba a invocar a Mahoraga por una idiotez así.
— Pero lo pensaste —rio Yuji, tirando de él hacia la calle iluminada por las farolas.
— Cállate, Itadori.
Caminaron juntos en el silencio de la noche. Megumi no dijo nada sobre sus sentimientos, y Yuji no lo presionó más. No hacía falta. En la forma en que sus manos se rozaban y en la manera en que Megumi permitía que Yuji guiara el camino, ambos sabían que las sombras finalmente habían encontrado su luz, y que la tensión que los rodeaba era solo el preludio de algo mucho más profundo y devastador.
Megumi miró de reojo el perfil de Yuji, su cabello rosa despeinado y esa expresión de felicidad genuina. Por un momento, el rencor hacia el resto del mundo se desvaneció. Mientras Yuji estuviera a su lado, ejerciendo esa dominancia amable y discreta, Megumi podía permitirse, al menos por una noche, no estar solo.
A unos metros de él, Yuji Itadori reía. Era una risa vibrante, de esas que llenaban el espacio y hacían que el resto del mundo pareciera moverse en cámara lenta. Estaba conversando con un estudiante de segundo año, un chico cuya mano se posaba con demasiada familiaridad en el hombro de Yuji.
Megumi apretó los dientes. No soportaba a la gente que no sabía respetar el espacio personal, especialmente cuando se trataba de "malas personas", o al menos, personas que él consideraba mediocres y ruidosas. Para Megumi, el mundo se dividía entre quienes merecían ser salvados y quienes simplemente estorbaban. Y ver a ese chico tocar a Yuji le revolvía el estómago de una manera que no sabía explicar, o que se negaba a admitir.
— ¡Fushiguro! —gritó Yuji, rompiendo el trance de Megumi. El chico de cabello rosa se despidió del otro estudiante con un gesto alegre y caminó hacia él.
Yuji era más bajo que Megumi por apenas unos centímetros, pero su presencia física era abrumadora. Sus hombros eran anchos, su cuerpo estaba forjado por un entrenamiento brutal y una genética envidiable, y su piel morena parecía irradiar un calor constante. A medida que se acercaba, Megumi sintió esa presión invisible que Yuji ejercía sin siquiera intentarlo: una dominancia natural, cálida pero firme, que siempre lograba que Megumi se sintiera extrañamente pequeño a pesar de su propia altura.
— Te ves más serio de lo normal —dijo Yuji al llegar a su lado, invadiendo su burbuja personal con la naturalidad de quien es dueño del lugar—. ¿Pasó algo con Gojo-sensei?
— Nada fuera de lo común —respondió Megumi, apartando la mirada—. Solo estoy cansado.
— Mentira —replicó Yuji con una sonrisa ladeada, dando un paso más hacia él. Megumi pudo oler el aroma a detergente limpio y sudor reciente que siempre desprendía el pelirrosa—. Estás de mal humor. ¿Es por ese chico de segundo? Estaba preguntándome sobre las misiones de mañana.
— No me importa lo que ese tipo te pregunte —soltó Megumi, demasiado rápido.
Yuji soltó una pequeña risa, un sonido gutural que vibró en el pecho de Megumi.
— Eres tan transparente a veces, Fushiguro.
— No lo soy.
— Lo eres. Pero me gusta.
Megumi sintió un vuelco en el corazón. Yuji tenía esa forma de decir cosas profundas o coquetas de manera tan casual que era imposible saber si lo hacía a propósito. Era un ataque constante a las defensas de Megumi, un asedio discreto pero implacable.
— Vamos a comer algo —propuso Yuji, colocando una mano en la nuca de Megumi. El contacto de su palma cálida contra la piel fría del azabache provocó un escalofrío inmediato en este último—. Invito yo.
— No tengo hambre.
— No te pregunté si tenías hambre —dijo Yuji, y por un segundo, su voz bajó de tono, volviéndose más profunda, más autoritaria—. Dije que vamos a comer. Camina.
Megumi guardó silencio, pero sus pies se movieron por instinto, siguiendo el paso de Yuji. Odiaba cómo su cuerpo respondía a las órdenes implícitas de su amigo. Odiaba cómo Yuji podía ser el sol de la academia y, al mismo tiempo, el único capaz de doblegar su voluntad con una simple frase.
Caminaron hacia la salida del campus. El ambiente de tensión no disminuyó; al contrario, parecía alimentarse del silencio de Megumi y de las miradas furtivas que Yuji le lanzaba. En el camino, se cruzaron con Nobara, quien los observó con una ceja levantada y una sonrisa cómplice que Megumi decidió ignorar.
— ¡Eh, Itadori! —una voz femenina los detuvo. Era una de las asistentes de los auxiliares, una chica joven que siempre parecía tener una excusa para hablar con Yuji—. ¿Tienes un momento? Necesito que firmes unos informes de la última misión.
Yuji se detuvo y le sonrió.
— ¡Claro! Dame un segundo, Fushiguro.
Megumi se quedó de pie a un par de metros, observando la escena. La chica se reía de algo que Yuji decía, y se acercó a él para mostrarle unos papeles. En un momento dado, ella rozó el brazo musculoso de Yuji, y Megumi sintió que una sombra literal se proyectaba desde sus propios pies. Sus manos se cerraron en puños dentro de los bolsillos de su uniforme.
Detestaba esa amabilidad universal de Yuji. Detestaba que no pusiera límites. Pero sobre todo, detestaba la punzada de celos que le quemaba la garganta. Él no era alguien que hablara de sentimientos; las emociones eran debilidades que las maldiciones aprovechaban. Sin embargo, en ese momento, desearía tener la capacidad de Yuji para simplemente decir lo que sentía.
— Listo —dijo Yuji, regresando con él tras unos minutos que a Megumi le parecieron horas—. ¿En qué pensabas? Tienes esa cara de querer exorcizar a alguien.
— En nada importante —respondió Megumi, retomando la marcha con pasos largos.
— Fushiguro, espera.
Yuji lo alcanzó y lo tomó del antebrazo, obligándolo a detenerse bajo la sombra de un gran árbol de ginkgo. La calle estaba desierta a esa hora.
— ¿Qué quieres, Itadori?
— ¿Por qué estás tan distante hoy? —preguntó Yuji. No había burla en su voz ahora, solo una curiosidad intensa—. Estás más encerrado en ti mismo que de costumbre. Si es por lo de hace un momento...
— No es por nada —lo interrumpió Megumi, aunque sus ojos azules traicionaban su calma fingida al encontrarse con los de Yuji—. Solo... no entiendo por qué pierdes el tiempo con gente que no vale la pena.
Yuji acortó la distancia entre ambos. Megumi era más alto, pero Yuji parecía llenar todo su campo visual. La dominancia del pelirrosa se filtraba en el aire, una energía pesada y magnética que obligaba a Megumi a retroceder hasta que su espalda chocó contra el tronco del árbol.
— ¿Gente que no vale la pena? —repitió Yuji en un susurro, colocando una mano sobre el tronco, justo al lado de la cabeza de Megumi—. ¿O te molesta que no te esté prestando atención a ti?
El corazón de Megumi martilleó contra sus costillas. La piel morena de Yuji estaba tan cerca que podía sentir su calor.
— No digas estupideces —logró articular Megumi, aunque su voz sonó extrañamente quebrada.
— No son estupideces —dijo Yuji, inclinándose un poco más. Sus ojos dorados brillaban con una determinación que Megumi rara vez veía fuera del campo de batalla—. Sé que no te gusta hablar. Sé que prefieres estar solo. Pero también sé que cuando estoy cerca, tu respiración cambia. Y sé que odias cuando alguien más me toca.
Megumi apretó los labios, negándose a darle la razón. Su orgullo era lo único que lo mantenía en pie en ese momento.
— Eres un egocéntrico —susurró Megumi, intentando desviar la mirada, pero Yuji usó su otra mano para tomarlo suavemente de la barbilla, obligándolo a mantener el contacto visual.
— Puede ser —admitió Yuji con una sonrisa pequeña y peligrosa—. Pero soy el único que puede leerte, Megumi. Y sé que ahora mismo te mueres por decirme algo, aunque tus sombras digan que quieres huir.
La tensión entre ellos era casi eléctrica. Megumi sentía que si se movía un milímetro, algo se rompería para siempre. Odiaba lo mucho que necesitaba a Yuji, odiaba que este chico alegre y aparentemente simple fuera el único capaz de ver a través de sus muros de hielo.
— No tengo nada que decir —insistió Megumi, aunque su cuerpo se inclinaba inconscientemente hacia el de Yuji.
— Está bien —respondió Yuji, su voz apenas un soplido contra los labios de Megumi—. No digas nada. Pero deja de fingir que no te importa. Porque a mí me importas más de lo que puedo explicar.
Yuji no lo besó, no todavía. Se quedó allí, a escasos milímetros, permitiendo que Megumi sintiera el peso de su presencia, la absoluta seguridad de que, en ese pequeño rincón del mundo, no había nadie más que ellos dos. Era una conquista silenciosa, una forma de marcar territorio sin necesidad de palabras ruidosas.
— Vamos a comer —repitió Yuji, alejándose lo justo para darle espacio a Megumi para respirar, pero manteniendo su mano entrelazada con la de él—. Y después, tal vez me expliques por qué estabas mirando a ese chico de segundo como si quisieras invocar a Mahoraga contra él.
Megumi sintió que la sangre le subía a las mejillas. Intentó soltarse, pero el agarre de Yuji era firme, musculoso y cálido.
— No iba a invocar a Mahoraga por una idiotez así.
— Pero lo pensaste —rio Yuji, tirando de él hacia la calle iluminada por las farolas.
— Cállate, Itadori.
Caminaron juntos en el silencio de la noche. Megumi no dijo nada sobre sus sentimientos, y Yuji no lo presionó más. No hacía falta. En la forma en que sus manos se rozaban y en la manera en que Megumi permitía que Yuji guiara el camino, ambos sabían que las sombras finalmente habían encontrado su luz, y que la tensión que los rodeaba era solo el preludio de algo mucho más profundo y devastador.
Megumi miró de reojo el perfil de Yuji, su cabello rosa despeinado y esa expresión de felicidad genuina. Por un momento, el rencor hacia el resto del mundo se desvaneció. Mientras Yuji estuviera a su lado, ejerciendo esa dominancia amable y discreta, Megumi podía permitirse, al menos por una noche, no estar solo.
Хотите создать свой фанфик?
Зарегистрируйтесь на Fanfy и создавайте свои собственные истории!
Создать свой фанфик